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domingo, 23 de agosto de 2009

Vengo pensando hace varios días la posibilidad de escribir un post acerca de mi graduación. Hace una semana, cuando me llegó el mail que me anunciaba que mi última monografía estaba aprobada y la nota de seminario pasada en actas, pensé bastante en la necesidad o no de hacerlo. De alguna manera tenía que dejar alguna huella en el blog, no podía pasar así, en silencio. Pero la necesidad misma atenta contra la lógica de este espacio, pensado como un sitio para el desborde, para el resto inevitable e innecesario de días oficialmente destinados a otras cosas.
De hecho, llegué a pensar seriamente en cerrar mi arconcito de una vez por todas. Es que también esto me llevó a pensar en otro hecho: un blog, para alguien que escribe y que no tiene eternos ratos de alpedismo en estado puro en el trabajo frente a una computadora, es un arma de doble filo. Si bien abre una vía de comunicación que quiebra las paredes del escrito privado y del inédito (aun con las escasísimas visitas de este tacho ignoto de palabras), también implica una merma importante del tiempo destinado en un principio al ocio creativo. Aun para mí, que me mantuve casi siempre en mi propósito original de no escribir nada que no pudiera haber escrito para mí, con ínfimas modificaciones: fui descubriendo que el blog implicó, pese a todo, una disminución notoria de mi producción lírica y narrativa breve. Lo que puede no ser una gran pérdida para la literatura, que obviamente se está muy bien sin los textos que puedo escribir, cansada, a las dos de la mañana, pero no deja de ser una pérdida para mí.

En todo caso, si hoy vuelvo acá después de una semana agitada, es porque no creo haber resuelto el dilema. Y porque algo todavía me liga con esto. Y porque hoy es la primera noche libre de todas las muchas que quiero regalarme en lo que resta del año, y no sabía qué mejor hacer con ella.

viernes, 31 de julio de 2009

Limbo






Hoy entregué la última monografía de mi carrera.








Hace varios días que la tenía terminada.








Sigo de vacaciones en el trabajo hasta el lunes.










Este mes tendré muy poco tiempo libre para tocar, leer, escribir, existir.







Cuando necesito ordenar mi cabeza, ordeno mi biblioteca.








No sólo por falta de espacio agregué cuatro estantes y cinco cajas para fotocopias.








Y definitivamente no por necesidad cambié casi por completo los criterios de organización de mis libros.







El futuro incierto se come el presente; creo que esa podría ser una definición posible de la esperanza.







O del limbo.

jueves, 18 de junio de 2009

Para salir de Devoto

(Post intrascendente. El que avisa no es traidor)

En el colectivo de vuelta de mi última visita a la cárcel de Devoto (en este contexto), con un cansancio infinito que no parecía venir de ninguna parte reconocible, tomé dos decisiones que debí haber tomado hace tiempo: es hora de que me resigne a no seguir con Latín y con Francés este cuatrimestre. Es obvio que mi cursada de oyente de Latín III no está funcionando, no puedo ir nunca y ya perdí registro de lo que sea que esta gente pueda estar dando hace un par de semanas. En todo caso veré de pedirle a una conocida que me preste sus notas como para intentar reintegrarme en el segundo cuatrimestre, con otra agenda y otros tiempos. Y Francés, bueno, la macana es que llegué hasta acá y que pagué dos cuotas, pero lo cierto es que ya de por sí me tengo que ir antes vez por medio, así que mi par de ausencias por enfermedad derivó en que estoy bastante perdida. Sé que si me pusiera y convenciera a la profesora de que me tome el examen igual paso de nivel, pero también sé que eso no sólo implicaría hacer uso de un tiempo del que no dispongo, sino que además desaprovecharía bastante el curso, lo que sería una verdadera pena.
Por el momento, entonces, será cuestión de juntar fuerzas para terminar ese primer borrador manuscrito (el primero de corrido y más o menos coherente, las ideas centrales del trabajo que empiezan a tomar forma) de monografía beckettiana que me espera en el escritorio de al lado, antes de que termine de saturarme con el tema. Históricamente aligerar cargas dejando las cosas que me sirven como cables a tierra nunca me ayudó mucho (lo hice unas pocas veces, con resultados diversamente desastrosos), así que no puedo sino esperar que esta vez sea una excepción.

lunes, 15 de junio de 2009

En pedazos

Si hay una imagen capaz de evocar la sensación que me produce el proceso de redacción de una monografía, esa es la de un juguete que tuve en mi infancia noventosa: la Despelota.
El planteo de una pre-hipótesis, entonces, vendría a ser equivalente al momento de adquirirla: armadita, una bolita de colores, perfecta y sólida bajo la irrealidad del plástico que la protegió en todo su camino hasta las manos de quien se atreve con ella. Hermosa y coherente en su aparente simpleza, más sólida y más cerrada que un rompecabezas cualunque y menos amenazante que un cubo mágico.
Entonces, un buen día, uno se compra la hipótesis-despelota, se la lleva a su casa y la desempaca. Y la coherencia se deshace en gajos de colores. Es la perplejidad desesperante del proceso previo a la redacción: ¿qué se supone que haga con todo eso? ¿No se me habrá caído algo abajo de la cama, no? O también, ¿no sobran piezas acá? Uno mira, mira, manipula las piezas que de golpe se convierten en seis enemigos, parece que a la bolita bonita de la juguetería uno no la va a ver nunca más, y hasta surge la fantasía de tirar todos esos pedazos de porquería a la basura, pero a falta de mejores juguetes uno sigue, insiste, piensa, mira y remira, prueba algunas piecitas juntas que se desarman entre los dedos sin durar más de dos segundos puestas.
Así, por ejemplo, la correspondencia Beckett-Schneider es un hermoso gajito verde, que se balancea al lado de los comentarios blancos de Billie Whitelaw, cruzados descuidadamente con la alegría negra de la directora JoAnne Akalaitis porque el viejo se había muerto y eso le mejoraba las chances de volver a conseguir permiso para representar una de sus obras. Y al lado, un par de artículos variopintos, el rango que va desde una hermenéutica bien enrojecida a comentarios azulados por falta de aire en el cerebro.
Y entonces uno sabe que comienza a tratar de armarla, pero vaya a saber cuándo se podrá estar en condiciones de volver a ver la bolita entera, y seguro que no va a quedar con la misma disposición de colores que tenía en el embalaje, pero no importa, ¡mientras se sostenga! Pero se resiste, se resiste.
Y encima uno sabe bien también que el día que la termine, con un poco de suerte, va a rodar y a parecer sólida de vuelta. Hasta que alguien la deje caer al piso.
O hasta que el movimiento normal del olvido al que uno la mande la desarme, y dos o tres años después uno se quede mirando, perplejo, los cinco pedacitos de pelota en el fondo de una caja y se pregunte cómo se sostuvo eso alguna vez, y adónde cuernos habrá ido a parar el gajo amarillo que no aparece por ninguna parte.

sábado, 23 de mayo de 2009

A full fortnight's agony

Bien, ya entregué y defendí mi monografía sobre A tale of two cities para Literatura del Siglo XIX. Todo se resolvió con una tarde de nervios, una página en la libreta y ocho centésimas más para mi promedio, que empieza a lucir más o menos decente. 
Quedan dos monografías más. Las dos de seminarios. Tal vez debería tomarle la idea a esta muchacha, pero me gusta demasiado dejar a mi ello sueltísimo. Y no suelo robar ideas ajenas muy seguido.
Igual no voy a perder la posibilidad de torturar a mis cinco lectores con las sobras de mi trabajo académico. Por lo que estoy viendo, es muy probable que, a diferencia de lo que ocurrió con Dickens, caiga una cantidad significativa de material semidescartable al blogcito: por una parte, Beckett tenía un sentido del humor más retorcido, y una tendencia al fragmento suelto que Dickens nunca tuvo. Por otra, mi monografía dickensiana era un trabajo muy organizado y puntual, casi desde el principio, pero para la beckettiana tendré que andar un poco a tientas y encontrar mi camino a los tumbos. Creo que en una quincena, o tres semanas como mucho, tendría que poder entregarla y dedicarme a la última, un trabajo sobre Chrétien de Troyes que haré con mucha más calma, y probablemente en mucho menos tiempo.

Por hoy, entonces, la primera entrega de restitos:

Un video de una representación alemana de Quad. No lo encontré entero en ningún tubo (esto es apenas la mayor parte del Quad 1, falta el remate de este y el 2, que a mí me gusta un poquito más), pero alcanza para notar lo importante: un concentrado de la obsesión de Sam B. con el espacio y el ritmo. Es muy probable que base buena parte de mi monografía en esto.





Como frutilla de postre, un comentario que le hizo Beckett al director Alan Schneider en una carta, allá por 1957:

"I should make it clear that I want Endgame, too short (one hour and a half) to provide a full evening's agony, to be followed in NY by the mime* (20 minutes), and not by another short play by someone else"


* O sea,  Act without words I

domingo, 5 de abril de 2009

Eso no es la Bastilla, es un aula en Puán


No, no voy a terminar el 15 de abril, lamentablemente. Espero que mediados de Mayo no sea demasiado pronto. Pasa que el problema de invitar vampiros es que después cuesta un triunfo sacárselos de encima.
Así que, como la última vez, aviso que voy a estar bastante pegada a mi tema de monografía. Lo que dado el caso (Dickens) probablemente signifique algo menos de material de recorte, para el bien de la paciencia de mis pocos lectores.

domingo, 29 de marzo de 2009

Anecdotario Bafici

Era viernes, noche de Bafici en el cine Atlas Santa Fe. La película polaca que había elegido mi hermana acababa de terminar, así que ella, Diana y yo salimos del cine rodeadas por una pequeña manada de público. Comentamos un poco lo que acabábamos de ver, Cztery noce z Anna de Jerzy Skolimowski: buena fotografía, excelente dirección, actuación decente, muy buen guión, más deprimente que "Cuando comenzamos a nacer" de Sui Generis en una tarde lluviosa, a los catorce años y después de una desilusión grande. 
Despedimos el tema rápido, más bien por necesidad, y para cuando encaramos hacia Rodríguez Peña para tomar el colectivo ya habíamos desviado la conversación hacia una benéfica cháchara cotidiana sobre conocidos. 
Adelante de nosotras, en la parada del 124, quedaron un par de nuestros compañeros ocasionales de película. Qué cara de Puán que tiene el tipo de adelante de todo, pensé. Uno de esos especímenes del género masculino que me pueden gustar a mí sola, agregué enseguida. Y me di vuelta para discutir el programa Bafici con Mariel y Diana. 
Llegó el colectivo, bastante vacío, las chicas ocuparon un asiento de dos, quedaba uno libre. Al lado de él, claro. 
Veinte minutos de viaje, y apenas nos miramos de frente una vez, un poco incómodos, un poco divertidos. En Parque Centenario se bajó él, una parada más tarde nosotras.
Al mediodía siguiente, mucho calor y mucho cansancio encima, yo bajaba las escaleras centrales de Puán con la gente de la cátedra para tomar algo y ver en qué habían quedado las comisiones de prácticos. Él venía subiendo. Nunca sabré cómo se supone que se mire a un desconocido reconocido. Creo que en ese momento opté por un gesto muy mío, levantar las cejas y sonreírle por un momento. Él me devolvió la mirada de reconocimiento con un poco de sorpresa (creo que yo no tengo mucha cara de Puán que digamos), y seguimos nuestros respectivos caminos hacia no cruzar dos palabras nunca.

martes, 17 de marzo de 2009

¿Qué fue antes, Cristófalo o la gallina?

Así empieza, textual (juro), el informe de la última reunión de la Junta Departamental de Letras que mandó la agrupación EnActo:


La reunión está precedida por el Prof. Américo Cristófalo a pesar de que Panesi continúa siendo Director hasta la designación del nuevo Director.

¿No notan que algo anda mal? Lean bien, no se confíen a las leyes de percepción gestálticas.


Hay unos cuantos más, como podrán imaginarse por la muestra, en el resto del documento. También hay una nota entre paréntesis dirigida a un supuesto editor que, en teoría, estaba para recortar lo que "no debería figurar en un informe público" (sic), y que obviamente nunca le puso un ojo encima al documento.


lunes, 9 de febrero de 2009

Nota Post-it

En mi opinión el momento más ridículo e inquietante de Dracula, un núcleo de monstruosidad completamente siniestra, es la primera cena de Harker en el castillo. El inglés ultrapuntilloso con sus notas señala, al mejor estilo mesa de Mirtha Legrand, que el conde le sirvió "roasted chicken". Y que tiene que haberlo preparado él mismo, porque inexplicablemente en siglos de vampirismo no consiguió la compañía sino de tres mujeres francamente inútiles que no le sacan el polvo ni a sus propios cuartos.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Para no perder el hilo





(Estado de mi pizarrón - Diagrama posible de organización para la monografía - Primera versión - 4 AM)

jueves, 15 de enero de 2009

Carbonero con Arroz

Come to me. Just listen to me. Don't leave me alone
(Lestat en la introducción a Memnoch de Devil - Anne Rice)

Un punto de partida posible para el trabajo comparativo que estoy encarando es el valor de la palabra del vampiro. 
Hay un elemento formal (tal vez el único) en común, muy básico entre la vieja novela de Stoker y las Vampire Chronicles: el hecho de tratarse de relatos en primera persona. La gran diferencia radica en que en Dracula el testimonio que sistemáticamente se nos niega es la palabra del vampiro, que normalmente aparece como discurso indirecto, que nunca toma la narración. En las narraciones de Anne Rice son los inmortales los que acaparan la palabra.
Una pista de hacia dónde puede apuntar esto son los momentos en los que las voces chupasangres se infiltran en la narración de Stoker. En este punto es fundamental el papel de Mina Harker en la segunda mitad de la novela, cuando es ya en parte vampiro. Desde que Dracula la fuerza a beber su sangre la palabra de Mina pasa a ser a la vez importantísima y digna de sospecha. 
Es que el valor por excelencia de la palabra del vampiro en Dracula, contra mucho de lo que se ha tratado de leer, es fundamentalmente disuasivo. Aún cuando no quiere serlo. lo que dice y pide se torna digno de sospecha y repulsión, y por medio de la intimidad con el vampiro, del contacto con su discurso y su sangre, surge una profunda repulsión. Harker en el castillo, sin saber con qué trata, hace todo menos lo que el conde le pide, a no ser que esté bajo amenaza y vigilancia; Lucy, algo vampírica de antemano, muere previniendo a los demás entre sentimientos de culpa; y Renfield, que era el candidato perfecto para convertirse en un siervo fiel del monstruo, a último momento, charlas mediante, lo traiciona, previene (si bien inútilmente) a quienes lo combaten sobre sus próximos movimientos, y muere luchando contra él.
Y Mina no hace sino lamentarse, declararse "unclean", mientras ni su marido confía en ella.
En este punto parece que la mayor derrota de Dracula es discursiva: el conde es incapaz de convencer a absolutamente nadie de que ser inmortal puede llegar a valer la pena.
Es exactamente lo contrario a lo que pasa en las Vampire Chronicles. Interview with the Vampire nos presenta a una suerte de contraparte de Mina Harker: si ella era una humana que era demasiado vampiresa para su grupo de mortales en la misión de limpiar el mundo, Louis, también narrador, es un vampiro que es demasiado humano para su especie. Él comparte la repulsión de Mina por su conversión, pero no por eso se dedica a buscar humanidad, sino más bien todo lo contrario. 
Y el valor de su palabra es exactamente contrario: por demostrar lo que es todo lo que dice es tenido en estima, y no importa cuánto intente disuadir al joven periodista de buscar la inmortalidad, que lo primero que él hará cuando Louis se vaya será correr, debilitado por una chupadita que lo podría haber matado, a buscar a Lestat.
Un punto de enlace (que probablemente no use) parecen marcarlo las adaptaciones de Dracula para la pantalla grande, donde el vampiro es seductor y habla, habla bastante. Algo que Hollywood adaptó enseguida y mantuvo así fue la figura de Renfield: de ser un loco que se vuelve cuerdo cuando casualmente confronta una manifestación empírica de su locura, que se disuade de buscar la inmortalidad en el consumo de vida cuando entra verdaderamente en trato con esa clase de inmortal, pasa a ser alguien a quien el vampiro sedujo. En la Dracula de 1931 es Renfield, no Harker, el que visita el castillo, y es seducido hasta la locura al servicio del vamp Lugosi (que nos acompaña como chupasangre de la semana). Y si bien habla de más, bastante de más, sólo se quiebra realmente a último momento, en una de las tantas escenas forzadas de la película, ante la dramática escena del vampiro que se roba a la muchacha linda en sus narices.

martes, 6 de enero de 2009

Invitando vampiros

Empieza enero, y con él mi autoimpuesta carrera contra el tiempo para preparar las cuatro monografías que debo para recibirme. Como si de una factura impaga se tratara, esta cuenta conmigo tiene como primer vencimiento el 31 de marzo, y como segundo el 15 de abril, lo que me da algo de veinte días para cada trabajo de 15-20 páginas.
No sé cómo será en su ritmo, estimadísimo lector de blogs ignotos, pero en el mío es bastante poco. Porque normalmente me gusta rumiar las ideas, hacer borradores manuscritos en todas las distintas fases del proyecto, ir leyendo mientras tanto otras cosas completamente desconectadas (interrumpí abruptamente dos lecturas bastante disímiles, las Teorías Salvajes de Pola y Orden Terrestre de Enrique Molina, además de que reduje notablemente la cantidad de revistas y blogs que me tomo el trabajo de leer) que me refresquen la cabeza, colgarme chateando o charlando cafés y/o cervezas de por medio con amigos, cortar para escribir cuando me viene en gana (irrenunciable, sobre todo porque con mi manía perfeccionista todavía no termino mi novela), en fin.
Cuestión, este tacho de palabras va a parecerse mucho a este post por el próximo par de meses, vaya sabiéndolo: una colección de pequeñas descargas, de retazos deshilvanados de borradores para trabajos en elaboración, de la resaca de los días obsesivamente dedicados al mismo tema, sobras recalentadas cerca de la medianoche que sólo sirven para mantener este blog vivo y esta cabeza más o menos clara.


Dado que decidí comenzar por la monografía final del seminario de Vedda sobre literatura trivial que hice el cuatrimestre pasado, y que pienso trabajar con Bram Stoker y Anne Rice, enero está llamado a ser el mes de los vampiros.
Motivo de sobra para aceptar la invitación de Mariel, que ayer encontró que alguien subió a Taringa una película sueca de vampiros que nos perdimos por un error de horarios en el Bafici, y que ella seguía buscando insistentemente desde entonces. Se trata de una adaptación para cine de la novela de John Ajvide Lindqvist Låt den rätte komma in (traducida como Déjame entrar, en realidad es Deja entrar a la persona correcta, o Deja entrar a quien corresponde), que este año se convirtió en uno de los libros favoritos de mi hermana y, por lo tanto, en uno de los pesos más pesados de mi estante de abajo.


Las expectativas que me habían creado con esta película eran demasiado altas como para que el verla pudiese hacerle justicia, soy conciente de ello. Es una desventaja de enfrentarse con cualquier obra (de cualquier índole, desde una novela hasta un gusto de helado) que te hayan recomendado demasiado: más vale que sea absolutamente perfecta, porque si no los defectos que pueda tener van a resaltar como si alguien se hubiera tomado el trabajo de remarcarlos con fucsia.
En este caso, para lo que uno espera de una película de terror (género pochoclero, en circunstancias normales), resulta algo lenta. Los puntos jodidos de la trama se sugieren muchas veces con tomas de alrededor de dos o tres segundos (reconozco que se me habrían escapado varias cosas, de no ser porque tenía a mi hermana-lectora-de-Lindqvist haciendo los comentarios molestos de rigor al lado), y hay un regodeo en las escenas sin diálogo, largas, silenciosas, que dan como resultado el ambiguo efecto de que lo sobrenatural se normaliza, se banaliza, se torna humano, pedestre. El espectador comparte la poca sorpresa de Oskar cuando Eli le confirma que es vampiro.
Dejando eso, que no es necesariamente malo, de lado, sí es una película recomendable, no deja de ser una forma muy original de presentar un relato de vampiros, sin ningún cartel luminoso que intente convencernos de que está siéndolo. Si hay algo que todas las narraciones de vampiros de la segunda mitad del siglo XX a esta parte tienen en común es que dan por hecho un pop-lore sobre los vampiros más o menos basado en Dracula (tienen dos colmillos por donde chupan sangre, salen nada más a la noche porque el sol los quema, duermen en lugares cerrados y pequeños, preferentemente ataúdes, hay que darles permiso para que pasen, etc.) compartido por más o menos todo el mundo y frente al cual es necesario posicionarse, diferenciarse: así, Soy Leyenda tenía sus vampiros-enfermos, sobre los que ya hablé mucho, los de Anne Rice no tienen problemas con las cruces ni con el ajo (en la película que se hizo sobre Interview with the Vampire se dedica un diálogo entero a la sección diferenciarse-del-estereotipo), y hasta Buffy the Vampire Slayer* tiene el detalle muy grotesco del cambio abrupto del rostro de los monstruos cuando van a atacar.
Låt den rätte komma in no se preocupa por esto. Uno podría sacar algunas diferencias inciertas, en detalles de entre los menos populares (en lo que se refiere a retomada fuera de Dracula en ficciones sobre vampiros no paródicas), como el hecho de que nunca vemos a Eli convertirse en animal. Aunque sí la vemos trepar muy draculescamente por las paredes, y se sospecha (ella lo afirma, sea en broma o en serio, y la escena de la pileta da que pensar) que sí puede volar. No hay ningún momento en el que se intente, ni siquiera se plantee definir qué significa ser vampiro. Eso está dado, el pop-lore no se usa sino para motivar la anagnórisis, que a su vez está muy integrada en el resto de la trama. Lo que importa es la relación entre Eli y Oskar, el vampirismo no es sino un elemento (crucial, sí, pero no el único, la relación de Oskar con su entorno es prácticamente igual de problemática, y él es un chico más o menos normal) de entre los muchos que contribuyen a desestabilizar el entorno, a volverlo peligroso y a precipitar la catástrofe.
Y con esto me vuelvo a la lectura de bibliografía crítica (estoy con una suerte de "estado de la cuestión para 1994" de un académico australiano, Ken Gelder, titulado, con la imaginación y originalidad que lo caracteriza, Reading the Vampire) antes de que salga el sol y tenga que esconderme de la luz y dormir.




* de donde el lector atento podrá identificar la abreviatura familiar que etiqueta mi nueva sección vampira, y de donde probablemente robe mucha terminología de borradores. Esa serie armó por lejos el mejor sistema léxico conocido para referirse a los chupasangres y sus hábitos.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Aire

Se me ocurren dos analogías parecidas, las dos ligadas a los medios de transporte: lo que se siente en el momento en el que un avión después de carretear un rato finalmente se desprende del suelo, o cuando luego de pasar en auto por un túnel o de una calle muy angosta y edificada se sale de golpe a toda velocidad a un espacio muy abierto, la 9 de Julio por ejemplo. El movimiento sigue, pero está de todas formas el vértigo repentino provocado por la vibración que desaparece, o por la luz repentina y el ruido que de repente tiene un espacio mayor para perderse y mezclarse promiscuo con otros ruidos.
Hoy, el día después de mi último final presencial, miraba a la mañana (antes de salir a mi último día de trabajo de este año) mi estante de abajo tratando de elegir el primero de los libros que voy a leer en estas breves vacaciones que me voy a tomar hasta enero. La decisión de no tocar nada de bibliografía relacionada con las cuatro monografías que debo y que planeo tratar de escribir este verano (la de Siglo XIX, sobre Dickens, la del seminario de Cerrato sobre Beckett, la del de Vedda del cuatrimestre pasado, sobre Bram Stoker y Anne Rice, y la del de Artal sobre Chrétien de Troyes) limitaba bastante las opciones y a la vez las abría. Las dos semanas de vacaciones significan no tener que sentirme culpable por leer algo porque nada más se me da la regalada gana. No tener que leer con el límite de bueno, una hora más y me pongo con el apunte de Bowra sobre el ideal estoico en Virgilio, por ejemplo. Un poco por azar (había quedado separado del resto, no recuerdo por qué) fue a parar a mi morral el Libro de Apolonio. Tengo buenas chances de terminarlo entre hoy y mañana, para volver a repetir la escena de disponer de los pocos días que tengo para leer bibliografía no inmediatamente necesaria.
Valga este post mediocre a modo de ejercicio para desherrumbrar un poco las manos, demasiado entumecidas de lenguaje académico, antes de retomar de una buena vez la escritura de ficción, como se debe.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

rumoresque senum severiorum omnes unius aestimemus assis

Definitivamente debería leer un poco más a Catulo. 


Y sí, creo que después de cómo me salvó la vida hoy en el final de Latín me siento un tanto en deuda.

lunes, 20 de octubre de 2008

Veinte mil leguas de viaje en el tiempo

De chica solía gustarme mucho Verne. A los diez años mi estante (guardaba mis pocos libros aparte de los del resto de la familia) contaba con una buena cantidad de ellos, de los cuales algunos estaban en esta colección. Recuerdo haber escuchado y leído unas mil veces Viaje al centro de la Tierra (el único que conservé cuando, allá lejos y hace tiempo, por circunstancias largas de explicar, tuve que desprenderme de casi todos mis libros), con la hermosa gracia de ser una historia imposible, ciencia ficción clausurada en un univrso paralelo que no ocurrirá ya nunca.
También gasté Escuela de Robinsones, que fue la primera novela que leí sola, y que debo haber releído unas tres o cuatro veces (mucho para una nena) hasta el día en que el ovejero alemán que tenía por entonces afiló los dientitos de cachorro en el tomito de Biblioteca Billiken y no quedó mucho de él. Ese me da un poco de miedo retomarlo de adulta, me gusta demasiado en el recuerdo y sé que lo más probable es que me espere una decepción.
También habitaron mi estante y mis noches de infancia Un capitán de quince años, Dos años de vacaciones, Cinco semanas en globo (cuantos números en los títulos, recién en este catálogo de naves lo noto), y de la colección del de la foto El país de las Pieles, El testamento de un Extravagante y Los hijos del capitán Grant.
Volver a leer por primera vez una novela de Verne resulta, entonces, casi un regreso al pasado personal, al recuerdo agridulce de una experiencia estética que ya sólo puede ser el fantasma de sí misma. Puedo recordar mi regocijo ante las descripciones de barcos, paisajes y artefactos extraños, la curiosidad de una nena que tenía una afición especial por desarmar las radios y por poner cualquier cosa en el portaobjetos de su modesto microscopio. Pero esa puerta se cerró, y entonces las descripciones se hacen un tanto pesadas, artificiosas, pedantes, definitivamente lejos de lo que yo elegiría hoy para leer algo pasatista.
Hablando de eso, y en sintonía con el seminario de Vedda, en tren de completar mi colección vampírica de Anne Rice fui a buscar Pandora, comprado por internet. Es lo que pienso trabajar para la monografía cuando termine, una elaboración sobre interrogantes ya expresados anteriormente de manera muy rudimentaria en este blog acerca del curso que han ido tomando los monstruos en la ficción trivial.

domingo, 31 de agosto de 2008

Aleteo de murciélagos

Ebrias de cansancio, despatarradas en un sillón de dos cuerpos con brazos de madera (deberían estar prohibidos, perjudican seriamente el cuerpo del perezoso que se quiere acostar), mientras pasábamos revista a nuestras actividades del último par de días mi hermana y yo llegamos al momento de hacer una puesta en común sobre nuestros esparcimientos ficcionales. Ella volvió a lamentarse de mi natural pachorra para ver series (más de tres o cuatro capítulos de cualquier cosa por semana me resulta demasiado, razón por la cual normalmente ella no se aguanta y se me termina adelantando una decena de episodios con lo que sea que estemos mirando, en este caso House M.D.) y de que siga sin leer todavía Déjame entrar de Lindqvist. Yo le comenté, entonces, que terminada ya la lectura del Paraíso de Dante (meta que me había propuesto cumplir antes de empezar otra cosa para poder devolver el tomo bilingüe correspondiente a su amable dueño) había retomado otro libro de vampiros, que llevaba a la mitad, el clásico Drácula.

¿Cómo va eso?, me preguntó entonces ella, que se había tomado el trabajo de arruinar completamente el tomito que estoy leyendo, un frágil Penguin Classic verde que compré nuevo y sufrió manchas de témpera, de bichos aplastados y deformación por agua durante la estadía en su casa y su mochila.

Es difícil, traté de explicar. Un siglo y medio para llegar a hacerse parte del saber común de la gente y la cadena de suspenso-sorpresa que se supone que tiene que mantener el texto como una sucesión de golpes de efecto queda totalmente desvirtuada. Chicos desaparecidos después de la muerte de Lucy, que dicen haber sido seducidos por una “bloofer lady”, no tiene ningún misterio que sea ella, ni aún para los que vimos mal y fragmentadas las versiones cinematográficas más conocidas.

Yo te dije, me recordó Mariel. Es como leer el libro después de haber visto la película.

Sí pero, retruqué, en este caso el romper los golpes de efecto deja al texto en evidencia en sus pequeñas miserias e ingenuidades. Recuerdo haber leído Lord of the Rings luego de la película para The Fellowship of the Ring y el efecto fue casi inverso (1).

La memoria entonces de la clase del jueves, de Vedda hablando de la polarización entre el bien y el mal como una simplificación omnipresente en la literatura trivial, y sí, en la pochoclera tipo eso funciona, y en la literatura de entretenimiento de hasta los años ochenta también. Pero adónde nos metemos personajes como algunos de los de Anne Rice, digamos por ejemplo a Lestat (no ajeno al pochoclo, con todo y lo mucho que lo aplanaron y polarizaron) y a casi todo el clan Mayfair, tan lejos del héroe unipersonal que nuestro profesor, con alguna dificultad, quería encontrar en todas partes. Que el héroe incómodo (a su modo una variación problemática del pochoclismo) de Soy Leyenda haya podido pasar a la pantalla debería ser síntoma de algo.

La sospecha de que o bien algo de lo conciliatorio de este tipo de ficción puede estarse disolviendo muy de a poco, o de que al menos hay otra conciencia que conciliar, otras pesadillas que exorcizar, de que algo raro pasa con nuestra capacidad para leer nuestra realidad más inmediata.

Habrá que pensarlo un poco más, y darle una chance a las categorías que propone Vedda. Que es cierto que funcionan muy bien con una Batman.

Aunque qué esquema típico de ficción (aún si tomamos reglas compositivas provenientes del roman courtois como la circularidad espacio-argumental y la necesidad de que haya otras fuerzas más acreditadas tratando infructuosamente de solucionar el moco en cuestión al mismo tiempo) no funciona ejemplarmente bien con una Batman.




(1) Defiendo a muerte el episodio de Tom Bombadil

viernes, 27 de junio de 2008

De la frustración

Lo habrán dado en Didáctica General, todo indica que va a ser tan embolante y poco útil como los otros, pero no importa. No puedo evitar acercarme a todo texto, cualquiera que sea, con esta vieja reflexión, casi un dicho, que dice que hasta un reloj detenido tiene razón dos veces al día.
Y algunas cosas de los primeros párrafos prometen, el análisis del "síndrome del salvador" (según el cual toda propuesta metodológica más o menos coherente es saludada por una horda de imbéciles como una salvación definitiva para nuestras vidas docentes para después ser ofrecida a su desgaste contra la realidad de las aulas y, finalmente, demonizada como responsable de todos nuestros males) es atractivo. Incluso pega una muy buena frase al cierre, que resume todo eso y lo generaliza de forma bastante sugerente, de esas que uno pondría de subnick en el messenger o que podría bien robarse para la columna de la derecha (lo que hay ahora es de Salinger, por cierto):
Es tedioso ver cómo se acoge al salvador del momento con esperanza y ansiedad, luego se lo ataca y finalmente se lo trivializa.

Después, claro, empieza la decadencia y el barro, los ejemplos artificiales repletos de esas propuestas que sobreestiman demasiado al alumno medio, con diálogos entre supuestos niños de diez años que fallarían con los de dieciocho, la atención decae, y para dar el golpe de gracia al dolor de cabeza se le suma la reunión familiar que empieza en el momento oportuno para dejar a Mr. Perkins para peor momento.

miércoles, 25 de junio de 2008

Arte de la poetría e gaya çiençia


Ya veo esto (y, sobre todo, el prólogo que sigue, que si alguien tiene la paciencia de leer el facsímil se anuncia al final) por todas partes.

viernes, 11 de abril de 2008

Sonido de hojas que se arrugan, pero no el de la papelera de reciclaje

Estuve varios días tratando de escribir un post sobre Inolvidables Veladas de Marcelo Cohen, novelita breve que terminé de leer si mal no recuerdo (el tiempo me resulta un tanto amorfo últimamente) a principios de la semana pasada. Todavía tengo la esperanza de poder sentarme con la cabeza bien centrada y escribir algo que se parezca a una reseña al respecto, pero por el momento me rindo. Apenas dejaré asentada mi perplejidad frente a un relato más obvio que película de Hallmark Channel, narrado en un lenguaje pretencioso y con un dejo de moralina posmo (sí, eso también existe, señora), pero que aún así se las arregla para tener momentos sorprendentemente altos, lo suficientemente bien ubicados como para dudar a la hora de decidir si justifican o no todo el resto. O al menos casi.

Por hoy entonces bastará con un post misceláneo, retazos de crónicas desorganizadas.

Como la de ayer, día corto de tan largo, en el que llegué tarde a mi primera salida BAFICI (primera fuera de broma, jamás había ido) y me perdí los primeros cortos de Chacun son Cinéma. Creo que en teoría debí habérmelo perdido completo. Entré a la sala en medio de un caos en el ingreso al cine armado por los que venían a ver la otra película que se iba a proyectar, siguiendo a un tipo que tenía también cara de llegotardeojaláquenohayaempezadoahorario. Una empleada nos pescó, nos miró con algo de lástima y nos urgió: “Entren rápido que no los vieron”. En mi despiste, necesité que me lo dijera dos veces.

Por lo menos valió en algo la corrida. Un par de cortos estuvieron realmente buenos. Una pena el cine (se trata del Atlas Santa Fe, lamentablemente todas las películas que voy a ver las saqué ahí), que tenía un problemita con el proyector (la parte de arriba de la imagen se salía de foco, especialmente si se trataba de planos muy luminosos), y un operador medio dormido que no se daba cuenta cuando los subtítulos en español se tildaban (lo que era a cada rato), con el subsiguiente rechifle general de la pobre gente que no podía seguir los subtítulos en francés que, esos sí, estuvieron ahí todo el tiempo.

También podría decir algo de hoy, uno de esos pocos días del año en los que resulta más cómodo leer en las mesas de afuera de MacPancho que quedarse adentro de cualquiera de los bares que nos viven todos los días. Podría contar que se acercó un muchacho que debe rascar apenas la mayoría de edad, con un pilón de copias de su novelita editada a pulmón. Todavía no me explico por qué gasté $15 en comprársela. Supongo que en parte fue el hecho de encontrar que al menos el primer tramo que llegué a leer (tenía la estrategia de prestarlos un rato para que uno decidiera) daba muestras de estar por lo menos algo mejor escrito que algún que otro bodrio (¿)narrativo(?) incluido en alguna antología muy irregular de cuyo nombre no quiero acordarme. O tal vez habrá sido la combinación de eso con las faltas de ortografía desperdigadas por el texto, todavía no termino de saber si como recurso conciente, como marca de soberbia (aquello de pero lo que yo escribí no lo toca nadie, ni el corrector de Word (lo que como en la última entrada se comprobó puede ser hasta contraproducente, admitámoslo)) o, simplemente, por mera falta de recursos. El librete trae el mail del responsable, así que supongo que cuando le dedique un rato y lo termine le preguntaré. Pero en todo caso, la ortografía caótica (insisto, hasta mi alumnado de polimodal pesca bien rápido la mnemotécnica infalible que hace imposible equivocarse y escribir “envergadura” con “mb” en lugar de con "nv") y lo llevadero del texto formaban una yunta despareja que merecía leerse. Al menos en apariencia. Tal vez fue sólo que cobré ayer, y como estoy dulce es más fácil que un escritor novel que se gastó en tratar de publicar algo me de un poco más de pena. No sé.

Por lo pronto aquello de que no sé administrar mis gastos, especialmente si me ponen hojas impresas y encuadernadas con algún atractivo mínimo enfrente, es cierto. Ya a la vuelta del cine pasé por Parque Rivadavia con intenciones de no comprarme nada, y me volví con Samuel Beckett, las huellas en el vacío de Lucas Margarit (con ese tengo excusa, se supone que debo una monografía beckettiana todavía) y con Lo Sagrado y lo Profano de Mircea Elíade, que vaya uno a saber cuándo me va a dar el tiempo para leerlo.

Si sigo tirando palabras al tacho, seguro que no va a ser hoy.

martes, 11 de marzo de 2008

2 en 1

No recuerdo cómo fue que llegó esto a mi divshare, pero acabo de verlo, con algo de sorpresa, en mi dashboard, subido quién sabe cuándo y vaya uno a saber para qué. Y no está para desaprovecharlo. Se trata de "Game shows touch our lives" de The Mountain Goats.





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Una manía vieja que no termino de entender: siempre que tengo que dar un examen o hacer cualquier otra cosa que me demande mucho tiempo, mucha concentración y tenga una fecha tope, me entran unas ganas irrefrenables de escribir algo. Normalmente, si es que estoy en casa y tengo los medios, es el momento en el que se me da por componer algo que se parezca a una canción. Ayer la urgencia de escribir en mal momento me tomó en plena biblioteca puanera. Lo que salió fue esto.

Holograma en una vieja película de ciencia ficción

Cuerpo de humo, saturás mi aire
con esta tu falta, cuerpo de luces
que no toca mis manos, cuerpo de voz
cuerpo de lluvia que cae hacia arriba

cuerpo de luces, dejás caer tu fantasma
acá cerca de vez en cuando, cuerpo de lluvia
de ensueños que casi me rozan, cuerpo de humo
cuerpo de voz que te aleja de mí

cuerpo de lluvia, y yo en este encierro
detrás de la ventana, cuerpo de voz
al alcance de la sombra que me falta, cuerpo de luces
cuerpo de humo que se dispersa siempre

tan pero tan desesperantemente a tiempo.