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jueves, 10 de octubre de 2013

9 de bastos


Leer un poco a Josefina Ludmer. La mina vivió en Estados Unidos. Pone dos palabras en Inglés a la página cinco, porque sí, y con error ortográfico: wellcome back. Y el futuro es un flash, y ya llegó hace rato.
Soy una medievalista principiante y enamorada. Pero desde que me recibí, y sobre todo desde que empecé el doctorado, rara vez leo literatura medieval (o estudios sobre textos medievales) en los tiempos que me dejo para lectura libre. En general leo literatura contemporánea (sobre todo argentina, seguida de cerca por esos géneros considerados menores como el fantasy o el terror), o teoría. En general vengo disfrutando más bien poco mis lecturas (salvo por alguna cosa de Shirley Jackson, Stephen King y Leonardo Oyola). Y dejo muchos libros sin terminar. No me queda claro si leo en el tiempo libre para descansar, o si me canso en el tiempo libre para disfrutar de las tardes tranquilas del Instituto de Filología, tan lleno de polvo y silencio.
Creo que voy a devolver Aquí América latina sin terminar.

viernes, 1 de julio de 2011

Desde mi nueva ventana



(Sí, lo que se ve al fondo atrás de la primera línea de edificios es esto)

martes, 21 de septiembre de 2010

El fin del invierno


Pequeño paseo por lugares que veo muy seguido. Click en las imágenes para verlas más grandes.











jueves, 2 de septiembre de 2010

Un día de aquellos


De chica, alguna vez soñé cómo pasar el nivel 8-3 de Super Mario. Para cuando me desperté, por supuesto, sólo quedaban hilachas de estrategias que no servían para absolutamente nada.

Tal vez sería más sencillo pasar el día de hoy si me acordara del sueño de anoche, que se deshizo con las horas como una gota de tinta en el agua, quién dice.

Pero las tortugas que tiran martillos tienen la gracia de ser particularmente inoportunas.

miércoles, 30 de junio de 2010

Hoy no puedo afinar la guitarra

Primero fue la luz, esa leche oscura de la mañana, el colectivo vacío a contramano de la multitud, los dedos fríos dentro de los guantes sin otros dedos cálidos para sostener, los minutos contados, llegaste tarde, nadie te lo dice, claro pero llegaste tarde, y una mano anónima lo escribe en el registro con patitas de bicho azul, porque para esas cosas nunca falta quien dé una mano, anónima, claro.
Después volver a casa, línea nueva de colectivo, andá a saber por qué pero esta que llega más rápido se las ingenia para tomar un trayecto en el que es imposible que el sol no pegue bien en el fondo de la retina aunque se cierren los ojos, aunque se busque ese cansancio que duele en la garganta, y hay que esperar hasta la cama, también fría, también vacía.
Para dormir con minutos contados.
Y llegaste tarde, y nadie te lo dice.
Al final, la última vuelta a casa, la tarde que se desgrana en un pozo de píxeles, colecciones de casidesconocidos y de amigos perdidos, apenas unos pocos de los que cuentan, promociones para ganar vasos térmicos, pequeñas malas noticias esperables, otra imagen en la que no estaré, el día de mañana que se hace grito en las pestañas.

jueves, 6 de mayo de 2010

Tinta sobre papel

La Feria del Libro debe ser uno de los eventos más estables de Buenos Aires: todos los años para la misma fecha, todos los años con casi los mismos puestos, todos los años con presentaciones de libros que uno no querría leer anunciadas ochenta veces y espectáculos buenos apenas mencionados con una línea pobretona en la maraña del programa diario, siempre repleta de los mismos estudiantes, las mismas viejas emperifolladas, los mismos nenes de fin de semana, las mismas mesas de saldos, los mismos lemas poco felices. Si algo varía en la experiencia propia, depende mucho del recorrido propio.
Esta vuelta, fueron dos, en realidad: uno muy lúdico y cansador, sola con un presupuesto un tanto exagerado para mis parámetros normales, saltando de mesa en mesa en busca de pequeños tesoros inhallables. Eso de que está todo particularmente caro es cierto sólo hasta por ahí nomás: los precios son más o menos los mismos que afuera, sólo que se puede hacer recurso al descuento para docentes, que es algo que no opera en las librerías, por lo general. Y es esa pequeña diferencia, y la sobreabundancia de oferta, la que siempre termina tentando a los compradores y lectores compulsivos de libros como yo a comprar cosas que obviamente se van a mantener por lo menos por muchos meses vírgenes de ojos.
Menos mal que por lo menos encontré una antología de lírica gallego-portuguesa y recuperé un Cosas de mujeres de Fogwill para redimirme de la cuota de gasto poco razonable del día.
La segunda visita fue con acompañante. Ya una vez hice una tipología de mis visitas a la feria del libro, y esta fue bastante estándar: el acompañante en cuestión es lector, pero no adicto a los libros, y nos conocemos bastante poco, así que dentro de todo fue un recorrido corto, de esos en los que también hay que prestar un poco de atención a los gustos ajenos para, al menos, no perderse.

Para la FLIA, este año, hay que decir primero que nada que no fui en la mejor disposición del mundo: había dormido cuatro horas, quería llegar a dormir por lo menos una quinta para sobrevivir ese sábado a la noche y entonces estaba particularmente intolerante. Tal vez eso haya contribuido de forma decisiva al hecho de que no haya realmente disfrutado la visita esta vez.
Rescato la unión de buenas voluntades y el caos resultante: si hay algo que sí funciona en las FLIAs es ese desorden ecléctico de lo hecho a pulmón por mucha gente muy distinta. Paradójicamente, de todos modos, a la hora de los libros predomina una cierta uniformidad un tanto preocupante: puedo haber tenido mala suerte, pero cada vez que no fui estrictamente a lo conocido ni a las traducciones, lo que pude encontrar esta vez fue
1) Poesía cuyo mecanismo estético estaba en la fragmentación de trozos de prosa autobiográfica sobre anécdotas cotidianas
2) Poesía pseudoadolescente no del todo curada de los vicios del lector de traducciones
3) Prosa pseudo-autobiográfica con un sesgo ligeramente sensacionalista agotado hace mucho rato (eso que en alguna parte llamé hiperrealismo del exceso).
No quiero sacar conclusiones apresuradas de eso, prefiero pensar que tuve mala suerte (suelo tenerla) y que agarré sistemáticamente el volumen de al lado del que debí haber manoteado. Experiencias anteriores me llaman a concederle a la FLIA el beneficio de la duda.
Me volví con una traducción, un par de libritos de poetas que ya conocía de antemano y una novela de Lamborghini.

Debería volver al puesto francés de la Feria del Libro oficial. Pero me temo que por este año ya tuve más que suficiente.

Mientras no estuve

Ahora que, en tal vez el primer momento de verdadero ocio robado a la noche en diez o quince días, me pongo a intentar hilar algo con los retazos podridos de ideas escribibles que fui acumulando en mi cabeza (este es el quinto comienzo de este post), caigo en la cuenta de que el objeto-libro atraviesa todas las pequeñas crónicas y comentarios y puede ayudarme a sostener la trama caótica que tengo la intención de hacer.
Podría empezar entonces por una compilación de obras de teatro medieval que compré hará unas dos semanas por internet, y que fui a buscar el lunes. Podría narrar de eso los ojos claros, hermosos del estudiante con el que concreté el intercambio en un cruce de avenidas rumbo a ninguna parte. O la extraña escena simétrica inmediatamente después, en un vagón del subte D, cuando me senté exactamente frente a una mujer que venía leyendo exactamente el mismo libro que yo. Sólo que ella era más vieja. Y su edición tenía, también, unos cuantos años más. Y que ella se bajó una estación antes.
Después estuvo el congreso en La Plata, claro, con su inquietantemente simétrico trazado de calles, con un paréntesis académico en este año de aislamiento intelectual severo.
Y la feria del libro oficial, de la que quiero escribir algunas palabritas aparte.
Y su espejo invertido, la FLIA, que merece estar en el mismo post aparte.
Tal vez no sería tan mala idea hacer ese post ahora.

miércoles, 7 de abril de 2010

Draco II



Surveillance






El encargado de ahora en más de remorder mi conciencia cuando me cuelgo y levanto la cabeza de mis papeles en vez de trabajar.























Debería poner otro arriba de la computadora, como sugirió mi primito Lucas.


Dormir enroscada

viernes, 12 de febrero de 2010

Balance anual

Mucha ropa nueva, una renuncia laboral kamikaze, unos cuantos libros leídos, unos cuantos más comprados o recibidos, cuatro estantes más para mi biblioteca, una ponencia, un viaje a Neuquén y otro a Córdoba, un par de canciones, dos recitales, un par de amigos nuevos, modificaciones de términos con un par de amigos viejos (algunas muy buenas, otras no tanto), un proyecto de beca rechazado, un título de licenciada en letras, unas clases en la cárcel, unos cuantos kilos menos, un par de hombres que no me supieron querer, poco avance con mi novela, un poquitito de alemán y alguna mejora no muy significativa en mi francés, un cambio de sistema operativo, una cantidad no demasiado desdeñable de discos escuchados, algunas películas, una sobredosis de vampiros, un par de posts en este blog, no mucho más

no volveré a tener 26 años,

en cierto modo es un alivio.

jueves, 11 de febrero de 2010

Pasaje

ubuntubar


Bien, di el paso que venía postergando demasiado, y me cambié a Linux.
Había empezado este post hace mucho, cuando recién estaba todo nuevito y yo todavía tenía miedo de que algo saliera inesperadamente mal. Sobre todo porque después de ver el lío que me significaba particionar el disco y lo mal que estaba funcionando Windows (que pedía a gritos un lindo formateo) había decidido hacer el salto al vacío de dejar sólo Ubuntu en mi máquina.
La primera experiencia fue genial: yo temía que iba a tener que instalar cada parte de mi hardware manualmente, después de escuchar algunas experiencias de fracasos en las aguas de Tux, pero todo funcionó espontáneamente. Sólo hizo falta descargar Chrome para Linux, un par de parches para audio en mp3/wma y video en dvd/avi, un par de plugins tontos y ya. En un par de horas ya funcionaba todo, que es más de lo que se podía decir de mi viejo WinXP destartalado y lleno de virus.
Ahora, un mes después, la verdad es que el balance no podría darme mejor. Es cierto que el Chrome beta que uso todavía funciona más o menos, y que hace falta recurrir a Firefox un poquito más seguido que en Windows. Pero por lo demás el sistema es más rápido, más cómodo, casi no se cuelga, es mucho más sencillo conseguir programas gratuitos cuando hacen falta y por algún motivo que no termino de entender Audacity me graba con un poco menos de ruido (si consigo que algo con lo que estoy trabajando quede presentable, va la muestra esta noche de yapa), así que sí, creo que puedo autodefinirme como una usuaria de Linux feliz.


lunes, 8 de febrero de 2010

Santas rocas, Batman

Una de las cosas más perturbadoras detrás de las recomendaciones enfáticas que recibimos ya desde Capilla del Monte al museo Rocsen de Nono era que nadie parecía saber explicar muy bien en qué consistía. La respuesta standard era repetir la palabra con la que el mismo museo se autodefine ("polifacético"), con el agregado de un "está bárbaro, vayan y vean".
Lo cierto es que pequeños museítos había por todas partes, y que la idea de uno no dedicado a una temática estrictamente local (ni siquiera dedicado a una temática, ni siquiera definible) sonaba sospechosa. Por mi parte, imaginaba algo parecido a un par de museos interactivos de mi adolescencia, esos en los que nada en sí tiene demasiado valor histórico o artístico que digamos sino que más bien juegan a ser ferias de curiosidades de cierta calidad, rejuntes de construcciones raras (la sala de castillo patas arriba en el Children's Museum of Indianapolis, por ejemplo), artefactos curiosos que uno tiene permiso de manipular (todos los dedicados a explicar efectos visuales de ese museo de Recoleta de cuyo nombre no consigo acordarme) y otros cachivaches divertidos por el estilo.


Bien, no podía equivocarme más.

Fachada


Ahí, en el mismísimo Medio de la Nada, a cinco kilómetros del pueblo más cercano (que, por cierto, dista mucho de ser un gran centro urbano), tras una imponente fachada de aires griegos desde la que observa una curiosa selección de monumentos, lo que había era un tremendo museo gigantesco que, para hacerle justicia, habría que decir que es una suma de varios museos juntos. Tal vez, de todos los museos posibles. Rocsen ("roca sagrada" en un topónimo céltico francés, si le creemos al folleto explicativo) es un museo de antropología, un museo de arqueología (americana sobre todo, pero no exclusivamente), un museo de libros antiguos, un museo de mecánica, un museo de instrumentos musicales, un museo de reconstrucciones históricas, y la lista podría seguir. Lo genial del caso es que en todas las áreas es, sin dudas, un museo bien provisto.

Este legionario me cae medio atravesado


A la vez, uno de los méritos del Rocsen es su capacidad de extrañar objetos en alguna medida cercanos para convertirlos en piezas de museo y, por tanto, en objetos de reflexión conciente. Conviviendo con un cráneo de legionario romano, una momia norteña, un incunable italiano de las obras de Petrarca y unos grabados de Watteau mi hermana y yo descubrimos, no sin algo de sorpresa, un grabador Geloso como el que tenemos en casa (al que pertenecen estas cintas), un adorno de cristal como el que tiene mi abuela, y otros tantos objetos pertenecientes al pasado personal o familiar. Devenidos pieza de museo.

Objetos reconocibles varios


En todo caso, sí, si llegan a pasar por Traslasierra, una vueltita por Nono y los cinco kilómetros hasta el Rocsen, definitivamente valen la pena.


Metafotografía




domingo, 7 de febrero de 2010

Where's when I was young and we didn't give a damn?

No es mucha sorpresa que en la ficción norteamericana abunden de tal manera las casas con vida propia. Llegué a esa conclusión fácil en alguna tarde de agosto de 1997, sola, un poco aburrida, con un Cujo de Stephen King (que había comprado para matar el tiempo en el aeropuerto) en las manos, sentada en el suelo de una habitación muy blanca, vacía casi por completo, con enormes ventanales de vidrios repartidos que dejaban entrar el sol rabioso y el verde subido del césped de los jardines en un verano seco de Indiana.
Es que no hay nada más sencillo que sugestionarse un poco en la acústica rara de una típica casa enorme norteamericana, con el crujido constante de su estructura de madera y de sus materiales livianos, con el eco de los propios pasos en la escalera encajada en un hall gigantesco. La mejor manera de no enloquecer para una adolescente porteña un poquito medrosa, habituada al barullo constante de los vecinos y al mutismo habitual de los espectros que habitan entre paredes de ladrillo, sola de golpe en el caserón extranjero de los tíos, era llenar la casa de sonidos propios. Qué mejor para eso que el equipo de música de la planta baja, con sus tremendos parlantes potenciados por la misma enormidad vibrante de los ambientes. Más todavía cuando la colección de cds de mi tío estaba todo lo bien nutrida que podía estar una colección previa a la época del download.
Fue en ese contexto (bastante ideal) que me encontré por primera vez con To the faithful departed. Que se convirtió enseguida en mi favorito personal de ese viaje, y que fue la carta de presentación perfecta para que The Cranberries se convirtiera en la banda de sonido de mi adolescencia.

"Este es el recital del recuerdo", bromeó mi hermana, mirando a nuestro alrededor ayer en el Luna Park, lleno hasta el tope con el entusiasmo de un público de entre veintimucho y treinta y varios.
La muestra práctica de que la música de los muchachos de Limerick no parece interpelar demasiado al público ajeno a su propia generación: no creo que esto tenga necesariamente que ver con la (real) desaparición mediática de la banda durante esta década que se fue, poco exitosa carrera solista de Dolores O'Riordan de por medio. Más bien parece que hay algo muy específicamente noventas en lo suyo, en su desprolijidad por momentos casi melódica, en su furia tranquila, en su intento más por entender las consecuencias directas de los ochenta que por buscar la forma de conectar con lo que fuera que viniera luego.


Y ese era el aire de anoche. En el calor había, además, suspendido, el aliento de otro tiempo todavía ahí, una suerte de realidad paralela en la que todos éramos como debimos haber sido una década atrás, cuando las sillitas de la platea en el lugar del campo podrían haber estado completamente de más.

miércoles, 6 de enero de 2010

¿Cuántos mundos entran en este año?

Y la década me encontró leyendo a Cortázar. Ahora con Papeles Inesperados, apenas termine aprovecharé que ayer pude comprarme el que va fotografiado abajo, para releerlo con más comodidad de la que permitieron las copias mal sacadas en la biblioteca del Congreso que tengo.


(todavía no sé muy bien cómo encajarlo en mi biblioteca)

Es un buen signo, mis años Cortázar tienden a ser los mejores.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

This is the last day of our acquaintance


(Mesa en el que pronto será mi ex lugar de trabajo)

lunes, 12 de octubre de 2009

Sobrecarga de ornatos dorados

Tengo que confesarlo: me moría de ganas de tener un librito de estos.


Tardé en decidirme: no quería comprarme una traducción de algo que pudiese leer en lengua original, ni me decidía con gastar en algo que ya hubiera leído. Y en casi todas las mesas de saldos en las que encontré la colección, eso pasaba con todos los títulos relativamente interesantes.


Además, claro, de que subieron de precio alrededor de un 50% desde que los mandaron a saldos, vaya uno a saber por qué.


Hubiera querido que alguien me regalara uno de estos para mi cumpleaños, o para mi recibida. Siempre alenté la esperanza de que alguno se apareciera con los dos tomos de Fortunata y Jacinta en esta colección tan exquisitamente kitsch. Pero por alguna razón que desconozco se ve que soy un tanto intimidante como destinataria de regalos: son muy poquitos los que toman en cuenta su sentido del humor a la hora de comprarme algo.


Hoy, entonces, en el Parque Rivadavia, me decidí por este, . No circulan muchas traducciones de ese texto, que yo sepa, y Pushkin me gusta mucho.


Aparte, la escenita elegida para la tapa es impagable. ¿Alguno sabe qué es?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Alta Barda (Neuquén I)



Venía caminando, tranquila y cansada, con G. Era nuestro primer día en una ciudad desconocida, nos aventurábamos a buscar nuestro albergue solos con un mapa y un número nada desdeñable de indicaciones orales (nos habíamos separado del contingente bastante pronto) y nos corría el reloj, porque se suponía que yo expusiera mi ponencia un rato más tarde.




En ese contexto llegamos al barrio Alta Barda. Yo miré, me detuve en seco y di un paso hacia atrás. Bonito, repetitivo como suelen serlo los barrios creados con planes sociales, y sede de una serie de pesadillas mías en el año 2006.




Es que mis pesadillas van por series, como mi pobre producción poética: cuando algo en mi experiencia cotidiana no funciona, suelo soñar una y otra vez variaciones sobre los mismos motivos, los mismos ambientes y más o menos la misma estructura narrativa. En un crescendo que hace que paulatinamente los sueños pasen de interesantes a insoportables, y tenga que buscar alguna forma de deshacerme de ellos. Normalmente, implica escribir algo que podría haber sido una versión prolija de un sueño de la serie.
Con el que coincide con estos paisajes de Alta Barda nunca lo hice, simplemente dejé espontáneamente de soñar con las peatonales de casas bajas con escaloncitos y eventuales rejas de alambre tejido. Tal vez por eso me haya chocado tanto encontrarlas en la realidad.





Al menos un par de días más tarde el campus de la universidad de Comahue me regaló un trébol mutante de cuatro hojas. Como para compensar a mi atareada superstición.

domingo, 23 de agosto de 2009

Vengo pensando hace varios días la posibilidad de escribir un post acerca de mi graduación. Hace una semana, cuando me llegó el mail que me anunciaba que mi última monografía estaba aprobada y la nota de seminario pasada en actas, pensé bastante en la necesidad o no de hacerlo. De alguna manera tenía que dejar alguna huella en el blog, no podía pasar así, en silencio. Pero la necesidad misma atenta contra la lógica de este espacio, pensado como un sitio para el desborde, para el resto inevitable e innecesario de días oficialmente destinados a otras cosas.
De hecho, llegué a pensar seriamente en cerrar mi arconcito de una vez por todas. Es que también esto me llevó a pensar en otro hecho: un blog, para alguien que escribe y que no tiene eternos ratos de alpedismo en estado puro en el trabajo frente a una computadora, es un arma de doble filo. Si bien abre una vía de comunicación que quiebra las paredes del escrito privado y del inédito (aun con las escasísimas visitas de este tacho ignoto de palabras), también implica una merma importante del tiempo destinado en un principio al ocio creativo. Aun para mí, que me mantuve casi siempre en mi propósito original de no escribir nada que no pudiera haber escrito para mí, con ínfimas modificaciones: fui descubriendo que el blog implicó, pese a todo, una disminución notoria de mi producción lírica y narrativa breve. Lo que puede no ser una gran pérdida para la literatura, que obviamente se está muy bien sin los textos que puedo escribir, cansada, a las dos de la mañana, pero no deja de ser una pérdida para mí.

En todo caso, si hoy vuelvo acá después de una semana agitada, es porque no creo haber resuelto el dilema. Y porque algo todavía me liga con esto. Y porque hoy es la primera noche libre de todas las muchas que quiero regalarme en lo que resta del año, y no sabía qué mejor hacer con ella.

viernes, 31 de julio de 2009

Limbo






Hoy entregué la última monografía de mi carrera.








Hace varios días que la tenía terminada.








Sigo de vacaciones en el trabajo hasta el lunes.










Este mes tendré muy poco tiempo libre para tocar, leer, escribir, existir.







Cuando necesito ordenar mi cabeza, ordeno mi biblioteca.








No sólo por falta de espacio agregué cuatro estantes y cinco cajas para fotocopias.








Y definitivamente no por necesidad cambié casi por completo los criterios de organización de mis libros.







El futuro incierto se come el presente; creo que esa podría ser una definición posible de la esperanza.







O del limbo.

jueves, 18 de junio de 2009

Para salir de Devoto

(Post intrascendente. El que avisa no es traidor)

En el colectivo de vuelta de mi última visita a la cárcel de Devoto (en este contexto), con un cansancio infinito que no parecía venir de ninguna parte reconocible, tomé dos decisiones que debí haber tomado hace tiempo: es hora de que me resigne a no seguir con Latín y con Francés este cuatrimestre. Es obvio que mi cursada de oyente de Latín III no está funcionando, no puedo ir nunca y ya perdí registro de lo que sea que esta gente pueda estar dando hace un par de semanas. En todo caso veré de pedirle a una conocida que me preste sus notas como para intentar reintegrarme en el segundo cuatrimestre, con otra agenda y otros tiempos. Y Francés, bueno, la macana es que llegué hasta acá y que pagué dos cuotas, pero lo cierto es que ya de por sí me tengo que ir antes vez por medio, así que mi par de ausencias por enfermedad derivó en que estoy bastante perdida. Sé que si me pusiera y convenciera a la profesora de que me tome el examen igual paso de nivel, pero también sé que eso no sólo implicaría hacer uso de un tiempo del que no dispongo, sino que además desaprovecharía bastante el curso, lo que sería una verdadera pena.
Por el momento, entonces, será cuestión de juntar fuerzas para terminar ese primer borrador manuscrito (el primero de corrido y más o menos coherente, las ideas centrales del trabajo que empiezan a tomar forma) de monografía beckettiana que me espera en el escritorio de al lado, antes de que termine de saturarme con el tema. Históricamente aligerar cargas dejando las cosas que me sirven como cables a tierra nunca me ayudó mucho (lo hice unas pocas veces, con resultados diversamente desastrosos), así que no puedo sino esperar que esta vez sea una excepción.

lunes, 15 de junio de 2009

En pedazos

Si hay una imagen capaz de evocar la sensación que me produce el proceso de redacción de una monografía, esa es la de un juguete que tuve en mi infancia noventosa: la Despelota.
El planteo de una pre-hipótesis, entonces, vendría a ser equivalente al momento de adquirirla: armadita, una bolita de colores, perfecta y sólida bajo la irrealidad del plástico que la protegió en todo su camino hasta las manos de quien se atreve con ella. Hermosa y coherente en su aparente simpleza, más sólida y más cerrada que un rompecabezas cualunque y menos amenazante que un cubo mágico.
Entonces, un buen día, uno se compra la hipótesis-despelota, se la lleva a su casa y la desempaca. Y la coherencia se deshace en gajos de colores. Es la perplejidad desesperante del proceso previo a la redacción: ¿qué se supone que haga con todo eso? ¿No se me habrá caído algo abajo de la cama, no? O también, ¿no sobran piezas acá? Uno mira, mira, manipula las piezas que de golpe se convierten en seis enemigos, parece que a la bolita bonita de la juguetería uno no la va a ver nunca más, y hasta surge la fantasía de tirar todos esos pedazos de porquería a la basura, pero a falta de mejores juguetes uno sigue, insiste, piensa, mira y remira, prueba algunas piecitas juntas que se desarman entre los dedos sin durar más de dos segundos puestas.
Así, por ejemplo, la correspondencia Beckett-Schneider es un hermoso gajito verde, que se balancea al lado de los comentarios blancos de Billie Whitelaw, cruzados descuidadamente con la alegría negra de la directora JoAnne Akalaitis porque el viejo se había muerto y eso le mejoraba las chances de volver a conseguir permiso para representar una de sus obras. Y al lado, un par de artículos variopintos, el rango que va desde una hermenéutica bien enrojecida a comentarios azulados por falta de aire en el cerebro.
Y entonces uno sabe que comienza a tratar de armarla, pero vaya a saber cuándo se podrá estar en condiciones de volver a ver la bolita entera, y seguro que no va a quedar con la misma disposición de colores que tenía en el embalaje, pero no importa, ¡mientras se sostenga! Pero se resiste, se resiste.
Y encima uno sabe bien también que el día que la termine, con un poco de suerte, va a rodar y a parecer sólida de vuelta. Hasta que alguien la deje caer al piso.
O hasta que el movimiento normal del olvido al que uno la mande la desarme, y dos o tres años después uno se quede mirando, perplejo, los cinco pedacitos de pelota en el fondo de una caja y se pregunte cómo se sostuvo eso alguna vez, y adónde cuernos habrá ido a parar el gajo amarillo que no aparece por ninguna parte.