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domingo, 23 de agosto de 2009

Vengo pensando hace varios días la posibilidad de escribir un post acerca de mi graduación. Hace una semana, cuando me llegó el mail que me anunciaba que mi última monografía estaba aprobada y la nota de seminario pasada en actas, pensé bastante en la necesidad o no de hacerlo. De alguna manera tenía que dejar alguna huella en el blog, no podía pasar así, en silencio. Pero la necesidad misma atenta contra la lógica de este espacio, pensado como un sitio para el desborde, para el resto inevitable e innecesario de días oficialmente destinados a otras cosas.
De hecho, llegué a pensar seriamente en cerrar mi arconcito de una vez por todas. Es que también esto me llevó a pensar en otro hecho: un blog, para alguien que escribe y que no tiene eternos ratos de alpedismo en estado puro en el trabajo frente a una computadora, es un arma de doble filo. Si bien abre una vía de comunicación que quiebra las paredes del escrito privado y del inédito (aun con las escasísimas visitas de este tacho ignoto de palabras), también implica una merma importante del tiempo destinado en un principio al ocio creativo. Aun para mí, que me mantuve casi siempre en mi propósito original de no escribir nada que no pudiera haber escrito para mí, con ínfimas modificaciones: fui descubriendo que el blog implicó, pese a todo, una disminución notoria de mi producción lírica y narrativa breve. Lo que puede no ser una gran pérdida para la literatura, que obviamente se está muy bien sin los textos que puedo escribir, cansada, a las dos de la mañana, pero no deja de ser una pérdida para mí.

En todo caso, si hoy vuelvo acá después de una semana agitada, es porque no creo haber resuelto el dilema. Y porque algo todavía me liga con esto. Y porque hoy es la primera noche libre de todas las muchas que quiero regalarme en lo que resta del año, y no sabía qué mejor hacer con ella.

jueves, 26 de marzo de 2009

Ortografía o la grafía del ... - Segunda entrega

(La primera, acá)



¡Ah, qué sería de nuestras tristes vidas frente a la pantalla de Word sin el corrector ortográfico para aliviarnos los nervios con estas sugerencias delirantes! 

viernes, 26 de septiembre de 2008

Releyendo para retomar

-Fragmento de La Manada con el que todavía, mucho tiempo después de haber garabateado su versión original en un cuaderno, sigo bastante contenta-



           La caza de hadas es una tarea harto complicada: primero hay que concentrarse y visualizarlas, armar su pequeña constelación en las motas de polvo que bailotean en la luz solar que entra algunas tardes formando un prisma irregular entre la ventana y el piso. En casa nada más puede hacerse en el que ahora va a ser su cuarto, y únicamente en otoño, que es cuando la luz entra directa por la ventana que da al patio de los Rustre, porque cuando entra por el balcón del comedor o por las ventanas de Alba es demasiada, y a las hadas tampoco les gusta acercarse a los vitrales del pasillo, supongo que porque la luz de colores las debe apagar un poco. Ni hablar del patio: aún cuando abriésemos el toldo (que sólo Dios sabe lo que podría caer de ahí arriba), dudo mucho que las hadas puedan sentirse bien al aire libre.

           Al principio es un poco difícil encontrarlas, dejar por un momento de ver la tierra, no distraerse con los trastos viejos o con los contoneos de Merlín que se aburre y trata de atrapar una laucha imaginaria. Una vez que se ve la forma (una punta de un pie, por ejemplo) van apareciendo muy rápido, con una nitidez sorprendente, hasta tomar color y volverse completamente corpóreas. Entonces llega la parte más difícil, porque si bien no se corren del sol son terriblemente rápidas, y pueden estar un buen rato burlándose con movimientos extraordinariamente violetas o verdes de uno, yendo de la ventana al piso o formando torbellinos de luz irisada, volando en espiral dentro de la pecera lumínica. Y además un hada no es una laucha, hay que tratarlas con cuidado porque las alas son frágiles, y con relativa facilidad, con la mejor de las intenciones, uno puede terminar rompiendo una pierna o un bracito delgado, cosa que absolutamente nadie tiene derecho de hacer.

           María aprendió todo esto con notable rapidez, una tarde mientras esperaba a Bita que se había ido vaya uno a saber dónde. Yo la invité con bastante ceremonia, y ella se limitó a preguntarme cómo se hacía, con simpleza, demostrándome que después de todo no me había equivocado. A mí me había parecido verla un poco triste, y supuse que cazar un par de hadas podía llegar a ser de ayuda. Por lo menos a mí siempre me sirve. Y valió la pena, las hadas parecen aparecer más fácil con ella cerca. Debe ser que se les parece demasiado.

Entrega: 31 de febrero

¿Por qué me costará tanto terminar de escribir todas aquellas cosas para las que no tengo fecha de entrega? 

¿O será que diecinueve años involucrada en procesos de educación formal pueden causar una enfermiza adicción a las deadlines?
En ese caso, los congresos, ¿no son una clase de droga sustituta?
Esto, por supuesto, puede traer problemas con los proyectos creativos de largo aliento. Complicado.


(Mientras retomo mi pobrecita olvidada novela en trámite y masacro las últimas 35 páginas A4, bajo la influencia de una idea para un giro de trama que resuelve algunos problemas)

jueves, 3 de abril de 2008

Ortografía, o la grafía del...

Hay que reconocer que quienquiera que haya armado el corrector ortográfico de Word tuvo su cuota de sentido del humor:




Bueno, si le creemos a la RAE alguien debe existir que la escriba así. Igual, me parece que es necesario haber consumido el líquido en cuestión para ello.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Un universo propio

a woman must have money and a room of her own if she is to write fiction

Bien, Virginia, coincido con lo de la plata. Pero con el cuarto no alcanza.


Me di por vencida, por primera vez desde que (mientras escribo esto: "decíme cuando pueda chequear mis mails") empecé a pasar los caóticos borradores manuscritos de la novela que estoy tratando de terminar ("¿viste el quitaesmalte y el cortauñas?") con la máquina. No hay caso. Cuando la cosa se me complica necesito ver las cosas en un papel, poder tachar, anotar, hacer enchastres. Me dispuse a imprimir las 92 páginas que llevo pasadas, que corresponden a las líneas centrales que llevan el relato (el mp4 que tengo que usar para no escuchar a las cohabitantes de la casa bufar por lo que escucho, que está fallando y tengo que cambiar esta semana, empieza a andar en mono, y hace falta golpearlo un poco); hay que aclarar que todo lo que tengo que pasar son textos y episodios intermedios, una inmensa cantidad de ellos. Mientras la impresora escupía páginas en calidad borrador, mi benemérita madre me vio fuera de la silla y entró a usar la computadora. La impresión, por error mío, falló. Tuve que esperar a que ella hiciese una pausa. Con la máquina lenta por un disco demasiado lleno y una ridícula cantidad de ventanas y programas abiertos, todos en uso por alguna de las tres, volví a imprimir lo fallado, y me dispuse a hacer las tareas de reordenamiento y corrección que quería. La computadora fue rápidamente ocupada de nuevo.
(Conversación lenta, detrás, sobre temas banales, no del mejor de los humores, ninguna de las tres lo está)
Intenté volver a la máquina. Esperé largo rato a que la máquina se desocupe. Me senté. "¿Qué querés comer?" "No sé, decidí vos". Una línea. Dos. Tres. Una corrección. "¿No me llegó nada?" "No" "¿No me cerraste el messenger, no?" "No". Cuatro. Una corrección. Dos. "¿Pero no escuchabas que te estaba hablando" "Perdón, no, me estabas hablando desde la cocina, así no escucho" "No escuchás cuando no te conviene. Dejá, ya bajé la basura yo". Puta madre, me perdí. Adónde iba. Ah, sí, era por acá. "Pero no me dijiste qué querés comer" "Me adapto, lo que quieras vos, que tenés más problema". Discusión de cinco o diez minutos. Vaya uno a saber por dónde iba. Di un rápido manotazo a mi mp4 (al lado mi hermana me mira, y se pasa una mano por el cuello; se da vuelta y se va, pero no se aleja mucho) y me tuve que ir a trabajar a la cocina. Volví. Mamá en la máquina. Teléfono. Para ella. Raudamente ocupé la máquina. Me puse a escribir este post a las apuradas. Salió mi hermana de bañarse.

No alcanza con un cuarto propio. Eso, aunque parezca mentira, lo tengo. Hace falta mudarse de universo.

domingo, 26 de agosto de 2007

Materia Scriptoria

Debería ser más sencillo de lo que finalmente resulta. Pero conseguir un cuaderno que me sirva no es moco de pavo.
Acá cabe aclarar que entre mis muchas manías se cuenta la de escribir con lapiceras de pluma. Es una cosa ligada a un placer casi físico, sentir la pluma deslizarse suave por el papel y la tinta que fluye como una continuación de uno, en vez de esa cosa trabajosa e indominable con una bola en la punta que hace lo que se le antoja y escatima tinta, que nunca impregna la hoja sino que apenas la cubre por encima. Están, claro, las Pilot, solución intermedia, pero yo no pago la cotización de casi media hora de mi trabajo por un objeto descartable como ese.
El problema resulta, entonces, del hecho de que no todos los papeles, parece, son aptos para lapiceras de pluma. Uno tendría que poder preguntar: Disculpe, señor, ¿usted sabe si éste es apto para lapiceras de pluma? Pero inmediatamente vendría la mirada que no necesitaría palabras para comunicar el otro interrogante: Disculpá, piba, ¿vos de qué planeta saliste? Y por supuesto, los cuadernos no vienen con una etiqueta que avise: Ligeramente resistente a las tintas líquidas.
La solución, entonces, parece ser comprar un cuaderno de cada tipo. Invariablemente alguno de ellos va a tener el papel menos poroso, la tinta va a fluir mal, se va a entrecortar, va a hacer falta mojar la pluma de la lapicera con el carucho para que chorree un poco y funcione decentemente. Una vez cada quince minutos. Y encima hay que elegir bien la tinta. Porque, vaya uno a saber por qué razones físicas que no quiero indagar, hay tintas que corren más fácil que otras. Tinta Sheaffer verde con un cuaderno Mis Apuntes, por ejemplo, parece la combinación de materia scriptoria elegida por Satanás para castigar a los escribientes condenados al martirio eterno. O mejor todavía, imagino una cámara infernal en la que un profesor lanza datos como una máquina, hace un frío atroz y es totalmente necesario tomar notas con esa combinación maldita, porque los desgrabadores brillan por su ausencia.
Bah, para qué digo que lo imagino. Ya estuve ahí.

domingo, 15 de julio de 2007

Post fallido

De casa al trabajo y del trabajo a casa. La definición de cola de supermercado para dar cuenta de una persona correcta. Odio ser una persona correcta en la cola del supermercado.

La idea de hoy para hacer un post de sábado a la noche era torturar a mi acotadísimo círculo de lectores con un borrador de canción en proceso, en grabación casera. Agradézcanle a un berrinche de mi audacious Audacity, que se empacó y me dejó con el pescado sin vender.

Tres palabras antes de tratar de seguir peleando con mis borradores para terminar un proceso de escritura novelesca viejo, sobre una reflexión de colectivo (105, del trabajo a casa) relacionada con esa misma tarea que pienso reemprender. Por alguna razón incomprensible son los personajes que no formaban parte de las tramas iniciales los que invariablemente se me terminan convirtiendo en los que más me importan, si es que continúo una narración por más de diez páginas (el equivalente a pc de unas diez o quince hojas de los cuadernos de espirales que me gusta usar para escribir borradores), muchas veces con perjuicios tan serios a la línea de trama central que los proyectos colapsan, o se convierten en otra cosa. Hay casos llamativos, verdaderas adicciones a la forma de escritura y de pensamiento que permiten determinados personajes, como el de VG, hermano de un personaje secundario que me desbarató una novela hace unos años y se coló en otra que iba a tratarse de otra cosa totalmente distinta para adueñarse de ella. O el de MS, salido de casualidad, que me tiene pensando en cómo volverlo a usar, porque no puedo soportar la idea de no escribirlo más, con lo que me divierte. O de AS, que salió de entre la multitud en una ceremonia familiar en el fantasy del que hablé hace poco, y que me acabo de dar cuenta que se adaptó de tal manera a la trama que me va a costar conseguir que sucesos que hubiesen pasado con o sin él no parezcan un deus ex machina puesto para salvarle las papas.

Dejo esto por hoy, y mañana si mi computadora está de mejor humor (juro que me vendieron un experimento de inteligencia artificial, este bicho tiene voluntad propia) volveré y seré canciones.


miércoles, 23 de mayo de 2007

Tú / vos / usted / eh, sí, oh mi digno interlocutor a quien me dirijo en este acto solemne

Etapa final, engorrosísima, de terminar de pasar un cuaderno de pequeñas dimensiones para cerrar una novela que me llevó como tres años, y me decido a retomar, casi en broma primero, más en serio después, un proyecto de adolescencia que siempre me dio pena dejar en sus 96 páginas pésimas a máquina de escribir de entonces. Algo de esto conté más abajo, busquen el post si tienen ganas y recién sintonizan el dial, no tengo ganas de armar el link porque tengo más ganas de irme a dormir, la verdad. La novela que estoy cerrando cuando me aburro lo suficiente para ponerme a transcribir y a corregir cuadernos presentó y presenta problemas, todavía, y tengo mis serias dudas sobre la legibilidad del resultado. Pero si hay un problema que no tuve, ése fue la elección del dialecto, y del conjunto de presupuestos de los personajes. Buenos Aires, en una época demasiado contemporánea como dice en alguna parte Mendieta, problema resuelto, a lo sumo habrá que cuidar la adaptación de registros, y a trabajar sobre otros aspectos, con la conciencia tranquila, sleep tight my dear.
Ahora, work in progress actual (yo necesito alguna excusa para escribir en los bondis y hacer tiempo en los cafés, las esquinas y las aulas con profesores que no llegan, y por alguna razón no puedo sentarme en casa a redactar ficción, para eso antes estaba un cuaderno de notas diarioso que descansa en paz por algún lado de la máquina y ahora está el blog), me encuentro de buenas a primeras con un problema que da hasta bronca: muy bien, me largo con este fantasy de nuevo, a reelaborar fantasías de un mundo alterno de ciudades amuralladas que me sigue dando vueltas como los sueños cuando no los narro. No contemos los problemas de trama, esos son divertidos de solucionar.
El problema son los diálogos.
¿De qué se supone que se hablan los personajes de una sociedad inexistente, escritos por una argentina? Pucha. No de tú, no puedo sentirme cómoda escribiendo una escena de bastante densidad dramática entre gente que se conoce de toda la vida en tú sabes, si a tí te parece. No, no, no, no. A Oesterheld le habrá salido poner en Baires gente tuteándose, pero era otro momento, a mí me cuesta ponerlos en las costas hipotéticas que escribo. Pero se supone que esta gente habla otra cosa, no castellano. Menos rioplatense. Entonces ¿qué? ¿Vos? ¿Deschavada total de la nacionalidad de la escribiente? ¿O qué? ¿O es que no se puede escribir un fantasy en Argentina? ¿Cosa facciamo?
Por el momento, doy rienda suelta a la libertad del borrador manuscrito y escribo en una versión un poco estilizada, si tengo que decir la verdad, de mi lengua de calle. No puedo concentrarme en otra como hace falta. Y puteo mis escrúpulos, mi no poder terminar de sentirme cómoda rompiendo una convención, en un escrito que probablemente no deje nunca mi computadora, si es que llega a ella.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Abajo del polvo y adentro de morrales viejos

Los cuadernos con escritos viejos dan esa impresión un tanto incómoda de estar leyendo a otra persona. No depende de qué tan viejos son, a veces algo que se escribió hace mucho tiempo resulta más cercano que otro texto más nuevo, de un par de meses. Cuando se olvida un escrito nuevo da la incómoda impresión de haber perdido un pedazo de memoria, lo que equivale a haber dejado de vivir algo. Un texto al que se le olvidó por completo el proceso de escritura, como una foto de un lugar olvidado, o el despertar con las emociones de un sueño pegadas en todo el cuerpo, pero sin ninguna de sus imágenes, son todos recordatorios de lo frágil que es este instante. Probablemente mañana ya no lo hayamos vivido nunca.
Es distinto lo que pasa con los textos muy viejos que sí se recuerdan. Actualmente reescribo sobre la trama y personajes base de algo que hice hace cosa de diez años, que a esta edad son una eternidad. Y lo extraño es que recuerdo muy bien el proceso de escritura de entonces (llevé cuidadosas notas, pero cuando las hojeé noté que no hacían falta, que las tenía en la cabeza), los problemas con los que me enfrenté, los que creí enfrentar y los que no vi nunca. Releyendo las páginas viejas, las imágenes, los fragmentos de sueño son propios, pero las palabras son ajenas. Infinitamente ajenas.