Mostrando las entradas con la etiqueta esqueletos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta esqueletos. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de febrero de 2013

Borradores Caseros

Como saben, una de las cosas que suelen caer a este pobre blog son grabaciones caseras de canciones a medio terminar, grabadas con la peor tecnología disponible para la fecha (nunca suenan mejor de lo que sonaría un cassette puesto en un radiograbador, y eso con mucha, mucha suerte). Para quien le interese hacer la experiencia de escucharlas de corrido (junto con un par de extras que nunca subí acá), hice un paquetito que pueden descargar cómodamente aquí.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Un día de aquellos


De chica, alguna vez soñé cómo pasar el nivel 8-3 de Super Mario. Para cuando me desperté, por supuesto, sólo quedaban hilachas de estrategias que no servían para absolutamente nada.

Tal vez sería más sencillo pasar el día de hoy si me acordara del sueño de anoche, que se deshizo con las horas como una gota de tinta en el agua, quién dice.

Pero las tortugas que tiran martillos tienen la gracia de ser particularmente inoportunas.

viernes, 12 de febrero de 2010

Balance anual

Mucha ropa nueva, una renuncia laboral kamikaze, unos cuantos libros leídos, unos cuantos más comprados o recibidos, cuatro estantes más para mi biblioteca, una ponencia, un viaje a Neuquén y otro a Córdoba, un par de canciones, dos recitales, un par de amigos nuevos, modificaciones de términos con un par de amigos viejos (algunas muy buenas, otras no tanto), un proyecto de beca rechazado, un título de licenciada en letras, unas clases en la cárcel, unos cuantos kilos menos, un par de hombres que no me supieron querer, poco avance con mi novela, un poquitito de alemán y alguna mejora no muy significativa en mi francés, un cambio de sistema operativo, una cantidad no demasiado desdeñable de discos escuchados, algunas películas, una sobredosis de vampiros, un par de posts en este blog, no mucho más

no volveré a tener 26 años,

en cierto modo es un alivio.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sobrecarga de ornatos dorados

Tengo que confesarlo: me moría de ganas de tener un librito de estos.


Tardé en decidirme: no quería comprarme una traducción de algo que pudiese leer en lengua original, ni me decidía con gastar en algo que ya hubiera leído. Y en casi todas las mesas de saldos en las que encontré la colección, eso pasaba con todos los títulos relativamente interesantes.


Además, claro, de que subieron de precio alrededor de un 50% desde que los mandaron a saldos, vaya uno a saber por qué.


Hubiera querido que alguien me regalara uno de estos para mi cumpleaños, o para mi recibida. Siempre alenté la esperanza de que alguno se apareciera con los dos tomos de Fortunata y Jacinta en esta colección tan exquisitamente kitsch. Pero por alguna razón que desconozco se ve que soy un tanto intimidante como destinataria de regalos: son muy poquitos los que toman en cuenta su sentido del humor a la hora de comprarme algo.


Hoy, entonces, en el Parque Rivadavia, me decidí por este, . No circulan muchas traducciones de ese texto, que yo sepa, y Pushkin me gusta mucho.


Aparte, la escenita elegida para la tapa es impagable. ¿Alguno sabe qué es?

domingo, 28 de junio de 2009

Spooools


un elemento que se le perdió a Sam B. sobre las cintas de Krapp es la tendencia que tienen los rollitos a enredarse, a que se les quiebren los soportes, a cortarse, a desmagnetizarse, a convertirse en registros deshilachados de un pasado que parece mucho más arcano que el de las fotos y el de la memoria, espectro ruidoso de seres que no están, o que nunca más volverán a ser



vaya a saber qué resonancias tiernamente siniestras se nos estarán perdiendo cuando pensamos en estos medios técnicos que nos lanzamos a usar cuando escasamente sabemos en qué se convertirán cuando vengamos a buscar sus viejos huesos

sábado, 14 de marzo de 2009

Mirá lo que encontré


Se me vienen varias imágenes a la cabeza. Algunas de mi hermana, que fue quien compró este cassette a principios de los 90. Tal vez la más tierna del montón sea la de ella enseñándome con toda la paciencia del mundo acordes básicos en la guitarra, mediante canciones de Roxette. De este album, me acuerdo de lo difícil que podía resultarme a los 12 "Watercolours in the rain", aún con la guitarra criolla para liliputienses que ella me prestaba.
Otras tienen que ver con el formato. Recuerdos de mi escuela secundaria, a fines de la década, cuando todavía la forma más extendida de música portátil era el walkman. Como las pilas eran caras teníamos en el curso a una rebobinadora profesional: mi amiga Angie, que parecía encontrar particularmente descargante ocupar la mano en rebobinar o avanzar cassettes con una birome bic. Yo no podía, siempre trababa las cintas, no pregunten cómo.

sábado, 7 de marzo de 2009

Lecturas de infancia


Más polvo levantado por la monografía de Vedda

martes, 27 de enero de 2009

(sí, leo bastante literatura trivial)

Leer en secuencia los escritos de casi cualquier tejedor de palabras deja siempre el rastro de los pequeños aprendizajes, de los pequeños arrepentimientos por errores literarios pasados que se ocultan como pueden bajo una maraña de obsesivas pruebas que parecen querer decir "no, pero yo soy capaz de escribir algo mejor que eso". Es una sensación particularmente penosa cuando se trata de escritos propios, volver a mirar la novelita que se escribió a los doce o los poemas de los dieciocho, al menos en mi caso, es casi un dolor físico. Se me da por preguntarme qué pensaré de mis escritos actuales dentro de quince años, y hay que decir que me corre un cierto escalofrío molesto que hace falta ahogar con un buen mate o unas horas de estudio.
Pero cuando se trata de los escritos de otro resulta hasta entretenido. Pocas veces ocurre el caso de un escritor que se desinfle (se me ocurre J.K. Rowling, con los últimos dos libros de la saga Potter, algo que consideré trabajar para la monografía sobre literatura trivial, y que tal vez hubiese sido una decisión mucho más sabia que los vampiros), por lo general lo que uno ve es cómo se van desarrollando capacidades, como una florcita que se abre, aún cuando el tipo o mina en cuestión viva de esto, se le agoten las ideas al mismo tiempo que el presupuesto y tenga que inventar tramas ridículas que mantengan el teclado y la cuenta bancaria andando. Para seguir con ejemplos de literatura trivial (en realidad, los que siguen escribiendo cuando se les acaba la gasolina son sólo los escritores de cualquier cosa que se venda bien), Stephen King entraría entre estos: es indudable el aprendizaje técnico entre las primeras novelas y las últimas (una construcción más prolija de los efectos, pequeños experimentos formales casi poéticos, un uso dificilísimo y bien logrado del discurso indirecto libre), pero no por eso puede decirse que Salem's Lot sea peor que The girl who loved Tom Gordon. O que Bag of Bones, que se cuenta entre los pocos libros de los que me deshice deliberadamente en mi vida.
Con Anne Rice ocurre algo infrecuente, para lo que al menos ahora no se me ocurre ningún otro ejemplo literario. Se me viene a la memoria la sensación rara que provoca ver una retrospectiva de Giorgio de Chirico, a quien se le dio en algún momento por parodiar con algo de crueldad el estilo de juventud que lo hizo famoso, y que es lo que cualquiera tiene en la cabeza cuando piensa en él. Anne Rice fue haciendo algo parecido. Todo su mundo ficcional es  cerrado y autorreferencial (sigo sin poder imaginarme qué es lo que habrá producido en su delirio místico actual), y usa eso como excusa para hacer ostentación de su autoconciencia. Cambiar de la voz de Louis a la de Lestat le sirve para burlarse un poco de su estilo por los setenta, y a la vez Lestat mismo, que es un personaje mutable, llena su discurso de espacios metatextuales en los que da cuenta de esas mutaciones en la forma de escribir. Todo merece ser reescrito, reinterpretado, se pueden narrar las últimas quince páginas de The Vampire Lestat en doscientas, si tan sólo se cambia el punto de vista, y se nos avisa de ello apenas comenzado Queen of the Damned
Es tan tarde que es temprano, así que en otro momento, si necesito hacerlo, escribiré una segunda parte para este post que sirva de cierre.

martes, 9 de diciembre de 2008

Meet the Flintstones

Y estos son los despojos de la era cassette. Los originales son antiguos (y alguna vez ajenos, yo era de las condenadas al truchaje a doble cassettera o, en tiempos más modernos, desde cd), y la enorme cantidad de tdks y afines es más bien moderna. Algunos de esos son apenas anteriores a mi paso a la era del mp3.
El grabadorcito lo compré en 2002, para que un amigo me grabara las clases de Panesi cuando no podía ir. Que era lo normal, yo cursaba el profesorado de portugués en ese horario. Lo usé poquito desde entonces. Creo que, de hecho, tengo todavía alguna vieja clase fósil de Delfina Muschietti por ahí.
Entrar en ese cajón implica, además de una lucha cuerpo a cuerpo con un ejército de ácaros y otras ínfimas alimañas, y de paso reencontrarse con algunos gustos antiguos. Era la época en la que no tener plata para comprar música significaba necesariamente depender de convencer a mi hermana de que quería adquirir (o bajar, el último tiempo, en un momento en el que un download llevaba como una semana) lo que yo tenía ganas de escuchar, o en su defecto conseguir préstamos y grabaciones de amigos. Estrategias que no siempre funcionaban, con lo cual las posibilidades de ampliar la colección musical eran ínfimas, y ni hablar de salirse de lo estrictamente mainstream.
Mientras escucho una selección de temas chica, las 18 horas y pico que ocupan mis canciones favoritas de entre las que tengo en el disco duro (la última vez que abrí la lista general eran unas increíbles 260 horas), vuelvo a preguntarme otra vez por qué no tiro todas esas cintas. Miro. Le saco una foto al cajoncito para el blog. Vuelvo a mirar. Ni siquiera tengo en donde escucharlos, ese walkman anda pésimo, se traba, engancha, patina. Y la cassettera de mi equipo de música murió hace mucho. Queda un pasacassette chico, mono, con un sonido deplorable, que creo que está en el departamento de mi hermana, para dar clases de inglés. Que alguna vez guardé para llevar música a otras partes, pero la verdad que se escucha bastante peor que mi mp3 conectado a los parlantes viejos de mi PC.
Vuelvo a mirar.
Ordenaditos, calladitos, cargados de polvo, menguando lentamente cada vez que algún amigo de mi vieja con pasacassette en el auto se lleva algo.
Cierro el cajón.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Archivo

Una cuota de azar me dejó en una carpeta de escritos que copié alguna vez a esta máquina cuando salvé archivos del disco rígido de mi vieja 486. Lo que sigue son algunos de los espectros que salieron de esa cripta.
El más nuevo de estos poemas tiene al menos dos años. El más viejo, no sé, tal vez unos cinco. Ninguno de ellos es muy alegre que digamos.


Dame la mano.

Hace frío y llueve, ¿sabés?, no tengo más que esta mano.

Hay puentes que cuelgan solemnemente del vacío,

bien sujetos del predicado. No los mires, dame la mano.

Hay una ausencia ladrando su advertencia de cancerbero. No la mires, y dame la mano.

Que no te confundan las cicatrices que me han tallado las gitanas.

Soy el vacío concentrado en una mano. Y tengo frío.

Dame la mano. Dámela apenas porque es la única estrategia

para no disolverme y ser ojos y ser tiempo y ser eco de mí misma.

No me dejes ser yo

cuando me miro en el fondo de los espejos.


_______________________________________________________________


Nocturno con ruidos


Las ratas.

Son las ratas.

Las ratas y sus ojitos lastimosos.

Las ratas de dientes cansados.

Rascan la puerta, ratas.

Andan por los techos, tan ratas.

Hay sonido de patitas en las alacenas del hambre.

Ratas. Ratas por todas partes.

Ratas haciendo equilibrio en el borde de la copa que contiene todos los infiernos.

Ratas cubriendo la luz que queda.

Ratas trepándose al sol, que hiede a inmensa rata quemada y no brilla.

Yo, apenas insecto,

no tengo párpados que cerrar,

ínfima e infinita en una esquina

de una casa con ratas,

muchas, muchísimas ratas.

Están mirándome con sus ojos chiquitos,

con sus pupilitas rojas de rata.

Se comieron la claridad, y no puedo moverme.


_______________________________________________________________



_______________________________________________________________

La bruja



Suelta entre las nubes y el piso

leoneo desdentadamente entre dementes

tanteando los bordes de los rostros, buscando mis rasgos

por los estantes en que se venden los que juran no tener precio,

gata gris curiosa e inofensiva.

Rasguño estandartes rotosos escondidos en rincones

roñosos en donde raras veces alguien revisa,

ronroneo entre rituales en los que ya no recuerdo cómo


siempre al alcance de alguna mano

que se empeña en no pasarme por el lomo


viernes, 12 de septiembre de 2008

Eso también existió


Sé que hice una selección conciente en algún momento, tomar a lo Noé un animal de cada especie para tirar el resto al diluvio del tiempo sin mucha culpa. Porque nunca tiro nada escrito que no sea una boleta, volante o un ticket sin un dejito de culpa. Menos, caso raro, si se trata de papeles manuscritos. Menos si tienen algo que ver con la historia personal.

Lo que no sabría decir es en qué momento la hice. Eso se me escapa, no tengo memoria exacta de haber embolsado todo esto. Ese gesto tengo que contarlo entre los huecos, las horas que vivimos de menos, las que no restamos del todo de la suma final de nuestros días nada más que porque dejan un resto, una certeza sin fundamentos ciertos y restos materiales que nos dicen que eso también existió.

Como el momento incierto en el que escribí mi nombre en la tapa de un cuaderno de secundario.

Como cuando hice esa tarea de italiano, como ese idioma que leo y escucho sin mayores problemas pero que soy completamente incapaz de hablar.

Así que he aquí otro esqueleto de este arcón, más personal, menos bonito que el primero: fotos, carpetas de Lengua, uno de esos cuadernos que yo usaba para casi todo, algunos cuadernos de la primaria, una carpeta de plástica, un carpetón de jardín, en suma un caos que resume catorce años de vida escolar a dos bolsones polvorientos hechos para abrirse muy poco.








viernes, 29 de agosto de 2008

Fragmentos fósiles de cráneo

Cualquier lector curioso puede comprobar fácilmente que raras veces presento los tags nuevos. Sobre todo porque uso mis etiquetas de una forma bastante caótica, como líneas generales que pueden dar cuenta de estados de humor, modalidades de escritura, obsesiones y también, a veces, por qué no, organizadores racionales establecidos con un grado algo menor de arbitrariedad. Ahora bien, el tag de hoy se merece una presentación, porque la idea (al menos por ahora) es comenzar racionalmente una serie temática que tenga continuidad por algún rato.

La idea será, una vez cada tanto, postear sobre esos objetos que se quedan entre las pertenencias personales sin que uno sepa muy bien cómo, sin utilidad definida, siniestros, inconfesables o simplemente un poco ridículos. Cosas que no forman parte de la cotidianeidad porque siempre (o por largo tiempo) fueron disfuncionales, ocupaespacios, monstruitos de abajo de la cama o de adentro de los cajones, guardados por ahí para servir a algún sentimentalismo, a alguna culpa, a algún pequeño regocijo estético difícil de explicar en público.

¿No hace falta que explique el nombre de “Esqueletos” que decidí para el segmento, no?

Para abrir la sección, entonces, algo que hace rato que quiero postear y no sé cómo. Se trata de un viejo misal, fecha de publicación 1950, año del Libertador General San Martín (chichichichín), de los que recibía la generación de mis padres para su primera comunión. Hasta hace bastante poco tuve dos, el de mi viejo y el de mi vieja, pero cedí uno a la curiosidad de mi primito más chico, criado en un ambiente mucho más laico que el que me tocó en suerte, y que sabe suficientemente poco español como para que el librito le sea perfectamente inocuo. El que conservo (motivos sentimentales de por medio) es el que perteneció a mi viejo, el más ornado de los dos. Pero el contenido (alguna vez husmeé comparativamente) es el mismo.

Para los que no lo saben, mi crianza, en términos religiosos, fue un tanto curiosa. Crecí en una casa de católicos carismáticos que eventualmente se pasaron al evangelismo, para convertirme en la adolescencia en la rebelde católica de la familia. Raro como suena, se dio así. Me duró un par de años. Eventualmente, muchos desagradables desengaños y sanas racionalizaciones mediante, gané algo parecido a un cierto grado de conciencia y tomé una prudencial distancia de las congregaciones religiosas en general.

Hoy en día sospecho que hubo detrás de ese corrimiento al catolicismo una razón más bien estética.

Es que, vamos, hay que reconocerlo, esa sobrecarga de elementos que parecen llegar de otro tiempo, de otro espacio, de otra realidad, esa confluencia de reflotes de viejas tendencias artísticas en una síntesis de golpes bajos de efecto, tiene lo suyo. Si no, nada más mírenle la pinta al misal, y a ver si no se entiende por qué mi primito me rogó que le regale uno:

Para apreciarlo bien habría que moverlo. Esa manía de confundir la luz alrededor del creyente, ese intento de recrear un aire de otro mundo de los enormes vitrales góticos, está en miniatura también acá: no podía ser un libro liso, tampoco uno pintado. Si se trata de algo que ha de signar la vida del creyente, la luz tiene que tratarlo raro, qué mejor que un nacarado. Y el (inexplicable) nicho en ojiva es impagable. Ah, y está también el detalle de la trabita, jugar con el ansia por lo secreto, con la necesidad de destrabar el libro que se convierte en necesidad de al menos abrirlo y mirar las ilustraciones en sepia de adentro, juego psicológico o bien exquisitamente bien pensado o simplemente afortunado, no lo sé. El lomo dorado, en este panorama, era casi inevitable.

Del interior, bueno, bastaría agarrar páginas al azar para llenar espacio en el blog. La constante: la insistencia en el dolor, sobre todo concebido como pasión física. Mi cabeza trasnochada (este post va en diferido, ahora que escribo son las 3.20 AM del jueves 28/8; no lo posteo hoy porque ya tenía atrasados a los Stone Temple Pilots y quería decir alguito sobre ese recital) gusta de jugar con la idea de que tal vez detrás de toda la insistencia en el sufrimiento de algunas religiones se esconda la creencia de que la única forma de mantener al ser humano más o menos tranquilo y controlado es dirigir sus impulsos destructivos contra sí mismo, y eventualmente contra los disfuncionales o los extraños. Así, sin más, parece que es tan importante glorificar a Dios que martirizar el cuerpo. Hay que agradecer que Dios de regalos para que los cristianos los rompan. Porque a los cristianos les gusta romper, eso está claro.

Esa insistencia adentro parece volverse un leit-motiv. Todo apunta a hacer la vida del creyente todo lo desagradable que sea posible, hasta el punto en que el librito parece convertirse en una pequeña camarita de torturas de lujo. (Si se lo preguntan no, nunca lo leí entero, y mucho menos pensé jamás en tomármelo en serio. Aún de chica católica siempre le dirigí a esas palabras del comienzo la misma mirada de preocupación escandalizada que a mi compañera de quinto año la novicia cuando, con un aire de autosuficiencia, hablaba de dejar de pensar en su ex-novio disciplina en mano, y me cortaba las ganas de escribir ficción con mi habitual cuadernito abajo del pupitre, junto con mi fe en la humanidad, para toda la mañana).

En una librería de usados muy particular que se llama El Glyptodón el librero, uno de esos extraños ejemplares de cascarrabias que no parecen tolerar demasiado bien quedarse solos consigo mismos y que por ende le dan charla a cualquier ser humano que haga algo para deberle paciencia (como treparse peligrosamente al entrepiso con estanterías enclenques de libros en francés e italiano del fondo del comercio, lo que por cierto vale la pena hacer) me mostró un ejemplar muy verosímil, probablemente verdadero, de un aparente librito de oración del siglo XVII, bastante bien conservado. Era apenas más grande que mi misal, y se le parecía mucho de afuera. Las primeras páginas, incluso, estaban hechas para apuntar a ese tipo de lectura. Después, claro, venía lo interesante: una novelita, creo recordar que de amor. El viejo explicó, con esa mirada pícara que sólo se ve en los que están orgullosos de tener algo que contar, que eran librillos publicados en ese formato para que las damas no se aburrieran con los latines. Podían dar la apariencia de seguir su misal, mientras se dedicaban a algo bien distinto a la mortificación personal. Y sí, no puede esperarse que mucha gente se tome el sufrimiento tan fácilmente en serio.

Ninguno de los dueños de los misales que me pasaron por las manos lo hizo, de hecho.