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jueves, 5 de marzo de 2009

Lúcido

(Post pendiente desde el viernes)


(La imagen pertenece a una puesta anterior, con otra escenografía)

Ya había visto, el año pasado, Acassuso y Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd. La primera me había gustado mucho. La segunda más o menos, pero para ser una obra de juventud no estaba nada mal. Así que las expectativas para Lúcido eran bastante altas.
Tiene en común con Acassuso la parodia grotesca de las pequeñas infamias de la clase media porteña/bonaerense, entre las que se destacan la estética noventosa del escenario y vestuarios (subrayada, en Lúcido, por el mito del Olimpo-Miami), y la sobrecomplicación cada vez que hace falta contar dinero. Como recursos formales y discursivos, también están la ruptura de la continuidad temporal y la disociación que parece haber entre diversos discursos sobre un mismo acontecimiento, marcada por el egoísmo y la mala voluntad. El efecto de irrealidad es, si se quiere, mayor. 
Todo contribuye a una caricatura pesadillesca sin salida, en la que sería imposible definir cuál de las realidades alternativas que se presentan es preferible. Los deseos de la clase media están, claro, condenados a la torpeza y al fracaso.
La puesta en sí es muy buena también. Las actuaciones están muy bien, mantienen ese verosímil frágil que cuadra muy bien con la problematización de lo real que marca la obra. Y por lo que ví me gusta más la escenografía más fragmentaria, en cierto sentido caótica que pusieron ahora que la que se ve en las fotos.
Como recomendaciones, eso sí: 
- Si sus humores son un tanto sensibles a la influencia de la experiencia estética, es una obra un poco deprimente. No es para llevar a un recién separado a que se despeje, digamos.
- ¿Andamio 90 cambió los bancos o simplemente siempre fueron tan espantosamente incómodos y yo no lo había notado?

domingo, 23 de noviembre de 2008

Ver doble

Dos obras de teatro en dos días. Debe ser la primera vez en mi vida que hago eso. No recuerdo siquiera haber ido dos días seguidos al cine jamás. No sé por qué, pero normalmente elijo dejar pasar algún tiempo para digerir espectáculos audiovisuales.

Con los libros no me pasa, si termino de leer algo que realmente me haya hecho mudar de realidad por un buen rato enseguida siento la necesidad imperiosa de pasar a otra cosa, de ser posible lejana a la experiencia estética de la que vengo. Tal vez sea por eso que mi cultura libresca excede ampliamente a la dramática y a la cinematográfica, que rondan lo paupérrimo.

Pero esta semana ya había arreglado para ver 4.48 Psicosis de Sarah Kane el sábado cuando me llegó la noticia de que tenía dos entradas gratis para ir a ver Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd el viernes. Y decidí tomarme esas dos pausas en un par de días de mucho trabajo, un poco para no enloquecer y otro mucho porque tenía ganas.

Es tarde y tengo sueño y necesidad de dormir y de levantarme mañana y de corregir montañas y montañas y montañas de trabajos de mis alumnos del colegio y eso hace que no pueda sentarme un buen rato y escribir y escribir y repensar lo visto para volcarlo en este espacio. Seré breve. Tendré que dejar apenas retazos. Hilachas de comentarios. Fragmentos de una entrada más larga condenada a no existir.

Igual, no importa mucho, se ha escrito más que suficiente sobre ambas puestas.

Acerca de Destino de dos cosas o de tres, es una puesta bastante pasable con algunos puntos altos, de una obra más bien irregular.

Pese a lo que puede parecer por las fotos que circulan por ahí, todas ellas arruinadas por un flash maligno, las decisiones de escenografía, vestuario y luces forman una combinación muy armónica, decididamente bonita. Acompaña muy bien el carácter absurdo-naïf del texto, que mezcla elementos claramente tomados de Ionesco (en el manejo del lenguaje) y de Genet (hasta en la sopa) con una resolución un tanto conciliadora. Y me detengo ahí porque no, señores, mejor no contarles cómo termina. Lo que es una macana, la verdad: todo lo que me queda para decir sobre el texto requeriría que me base en el final y vuelva hacia atrás. Suele pasar.

De las actuaciones, un poco desprolijas al comienzo (el texto no ayuda, también es un hueso duro al principio). En palabras de mi amigo Marcelo, que la fue a ver conmigo, durante los primeros diálogos más bien daba la sensación de que tiraban texto. Pero van repuntando sobre la marcha (sobre todo en el caso de Yazmín Schmidt). De los tres, el que se luce es Karamanian, el que hace de Dueño.

Igual, definitivamente me había gustado mucho más Acassusso.

Y me queda decir algo sobre 4.48 Psicosis.

Nunca había visto ni leído nada de Sarah Kane. Ni tenía mucha información sobre ella, más allá de algunos lineamientos estéticos. Creo que hubiese preferido no enterarme en la cola de entrada de que se mató, es el tipo de cosas que después cuesta dejar afuera en una obra como esta. Precisamente sobre una suicida.

Se trata de una obra un tanto complicada. Algo que pasa con Beckett a menudo, la densidad del texto pide a gritos una lectura, la posibilidad de volver sobre una frase a la que en una puesta se hace imposible volver, porque sale corriendo de escena atropellada por una horda de palabras que a veces parecen atacarse entre sí, y otras veces dejan ver sólo por un momento algún que otro puente de sentido que no termina de dar el tiempo para cerrar.

La actuación de Leonor Manso, impresionante.

jueves, 28 de agosto de 2008

¿Qué harías? (STP Undead)

¿Perdida la capacidad de sorpresa con los regresos de ultratumba? Bien, por si vive en una burbuja de un diámetro algo mayor al de la mía, que me enteré hace muy pocos días, estos tipos (rehab de Weiland y separación de los Velvet mediante) se juntaron. Y están de tour. Y tienen el giro inesperado (un tanto deprimente, reconozcámoslo) de tocar en el Pepsi music.




Por mi parte haré honor a mi espíritu noventero, y mañana antes de la facu voy a sacar un par de entradas para campo, una para mí y otra para mi hermanita, que viene a perderme de vista al primer pogo y a encontrarme en algún lugar definido como "esa columna de sonido de la derecha" o "ese puesto de diarios a una cuadra del estadio" al final, como es nuestra fraternal costumbre.