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viernes, 19 de mayo de 2017

Vencido

Hace varios meses
eso que fuimos
cuando todavía salíamos
a hacer las compras juntos
cuando todavía volvíamos
a hacer la cama para dos
cuando todavía pensábamos
que había tiempo de sobra
eso que éramos
por los pasillos de un hipermercado
prosaico, monstruoso,
eso que éramos
por la eternidad del presente
de cristal de roca,
compró jugo en polvo,
líquido en seco,
sed a la sed.
Hace varios meses.
Queda, todavía,
más de media caja
de jugo en polvo,
de simulacro
vencido
para acompañar el almuerzo
solitario
deseando
esperando
que no me haga mal.

sábado, 1 de agosto de 2015

Hundido

Por ser la menor, el trabajo de trazar los tableros siempre le tocaba a ella. Podía patalear, protestar, lo que fuera, pero el derecho del primogénito a no hacer los diagramas de la batalla naval era inapelable. Si pretendía que su hermano jugara con ella, tenía que acceder a ser la que dibujaba por los dos. Así que Marina sacó de su mochila verde la carpeta de matemática, buscó su reglita de 15cm en la cartuchera, se sentó cruzada de piernas en el suelo y remarcó con birome azul los cuatro recuadros de diez por diez, dos para ella, y dos para su hermano. La hoja que peor quedó fue de ella. La otra, la arrancó y se la entregó a Ezequiel con su cuaderno de comunicaciones. Él la aceptó, y se sentó con la espalda apoyada contra el otro lado del pasillo frío.
En alguna parte, alguien tenía prendida la TV, y se adivinaban en el volumen bajo los alaridos de un conductor de programa de concursos. Por el amplio ventanal del final del pasillo casi no entraba luz ya, y las lámparas de tubo enfriaban lo poco que quedaba del último girón del verano en los baldosones de granito. Marina sacó el buzo verde del colegio de la mochila, se lo puso, y después levantó y juntó las rodillas para apoyar la carpeta y bloquearle la visión de su tablero a su hermano. Arrancó por ubicar el barco de cuatro casilleros, después ubicó los tres de dos, luego los dos de tres y por último desparramó los pequeños de un espacio.
— Arrancás vos —concedió Ezequiel.
— D5
— Agua. G4.
— Averiado. B8.
La TV lejana traía ahora el eco de un reggaetón que se perdía casi sin bajos, el fantasma de una alegría de estudio, lejana. Desde el otro lado del pasillo se escuchaban los estertores de una señora mayor que no parecía poder parar de toser.
— ¿Be o De?
— Be.
— Agua. G3
— Agua. G3.
— Agua.
La tía Esther salió de la habitación 404, y procuró esbozar una sonrisa para pasar entre los hermanos.
— Me voy a buscar un café, ¿quieren algo?
— Un café con leche y algo dulce, ¿puede ser?
— Dale. ¿Vos Ezequiel?
— No, gracias, tía, yo estoy bien.
— ¿Seguro?
— Andá tranquila.
Y el paso de la tía Esther se perdió primero por el pasillo de la izquierda, luego escaleras abajo.
— ¿A quién le tocaba?
— A vos, Eze.
— OK, F4.
— Buh, hundido.
— Chicos, bajen la voz, por favor —pidió la cabeza cansada de su madre desde la puerta de la habitación—. O vénganse a jugar acá adentro y cerramos la puerta.
— Hablamos más bajo. Igual la tele del viejo sordo de la 409 está más fuerte que nosotros, ma.
— ¡Ezequiel!
— Mirá si va a escuchar…
— Igual, no es modo de…
— Escuché que sonó el teléfono, ¿hubo alguna novedad de papá?
— Todavía no, hay que esperar.
— Tratá de descansar algo.
Ella apretó los labios y volvió a entrar en la habitación. La oyeron prender la televisión, bien baja, y cambiar interminablemente los canales. Marina estiró la pierna derecha para darle una patadita a su hermano del otro lado del pasillo.
— D7.
— ¡Qué puntería! Hundido. A5
— Agua. F4
— ¡Averiado! Te despertaste, Marina —ella sonrió—. B6
— Agua. G4
— Averiado…
— Ah, es uno de los grandes.
— C7
— Agua. H4
Escucharon el silencio repentino en la habitación 404 que indicaba que su madre había apagado el televisor. Marina imaginó el gesto ofuscado de apretar con demasiada fuerza el control remoto mientras su hermano respondía:
— Agua. D8.
— Agua. Poca puntería eh. E4.
— Hundido. E9
— Averiado.
— ¿Viste qué poca puntería?
— I9
— Hundido.
— Te cerré el culo.
— Está por verse. D9.
— Averiado. F6
— Averiado. ¿Vos me estás viendo el tablero?
— Te juro que no.
— Dale, Marina, que te conozco.
— ¿Cuándo querés que lo mire si lo estás tapando con las patas y no me levanté?
— Las piernas.
— Lo mismo.
La campanita del ascensor al abrirse. Y la tía Esther, haciendo equilibrio con cuatro vasos térmicos descartables.
— Te traje uno igual, Eze, la noche puede ser larga.
— Gracias tía — respondió él mientras se levantaba a ayudarla, con cuidado de dejar su diagrama de cara contra el piso. Marina tapó rápidamente el suyo para aceptar su café, y la barra de Nugatón que su tía había sacado de un bolsillo de su campera deportiva.
— Gracias tía. ¿Seguimos, Eze?
La tía Esther volvió a perderse adentro de la 404. Cerró la puerta, y escucharon el rumor casi indiscernible de voces, el reporte que la tía había podido obtener abajo.
— Bueno, E3
— Agua. ¿Te olvidaste del averiado?
— Uh, sí, ¿no lo puedo cambiar?
— No, ya te dije que agua. E6
— Hundido. E9
— Averiado. D9
— Agua. ¿F9?
— Hundido. B6
— Agua. E6.
— ¿E o Be?
— E de Ésta.
— Averiado —tomó un largo sorbo de su café caliente, y mordisqueó su chocolate antes de agregar— ¿G7?
— Averiado —Ezequiel hizo gesto de quemarse con el café, y lo revolvió como pudo con la ínfima palita de plástico que su tía había traído para mezclar el azúcar— D6
— Agua. G8
— Averiado. E6
— Averiado. G9
— Averiado.
— ¡Uy, el grande!
— Y sí, es el más fácil de ubicar, salame. E7
— Agua.
— Putamadre —y se rascó con gesto nervioso los pocos pelos largos que hacía bien poco que le crecían en el mentón.
— G10
— Qué sorpresa, hundido. E5
Nuevamente la campanita del ascensor
— Hundido.
— ¡Ja!
La que pasó esta vez no era una de sus tías, sino una enfermera bajita, entrada en carnes y en años, con un guardapolvo celeste pálido y rostro cansado. Golpeó en la 404 antes de entrar.
— H3
— Hundido —llegó a decir Ezequiel, antes de que lo silenciara el frío del llanto repentino de su madre, y la tía Esther que salía a la puerta de la habitación, a mirarlos y negar lentamente con la cabeza, cubriéndose la boca y la nariz con la mano.
Él se puso de pie enseguida, su hermana tardó en pararse y dejar caer la birome azul y el tablero del partido prácticamente ganado al suelo. Se abrazaron en silencio, acompañados por los sollozos de su madre y su tía, y el eco lejano de una propaganda de quitamanchas.

viernes, 23 de enero de 2015

Perséfone



Dicen algunos que es la seca de este año, que esto no es lo normal, que el año pasado no fue así y el que viene seguro mejora. Otros, más pesimistas, dicen muy seguros que es porque en las sierras se está terminando el agua. Que es un desastre ecológico sin precedentes, que es el cambio climático, que los ríos no suben, que es la minería, o el agro, o que el agua se la llevaron los extraterrestres para hacer un dique donde mojar las patitas allá abajo en Erks y hay que prenderles sahumerios para que la devuelvan. Qué se yo. Lo cierto es que todos los pelotudos como yo que vinimos por los arroyitos acá estamos, secándonos como lagartos al sol al lado de cauces que casi no tienen agua, un poco de barro nomás, con un calor de los mil infiernos. Y los tanques de las hosterías se vacían y no llegan a recargar, tampoco. Un horror. Ya me pasó los primeros días en Capilla del Monte, había que apurarse para bañarse en los horarios en que llegaba agua a los tanques.
Por lo menos parece que más o menos la pegué con la segunda semana, cuando me fui de Capilla. Resulta que el hostel pedorro en el que reservé, por algún error, sobrevendió plazas, y como más hospedaje disponible no hay en el pueblo, arreglaron con una vecina que tiene dos cuartos para que me alquile uno al precio pactado. Saqué un cuarto individual al precio de una habitación compartida con cinco patasucias, golazo. Y la señora Adela, la dueña de casa, aparte de tener mucho tanque de agua para poca gente, cocina como los dioses. Qué desayuno de tostadas gomosas con café de termo, no, ahí es pan casero caliente con mermelada casera, y café de cafetera Volturno recién hecho.
Parece que no hace tanto que alquila el cuarto para turistas, y obviamente, doña Adela tiene más de ochenta, no sabe ni prender una computadora, así que arregla in situ según van cayendo visitantes al pueblo.
Ah sí, justamente, eso te iba a contar. Resulta que la señora tiene dos cuartos, pero alquila uno solo, el más chico. “La habitación de huéspedes”, que le dice. La otra, la deja cerrada toda la semana. Si le preguntan y se lo piden, mira con los ojos muy grandes, y dice “cómo voy a alquilar el cuarto de Paulita, usté está loco, ¿no?”
“Paulita no va a volver, señora”, le repetía en voz bien alta, cuando perdía la paciencia, el dueño del hostel, un gordo roñoso hijo de puta, que no lo debe querer ni su vieja. “A Paulita se la llevaron y no la van a devolver”.
Sí, esa conversación me tocó el primer día. Le quería encajar un rosarino que llegó un poco después que yo y tuvo menos suerte. No, no consiguió la habitación de Paulita. Se tiró el lance de tirar una bolsa de dormir en mi cuarto, pero ni ahí, te imaginarás que si conseguís el paraíso no te dan ganas de compartirlo con un rosarino narigón que seguro ronca como un aserradero a las ocho de la mañana.
Al final doña Adela lo terminó aceptando, sí, pero en el sofá, con su bolsa de dormir. Menos mal que dije que no, medio desastroso el tipo. Buena onda, pero una roña. Y roncaba, sí. Las narices no mienten.
De Paulita, Adela nos explicó, todas las veces que la dejamos hablar, que era su hija, que tenía veinte años, y que estaba estudiando y trabajando en Córdoba capital. Insistió en que volvía los fines de semana, y en que el gordo del hostel (no me acuerdo cómo se llamaba, ¿Francisco? ¿Franco? era un nombre horrendo con efe seguro) era un guarango y un malagradecido. Después volvía a insistir en que había que escucharla cantar y tocar la guitarra a Paulita, que ya íbamos a ver. Con Pablo, el rosarino, supusimos que la vieja estaba medio pirada. Digamos, como te dije, la señora debía tener unos ochenta y cinco por las tapas, ¿qué la tuvo, a los sesenta, por milagro como Sara? No está en edad ni para tener una nieta de esa edad.
Pero el viernes, a las nueve de la noche puntual, escuchamos unos golpecitos rítmicos en la puerta, casi que melodiosos, Adela fue a abrir, y vimos finalmente entrar a la famosa Paulita. La vieras. Bah, las vieras. Porque doña Adela también pareció cambiar. Es como si las décadas se le hubieran ido de los hombros, no sé. Dejó el bastón por ahí, y se apuró a servir otro plato de ñoquis al lado de los nuestros, mientras nos presentaba con una sonrisa, “Paulita, estos son Leandro y Pablo, y son nuestros huéspedes este fin de semana”.
Paulita… Eh… Sí, para qué te voy a mentir, era hermosa. Unos ojos color miel preciosos, el pelo hasta la cintura, y un cuerpo que ni te cuento. Pero es como… A ver, no sé decir bien en dónde estaba la cosa, si en el corte de la blusa o de los pantalones, algo en la forma de maquillarse, ni idea. Pero es como si la hubieran sacado, no sé, de un álbum de fotos del año del petardo. Algo así. Cenamos con ella, hablamos un poco, nos prometió llevarnos al día siguiente a un arroyito que efectivamente conserva una cantidad razonable de agua. Después, cada uno a su cuarto.
No, no pude ver mucho de su cuarto. Un vistazo rápido cuando entró, nada más. La guitarra, muchos libros, una colcha de parches de lana sobre la cama.
Y sí, al día siguiente desayunamos los tres bien temprano, y ella nos llevó a campo traviesa primero, sierra arriba después, sierra abajo por un sendero de tierra, y terminamos en un arroyo con unas ollitas geniales. Ella se sacó la remera, había llevado una malla enteriza a lunares.
En fin. Doña Adela nos había preparado sánguches, pasamos todo el día ahí, y para cuando volvimos ya estaba cayendo el sol. Yo me quedaba hasta el lunes a la mañana, así que el domingo quise repetir. Nos acostamos temprano, y al día siguiente nos fuimos al arroyo, yo con mi ukelele y ella con su guitarra. Vieras la gracia que le hacía a la mina el ukelele, cualquiera diría que nunca había visto uno. Rosario no vino.
Qué se yo, la pasamos bárbaro. Nos zambullimos, nos secamos, comimos sánguches de peceto y berenjena, tocamos un rato (lo de que toca como los dioses es cierto, eh), hablamos bocha de libros y de política… No, no pasó nada. Yo quise, ella no. Todo no se puede. Bah, ahora en retrospectiva no sé. Por ahí mejor.
En fin, el domingo a la noche se fue, así medio de golpe como vino. Doña Adela volvió a ser una anciana y la casa se quedó en silencio. Un silencio pesado, incómodo, distinto del de los primeros días.
Yo me fui al otro día, sí. Desayuné, preparé la mochila, y me fui a la estación. Me crucé con el gordo Franco (¿o Francisco?) en la estación, me preguntó con toda su amabilidad falsa cómo la había pasado. Le dije que bien, que Paulita nos había llevado a Pablo y a mí a unas ollitas copadas. No sé, me miró muy raro. “No sé quién te llevó ni adónde, pibe, esa señora hace más de treinta años que no tiene hija y no hay agua a veinte kilómetros a la redonda”, me dijo. Me puso una mano en el hombro, me indicó que mi micro estaba para salir, prendió un pucho y se fue a la mierda, así, sin saludar. Gordo forro.

viernes, 1 de junio de 2012

La fiesta de al lado

    La cancioncita en realidad tiene unos dos meses, y esta es una segunda grabación porque la primera era completamente inescuchable, porque la fui componiendo por pistas, a medida que grababa, letra incluida, empezando por la línea de bajo.
    Algunos de los problemas técnicos que tuve entonces y que son responsables por muchos de los defectos que esta nueva versión también trae los sigo teniendo: no tengo un bajo en casa, esa línea está grabada con un tecladito Casio bastante berreta (que me regalaron para mi cumpleaños de 8, y no, no tenían pensado mandarme a clases de piano, así que es un teclado tirando a económico que este año cumplió 21: el sonido es malo, salta, hace cosas raras...). Que tiene una sola salida de audio, para auriculares, así que como eso lo puenteé a la computadora y el retorno con delay de Audacity no sirve, tuve que grabar esa pista sin escuchar una sola nota, lo que hace que eventualmente pierda un poco la cadencia, porque la imaginación no es tan prolija como la oreja. Además, no tengo más micrófono que el que viene en la notebook, que graba con mucho ruido: limpié todo lo que pude, pero como resultado mi voz se escucha como si fuera una llamada telefónica desde Rusia. Y, por último, mi computadora graba con un delay importante, que tuve que ajustar completamente a mano, así que disculpen si la sincronización no es 100% prolija.
    Si con todo eso igual se animan, acá se puede escuchar

sábado, 4 de febrero de 2012

Frío en un febrero porteño


Esto, de anteayer, ya lo hice circular por redes sociales antes. Dudé un poco de ponerlo o no acá, porque es ciertamente el borrador más desprolijo que subí en mi vida: el instrumento (un charanguito viejo, apolillado y arqueado) me queda incómodo, y nunca aprendí realmente a tocarlo. Cantar pensando en dónde pongo los dedos porque siento las cuerdas desordenadas es otro lío extra. Y la letra, un intento de mitigar los efectos de un calor sofocante con una fresca metafórica (y, tal vez, metafísica), no me quedó prolija.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Stage 3


Ladrillos iguales que se entrevén
bajo revoques semejantemente quebrados,
casas que se parecen a casas
de gente alguna vez conocida,
humanos que se parecen a humanos
queridos allá en otro tiempo,
adoquines semejantes a aquellos
que hace años me rompieron un taco,

la ciudad se repite
como decorado en juego de 8 bits,
cambia un color apenas,
la posición de una puerta,
el sentido de un gesto
hoy en rostro nuevo,
dirigido a algún otro

lunes, 7 de noviembre de 2011

Ilusionismo

creo la paz que se aloja
en los confines del silencio
la moldeo con la imagen
de un idilio roto
años atrás
para que pises sus tréboles
con tus pies descalzos
y tengas en el pasto
sucio de cemento
sin pensarlo demasiado
una ilusoria sensación
de unión y libertad

miércoles, 13 de abril de 2011

Alba

Pequeño cuelgue del día, para alguien que hoy me hizo falta





(Si el reproductor falla, se puede escuchar acá)

jueves, 11 de febrero de 2010

La explicación



Bien, que grabe mejor de como venía grabando (lo suficientemente mal como para que hace mucho que no pudiera postear nada, porque era inescuchable) no quiere decir que haya dejado de hacer barullo. Es mi máquina de coolers ruidosos y micrófono malo, de todos modos.
Esto es de anoche, en versión de esta mañana




jueves, 10 de diciembre de 2009

Al compás del paso de los años



Los cabellos sobre los ojos,
la paciencia pegoteada en los dedos
infantiles, caprichosos,

sigue trenzando,

no queda nombre fuera de la mugre
de sus uñas largas, no podría
hoy haber escapado una hebra miserable,

sigue trenzando,

de nada sirve que tiente a su boca fina
con dulces, con palabras, con ruegos,
con el fuego de mi garganta quebrada,

sigue trenzando,

y miro la cuerda enrollarse
como una melodía interminable de hilachas
ajenas, envuelta en mi manto de cansancio,
y me callo tarde, como es mi costumbre,

y sigue trenzando.

miércoles, 11 de marzo de 2009

como quien oye llover



uno, dos, tres acordes
húmedos de lluvia
sobre mi frente cansada

en tierra de dragones y ciervos blancos
en territorios anegados de viejas historias
puede que alguien me sueñe

una versión de mí, mi claro doble
tendida sobre la verde, frágil eternidad
de unos cuantos tréboles

cuatro, cinco, seis miles
de gotas acarician con sus dedos
pálidos esta mi ventana

que nunca existirá

domingo, 1 de marzo de 2009

Para cantar mientras se camina entre vidrios rotos

Una melodía simple, un tanto ochentosa, que me estuvo dando vueltas en la cabeza ayer y que ayudó a la hora de reelaborar un pequeño lío mental.


Cambio de reproductor, por cierto.




viernes, 23 de enero de 2009

Tiene nada más un par de horas, así que es más bien un primer intento de hacer algo con esta idea. Posiblemente mañana (o cuando la monografìa de Vedda lo permita) reescucharé la grabación y decidiré tirar todo a la papelera de reciclaje.





sábado, 17 de enero de 2009

quebrada



de cara al rostro que ya
no volveré a tener en tus pupilas

no temblaron más las hojas
bajo los dedos tibios del viento de esta noche
en que existo sólo para mí y te pienso
y me borrás con tanto empeño

afuera, en todas partes, millones de amantes nos ignoran
por completo. lo bien que hacen

los bordes se pierden en la masa informe
de una oscuridad vieja que volverá
mañana, y pasado, y el domingo
a buscarme y tocar lo que sea que quede de mí

entre paredes despintadas que nunca verás
miro con sorpresa verde mis manos heridas

martes, 23 de diciembre de 2008

áspero hueco áspero viento áspero
paso tacos zapatillas sandalias botas
áspera canción áspera espera áspera
caminata calles que nunca viste


me estaba acostumbrando demasiado
a adivinar tu presencia suave en mi espacio

domingo, 7 de diciembre de 2008

en alguna de estas veredas
encontrar
ese manojo de llaves
que perdiste anoche en sueños

domingo, 16 de noviembre de 2008

Archivo

Una cuota de azar me dejó en una carpeta de escritos que copié alguna vez a esta máquina cuando salvé archivos del disco rígido de mi vieja 486. Lo que sigue son algunos de los espectros que salieron de esa cripta.
El más nuevo de estos poemas tiene al menos dos años. El más viejo, no sé, tal vez unos cinco. Ninguno de ellos es muy alegre que digamos.


Dame la mano.

Hace frío y llueve, ¿sabés?, no tengo más que esta mano.

Hay puentes que cuelgan solemnemente del vacío,

bien sujetos del predicado. No los mires, dame la mano.

Hay una ausencia ladrando su advertencia de cancerbero. No la mires, y dame la mano.

Que no te confundan las cicatrices que me han tallado las gitanas.

Soy el vacío concentrado en una mano. Y tengo frío.

Dame la mano. Dámela apenas porque es la única estrategia

para no disolverme y ser ojos y ser tiempo y ser eco de mí misma.

No me dejes ser yo

cuando me miro en el fondo de los espejos.


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Nocturno con ruidos


Las ratas.

Son las ratas.

Las ratas y sus ojitos lastimosos.

Las ratas de dientes cansados.

Rascan la puerta, ratas.

Andan por los techos, tan ratas.

Hay sonido de patitas en las alacenas del hambre.

Ratas. Ratas por todas partes.

Ratas haciendo equilibrio en el borde de la copa que contiene todos los infiernos.

Ratas cubriendo la luz que queda.

Ratas trepándose al sol, que hiede a inmensa rata quemada y no brilla.

Yo, apenas insecto,

no tengo párpados que cerrar,

ínfima e infinita en una esquina

de una casa con ratas,

muchas, muchísimas ratas.

Están mirándome con sus ojos chiquitos,

con sus pupilitas rojas de rata.

Se comieron la claridad, y no puedo moverme.


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La bruja



Suelta entre las nubes y el piso

leoneo desdentadamente entre dementes

tanteando los bordes de los rostros, buscando mis rasgos

por los estantes en que se venden los que juran no tener precio,

gata gris curiosa e inofensiva.

Rasguño estandartes rotosos escondidos en rincones

roñosos en donde raras veces alguien revisa,

ronroneo entre rituales en los que ya no recuerdo cómo


siempre al alcance de alguna mano

que se empeña en no pasarme por el lomo


martes, 29 de julio de 2008

hangover

dispersión, disolución,
perder tu cabeza bonita al doblar una esquina
llena de palomas negras

puede que allá en tu espacio
desconocido como un paisaje neozelandés
te rías de mí —qué importa

si no recuerdo la forma de tus ojos
si se la llevaron en las alas con el sol
si hay silencio atrás de tu nombre —qué importa

un encantamiento que encienda
la máquina de vivir por esta noche,
puede que la otra —probablemente eso

martes, 11 de marzo de 2008

2 en 1

No recuerdo cómo fue que llegó esto a mi divshare, pero acabo de verlo, con algo de sorpresa, en mi dashboard, subido quién sabe cuándo y vaya uno a saber para qué. Y no está para desaprovecharlo. Se trata de "Game shows touch our lives" de The Mountain Goats.





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Una manía vieja que no termino de entender: siempre que tengo que dar un examen o hacer cualquier otra cosa que me demande mucho tiempo, mucha concentración y tenga una fecha tope, me entran unas ganas irrefrenables de escribir algo. Normalmente, si es que estoy en casa y tengo los medios, es el momento en el que se me da por componer algo que se parezca a una canción. Ayer la urgencia de escribir en mal momento me tomó en plena biblioteca puanera. Lo que salió fue esto.

Holograma en una vieja película de ciencia ficción

Cuerpo de humo, saturás mi aire
con esta tu falta, cuerpo de luces
que no toca mis manos, cuerpo de voz
cuerpo de lluvia que cae hacia arriba

cuerpo de luces, dejás caer tu fantasma
acá cerca de vez en cuando, cuerpo de lluvia
de ensueños que casi me rozan, cuerpo de humo
cuerpo de voz que te aleja de mí

cuerpo de lluvia, y yo en este encierro
detrás de la ventana, cuerpo de voz
al alcance de la sombra que me falta, cuerpo de luces
cuerpo de humo que se dispersa siempre

tan pero tan desesperantemente a tiempo.