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viernes, 27 de junio de 2008

De la frustración

Lo habrán dado en Didáctica General, todo indica que va a ser tan embolante y poco útil como los otros, pero no importa. No puedo evitar acercarme a todo texto, cualquiera que sea, con esta vieja reflexión, casi un dicho, que dice que hasta un reloj detenido tiene razón dos veces al día.
Y algunas cosas de los primeros párrafos prometen, el análisis del "síndrome del salvador" (según el cual toda propuesta metodológica más o menos coherente es saludada por una horda de imbéciles como una salvación definitiva para nuestras vidas docentes para después ser ofrecida a su desgaste contra la realidad de las aulas y, finalmente, demonizada como responsable de todos nuestros males) es atractivo. Incluso pega una muy buena frase al cierre, que resume todo eso y lo generaliza de forma bastante sugerente, de esas que uno pondría de subnick en el messenger o que podría bien robarse para la columna de la derecha (lo que hay ahora es de Salinger, por cierto):
Es tedioso ver cómo se acoge al salvador del momento con esperanza y ansiedad, luego se lo ataca y finalmente se lo trivializa.

Después, claro, empieza la decadencia y el barro, los ejemplos artificiales repletos de esas propuestas que sobreestiman demasiado al alumno medio, con diálogos entre supuestos niños de diez años que fallarían con los de dieciocho, la atención decae, y para dar el golpe de gracia al dolor de cabeza se le suma la reunión familiar que empieza en el momento oportuno para dejar a Mr. Perkins para peor momento.

miércoles, 30 de abril de 2008

Deberes del ciudadano bocón

(Todavía no decido si vale la pena seguir escribiendo acá. Pero deshacerse de los tachos puede ser problemático a la hora de saber qué hacer con garabatos como el que sigue).

Típica reunión familiar, laboral, o de viejos (y queridísimos, muchas veces) amigos que comparten pocas taras con uno. Alguien (muchas veces uno mismo, de hecho) narra una situación particularmente extraña o ridícula, o bien una de esas historias de vida que bien podrían pasar por la versión actualizada de una novelita bizantina. La arena está echada, nada más hay que esperar a que el discurso parezca llegar a su final para que se termine de formar la lagaña molesta de una exclamación que todos los que abrimos la boca de más y contamos en el contexto equivocado que no le hacemos demasiado asco a pasar algunas horas manchando páginas en blanco escuchamos más seguido de lo saludable: “¡Pero deberías escribir sobre eso!”

Ante lo cual, claro, uno siempre se ve en una situación un tanto incómoda, en la que el cariño o el respeto impiden decir lo que haría falta. Sí, claro, mañana mismo me pongo a escribir guiones para películas yanquis de clase B, o lo que es mejor, me sumo al curro de los que entienden que hay que “ser actual”, hay que “ser narrador joven” y escribir escrachos casi sin trama en lenguaje fingidamente oral para dar cuenta de situaciones que, eso sí, sólo pueden ocurrir de 1998 a esta parte. Capaz que hasta le puedo agregar algo de sexo y/o dos o tres personajes marginales bien estereotipados, todavía mejor. Por cierto, ese último recurso no vendría mal si me decido por los guiones, tampoco. Seguro que me cuesta menos venderlos.

Sonrisita sin comprometerse, alguna palabra incoherente murmurada a tiempo, un “puede ser” que desliga el tema como un nudo aceitado que se corre para soltar el cambio de tema, para irse bien lejos de ahí, a contar que los horarios de trabajo, que la inflación, o el monotributo que habría que cancelar, o las películas que estrenan la semana que viene.

jueves, 27 de marzo de 2008

-ponga su sonido de grillos preferido en la barra de título-

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"¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?"

-J.C.


—Pensaba dejar pasar la semana con el post irrelevante de ayer, suerte de pequeño minuto de silencio. Supongo que el bombardeo de información fue más fuerte.—

martes, 3 de julio de 2007

I'd rather be in this noise,
suffocate in this noise, colder,
it means so much to me

El sábado a la mañana arranqué este post, que quedó archivado en borradores. La última palabra en el original era "trámite", en negrita. No sé por qué se me da por terminarlo un día de semana a la madrugada, con fiebre y con jirones de jirones de lo que entonces tuve en mente, pero helo aquí:

Llegan más o menos las nueve, último día de la semana y casi al fin de la cursada, y para esa altura todos estamos más o menos cansados. Entonces llega el showtime. Esos son momentos en los que realmente se echa de menos un pochoclito. Bueno, hay que conformarse con lo que hay. Todo muy predecible, salvo por la pulcritud excepcional de la profesora. Pequeñas (¿)ventajas(?) de leer los correos antes: uno sabe más o menos a qué atenerse.
Recomienzo.
Si Usted es un lector paciente y aplicado (esos que escasean en el ciberespacio) recordará que quien suscribe está cursando un seminario sobre Samuel Beckett. El de LC, claro, puanero. Seminario que exigía de nosotros, entre otras cosillas, el requisito de ir a ver una puesta y hacer una reseña. Bien, tal vez sea bastante predecible, pero los que se sentían con ganas de expresar su agonístico disenso con la profesora eligieron enviar sus trabajos en último lugar, una vez que ya todos habíamos cumplido con el trámite.
La escena no podía ser más obvia, más trillada, más trivial. Las dos reseñas tenían tonos bien distintos. Una, más tímida, se dedicaba a tirar palos solapados a la no siempre feliz persecución del detalle en el discurso de la profesora (a veces obsesiva, sobre todo molesta cuando el criterio sobre si un detalle es importante o no pasa por si Beckett lo dejó así hasta la hora de su muerte o en algún momento se le dio por cambiarlo), y sobre todo a otra reseña que oímos (bastante bien fundada, pero que, hay que reconocer, habiendo ido a ver el mismo Krapp, en el efecto de conjunto resultaba injusta, destrozaba un trabajo generalmente cuidado y aceptable, probablemente porque no se adaptaba a la imaginación de quien la escribió al leer a Beckett) una o dos clases antes. La otra, sobre Primer Amor (como la mía, cuya versión primigenia y en criollo anda aquí) era graciosa de leer: nota al pie al segundo párrafo de cuatro, referencia al Kafka-Para una literatura menor, Deleuze, ora pro nobis. Sí, cita de autoridad en una reseña de teatro. Belicoso, revoltoso, incapaz de usar sus propias armas, único que necesitó convertirse en ventrílocuo de nombres ajenos por más de una línea (por todo el artículo, hasta que se convertía en un marco teórico incuestionado, fanatizado y usado de un modo más bien desprolijo), muchacho que evidentemente se comió más que una clase bajalínea de Link y no la digirió del todo bien.
La escena entonces: un muchachito flaco enrollado sobre sí mismo, sentado pegado al lado de otro con el pelo de costado muy a lo moderno, manos en los bolsillos, despatarrado en su banco con expresión sobradora, en frente la profesora con un fiendish glee grin (merece ser dicho en gringo) esperando para comérselos crudos con sus años de manejo de discurso académico.
El resultado: más rato del necesario en un diálogo de sordos que recayó en temas grandilocuentes como la Libertad, la Creación y otros de esos camiones a los que uno siempre les maneja a una prudencial distancia cuando escribe discursos académicos, sobre todo después del primer año de facultad y la primera tanda de finales. Llovieron palos para todos lados, los integrantes de la cátedra defendieron a su jefa como tigres para hacer número, todos los implicados se fueron a casita (no lo dudo) con el convencimiento de haber sido los vencedores morales de una discusión que no llevó a ninguna parte. Nadie tenía ganas ahí de cambiar de opinión.
Todo porque se trata de un seminario sobre un autor. No sobre un escritor, sobre un autor, en plena posesión de su autoridad. Cuestionada hace rato, en una de esas relaciones de amor-odio nunca resueltas: muy bien, cantemos todos el estribillo de la muerte del autor, precio de tapa diez euros, eso son cuarenta mangos, diez por ciento para el autor o sus deudos. ¿Cómo, no es que no había tal cosa como un autor? Lo siento, cuarenta pesos, poniendo estaba la gansa. Y si sacás una fotocopia lloramos todos a gritos en la feria del libro.
Es necesario transgredir el sentido, no existen las autoridades. Cita al pie de página, nombre del autor que lo dijo, porque claro, quién soy yo para pensar con mis propios sesos, para usar los textos en lugar de reproducirlos.
De la otra vereda, no son importantes los sombreros de Godot porque Beckett, Samuel, sí, el que hizo famoso el apellido, los sacó en una puesta al final de su vida, porque no lo aplastó un coche un año, o incluso un día antes.
La incómoda sensación de que la respuesta ha de buscarse en otra parte.

viernes, 15 de junio de 2007

En la pasarela de bochos

—¿Qué entendés por snob? —preguntó Oliveira, más interesado.
—Bueno —dijo la Maga, agachando la cabeza con el aire de quien presiente que va a decir una burrada— yo me vine en tercera clase, pero creo que si hubiera venido en segunda Luciana hubiera ido a despedirme.
—La mejor definición que he oído nunca —dijo Oliveira.


Dentro de los mandatos estéticos del estudiante de literatura hay uno que incluye volar bustos de yeso a palazos. Es de buen gusto citar a un Fulanito Menganoni que conocen cinco gatos locos y que se compró de oferta en la mesa de saldos más cercana de Corrientes, de mediano buen gusto una cita de lírica rock, un bizarrismo que tiene su parte de gesto de ay pero qué poco académico que soy en la cita de literatura pop (bueno, soy un poco culpable de eso, con mi inocultado fanatismo por la narrativa de J.K. Rowling que el lector atento y curioso (de cuya existencia por lo menos dudo) habrá notado en algún lado), por lo general acompañada de un largo tramo de justificativos, y mala palabra citar el canon, sobre todo en sus partes más populares, aquellas que una señora gorda que no tocó más de un libro cada dos años desde la secundaria, con suerte, reconoce como el canon.
Mi edición de Rayuela llegó a mi estante de abajo (recién estrenadito entonces, formación original, pena que no hubo click para la foto (aunque sí hay listas manuscritas, en algún lado)) por designio de mi abuela. Señora querible pero muy conservadora, que sabía que era un libro conocido de un autor de buena reputación, pero que se podría haber horrorizado visiblemente de darle eso de leer a una nena de 14 años si hubiese sabido lo que había adentro. (Juro que, tangencialmente, todo esto tiene que ver, paciencia). De hecho, me acuerdo de alguna mirada de leve alarma cuando notó que no estaba leyendo el libro de comienzo a final, sino que saltaba con confianza de la página cuatrocientos a la veinte sin mosquearme. Recuerdo que agarré el libraco cuando realmente sentí que no tenía nada mejor que leer, porque esperaba (uso mi definición de entonces, registrada en los nombrados inventarios) un bodrio de renombre.
Un estudiante de letras que se precie leyó y amó Rayuela. Pero si le llega el esnobismo intelectual ambiente deja que lo citen los blogs de los que llegan a la literatura desde fuera de la academia, los señaladores y las cartas de amor melosas. Él o ella va a citar autores ignotos para el común de los mortales (lo que tiene su parte loable, por supuesto, hay que difundir, el problema está en la restricción) y teóricos preferiblemente franceses. Cortázar, a los intertextos, encuéntrelo usté si tanto le gusta don, que no se lo vuá servir en bandeja. Ni le vuá recomendar que lo lea, si no lo conoce. Palazo al vacío. Y quien hable de estas cosas quedará confinado a las miradas de costado, sospechoso de asesinato, pero si esto no es actual, qué te pasa. No sólo en la ropa existen los in y los out, cool hunters encubiertos en la estética de las palabras hay unos cuantos. Basta mirar los links de un blog literario para sacar la vestimenta intelectual de quien los pone.
En alguna parte de esto prometí que iba a cerrar el sentido de la entrada, y pedí paciencia. Mis más sinceras disculpas a los que llegaron hasta acá y no comprendieron una sola palabra, o no consiguieron cerrar la coherencia laxa del fragmento en algo que parezca tener una cosa que se asemeje, en algo, al sentido.
Confío en que no serán todos.