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jueves, 6 de mayo de 2010

Tinta sobre papel

La Feria del Libro debe ser uno de los eventos más estables de Buenos Aires: todos los años para la misma fecha, todos los años con casi los mismos puestos, todos los años con presentaciones de libros que uno no querría leer anunciadas ochenta veces y espectáculos buenos apenas mencionados con una línea pobretona en la maraña del programa diario, siempre repleta de los mismos estudiantes, las mismas viejas emperifolladas, los mismos nenes de fin de semana, las mismas mesas de saldos, los mismos lemas poco felices. Si algo varía en la experiencia propia, depende mucho del recorrido propio.
Esta vuelta, fueron dos, en realidad: uno muy lúdico y cansador, sola con un presupuesto un tanto exagerado para mis parámetros normales, saltando de mesa en mesa en busca de pequeños tesoros inhallables. Eso de que está todo particularmente caro es cierto sólo hasta por ahí nomás: los precios son más o menos los mismos que afuera, sólo que se puede hacer recurso al descuento para docentes, que es algo que no opera en las librerías, por lo general. Y es esa pequeña diferencia, y la sobreabundancia de oferta, la que siempre termina tentando a los compradores y lectores compulsivos de libros como yo a comprar cosas que obviamente se van a mantener por lo menos por muchos meses vírgenes de ojos.
Menos mal que por lo menos encontré una antología de lírica gallego-portuguesa y recuperé un Cosas de mujeres de Fogwill para redimirme de la cuota de gasto poco razonable del día.
La segunda visita fue con acompañante. Ya una vez hice una tipología de mis visitas a la feria del libro, y esta fue bastante estándar: el acompañante en cuestión es lector, pero no adicto a los libros, y nos conocemos bastante poco, así que dentro de todo fue un recorrido corto, de esos en los que también hay que prestar un poco de atención a los gustos ajenos para, al menos, no perderse.

Para la FLIA, este año, hay que decir primero que nada que no fui en la mejor disposición del mundo: había dormido cuatro horas, quería llegar a dormir por lo menos una quinta para sobrevivir ese sábado a la noche y entonces estaba particularmente intolerante. Tal vez eso haya contribuido de forma decisiva al hecho de que no haya realmente disfrutado la visita esta vez.
Rescato la unión de buenas voluntades y el caos resultante: si hay algo que sí funciona en las FLIAs es ese desorden ecléctico de lo hecho a pulmón por mucha gente muy distinta. Paradójicamente, de todos modos, a la hora de los libros predomina una cierta uniformidad un tanto preocupante: puedo haber tenido mala suerte, pero cada vez que no fui estrictamente a lo conocido ni a las traducciones, lo que pude encontrar esta vez fue
1) Poesía cuyo mecanismo estético estaba en la fragmentación de trozos de prosa autobiográfica sobre anécdotas cotidianas
2) Poesía pseudoadolescente no del todo curada de los vicios del lector de traducciones
3) Prosa pseudo-autobiográfica con un sesgo ligeramente sensacionalista agotado hace mucho rato (eso que en alguna parte llamé hiperrealismo del exceso).
No quiero sacar conclusiones apresuradas de eso, prefiero pensar que tuve mala suerte (suelo tenerla) y que agarré sistemáticamente el volumen de al lado del que debí haber manoteado. Experiencias anteriores me llaman a concederle a la FLIA el beneficio de la duda.
Me volví con una traducción, un par de libritos de poetas que ya conocía de antemano y una novela de Lamborghini.

Debería volver al puesto francés de la Feria del Libro oficial. Pero me temo que por este año ya tuve más que suficiente.

martes, 16 de marzo de 2010

Sonidos dominicos

Lo que sigue es una grabación precaria, hecha con un reproductor de mp3 esta tarde en la Basílica Ntra. Sra. del Rosario, cuando aparentemente tuve la suerte de pescar a un organista practicando en el preciso momento de mi paseo.



miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Por qué a nosotros nos tocó Puán? Es injusto

(Tardecita en la facultad de Ingeniería, la sede de Las Heras. Click sobre las fotos para ver versiones más grandes. Al pasarles el mouse se pueden ver los títulos)



Smile, it's not over

Hace unos diez años escuché por primera vez la historia del supuesto suicidio del arquitecto Arturo Prins, por supuestas fallas de cálculo que hacían imposible terminar el edificio. Esta semana me enteré de que la historia real es bastante más prosaica: un conjunto de eventos desafortunados pero no irremediables (problemas para importar materiales por causa de la 1º Guerra Mundial, reforma universitaria y reclamos por seguridad edilicia que hicieron que el edificio cambiara de plano varias veces en el intermedio, un presupuesto que se aprobó pero vaya a saber a qué bolsillo fue a parar, la necesidad de inaugurarlo antes de que se terminara) hicieron que esta belleza neogótica originalmente pensada para albergar a la Facultad de Derecho quedara así: inconclusa, probablemente para siempre.
El arquitecto Prins se murió esperando que le paguen. Parece que los que cobraron fueron los herederos, y parece que fue bastante poco.

El castillo

Mientras tanto las palomas tuvieron casi todo el siglo XX y lo que va del XXI para hacerse las dueñas indisputadas de los recovecos sin terminar, de las ventanas sin revocar, del entramado etéreo de aberturas ojivales.

La luz baja las escaleras en puntillas

Y en los pasillos y las escaleras, muchachos espigados hablan de cálculos y de cómo conviene planificar el trazado de una autopista, o cuchichean bajito en las aulas con sus bancos anacrónicos y sus tarimas para los profesores.

Y allá afuera está Baires

Y las ventanas de vidrios mugrientos mantienen la ciudad del lado de afuera, contribuyen con su pátina de guano y polvo a la atmósfera general de irrealidad de las escaleras amplísimas.

Aula fuera del tiempo

Algún presentimiento debo haber tenido cuando, en el camino para tomarme el colectivo que me iba a llevar allá, me entró la idea de comprar un reloj pulsera, de esos que se consiguen a pocos pesos en la calle Libertad. Pequeña brújula para no terminar de perderme, para atarme a la muñeca la necesidad tranquilizadora de volver a casa a una hora razonable.

lunes, 10 de agosto de 2009

Finisterre

Nueve años de caminar las cuatro cuadras de Puan que separan la facultad de la avenida Rivadavia. Más allá, como era de esperar, había dragones.

Photobucket


Nicasio Oroño y Yerbal, esta tarde

domingo, 24 de mayo de 2009

Audio

(post no apto para cualquiera)

Una tarde entera sentada en distintos puntos del parque Rivadavia. Lo que puede escucharse abajo hay que imaginarlo en contexto: uno de los pocos bancos con sombra a las 3 pm, una señora de unos setenta y pico con un changuito con libros (en algún momento me comentó con entusiasmo que acababa de comprarse una novela sobre unos castratti) y un promotor del Shopping Caballito, que se acercó a promocionar actividades para la tercera edad. Yo, mientras tanto, intentaba leer un libro sobre puestas de Beckett. Vaya combinación oportuna.
Grabé un fragmento. Me arrepentí un poco de haber cortado la grabación, lo más interesante vino después, con el comentario sobre el desalojo de la Huerta Orgazmika. La que de tanto en tanto canturrea un poco, si les alcanza el oído para escuchar eso, soy yo. 


sábado, 9 de mayo de 2009

El chip de Spike


Como un vampiro que no puede morder. Un Roman de Troie en edición de páginas enfrentadas, verso francés antiguo y traducción en prosa moderna, en un stand adentro de la Sociedad Rural, a un precio razonable si se lo piensa en euros, no entre gentes como yo, de los que cobramos nuestro puchero en pesos argentinos. Nadie miraba. Pero no, no podría llevarme un libro sin pagarlo, aún sabiendo que hay argumentos morales de cierta validez para sustentar mi derecho a hacerlo.
 
Me tuve que contentar con llevarme de ese stand dos tomitos de la misma berretísima colección Librio, Le Spleen de Paris de Baudelaire y Les Illuminations de Rimbaud. Total para mi nivel de francés actual no tiene mucho sentido que me ponga en exquisita con la calidad de la edición, y de acá a que esté en condiciones de lamentar estas probablemente ya voy a tener la fortuna de J.K. Rowling. O, lo que es también probable, mis largas tardes de rebusque haciéndome amiga de las polillas y los ácaros de las librerías de usados me habrán deparado hallazgos que lo suplan*.




Mis visitas a la Feria del Libro siempre se encuadraron en uno de dos recorridos típicos: 

1- Ir con alguien. En ese caso, dependió siempre mucho de con quién y de qué clase de relación con los libros compartiéramos: las actividades variaron entre funcionar sin muchas ganas de guía y recomendar libros, o con compañías más librescamente afines andar de acá para allá compartiendo hallazgos o pequeñas lecturas en voz alta en los pasillos. En todo caso, el rasgo común fue el desorden, el andar de acá para allá revolviendo mesas con resultados diversos y con tiempos distintos (a veces mayores, a veces más cortos) que los míos.

2- Ir sola. Lo cierto es que la cosa de los stands sobreiluminados, los parlantes encimándose, y la sobreabundancia de sponsors, libros de autoayuda y viejas gordas sobreadornadas y creídas de su superioridad siempre me cayeron pesados, y que siempre traté de acotar la visita a lo estrictamente necesario: ver dos o tres puestos determinados, buscar este o aquel libro, pasar rápido por los stands de ofertas, irme. Una visita mía sola jamás duró más de una hora.




Esta vuelta había decidido tomarme la tardecita y noche para mí. Así que como estaba de buen humor se me dio por ir sola y tomármelo con calma. El resultado: cómo extrañé mi cámara de fotos, che. Seguramente el encabezado del post habría sido una foto de uno de los lemas menos felices que vi, "bestsellers for book lovers", en una pared externa del stand de Kel (librería que siempre se caracterizó por sus excelentes frases profundas), y por acá habría habido otra foto mía en un reducto que simulaba una tienda árabe, sentada en unos almohadones muy cómodos y leyendo en un Corán bilingüe (eso de tener la paginación al revés complica realmente la existencia) el pasaje en el que se cuenta la concepción de María y se refuta el cristianismo.



Y sí, es que la Feria es eso, una feria, todo pasa por tomarla como tal y disfrutar de lo circense del caso. De paso, volverse con algún par de libros baratos (o afanados, si usted es un delincuente sin escrúpulos) en bolsitas lindas, siempre inversamente proporcionales al tamaño del tomo.


* Hace cosa de tres semanas me compré un Hernani de Victor Hugo en francés, editado por su editor original alrededor de 1889, a 10 manguitos en una librería de Corrientes digna de Umberto Eco.

jueves, 7 de mayo de 2009

Miscelánea

Buenos Aires es una ciudad más o menos chata, pero no del todo. 
Hoy al volver a casa desde el Instituto de Filología noté, por primera vez, en la sensación de estar acelerando involuntariamente el paso, que Díaz Vélez hacia el Oeste, por lo menos llegando a casa, está en bajada. Podría haber vivido toda mi vida como estos cinco años que llevo en el mismo departamento, sin darme cuenta, de no ser porque mi cuerpo hoy cansado y engripado agradece los declives y porque haber transitado un ratito antes la cuadra de Perón entre 25 de Mayo y Alem (¿de cuánto será el ángulo de esa cuadra? yo apuesto a 40º) hace que cualquiera quede más sensible al relieve del terreno. Y eso que es una bajadita importante, más o menos unos quince centímetros cada dos metros.
De haber tenido plata para comprarle pilas a mi mp3 probablemente habría cruzado la cuadra colgada en algún razonamiento insostenible que incluyera, por ejemplo, a Dionisio Aeropagita y a Bob Dylan, vagamente motivado por algo de lo que leí para mi reunión de estudio de hoy.
No sé bien qué hago escribiendo esto. Nunca vino más a cuento la cita del costado*. 





* En el momento de publicación: "Nada más fácil para un escritor que escribir sobre sí mismo; nada más aburrido que la vida de un escritor."

sábado, 2 de mayo de 2009

lunes, 2 de febrero de 2009

Va tomando color






(Plaza Francia - Domingo por la tarde)

miércoles, 31 de diciembre de 2008

De paso


Esta tarde - Colectivo 124 por Corrientes

sábado, 13 de diciembre de 2008

Neitherland




Puerto Madero - Esta tarde

jueves, 16 de octubre de 2008

Para sacar a pasear al humano

-

¿Algo de trascendental importancia para hacer con tu tarde de sábado? 
¿No? 





Ya que estás, si pasás por ahí date una vuelta por el stand de CILC y comprate el 
Vamos a Rockearla (J. Daza y J. Crasci, con ilustraciones de Sala, Mr. Exes, etc.), 
que es un gran pequeño librito.

martes, 2 de septiembre de 2008

Palacio Pizzurno


La tiro a la una... La tiro a las dos...

lunes, 1 de septiembre de 2008

Casa de los Lirios

Ya posteé una foto mía, casi igual de mal sacada, de este edificio alguna vez. El texto es una selección, con modificaciones menores, de algo más largo (y bastante más privado de lo que ya es) que escribí apenas para mí en abril de este año. Los sucesos narrados son de muchos años atrás.
Por una vez voy a permitirme ser un poco críptica, y postear este eco, este leit-motiv que tal vez sólo tenga sentido para mí. Pero cuánto sentido.

(EDIT: parece ser que los dueños de la foto se avivaron del afano y lo aprovecharon, ¿no?

La dejo porque tiene su extraña cuota, críptica también, de sentido la propaganda turística en este contexto)



Hace menos de una semana que me enteré de que el edificio de Rivadavia llegando a Rincón que desde hace unos ocho años me vuelve loca se llama Casa de los Lirios. Lo supe porque una foto mía muy mal sacada de ese edificio fue recientemente subida a Google Earth, y alguno que la vio comentó el dato. Se trata de un edificio estilo art deco, que se terminó en 1905. Planta baja con locales, tres pisos y la cabeza gigante de un viejo fantástico de cabellos muy largos que sirven de baranda en la terraza, y que coronan la estructura surcada de plantas de yeso y de metal hasta el hartazgo. Una verdadera belleza.

La primera vez que vi ese edificio estaba sola. Era la época en la que todavía consideraba con alguna seriedad dedicarme a la investigación en bioquímica (aunque ya dudaba, claro), y mi profesora de lengua de entonces me había mandado hacer un informe que incluía pasar por una dependencia del CONICET a hacer algunas preguntas. En plena búsqueda de dicho lugar, encarada con datos muy vagos y mal anotados, cruzando mucho de vereda a vereda, vi de golpe en la vereda de enfrente, como una aparición, levantarse ante mí la Casa de los Lirios. Me quedé completamente estupefacta, parada en el medio de la vereda, mirándola. No sabría decir cuánto tiempo estuve ahí, extática, deplorando mi falta de cámara fotográfica. Traté de memorizar la dirección antes de seguir con mi recorrido. Pero ya se sabe que de mi memoria no se puede esperar tanto. Apenas fijé que el edificio quedaba entre Congreso y Once, en alguna parte, y que era casi imposible verlo si se miraba para la planta baja.

Pasé infinidad de veces por la puerta buscándolo, sin volverlo a encontrar. Me llevó varios años verlo de nuevo. Fue el viejo melenudo el que me encontró a mí, me llamó, me dijo acá estoy, una noche en la que necesitaba un buen motivo para parar de llorar como una desaforada.

Aquella noche en la que, por última vez, M. me dijo que no, y yo me juré nunca volver a avanzar a un hombre. Habíamos salido del café Tortoni, él un tanto incómodo, yo completamente destruida, y ante la cuestión de cómo volver a mi casa (no consigo recordar por qué él no fue a la suya, aunque probablemente fuera para no dejarme sola en ese estado) decidimos caminar, al menos por un rato. En realidad, lo decidí yo, que necesitaba algo de aire para calmarme.

Cuando llegamos a la puerta del edificio en cuestión, algo en las hojas retorcidas de la puerta de calle me susurró al oído: heme aquí, todavía estoy si querés verme. Tomé a M., que no entendía nada, de la mano y lo hice cruzar Rivadavia por el medio, para quedarme mirando por segunda vez al viejo mezclar sus cabellos con el aire de otro tiempo agotado hace mucho.

Por mucho, mucho tiempo la Casa de los Lirios, ubicada ya definitivamente en mis mapas mentales, me narró esa historia de fracaso amoroso rotundo.Algo de todo eso ha de quedarle, sospecho. Por lo pronto el viejo parece todavía tener algo que decirle a mi desilusión.

El viejo de yeso sigue silbando su tonada inaudible desde arriba de la Casa de los Lirios, sigue mirando hacia vaya uno a saber dónde como hace un siglo, como hace un año, cuando saqué la foto espantosa que ahora cualquiera ve en Google Earth, como hace cinco, aquella noche triste, y sigue intentando decirme algo que no entiendo, algo que se me antoja de fundamental importancia, algún secreto de habitaciones viejas con techos altos que soy incapaz de escuchar.


viernes, 11 de abril de 2008

Sonido de hojas que se arrugan, pero no el de la papelera de reciclaje

Estuve varios días tratando de escribir un post sobre Inolvidables Veladas de Marcelo Cohen, novelita breve que terminé de leer si mal no recuerdo (el tiempo me resulta un tanto amorfo últimamente) a principios de la semana pasada. Todavía tengo la esperanza de poder sentarme con la cabeza bien centrada y escribir algo que se parezca a una reseña al respecto, pero por el momento me rindo. Apenas dejaré asentada mi perplejidad frente a un relato más obvio que película de Hallmark Channel, narrado en un lenguaje pretencioso y con un dejo de moralina posmo (sí, eso también existe, señora), pero que aún así se las arregla para tener momentos sorprendentemente altos, lo suficientemente bien ubicados como para dudar a la hora de decidir si justifican o no todo el resto. O al menos casi.

Por hoy entonces bastará con un post misceláneo, retazos de crónicas desorganizadas.

Como la de ayer, día corto de tan largo, en el que llegué tarde a mi primera salida BAFICI (primera fuera de broma, jamás había ido) y me perdí los primeros cortos de Chacun son Cinéma. Creo que en teoría debí habérmelo perdido completo. Entré a la sala en medio de un caos en el ingreso al cine armado por los que venían a ver la otra película que se iba a proyectar, siguiendo a un tipo que tenía también cara de llegotardeojaláquenohayaempezadoahorario. Una empleada nos pescó, nos miró con algo de lástima y nos urgió: “Entren rápido que no los vieron”. En mi despiste, necesité que me lo dijera dos veces.

Por lo menos valió en algo la corrida. Un par de cortos estuvieron realmente buenos. Una pena el cine (se trata del Atlas Santa Fe, lamentablemente todas las películas que voy a ver las saqué ahí), que tenía un problemita con el proyector (la parte de arriba de la imagen se salía de foco, especialmente si se trataba de planos muy luminosos), y un operador medio dormido que no se daba cuenta cuando los subtítulos en español se tildaban (lo que era a cada rato), con el subsiguiente rechifle general de la pobre gente que no podía seguir los subtítulos en francés que, esos sí, estuvieron ahí todo el tiempo.

También podría decir algo de hoy, uno de esos pocos días del año en los que resulta más cómodo leer en las mesas de afuera de MacPancho que quedarse adentro de cualquiera de los bares que nos viven todos los días. Podría contar que se acercó un muchacho que debe rascar apenas la mayoría de edad, con un pilón de copias de su novelita editada a pulmón. Todavía no me explico por qué gasté $15 en comprársela. Supongo que en parte fue el hecho de encontrar que al menos el primer tramo que llegué a leer (tenía la estrategia de prestarlos un rato para que uno decidiera) daba muestras de estar por lo menos algo mejor escrito que algún que otro bodrio (¿)narrativo(?) incluido en alguna antología muy irregular de cuyo nombre no quiero acordarme. O tal vez habrá sido la combinación de eso con las faltas de ortografía desperdigadas por el texto, todavía no termino de saber si como recurso conciente, como marca de soberbia (aquello de pero lo que yo escribí no lo toca nadie, ni el corrector de Word (lo que como en la última entrada se comprobó puede ser hasta contraproducente, admitámoslo)) o, simplemente, por mera falta de recursos. El librete trae el mail del responsable, así que supongo que cuando le dedique un rato y lo termine le preguntaré. Pero en todo caso, la ortografía caótica (insisto, hasta mi alumnado de polimodal pesca bien rápido la mnemotécnica infalible que hace imposible equivocarse y escribir “envergadura” con “mb” en lugar de con "nv") y lo llevadero del texto formaban una yunta despareja que merecía leerse. Al menos en apariencia. Tal vez fue sólo que cobré ayer, y como estoy dulce es más fácil que un escritor novel que se gastó en tratar de publicar algo me de un poco más de pena. No sé.

Por lo pronto aquello de que no sé administrar mis gastos, especialmente si me ponen hojas impresas y encuadernadas con algún atractivo mínimo enfrente, es cierto. Ya a la vuelta del cine pasé por Parque Rivadavia con intenciones de no comprarme nada, y me volví con Samuel Beckett, las huellas en el vacío de Lucas Margarit (con ese tengo excusa, se supone que debo una monografía beckettiana todavía) y con Lo Sagrado y lo Profano de Mircea Elíade, que vaya uno a saber cuándo me va a dar el tiempo para leerlo.

Si sigo tirando palabras al tacho, seguro que no va a ser hoy.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Balconeando



Las fotos son del 24 a la noche, y están sacadas desde el balcón de mi hermana.
Desde que ella se mudó que estoy queriendo sacarlas, pero me olvidaba la cámara, y con el celular era obviamente imposible.





sábado, 22 de diciembre de 2007

Invectiva contra las servilletas de bar
Crónica del viernes

Puerta del Bar Platón, Puán al cuatrocientos, mediodía. El sol golpeaba la calle a martillazos y las figuras recientemente pintadas en aerosol en la fachada de la facultad podrían haber pasado por carteles de neón, de haber usado líneas más planas. Miré con algo de desconfianza los vidrios que desde siempre anuncian "aire acondicionado": los ventiladores de techo, adentro, estaban prendidos. Peor que afuera no podía estar. Entré.

El aire acondicionado, pese a que en estos siete años nunca hubiera reparado en él, efectivamente existía, y hasta funcionaba. Pero debería tener poco gas, porque la diferencia de temperatura no era la que se puede esperar al entrar en esos bares que se enorgullecen hasta la escarcha de tener aire acondicionado. Y los ventiladores de techo estaban, efectivamente, prendidos.

No había pizza, putquelorecontrarebueh que traiga una milanesa, con la extensa carta de restaurante francés del bar puanero no me iba a poner demasiado exigente. Y estaba el aire acondicionado, claro. Suavecito, como seguro que no lo iba a estar el de Vivace. En donde seguro que me iban a atender tardísimo y después, a la hora de la cuenta, me iban a rebanar la cabeza con una cuchara de té afilada. Desparramé todos mis apuntes y libros para Literatura Europea del Renacimiento por la mesa y me dispuse a tratar de calmar la (más que infundada) paranoia que me decía que podían llevarme de paseo por todo el programa.

Llegó la gaseosa, llegó la milanesa, llegaron ellas.

La gaseosa, como es común en estos casos (dos libros caros en la mesa, notas manuscritas a lapicera fuente, nervios de examen), tuvo un ataque de furia con espuma y rebalsó.

Entonces volví a la eterna pregunta: ¿a quién carajo se le puede ocurrir hacer esas servilletas finitas de un papel que absorbe menos que una lija? Entiendo su utilidad como barrera para la grasa que no puede pegarse frente a una pizza, pero de ahí a darles la función general de servilleta hay un trecho. Ahí, nunca van a convencerme de lo contrario, hubo una cuota nada menor de refinada crueldad: crear e imponer un elemento de central importancia para la tranquilidad en la mesa como es una servilleta, de un material que la vuelve casi completamente inservible y que por ende tiene la tendencia a hacer de los comensales un bollito anudado de cuidados que por supuesto van a terminar en el fracaso, en el pantalón, la remera o los papeles manchados, en el líquido que se desparrama alegremente como impulsado por fuerzas maléficas, volcado por pequeños duendes mezquinos que aumentan con empujoncitos la natural torpeza humana para sacarnos de quicio.

Afortunadamente en esta ocasión conseguí hacer que el líquido no se desparramase demasiado lejos, mantenerlo en el área en donde estaban el plato y el servilletero, lejos de los papeles. Como tal vez pueda apreciarse, ningún libro ha sido dañado en esta toma.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Postal desde Mosquitoland

El aire cálido, benigno, no llegaba a jugar con las hojas del libro que me había llevado. Sé que estaba tratando de escaparme de algo, que había intentado dejar algún fardo pesado en esa poco amistosa cerca que rodea el corazón de mi archiconocido parque Centenario, y que la estrategia parecía haber funcionado bien. Pasaron apenas unas pocas horas, y ya el olvido está haciendo lo suyo, ya me deja escribir esta entrada pobre con esos retazos de mala calidad que dejan los sueños complicados.

En todo caso había llegado a eso de las seis y cuarto de la tarde al lago de este parque que según los libros de historia fue diseñado para recordar desde arriba un escudo nacional. Si hemos de guiarnos por los mapas o por la mancha marrón que se ve en Google Earth (la que acompaña este post, tomada del programa hace un par de meses, es muy evidentemente vieja, para cualquiera que conozca el lugar), algo de eso hay todavía, en la forma rarísima del lago y en la distribución de las once callejuelas y pasos peatonales que entran sin motivo aparente una cincuentena de metros hacia el centro del óvalo.

Por supuesto, eso se pierde adentro, entre árboles que se recortan en el cielo claro, o ante el espectáculo de los patos, que se ponen de un humor muy particular con la primavera. Pero de todas maneras queda ese resto de cosa planeada, los juncos delimitados por adoquines, los edificios que se asoman desde atrás, el paraíso artificial que para cuando baja un poco el sol se llena de mosquitos.

No mucho después de sacar esa foto, algo más tranquila y con una lista enorme de cosas a buscar en mi Biblia (el libro era El Gran Código, de Frye, y es mala idea leerlo sin una biblioteca a mano), volví a pasar por la cerca, volví a cargar mi bolsa de lauchas, y caminé las cinco cuadras necesarias para llegar a casa.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Corrientes

Hermoso, derruído, con sus increíbles negocios de la planta baja que parecen ignorar limpiamente lo que tienen encima, con esa bandera argentina que estaría dispuesta a creer que fue colgada por alienígenas (no podría imaginar a nadie saliendo de esas ventanas, obvia propiedad del abandono), he aquí un edificio que siempre me produjo una atracción helada. Siempre que lo miro (y hace años que me clava los ojos en el borde de la ventanilla del 146) lamento no poder fotografiarlo antes de su inminente derrumbe. Pero se sostiene, como los elefantes en la tela de una araña, y por primera vez pasé de a pie y con mi flamante celular con camarita por enfrente.
Si hay gente con mucha paciencia que siga el blog y haya bajado hace siglos No Balance Palace de Kashmir, o si hay público de esa banda por aquí, que abra el track "Black Building" y mire la imagen con atención.