Mostrando las entradas con la etiqueta lado izquierdo de la cama. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta lado izquierdo de la cama. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de diciembre de 2010

Hacia arriba

Mientras trataba infructuosamente de pensar en algo para escribir sobre el día de hoy, caí en la cuenta de que en realidad lo que precisaba era transmitir un estado de la percepción, un punto intermedio muy incómodo entre lo inteligible y lo sensible, que para más presentaba algunas peculiaridades que lo hacían particularmente difícil de objetivar en una representación externa. Estaba a punto de darme por vencida: la prosa no poética no es el mejor modo de representar este tipo de relaciones con el entorno y con la propia cabeza, y parte de lo que necesitaba expresar estaba, justamente, en su insoportable falta de poesía. La búsqueda de una imagen, también, estaba fuera de consideración, porque aun las mejores representaciones de las percepciones de un tiempo vaciado (en pintura o en fotografía) no pasan del congelamiento de un momento de espera que se desentiende de su carácter temporal.

Y entonces me acordé de esto:





miércoles, 30 de junio de 2010

Hoy no puedo afinar la guitarra

Primero fue la luz, esa leche oscura de la mañana, el colectivo vacío a contramano de la multitud, los dedos fríos dentro de los guantes sin otros dedos cálidos para sostener, los minutos contados, llegaste tarde, nadie te lo dice, claro pero llegaste tarde, y una mano anónima lo escribe en el registro con patitas de bicho azul, porque para esas cosas nunca falta quien dé una mano, anónima, claro.
Después volver a casa, línea nueva de colectivo, andá a saber por qué pero esta que llega más rápido se las ingenia para tomar un trayecto en el que es imposible que el sol no pegue bien en el fondo de la retina aunque se cierren los ojos, aunque se busque ese cansancio que duele en la garganta, y hay que esperar hasta la cama, también fría, también vacía.
Para dormir con minutos contados.
Y llegaste tarde, y nadie te lo dice.
Al final, la última vuelta a casa, la tarde que se desgrana en un pozo de píxeles, colecciones de casidesconocidos y de amigos perdidos, apenas unos pocos de los que cuentan, promociones para ganar vasos térmicos, pequeñas malas noticias esperables, otra imagen en la que no estaré, el día de mañana que se hace grito en las pestañas.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Al compás del paso de los años



Los cabellos sobre los ojos,
la paciencia pegoteada en los dedos
infantiles, caprichosos,

sigue trenzando,

no queda nombre fuera de la mugre
de sus uñas largas, no podría
hoy haber escapado una hebra miserable,

sigue trenzando,

de nada sirve que tiente a su boca fina
con dulces, con palabras, con ruegos,
con el fuego de mi garganta quebrada,

sigue trenzando,

y miro la cuerda enrollarse
como una melodía interminable de hilachas
ajenas, envuelta en mi manto de cansancio,
y me callo tarde, como es mi costumbre,

y sigue trenzando.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Casa de los Lirios

Ya posteé una foto mía, casi igual de mal sacada, de este edificio alguna vez. El texto es una selección, con modificaciones menores, de algo más largo (y bastante más privado de lo que ya es) que escribí apenas para mí en abril de este año. Los sucesos narrados son de muchos años atrás.
Por una vez voy a permitirme ser un poco críptica, y postear este eco, este leit-motiv que tal vez sólo tenga sentido para mí. Pero cuánto sentido.

(EDIT: parece ser que los dueños de la foto se avivaron del afano y lo aprovecharon, ¿no?

La dejo porque tiene su extraña cuota, críptica también, de sentido la propaganda turística en este contexto)



Hace menos de una semana que me enteré de que el edificio de Rivadavia llegando a Rincón que desde hace unos ocho años me vuelve loca se llama Casa de los Lirios. Lo supe porque una foto mía muy mal sacada de ese edificio fue recientemente subida a Google Earth, y alguno que la vio comentó el dato. Se trata de un edificio estilo art deco, que se terminó en 1905. Planta baja con locales, tres pisos y la cabeza gigante de un viejo fantástico de cabellos muy largos que sirven de baranda en la terraza, y que coronan la estructura surcada de plantas de yeso y de metal hasta el hartazgo. Una verdadera belleza.

La primera vez que vi ese edificio estaba sola. Era la época en la que todavía consideraba con alguna seriedad dedicarme a la investigación en bioquímica (aunque ya dudaba, claro), y mi profesora de lengua de entonces me había mandado hacer un informe que incluía pasar por una dependencia del CONICET a hacer algunas preguntas. En plena búsqueda de dicho lugar, encarada con datos muy vagos y mal anotados, cruzando mucho de vereda a vereda, vi de golpe en la vereda de enfrente, como una aparición, levantarse ante mí la Casa de los Lirios. Me quedé completamente estupefacta, parada en el medio de la vereda, mirándola. No sabría decir cuánto tiempo estuve ahí, extática, deplorando mi falta de cámara fotográfica. Traté de memorizar la dirección antes de seguir con mi recorrido. Pero ya se sabe que de mi memoria no se puede esperar tanto. Apenas fijé que el edificio quedaba entre Congreso y Once, en alguna parte, y que era casi imposible verlo si se miraba para la planta baja.

Pasé infinidad de veces por la puerta buscándolo, sin volverlo a encontrar. Me llevó varios años verlo de nuevo. Fue el viejo melenudo el que me encontró a mí, me llamó, me dijo acá estoy, una noche en la que necesitaba un buen motivo para parar de llorar como una desaforada.

Aquella noche en la que, por última vez, M. me dijo que no, y yo me juré nunca volver a avanzar a un hombre. Habíamos salido del café Tortoni, él un tanto incómodo, yo completamente destruida, y ante la cuestión de cómo volver a mi casa (no consigo recordar por qué él no fue a la suya, aunque probablemente fuera para no dejarme sola en ese estado) decidimos caminar, al menos por un rato. En realidad, lo decidí yo, que necesitaba algo de aire para calmarme.

Cuando llegamos a la puerta del edificio en cuestión, algo en las hojas retorcidas de la puerta de calle me susurró al oído: heme aquí, todavía estoy si querés verme. Tomé a M., que no entendía nada, de la mano y lo hice cruzar Rivadavia por el medio, para quedarme mirando por segunda vez al viejo mezclar sus cabellos con el aire de otro tiempo agotado hace mucho.

Por mucho, mucho tiempo la Casa de los Lirios, ubicada ya definitivamente en mis mapas mentales, me narró esa historia de fracaso amoroso rotundo.Algo de todo eso ha de quedarle, sospecho. Por lo pronto el viejo parece todavía tener algo que decirle a mi desilusión.

El viejo de yeso sigue silbando su tonada inaudible desde arriba de la Casa de los Lirios, sigue mirando hacia vaya uno a saber dónde como hace un siglo, como hace un año, cuando saqué la foto espantosa que ahora cualquiera ve en Google Earth, como hace cinco, aquella noche triste, y sigue intentando decirme algo que no entiendo, algo que se me antoja de fundamental importancia, algún secreto de habitaciones viejas con techos altos que soy incapaz de escuchar.


viernes, 27 de junio de 2008

De la frustración

Lo habrán dado en Didáctica General, todo indica que va a ser tan embolante y poco útil como los otros, pero no importa. No puedo evitar acercarme a todo texto, cualquiera que sea, con esta vieja reflexión, casi un dicho, que dice que hasta un reloj detenido tiene razón dos veces al día.
Y algunas cosas de los primeros párrafos prometen, el análisis del "síndrome del salvador" (según el cual toda propuesta metodológica más o menos coherente es saludada por una horda de imbéciles como una salvación definitiva para nuestras vidas docentes para después ser ofrecida a su desgaste contra la realidad de las aulas y, finalmente, demonizada como responsable de todos nuestros males) es atractivo. Incluso pega una muy buena frase al cierre, que resume todo eso y lo generaliza de forma bastante sugerente, de esas que uno pondría de subnick en el messenger o que podría bien robarse para la columna de la derecha (lo que hay ahora es de Salinger, por cierto):
Es tedioso ver cómo se acoge al salvador del momento con esperanza y ansiedad, luego se lo ataca y finalmente se lo trivializa.

Después, claro, empieza la decadencia y el barro, los ejemplos artificiales repletos de esas propuestas que sobreestiman demasiado al alumno medio, con diálogos entre supuestos niños de diez años que fallarían con los de dieciocho, la atención decae, y para dar el golpe de gracia al dolor de cabeza se le suma la reunión familiar que empieza en el momento oportuno para dejar a Mr. Perkins para peor momento.

miércoles, 30 de abril de 2008

Deberes del ciudadano bocón

(Todavía no decido si vale la pena seguir escribiendo acá. Pero deshacerse de los tachos puede ser problemático a la hora de saber qué hacer con garabatos como el que sigue).

Típica reunión familiar, laboral, o de viejos (y queridísimos, muchas veces) amigos que comparten pocas taras con uno. Alguien (muchas veces uno mismo, de hecho) narra una situación particularmente extraña o ridícula, o bien una de esas historias de vida que bien podrían pasar por la versión actualizada de una novelita bizantina. La arena está echada, nada más hay que esperar a que el discurso parezca llegar a su final para que se termine de formar la lagaña molesta de una exclamación que todos los que abrimos la boca de más y contamos en el contexto equivocado que no le hacemos demasiado asco a pasar algunas horas manchando páginas en blanco escuchamos más seguido de lo saludable: “¡Pero deberías escribir sobre eso!”

Ante lo cual, claro, uno siempre se ve en una situación un tanto incómoda, en la que el cariño o el respeto impiden decir lo que haría falta. Sí, claro, mañana mismo me pongo a escribir guiones para películas yanquis de clase B, o lo que es mejor, me sumo al curro de los que entienden que hay que “ser actual”, hay que “ser narrador joven” y escribir escrachos casi sin trama en lenguaje fingidamente oral para dar cuenta de situaciones que, eso sí, sólo pueden ocurrir de 1998 a esta parte. Capaz que hasta le puedo agregar algo de sexo y/o dos o tres personajes marginales bien estereotipados, todavía mejor. Por cierto, ese último recurso no vendría mal si me decido por los guiones, tampoco. Seguro que me cuesta menos venderlos.

Sonrisita sin comprometerse, alguna palabra incoherente murmurada a tiempo, un “puede ser” que desliga el tema como un nudo aceitado que se corre para soltar el cambio de tema, para irse bien lejos de ahí, a contar que los horarios de trabajo, que la inflación, o el monotributo que habría que cancelar, o las películas que estrenan la semana que viene.

jueves, 27 de marzo de 2008

-ponga su sonido de grillos preferido en la barra de título-

.









"¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?"

-J.C.


—Pensaba dejar pasar la semana con el post irrelevante de ayer, suerte de pequeño minuto de silencio. Supongo que el bombardeo de información fue más fuerte.—

jueves, 21 de febrero de 2008

Luna vieja

Es un post obvio, no hace falta decirlo.


La foto está sacada desde una ventana de mi departamento. Es raro que se viera, vivo en un interno, pero ahí está, sí, el eclipse. Después de que tanta gente estuviese todo el día hablando de él, después de ignorar los comentarios por horas y horas, terminó metiéndose en mi casa, de contrabando, para que no pudiera olvidarme de él y para que mi señora madre me insistiera para sacar una foto igual a tantas otras fotos que se van a ver hoy en esta cosa que da en llamarse internet.

Después de todo no está tan mal. Y es cierto que mi cámara de fotos ve más estrellas que yo por la ventana. Parece reírse un poco de la intención de mirar alguna estrella antes de dormirme (costumbre vieja en mí) con la que puse la cama abajo de la ventana, para ver nada más un parche de cielo parduzco y ventanas de vecinos.

miércoles, 30 de enero de 2008

Vertiendo mis fuerzas en el viento
Desarrollo de una nota marginal en mi copia del Didascalicón

Ya sé que toda esa multitud de personas que no pueden vivir sin un post de este blog, todas aquellas que me pagan el crédito con el que el siglo que viene voy a comprarme un último piso en un edificio antiguo con una de esas torrecitas en donde desde la adolescencia soñé poner mi escritorio y dedicarme a escribir ficción (si los descubrimientos médicos me lo permiten y no muero de algún tifus mutante antes) se estarán preguntando en dónde me he metido. También es posible que los seres con algo de cordura, quienes quiero sospechar que son mayoría, se pregunten qué cuernos tenía en la cabeza cuando subí la última foto movida de un ejercicio de escritura automática trasnochado a fibra indeleble sobre un dvd malogrado por el maldito Nero (sobre el que si no me gana la vagancia escribiré una invectiva alguna vez), con apenas el mínimo indispensable de seso para confiar el texto, que no podía ser peor, a la mala calidad de imagen y a mi caligrafía revuelta, en vez de transcribirlo.

Baste por el momento saber que hoy me topé con esta frase en el Didascalicon de Hugo de San Victor, que me empeño tercamente en leer completo, y me consiguió arrancar una sonrisa de identificación resignada:

He who works along without discretion works, it is true, but he does not make any progress, and just as if he were beating the air, he pours out his strength upon wind

Son casi las dos, todavía me quedan quince páginas para liquidar el texto del que salió esa cita y no puedo darme el lujo de dejarlo para mañana. Baste este tributo a un blog algo dejado.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Invectiva contra las servilletas de bar
Crónica del viernes

Puerta del Bar Platón, Puán al cuatrocientos, mediodía. El sol golpeaba la calle a martillazos y las figuras recientemente pintadas en aerosol en la fachada de la facultad podrían haber pasado por carteles de neón, de haber usado líneas más planas. Miré con algo de desconfianza los vidrios que desde siempre anuncian "aire acondicionado": los ventiladores de techo, adentro, estaban prendidos. Peor que afuera no podía estar. Entré.

El aire acondicionado, pese a que en estos siete años nunca hubiera reparado en él, efectivamente existía, y hasta funcionaba. Pero debería tener poco gas, porque la diferencia de temperatura no era la que se puede esperar al entrar en esos bares que se enorgullecen hasta la escarcha de tener aire acondicionado. Y los ventiladores de techo estaban, efectivamente, prendidos.

No había pizza, putquelorecontrarebueh que traiga una milanesa, con la extensa carta de restaurante francés del bar puanero no me iba a poner demasiado exigente. Y estaba el aire acondicionado, claro. Suavecito, como seguro que no lo iba a estar el de Vivace. En donde seguro que me iban a atender tardísimo y después, a la hora de la cuenta, me iban a rebanar la cabeza con una cuchara de té afilada. Desparramé todos mis apuntes y libros para Literatura Europea del Renacimiento por la mesa y me dispuse a tratar de calmar la (más que infundada) paranoia que me decía que podían llevarme de paseo por todo el programa.

Llegó la gaseosa, llegó la milanesa, llegaron ellas.

La gaseosa, como es común en estos casos (dos libros caros en la mesa, notas manuscritas a lapicera fuente, nervios de examen), tuvo un ataque de furia con espuma y rebalsó.

Entonces volví a la eterna pregunta: ¿a quién carajo se le puede ocurrir hacer esas servilletas finitas de un papel que absorbe menos que una lija? Entiendo su utilidad como barrera para la grasa que no puede pegarse frente a una pizza, pero de ahí a darles la función general de servilleta hay un trecho. Ahí, nunca van a convencerme de lo contrario, hubo una cuota nada menor de refinada crueldad: crear e imponer un elemento de central importancia para la tranquilidad en la mesa como es una servilleta, de un material que la vuelve casi completamente inservible y que por ende tiene la tendencia a hacer de los comensales un bollito anudado de cuidados que por supuesto van a terminar en el fracaso, en el pantalón, la remera o los papeles manchados, en el líquido que se desparrama alegremente como impulsado por fuerzas maléficas, volcado por pequeños duendes mezquinos que aumentan con empujoncitos la natural torpeza humana para sacarnos de quicio.

Afortunadamente en esta ocasión conseguí hacer que el líquido no se desparramase demasiado lejos, mantenerlo en el área en donde estaban el plato y el servilletero, lejos de los papeles. Como tal vez pueda apreciarse, ningún libro ha sido dañado en esta toma.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Postal desde Mosquitoland

El aire cálido, benigno, no llegaba a jugar con las hojas del libro que me había llevado. Sé que estaba tratando de escaparme de algo, que había intentado dejar algún fardo pesado en esa poco amistosa cerca que rodea el corazón de mi archiconocido parque Centenario, y que la estrategia parecía haber funcionado bien. Pasaron apenas unas pocas horas, y ya el olvido está haciendo lo suyo, ya me deja escribir esta entrada pobre con esos retazos de mala calidad que dejan los sueños complicados.

En todo caso había llegado a eso de las seis y cuarto de la tarde al lago de este parque que según los libros de historia fue diseñado para recordar desde arriba un escudo nacional. Si hemos de guiarnos por los mapas o por la mancha marrón que se ve en Google Earth (la que acompaña este post, tomada del programa hace un par de meses, es muy evidentemente vieja, para cualquiera que conozca el lugar), algo de eso hay todavía, en la forma rarísima del lago y en la distribución de las once callejuelas y pasos peatonales que entran sin motivo aparente una cincuentena de metros hacia el centro del óvalo.

Por supuesto, eso se pierde adentro, entre árboles que se recortan en el cielo claro, o ante el espectáculo de los patos, que se ponen de un humor muy particular con la primavera. Pero de todas maneras queda ese resto de cosa planeada, los juncos delimitados por adoquines, los edificios que se asoman desde atrás, el paraíso artificial que para cuando baja un poco el sol se llena de mosquitos.

No mucho después de sacar esa foto, algo más tranquila y con una lista enorme de cosas a buscar en mi Biblia (el libro era El Gran Código, de Frye, y es mala idea leerlo sin una biblioteca a mano), volví a pasar por la cerca, volví a cargar mi bolsa de lauchas, y caminé las cinco cuadras necesarias para llegar a casa.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Escozor


Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires - Sede 25 de Mayo
La foto es de hoy a la tarde.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Un universo propio

a woman must have money and a room of her own if she is to write fiction

Bien, Virginia, coincido con lo de la plata. Pero con el cuarto no alcanza.


Me di por vencida, por primera vez desde que (mientras escribo esto: "decíme cuando pueda chequear mis mails") empecé a pasar los caóticos borradores manuscritos de la novela que estoy tratando de terminar ("¿viste el quitaesmalte y el cortauñas?") con la máquina. No hay caso. Cuando la cosa se me complica necesito ver las cosas en un papel, poder tachar, anotar, hacer enchastres. Me dispuse a imprimir las 92 páginas que llevo pasadas, que corresponden a las líneas centrales que llevan el relato (el mp4 que tengo que usar para no escuchar a las cohabitantes de la casa bufar por lo que escucho, que está fallando y tengo que cambiar esta semana, empieza a andar en mono, y hace falta golpearlo un poco); hay que aclarar que todo lo que tengo que pasar son textos y episodios intermedios, una inmensa cantidad de ellos. Mientras la impresora escupía páginas en calidad borrador, mi benemérita madre me vio fuera de la silla y entró a usar la computadora. La impresión, por error mío, falló. Tuve que esperar a que ella hiciese una pausa. Con la máquina lenta por un disco demasiado lleno y una ridícula cantidad de ventanas y programas abiertos, todos en uso por alguna de las tres, volví a imprimir lo fallado, y me dispuse a hacer las tareas de reordenamiento y corrección que quería. La computadora fue rápidamente ocupada de nuevo.
(Conversación lenta, detrás, sobre temas banales, no del mejor de los humores, ninguna de las tres lo está)
Intenté volver a la máquina. Esperé largo rato a que la máquina se desocupe. Me senté. "¿Qué querés comer?" "No sé, decidí vos". Una línea. Dos. Tres. Una corrección. "¿No me llegó nada?" "No" "¿No me cerraste el messenger, no?" "No". Cuatro. Una corrección. Dos. "¿Pero no escuchabas que te estaba hablando" "Perdón, no, me estabas hablando desde la cocina, así no escucho" "No escuchás cuando no te conviene. Dejá, ya bajé la basura yo". Puta madre, me perdí. Adónde iba. Ah, sí, era por acá. "Pero no me dijiste qué querés comer" "Me adapto, lo que quieras vos, que tenés más problema". Discusión de cinco o diez minutos. Vaya uno a saber por dónde iba. Di un rápido manotazo a mi mp4 (al lado mi hermana me mira, y se pasa una mano por el cuello; se da vuelta y se va, pero no se aleja mucho) y me tuve que ir a trabajar a la cocina. Volví. Mamá en la máquina. Teléfono. Para ella. Raudamente ocupé la máquina. Me puse a escribir este post a las apuradas. Salió mi hermana de bañarse.

No alcanza con un cuarto propio. Eso, aunque parezca mentira, lo tengo. Hace falta mudarse de universo.