martes, 27 de enero de 2009
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Poca nitidez de las formas en la luz rara de la mañana
Verseó
Lupe
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lunes, 25 de agosto de 2008
Busy little bee
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El resultado: música que a la primera escucha normalmente pide una segunda, más atenta, para descubrir su sustancia. Ocasionalmente, también alguna que otra cosa ligada ya a algún mecanismo de recepción preexistente para procesarla, que no nos quiebra la cabeza, sino que se vuelve rápidamente cotidiana, entra a la lista de reproducción que armamos para estudiar, o para la hora y media de colectivo diaria de ida y vuelta al trabajo.
Suelo creer, aunque tal vez me equivoque, que la mayor parte de nosotros no dejamos que nos afecte, al menos no más que un agujero en una media calentita que usamos adentro de las zapatillas los días que sospechamos que no hay chances reales de terminar desnudándonos frente a otro ser humano.
También tengo la sospecha, casi una creencia mágica, de que los verdaderamente afectados, los que tarde o temprano se convierten en melómanos, deben sufrir esto con mucha más intensidad, al menos con una desesperación resignada semejante a la que puede sentir alguien como yo en una biblioteca grande o, sin ir más lejos, frente a mis toneladas de estante de abajo, recuerdo constante de la impotencia frente al tiempo que nos duerme, nos da hambre, nos empuja a dejarnos tragar por la máquina capitalista que nos empuja a que seamos útiles, a saldar la cabeza, a venderla a menudo a quienes no quieren comprarla pero a su vez también son empujados en la inercia a...
La canción de Oneida que encabeza el post durmió meses en la lista de reproducción general, enquistada en un album cuyo inicio nunca me convenció lo suficiente para escucharlo entero, y es una muestra de esas iluminaciones extrañas que a veces nos dejan con una sensación de felicidad rota, como la que produce la belleza de un hombre que se sabe que no se poseerá nunca.
Verseó
Lupe
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miércoles, 30 de abril de 2008
Deberes del ciudadano bocón
(Todavía no decido si vale la pena seguir escribiendo acá. Pero deshacerse de los tachos puede ser problemático a la hora de saber qué hacer con garabatos como el que sigue).
Típica reunión familiar, laboral, o de viejos (y queridísimos, muchas veces) amigos que comparten pocas taras con uno. Alguien (muchas veces uno mismo, de hecho) narra una situación particularmente extraña o ridícula, o bien una de esas historias de vida que bien podrían pasar por la versión actualizada de una novelita bizantina. La arena está echada, nada más hay que esperar a que el discurso parezca llegar a su final para que se termine de formar la lagaña molesta de una exclamación que todos los que abrimos la boca de más y contamos en el contexto equivocado que no le hacemos demasiado asco a pasar algunas horas manchando páginas en blanco escuchamos más seguido de lo saludable: “¡Pero deberías escribir sobre eso!”
Ante lo cual, claro, uno siempre se ve en una situación un tanto incómoda, en la que el cariño o el respeto impiden decir lo que haría falta. Sí, claro, mañana mismo me pongo a escribir guiones para películas yanquis de clase B, o lo que es mejor, me sumo al curro de los que entienden que hay que “ser actual”, hay que “ser narrador joven” y escribir escrachos casi sin trama en lenguaje fingidamente oral para dar cuenta de situaciones que, eso sí, sólo pueden ocurrir de 1998 a esta parte. Capaz que hasta le puedo agregar algo de sexo y/o dos o tres personajes marginales bien estereotipados, todavía mejor. Por cierto, ese último recurso no vendría mal si me decido por los guiones, tampoco. Seguro que me cuesta menos venderlos.
Sonrisita sin comprometerse, alguna palabra incoherente murmurada a tiempo, un “puede ser” que desliga el tema como un nudo aceitado que se corre para soltar el cambio de tema, para irse bien lejos de ahí, a contar que los horarios de trabajo, que la inflación, o el monotributo que habría que cancelar, o las películas que estrenan la semana que viene.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Generación espontánea
Agréguele una pizca de Cortázar, un kilo de tren y algo de agua, y salen unas minivacaciones de tres días ideales para espolvorearlas con el azúcar incierta de la memoria, esa colección de insectos resecos.
Ah, para hacerle justicia a Mar del Plata, hay que agregar, claro, la concreción tardía de una pequeña fantasía infantil, las iniciales en segundo lugar en los high scores del WonderBoy, y sólo porque no recordaba que en la versión máquina (no es así en Adventure Island, la versión family) no es lícito matar monstruos en el ladrillo-elevador.
Verseó
Lupe
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jueves, 21 de febrero de 2008
Luna vieja
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sábado, 9 de febrero de 2008
Elefantitos rosas / Pink elephants on parade
Por esta noche, por lo menos, más vale ir a soñar con elefantitos rosas. De los que desfilan, no de los que hacen pactos con Satán.
Verseó
Lupe
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jueves, 3 de enero de 2008
Prosa con brazos y piernas
Uno de mis guilty pleasures menos conocidos consiste en bailar sola frente al espejo. A diferencia del común de las muchachas, no es un hábito adquirido en la infancia, sino en la adolescencia y más bien tarde: me llevó tal vez demasiado tiempo dejar de tener vergüenza de mi forma de moverme. Es cierto que no tengo mucha más gracia de movimientos que una morsa bebé en tierra, y que hace falta una cierta dosis alcohólica para hacerme bailar en público, para qué negarlo. Pero de todos modos, me encanta bailar sola y me encanta jugar con mi imagen en el espejo. Si se trata de música que nadie en su sano juicio catalogaría de “bailable”, todavía mejor. La cosa está en moverse, en que la vibración se transmita de otra forma más al cuerpo.
A partir de esto sale la percepción de que existen dos clases de movimientos muy distintos: están los que tienen que ver con la vista y los otros, que podríamos llamar táctiles, relacionados con la percepción física del volumen del propio cuerpo. Los primeros están hechos para agradar al ojo, no al ejecutante. Son los de la gente que baila bien, esos que a menudo admiramos por su dificultad, un despliegue de gracia en la imagen que muchas veces se corresponde con una incomodidad física considerable. Cualquiera que haya hecho danza o que conozca de cerca a alguien que baile conoce los moretones que muchas veces acompañan a una coreografía que pide, por ejemplo, desplomarse contra el piso en un momento determinado.
En el otro extremo están los que producen sensaciones placenteras en el ejecutante, una distribución de pesos y de masas de aire que al ojo resulta ruda, un tanto agresiva o sencillamente ridícula, pero que produce una sensación particularmente liberadora en quien lo hace. El caso extremo en esto es la forma de bailar de algunos chicos, la de algunos adultos bajo los efectos de alguna sustancia y la de los movimientos hechos en estado de éxtasis delirante o religioso. Los casos intermedios ocuparían, si mis sospechas son ciertas, la mayor parte de las formas de la danza, que se regularían por una cuestión de grados, con algunos equilibrios felices como el que podría verse en una rueda de salsa bailada por amateurs, no por un ballet profesional.
En todo esto, vuelve a salir la vieja tensión de la expresión humana que nunca termina de resolverse. Debería decir, que nunca termina de admitirse, también, si pensamos en toda la tinta gastada para hablar del lector implícito de los escritos íntimos, con el caso extremo archiconocido de los diarios personales, en los que cualquiera que los haya escrito o los escriba sabe que hay una cuota de construcción de algo parecido a un personaje ficcional, pero para qué, para quién, para cuándo. O el caso que me ocupa quiera o no, de blogs como éste, que no reniegan de su cuota de intimidad.
Ahí, en el espejo, mientras la música sigue su ritmo conocido, está la expresión física de la prosa confesional que, en el fondo, se queja aliviada de la imposibilidad de producir el poema perfecto.
Verseó
Lupe
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sábado, 22 de diciembre de 2007
Invectiva contra las servilletas de bar
Crónica del viernes
Puerta del Bar Platón, Puán al cuatrocientos, mediodía. El sol golpeaba la calle a martillazos y las figuras recientemente pintadas en aerosol en la fachada de la facultad podrían haber pasado por carteles de neón, de haber usado líneas más planas. Miré con algo de desconfianza los vidrios que desde siempre anuncian "aire acondicionado": los ventiladores de techo, adentro, estaban prendidos. Peor que afuera no podía estar. Entré.
El aire acondicionado, pese a que en estos siete años nunca hubiera reparado en él, efectivamente existía, y hasta funcionaba. Pero debería tener poco gas, porque la diferencia de temperatura no era la que se puede esperar al entrar en esos bares que se enorgullecen hasta la escarcha de tener aire acondicionado. Y los ventiladores de techo estaban, efectivamente, prendidos.
No había pizza, putquelorecontrarebueh que traiga una milanesa, con la extensa carta de restaurante francés del bar puanero no me iba a poner demasiado exigente. Y estaba el aire acondicionado, claro. Suavecito, como seguro que no lo iba a estar el de Vivace. En donde seguro que me iban a atender tardísimo y después, a la hora de la cuenta, me iban a rebanar la cabeza con una cuchara de té afilada. Desparramé todos mis apuntes y libros para Literatura Europea del Renacimiento por la mesa y me dispuse a tratar de calmar la (más que infundada) paranoia que me decía que podían llevarme de paseo por todo el programa.
Llegó la gaseosa, llegó la milanesa, llegaron ellas.
La gaseosa, como es común en estos casos (dos libros caros en la mesa, notas manuscritas a lapicera fuente, nervios de examen), tuvo un ataque de furia con espuma y rebalsó.
Entonces volví a la eterna pregunta: ¿a quién carajo se le puede ocurrir hacer esas servilletas finitas de un papel que absorbe menos que una lija? Entiendo su utilidad como barrera para la grasa que no puede pegarse frente a una pizza, pero de ahí a darles la función general de servilleta hay un trecho. Ahí, nunca van a convencerme de lo contrario, hubo una cuota nada menor de refinada crueldad: crear e imponer un elemento de central importancia para la tranquilidad en la mesa como es una servilleta, de un material que la vuelve casi completamente inservible y que por ende tiene la tendencia a hacer de los comensales un bollito anudado de cuidados que por supuesto van a terminar en el fracaso, en el pantalón, la remera o los papeles manchados, en el líquido que se desparrama alegremente como impulsado por fuerzas maléficas, volcado por pequeños duendes mezquinos que aumentan con empujoncitos la natural torpeza humana para sacarnos de quicio.
Afortunadamente en esta ocasión conseguí hacer que el líquido no se desparramase demasiado lejos, mantenerlo en el área en donde estaban el plato y el servilletero, lejos de los papeles. Como tal vez pueda apreciarse, ningún libro ha sido dañado en esta toma.
Verseó
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sábado, 3 de noviembre de 2007
Se va, se va la barca
Sí, ya sé que tiene su cuota de cursilería, pero es que hay golpes de efecto que no dejan de funcionar sobre cualquier ser humano que no sea una completa heladera.
Bien, estoy oficialmente podrida de dar exámenes parcialmente descremados, de firmar planillas de asustancia, de mirar cómo crece peligrosamente el estante de abajo mientras la lista de bibliografía obligatoria ronronea su arrorró de posibilidad de no elección, de lecturas sin riesgos, con la higiene obsesiva del aparato crítico siempre a mano.
Pero pucha que voy a extrañar ese tugurio de la calle Puán.
Verseó
Lupe
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miércoles, 17 de octubre de 2007
Gajes de la videoconferencia
Lo que se siente cuando uno tiene una videoconferencia es bastante particular. Supongo que para los que tenemos arriba de veinte y crecimos en un mundo en el que las computadoras eran algo de elite esto debe ser más pronunciado. Tenemos la ventaja de disfrutar de los beneficios de estas cosas sin perder la extrañeza, la sensación de antinaturalidad que se merecen.
Por ejemplo, uno por lo general es totalmente inconsciente de los propios gestos. Menos que menos cuando se habla. Pero en una videoconferencia, la pantallita con la imagen propia está ahí abajo, y uno la va mirando mientras mira al interlocutor. Lo que produce un efecto que en la vida no cibernética sólo en escasísimas ocasiones se consigue tener: una conversación más o menos natural frente a un juego de espejos desviados, en los que se puede sorprender la forma de un movimiento que hacemos sin encontrar la distracción de la propia mirada, el ángulo un tanto armado que uno pone cuando se encuentra frente al cristal de un espejo.
Un efecto colateral de la videoconferencia entonces es que se puede caer en la cuenta de pequeños gestos que hacemos, de detalles de nuestra imagen que normalmente pasan desapercibidos. Darme cuenta de que estoy un poco más flaca, por ejemplo, que no me viene nada mal. O de que tengo una tendencia a inclinar la cabeza para la derecha cuando me río.
Es normal, de mucho estar con la misma gente a uno se le pegan cosas: gustos, giros de lenguaje, determinado vocabulario común, cierta bolsa de presupuestos para manejarse que se van haciendo compartidos. Es casi imposible ver lo que los otros toman de lo nuestro, porque uno no tiene mucha conciencia de la gestualidad propia. Pero es cosa de todos los días sorprender en alguien que uno conoce bien un gesto que viene de otra parte, a menudo reconocible también. La videoconferencia en el msn es un sitio privilegiado para tomar conciencia de los propios gestos, y entonces detectar estas cosas en uno mismo, eso que sólo de tanto en tanto vemos en el vocabulario, las cosillas del comportamiento de los que queremos que se van pegando a las propias.
Y en esto, vuelve la videoconferencia, la imagen de mí misma en versión liliputiense que me permitió sorprender de corrido dos gestos (un tipo particular de mirada, y una cierta forma de inclinar el torso y de pasarse al mismo tiempo una mano por la frente en un ángulo determinado, a una determinada velocidad) que reconozco muy bien. De ahí, inmediatamente pude tener la imagen bien rápida de su procedencia, con el cambio de ángulo. No sin cierta sorpresa, tengo que admitirlo, me di la cana usando, uno atrás de otro, dos gestos de un amigo.
He ahí la diferencia con la ciencia ficción, en donde los conferenciantes pueden mirarse a los ojos, y no tener que pensar en estas cosas.
Verseó
Lupe
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martes, 18 de septiembre de 2007
Eso que siempre estuvo ahí
Es uno de esos momentos para percibir los pequeños engendros que rodean la vida cotidiana el que impulsa este post innecesario, a saber, la extraña sensación de que podría haber pasado todo el resto del año sin notar con plena conciencia las palabras escritas en ese almanaque y sin escribir ese pequeñísimo epígrafe que lo reincluye en mi universo, de no ser porque hoy (tengo que reconocerlo) di clases en un estado de cansancio tildoso que me dejaba volar fuera de las consideraciones estrictamente necesarias, léase, fijarme cuántas semanas le restaban a una alumna nueva antes de su examen decembroso.
Verseó
Lupe
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