jueves, 7 de febrero de 2013
lunes, 8 de febrero de 2010
Santas rocas, Batman
Verseó
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11:54 p.m.
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domingo, 19 de julio de 2009
Hay un tipo en el hoyo en el fondo de la mar
(Aguántenme un segundo post para Miyazaki)


Verseó
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domingo, 12 de julio de 2009
Donde la hierba aúlla sus endechas de nodriza loca
Verseó
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viernes, 19 de junio de 2009
Proverbios flamencos - Brueghel
Verseó
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10:47 p.m.
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sábado, 16 de mayo de 2009
Hoy me compré mi primer pendrive. Volví a pensar en mi normal retraso para adquirir gadgets tecnológicos: siempre compro este tipo de cosas cuando ya se han vuelto estrictamente necesarias, y relativamente baratas ($35). Ya alguna vez le dediqué un post a eso.
Cuando lo saqué del blister noté que tenía el mismo olorcito a plástico nuevito de los juguetes recién desembalados de mi infancia.
Verseó
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12:05 a.m.
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jueves, 5 de marzo de 2009
Lúcido
(Post pendiente desde el viernes)
Verseó
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sábado, 29 de noviembre de 2008
Random facts
Facebook puede acostumbrarte peligrosamente a hablar en tercera persona.
Verseó
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domingo, 23 de noviembre de 2008
Ver doble
Dos obras de teatro en dos días. Debe ser la primera vez en mi vida que hago eso. No recuerdo siquiera haber ido dos días seguidos al cine jamás. No sé por qué, pero normalmente elijo dejar pasar algún tiempo para digerir espectáculos audiovisuales.
Con los libros no me pasa, si termino de leer algo que realmente me haya hecho mudar de realidad por un buen rato enseguida siento la necesidad imperiosa de pasar a otra cosa, de ser posible lejana a la experiencia estética de la que vengo. Tal vez sea por eso que mi cultura libresca excede ampliamente a la dramática y a la cinematográfica, que rondan lo paupérrimo.
Pero esta semana ya había arreglado para ver 4.48 Psicosis de Sarah Kane el sábado cuando me llegó la noticia de que tenía dos entradas gratis para ir a ver Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd el viernes. Y decidí tomarme esas dos pausas en un par de días de mucho trabajo, un poco para no enloquecer y otro mucho porque tenía ganas.
Es tarde y tengo sueño y necesidad de dormir y de levantarme mañana y de corregir montañas y montañas y montañas de trabajos de mis alumnos del colegio y eso hace que no pueda sentarme un buen rato y escribir y escribir y repensar lo visto para volcarlo en este espacio. Seré breve. Tendré que dejar apenas retazos. Hilachas de comentarios. Fragmentos de una entrada más larga condenada a no existir.
Igual, no importa mucho, se ha escrito más que suficiente sobre ambas puestas.
Acerca de Destino de dos cosas o de tres, es una puesta bastante pasable con algunos puntos altos, de una obra más bien irregular.
Pese a lo que puede parecer por las fotos que circulan por ahí, todas ellas arruinadas por un flash maligno, las decisiones de escenografía, vestuario y luces forman una combinación muy armónica, decididamente bonita. Acompaña muy bien el carácter absurdo-naïf del texto, que mezcla elementos claramente tomados de Ionesco (en el manejo del lenguaje) y de Genet (hasta en la sopa) con una resolución un tanto conciliadora. Y me detengo ahí porque no, señores, mejor no contarles cómo termina. Lo que es una macana, la verdad: todo lo que me queda para decir sobre el texto requeriría que me base en el final y vuelva hacia atrás. Suele pasar.
De las actuaciones, un poco desprolijas al comienzo (el texto no ayuda, también es un hueso duro al principio). En palabras de mi amigo Marcelo, que la fue a ver conmigo, durante los primeros diálogos más bien daba la sensación de que tiraban texto. Pero van repuntando sobre la marcha (sobre todo en el caso de Yazmín Schmidt). De los tres, el que se luce es Karamanian, el que hace de Dueño.
Igual, definitivamente me había gustado mucho más Acassusso.
Y me queda decir algo sobre 4.48 Psicosis.
Nunca había visto ni leído nada de Sarah Kane. Ni tenía mucha información sobre ella, más allá de algunos lineamientos estéticos. Creo que hubiese preferido no enterarme en la cola de entrada de que se mató, es el tipo de cosas que después cuesta dejar afuera en una obra como esta. Precisamente sobre una suicida.
Se trata de una obra un tanto complicada. Algo que pasa con Beckett a menudo, la densidad del texto pide a gritos una lectura, la posibilidad de volver sobre una frase a la que en una puesta se hace imposible volver, porque sale corriendo de escena atropellada por una horda de palabras que a veces parecen atacarse entre sí, y otras veces dejan ver sólo por un momento algún que otro puente de sentido que no termina de dar el tiempo para cerrar.
La actuación de Leonor Manso, impresionante.
Verseó
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5:51 a.m.
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jueves, 16 de octubre de 2008
STP Undead II
"Che, Mariel, qué tranquilo que está el público. ¿Mandamos para adelante?"
Verseó
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12:59 p.m.
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lunes, 1 de septiembre de 2008
Casa de los Lirios
Ya posteé una foto mía, casi igual de mal sacada, de este edificio alguna vez. El texto es una selección, con modificaciones menores, de algo más largo (y bastante más privado de lo que ya es) que escribí apenas para mí en abril de este año. Los sucesos narrados son de muchos años atrás.
Por una vez voy a permitirme ser un poco críptica, y postear este eco, este leit-motiv que tal vez sólo tenga sentido para mí. Pero cuánto sentido.
(EDIT: parece ser que los dueños de la foto se avivaron del afano y lo aprovecharon, ¿no?
La dejo porque tiene su extraña cuota, críptica también, de sentido la propaganda turística en este contexto)
Hace menos de una semana que me enteré de que el edificio de Rivadavia llegando a Rincón que desde hace unos ocho años me vuelve loca se llama Casa de los Lirios. Lo supe porque una foto mía muy mal sacada de ese edificio fue recientemente subida a Google Earth, y alguno que la vio comentó el dato. Se trata de un edificio estilo art deco, que se terminó en 1905. Planta baja con locales, tres pisos y la cabeza gigante de un viejo fantástico de cabellos muy largos que sirven de baranda en la terraza, y que coronan la estructura surcada de plantas de yeso y de metal hasta el hartazgo. Una verdadera belleza.
La primera vez que vi ese edificio estaba sola. Era la época en la que todavía consideraba con alguna seriedad dedicarme a la investigación en bioquímica (aunque ya dudaba, claro), y mi profesora de lengua de entonces me había mandado hacer un informe que incluía pasar por una dependencia del CONICET a hacer algunas preguntas. En plena búsqueda de dicho lugar, encarada con datos muy vagos y mal anotados, cruzando mucho de vereda a vereda, vi de golpe en la vereda de enfrente, como una aparición, levantarse ante mí la Casa de los Lirios. Me quedé completamente estupefacta, parada en el medio de la vereda, mirándola. No sabría decir cuánto tiempo estuve ahí, extática, deplorando mi falta de cámara fotográfica. Traté de memorizar la dirección antes de seguir con mi recorrido. Pero ya se sabe que de mi memoria no se puede esperar tanto. Apenas fijé que el edificio quedaba entre Congreso y Once, en alguna parte, y que era casi imposible verlo si se miraba para la planta baja.
Pasé infinidad de veces por la puerta buscándolo, sin volverlo a encontrar. Me llevó varios años verlo de nuevo. Fue el viejo melenudo el que me encontró a mí, me llamó, me dijo acá estoy, una noche en la que necesitaba un buen motivo para parar de llorar como una desaforada.
Aquella noche en la que, por última vez, M. me dijo que no, y yo me juré nunca volver a avanzar a un hombre. Habíamos salido del café Tortoni, él un tanto incómodo, yo completamente destruida, y ante la cuestión de cómo volver a mi casa (no consigo recordar por qué él no fue a la suya, aunque probablemente fuera para no dejarme sola en ese estado) decidimos caminar, al menos por un rato. En realidad, lo decidí yo, que necesitaba algo de aire para calmarme.
Cuando llegamos a la puerta del edificio en cuestión, algo en las hojas retorcidas de la puerta de calle me susurró al oído: heme aquí, todavía estoy si querés verme. Tomé a M., que no entendía nada, de la mano y lo hice cruzar Rivadavia por el medio, para quedarme mirando por segunda vez al viejo mezclar sus cabellos con el aire de otro tiempo agotado hace mucho.
Por mucho, mucho tiempo
El viejo de yeso sigue silbando su tonada inaudible desde arriba de
Verseó
Lupe
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Etiquetas: Encyclopaedia Portennica, lado izquierdo de la cama, ya sé que tendría que estar haciendo otra cosa
lunes, 25 de agosto de 2008
Busy little bee
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El resultado: música que a la primera escucha normalmente pide una segunda, más atenta, para descubrir su sustancia. Ocasionalmente, también alguna que otra cosa ligada ya a algún mecanismo de recepción preexistente para procesarla, que no nos quiebra la cabeza, sino que se vuelve rápidamente cotidiana, entra a la lista de reproducción que armamos para estudiar, o para la hora y media de colectivo diaria de ida y vuelta al trabajo.
Suelo creer, aunque tal vez me equivoque, que la mayor parte de nosotros no dejamos que nos afecte, al menos no más que un agujero en una media calentita que usamos adentro de las zapatillas los días que sospechamos que no hay chances reales de terminar desnudándonos frente a otro ser humano.
También tengo la sospecha, casi una creencia mágica, de que los verdaderamente afectados, los que tarde o temprano se convierten en melómanos, deben sufrir esto con mucha más intensidad, al menos con una desesperación resignada semejante a la que puede sentir alguien como yo en una biblioteca grande o, sin ir más lejos, frente a mis toneladas de estante de abajo, recuerdo constante de la impotencia frente al tiempo que nos duerme, nos da hambre, nos empuja a dejarnos tragar por la máquina capitalista que nos empuja a que seamos útiles, a saldar la cabeza, a venderla a menudo a quienes no quieren comprarla pero a su vez también son empujados en la inercia a...
La canción de Oneida que encabeza el post durmió meses en la lista de reproducción general, enquistada en un album cuyo inicio nunca me convenció lo suficiente para escucharlo entero, y es una muestra de esas iluminaciones extrañas que a veces nos dejan con una sensación de felicidad rota, como la que produce la belleza de un hombre que se sabe que no se poseerá nunca.
Verseó
Lupe
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5:20 p.m.
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martes, 29 de julio de 2008
hangover
dispersión, disolución,
perder tu cabeza bonita al doblar una esquina
llena de palomas negras
puede que allá en tu espacio
desconocido como un paisaje neozelandés
te rías de mí —qué importa
si no recuerdo la forma de tus ojos
si se la llevaron en las alas con el sol
si hay silencio atrás de tu nombre —qué importa
un encantamiento que encienda
la máquina de vivir por esta noche,
puede que la otra —probablemente eso
Verseó
Lupe
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viernes, 27 de junio de 2008
De la frustración
Es tedioso ver cómo se acoge al salvador del momento con esperanza y ansiedad, luego se lo ataca y finalmente se lo trivializa.
Verseó
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sábado, 7 de junio de 2008
Deuda vieja
La primera de ellas, entonces, se la debo al librito de la foto, adquirido hace tiempo en las mesitas que pone Mac Pancho en la vereda de Puan, directamente de su autor, y leído casi de inmediato. No pude encontrar la forma de acercarme a comentar algo sobre es
Lo primero para decir es que llamar a esto novela es una provocación. Más allá de cualquier intencionalidad. Presente Gourmet evidentemente es un librito que se escapa por todos los costados posibles de la clasificación: demasiado breve, demasiado falto de ese grado mínimo de unidad necesario, demasiado cerca de lo poético para ser una novela. Cuando, poco después de haberlo leído, la casualidad me llevó a comentarios fragmentarios sobre este texto (la mayoría surgidos de lecturas públicas del mismo SMO, que realmente muestra un empuje envidiable a la hora de autopromocionarse), me sorprendió no encontrar nada al respecto. Sospecho que estamos todos demasiado acostumbrados a las sintomáticas transgresiones genéricas que nos dejó el siglo XX, tanto como para perder de vista cuando las clasificaciones nos empiezan a pedir a gritos que nos paremos a pensarlas de nuevo.
Dejando este punto irresuelto (se le podría robar el término "antilibro" a Richard Zenith, forjado a propósito de mi bienamado Livro do Desassossego, pero tampoco cierra), nos encontramos con un texto que, pensándolo en frío, debería atentar contra la paciencia de casi cualquier lector. No tiene puntos de apoyo, todo en él parece ir contra la corriente: la coherencia se quiebra a cada rato en las ondas de una conciencia mareada, la trama no existe más allá de la posible reconstrucción de una secuencia de pequeños fracasos banales tapados de líquidos y de humo, y hasta las normas gráficas más simples (¿a propósito o no? en todo caso funciona) son objeto de transgresión. Y aún así se sostiene.
Pensándolo bien, no resulta tan raro que de entre los comentarios leídos por ahí lo que suela rescatarse sea el tema, la referencia a cierto ámbito sólo posible antes de Cromañón. Es el único marco posible, el único punto obvio de la obrita: hacer un texto formalmente transgresor sobre un personaje que lo sea de la forma más vulgar y tópica que sea posible pensar, un adolescente tardío que no puede mantener un trabajo por mucho rato, que tiene los métodos de conquista más pedorros (iba a poner varias palabras más académicas, pero ninguna era tan precisa) del universo y que se la pasa buscando maneras de quebrar. Lo otro, ese plus que se forma con la manera de fundir ese tema con un trabajo de lenguaje muy particular y bastante logrado, eso se escapa, elude cualquier intento de poner en palabras algo que realmente le haga justicia.
Ciertamente no terminó siendo uno de mis libros favoritos, pero aún así se mantiene como una lectura interesante.
Verseó
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12:00 a.m.
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lunes, 5 de mayo de 2008
Consumismo independiente
Y después de muchas vueltas, con una cuota de casualidad que abrió el horario apenas lo suficiente, hice a tiempo de ir a la FLIA.
Baste por hoy con esto. Si consigo hacerme del rato necesario mañana o pasado vendrá la segunda entrega, que ya no me da el tiempo para escribir hoy.
Verseó
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3:01 p.m.
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miércoles, 30 de abril de 2008
Deberes del ciudadano bocón
(Todavía no decido si vale la pena seguir escribiendo acá. Pero deshacerse de los tachos puede ser problemático a la hora de saber qué hacer con garabatos como el que sigue).
Típica reunión familiar, laboral, o de viejos (y queridísimos, muchas veces) amigos que comparten pocas taras con uno. Alguien (muchas veces uno mismo, de hecho) narra una situación particularmente extraña o ridícula, o bien una de esas historias de vida que bien podrían pasar por la versión actualizada de una novelita bizantina. La arena está echada, nada más hay que esperar a que el discurso parezca llegar a su final para que se termine de formar la lagaña molesta de una exclamación que todos los que abrimos la boca de más y contamos en el contexto equivocado que no le hacemos demasiado asco a pasar algunas horas manchando páginas en blanco escuchamos más seguido de lo saludable: “¡Pero deberías escribir sobre eso!”
Ante lo cual, claro, uno siempre se ve en una situación un tanto incómoda, en la que el cariño o el respeto impiden decir lo que haría falta. Sí, claro, mañana mismo me pongo a escribir guiones para películas yanquis de clase B, o lo que es mejor, me sumo al curro de los que entienden que hay que “ser actual”, hay que “ser narrador joven” y escribir escrachos casi sin trama en lenguaje fingidamente oral para dar cuenta de situaciones que, eso sí, sólo pueden ocurrir de 1998 a esta parte. Capaz que hasta le puedo agregar algo de sexo y/o dos o tres personajes marginales bien estereotipados, todavía mejor. Por cierto, ese último recurso no vendría mal si me decido por los guiones, tampoco. Seguro que me cuesta menos venderlos.
Sonrisita sin comprometerse, alguna palabra incoherente murmurada a tiempo, un “puede ser” que desliga el tema como un nudo aceitado que se corre para soltar el cambio de tema, para irse bien lejos de ahí, a contar que los horarios de trabajo, que la inflación, o el monotributo que habría que cancelar, o las películas que estrenan la semana que viene.
viernes, 11 de abril de 2008
Sonido de hojas que se arrugan, pero no el de la papelera de reciclaje
Estuve varios días tratando de escribir un post sobre Inolvidables Veladas de Marcelo Cohen, novelita breve que terminé de leer si mal no recuerdo (el tiempo me resulta un tanto amorfo últimamente) a principios de la semana pasada. Todavía tengo la esperanza de poder sentarme con la cabeza bien centrada y escribir algo que se parezca a una reseña al respecto, pero por el momento me rindo. Apenas dejaré asentada mi perplejidad frente a un relato más obvio que película de Hallmark Channel, narrado en un lenguaje pretencioso y con un dejo de moralina posmo (sí, eso también existe, señora), pero que aún así se las arregla para tener momentos sorprendentemente altos, lo suficientemente bien ubicados como para dudar a la hora de decidir si justifican o no todo el resto. O al menos casi.
Por hoy entonces bastará con un post misceláneo, retazos de crónicas desorganizadas.
Como la de ayer, día corto de tan largo, en el que llegué tarde a mi primera salida BAFICI (primera fuera de broma, jamás había ido) y me perdí los primeros cortos de Chacun son Cinéma. Creo que en teoría debí habérmelo perdido completo. Entré a la sala en medio de un caos en el ingreso al cine armado por los que venían a ver la otra película que se iba a proyectar, siguiendo a un tipo que tenía también cara de llegotardeojaláquenohayaempezadoahorario. Una empleada nos pescó, nos miró con algo de lástima y nos urgió: “Entren rápido que no los vieron”. En mi despiste, necesité que me lo dijera dos veces.
Por lo menos valió en algo la corrida. Un par de cortos estuvieron realmente buenos. Una pena el cine (se trata del Atlas Santa Fe, lamentablemente todas las películas que voy a ver las saqué ahí), que tenía un problemita con el proyector (la parte de arriba de la imagen se salía de foco, especialmente si se trataba de planos muy luminosos), y un operador medio dormido que no se daba cuenta cuando los subtítulos en español se tildaban (lo que era a cada rato), con el subsiguiente rechifle general de la pobre gente que no podía seguir los subtítulos en francés que, esos sí, estuvieron ahí todo el tiempo.
También podría decir algo de hoy, uno de esos pocos días del año en los que resulta más cómodo leer en las mesas de afuera de MacPancho que quedarse adentro de cualquiera de los bares que nos viven todos los días. Podría contar que se acercó un muchacho que debe rascar apenas la mayoría de edad, con un pilón de copias de su novelita editada a pulmón. Todavía no me explico por qué gasté $15 en comprársela. Supongo que en parte fue el hecho de encontrar que al menos el primer tramo que llegué a leer (tenía la estrategia de prestarlos un rato para que uno decidiera) daba muestras de estar por lo menos algo mejor escrito que algún que otro bodrio (¿)narrativo(?) incluido en alguna antología muy irregular de cuyo nombre no quiero acordarme. O tal vez habrá sido la combinación de eso con las faltas de ortografía desperdigadas por el texto, todavía no termino de saber si como recurso conciente, como marca de soberbia (aquello de pero lo que yo escribí no lo toca nadie, ni el corrector de Word (lo que como en la última entrada se comprobó puede ser hasta contraproducente, admitámoslo)) o, simplemente, por mera falta de recursos. El librete trae el mail del responsable, así que supongo que cuando le dedique un rato y lo termine le preguntaré. Pero en todo caso, la ortografía caótica (insisto, hasta mi alumnado de polimodal pesca bien rápido la mnemotécnica infalible que hace imposible equivocarse y escribir “envergadura” con “mb” en lugar de con "nv") y lo llevadero del texto formaban una yunta despareja que merecía leerse. Al menos en apariencia. Tal vez fue sólo que cobré ayer, y como estoy dulce es más fácil que un escritor novel que se gastó en tratar de publicar algo me de un poco más de pena. No sé.
Por lo pronto aquello de que no sé administrar mis gastos, especialmente si me ponen hojas impresas y encuadernadas con algún atractivo mínimo enfrente, es cierto. Ya a la vuelta del cine pasé por Parque Rivadavia con intenciones de no comprarme nada, y me volví con Samuel Beckett, las huellas en el vacío de Lucas Margarit (con ese tengo excusa, se supone que debo una monografía beckettiana todavía) y con Lo Sagrado y lo Profano de Mircea Elíade, que vaya uno a saber cuándo me va a dar el tiempo para leerlo.
Si sigo tirando palabras al tacho, seguro que no va a ser hoy.
Verseó
Lupe
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domingo, 2 de marzo de 2008
El mes de marzo se balanceaba sobre la tela de una araña
No me puedo acordar de cuál de las Brontë se contaba que tenía por costumbre escribir en la cocina, mientras tenía el cordero en el fuego. Está visto que es una capacidad que yo no tengo. Tal vez tenga que ver que una cosa es tener una cocina grande, de esas que tienen una mesa y todo, y llevarse un cuaderno para trabajar en el rato muerto que pasa mientras las cosas hierven, y otra bien distinta estar preparando un trabajo en la computadora a dos ambientes de distancia de las hornallas y tratar de hacer eso mismo. El resultado está a la vista: el agua es para que el arroz quemado del fondo de la sartén esté, mañana, limpiable.
Primero de marzo, entonces. Se terminan las vacaciones, que dejaron:
- mi segundo cambio de trabajo (paso a hacerme cargo de grupos de adolescentes de secundaria) (ayer fue mi último día en el instituto en el que trabajé por dos largos años; quise hacer un post sobre eso y no encontré las palabras)
- dos monografías en veremos,
- un trabajo terminado en fecha, no tan prolijo como yo habría querido,
- una enorme cantidad de libros comprados para ser leídos quién sabe cuándo,
- una enorme cantidad de fotocopias para ser leídas lo antes posible, que es quién sabe cuándo,
- una cantidad irrisoria de páginas reescritas del final de mi novela y, last but not least,
- una sartén de arroz integral a la cebolla quemado.
Pensándolo bien, no está tan mal. Y parte del arroz hasta estaba comestible.
Verseó
Lupe
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lunes, 25 de febrero de 2008
Estadísticas poco brillantes
Iba a escribir una explicación porque la pregunta "qué es lápiz 2b" (sin acentos, claro) que vi dos veces formulada distinto en mi ShinyStat, simplemente porque me hizo un poco de gracia. Pero desisto, nah, señora, pregunte en la librería.
Verseó
Lupe
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