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martes, 2 de marzo de 2010

El secreto de Kells




Tal vez debería dejar hablar (o cantar, es la única canción en la película y pucha si vale) al clip que incluyo. Pero no, soy yo y me quedo con ganas de comentar.
Lamento haber visto esta película sola y sinceramente espero que la vea pronto alguna de las personas con quienes compartí la sorpresa de encontrar, chusmeando la lista de nominaciones al Oscar, que había una película animada así. En casos como estos quedo con necesidad de contacto humano, y recuerdo por qué voy tan poco sola al cine.

El tema elegido para la película tenía dos aristas atractivas: una personal, y otra objetiva. Por una parte, como parte de mi locura de medievalista siempre tuve debilidad por el arte de los miniaturistas, lo cual por supuesto hace que a su vez tenga una cierta fijación con el Libro de Kells. Es que es cierto, es imposible no enamorarse un poco de ese manuscrito hermosamente complicado y delirante. Ahora bien, lo segundo: a quién se le iba a ocurrir en varios milenios meterse a hacer una película de animación para chicos sobre un amanuense que tiene que terminar la iluminación de un manuscrito. Vamos, era tarea casi imposible.

Bien, lo lograron. ¿Cómo? Básicamente hicieron lo mismo que los iluminadores de Kells: mucha imaginación, muy buena técnica, una cuota de delirio, un dudoso coqueteo con la estética pagana celta preexistente y una dosis de fe en estar transmitiendo algo que valga la pena.

Algunas observaciones, entonces:

En primer lugar, que es una película cuyo eje pasa más por el lado alegórico que por el narrativo, y que esto queda bien claro desde el comienzo. Acá es adonde está la primera toma de distancia fuerte con los procedimientos usuales del común de los largometrajes de animación.

Quise buscar una analogía, pero tuve que borrar la frase porque la verdad es que no me sale: en todo caso, si hay que buscar paralelos es más fácil encontrarlos en Japón que en Norteamérica, y aún así no podría dar cuenta de la mezcla rara que conforman la sencillez de la trama y de sus implicaciones alegóricas inmediatas (el arte y el conocimiento que valen más que la inmediatez de la victoria o derrota cotidianas), el ritmo vertiginoso en el que no se busca sostener la atención infantil en un despliegue de chistes y de canciones sino en un enredo insólito y delirante de imágenes rápidas con perspectivas superpuestas y contradictorias y de diseños geométricos tomados del Libro de Kells (la nieve cae en copos enredados en volteretas muy célticas, por ejemplo) y la cierta desprolijidad onírica de todo el conjunto.

Por otra parte, está el jugueteo con elementos mágicos, una forma rara de captar ese momento tan extraño del cristianismo coexistiendo con los ritos paganos antiguos, en el que la única forma de llevar a cabo un acto de fe cristiana como es un libro que lleva los Evangelios es hacer algunas concesiones a la naturaleza híbrida del lugar en el que se produce. En este caso, ahí entra la ayudante de este pequeño cuento, Aisling, el hada celta que le da una mano al pobre monjecito cuando la cosa se pone apretada (y que, cuando precisa hacer uso de su naturaleza mágica, notarán con la canción, cambia de idioma, presumo que a gaélico). También está la sierpe-antiguo demonio celta al que Brendan se enfrenta: no en vano es el ojo de la vieja criatura sobrenatural lo que hace falta para completar el manuscrito, la mirada con la que se completa el símbolo khi-rho de Cristo en el fondo no es del todo cristiana, o al menos no lo es en un sentido más moderno.

Y todo esto sin perder un cierto aire muy irlandesamente pesimista, en el que la destrucción es inevitable, no dejan de morir niños quemados y el happy end sólo puede ser relativo.

No se me escapa que el final es un tanto débil, ni que hay alguns concesiones por momentos un tanto molestas a la forma de recepción de un público formado en Cartoon Network, claro que no. Pero en total, ya el hecho de que hayan conseguido salir airosos con tema semejante y, de yapa, hacerlo con gracia, originalidad y belleza, realmente es más que bastante.

lunes, 8 de febrero de 2010

Santas rocas, Batman

Una de las cosas más perturbadoras detrás de las recomendaciones enfáticas que recibimos ya desde Capilla del Monte al museo Rocsen de Nono era que nadie parecía saber explicar muy bien en qué consistía. La respuesta standard era repetir la palabra con la que el mismo museo se autodefine ("polifacético"), con el agregado de un "está bárbaro, vayan y vean".
Lo cierto es que pequeños museítos había por todas partes, y que la idea de uno no dedicado a una temática estrictamente local (ni siquiera dedicado a una temática, ni siquiera definible) sonaba sospechosa. Por mi parte, imaginaba algo parecido a un par de museos interactivos de mi adolescencia, esos en los que nada en sí tiene demasiado valor histórico o artístico que digamos sino que más bien juegan a ser ferias de curiosidades de cierta calidad, rejuntes de construcciones raras (la sala de castillo patas arriba en el Children's Museum of Indianapolis, por ejemplo), artefactos curiosos que uno tiene permiso de manipular (todos los dedicados a explicar efectos visuales de ese museo de Recoleta de cuyo nombre no consigo acordarme) y otros cachivaches divertidos por el estilo.


Bien, no podía equivocarme más.

Fachada


Ahí, en el mismísimo Medio de la Nada, a cinco kilómetros del pueblo más cercano (que, por cierto, dista mucho de ser un gran centro urbano), tras una imponente fachada de aires griegos desde la que observa una curiosa selección de monumentos, lo que había era un tremendo museo gigantesco que, para hacerle justicia, habría que decir que es una suma de varios museos juntos. Tal vez, de todos los museos posibles. Rocsen ("roca sagrada" en un topónimo céltico francés, si le creemos al folleto explicativo) es un museo de antropología, un museo de arqueología (americana sobre todo, pero no exclusivamente), un museo de libros antiguos, un museo de mecánica, un museo de instrumentos musicales, un museo de reconstrucciones históricas, y la lista podría seguir. Lo genial del caso es que en todas las áreas es, sin dudas, un museo bien provisto.

Este legionario me cae medio atravesado


A la vez, uno de los méritos del Rocsen es su capacidad de extrañar objetos en alguna medida cercanos para convertirlos en piezas de museo y, por tanto, en objetos de reflexión conciente. Conviviendo con un cráneo de legionario romano, una momia norteña, un incunable italiano de las obras de Petrarca y unos grabados de Watteau mi hermana y yo descubrimos, no sin algo de sorpresa, un grabador Geloso como el que tenemos en casa (al que pertenecen estas cintas), un adorno de cristal como el que tiene mi abuela, y otros tantos objetos pertenecientes al pasado personal o familiar. Devenidos pieza de museo.

Objetos reconocibles varios


En todo caso, sí, si llegan a pasar por Traslasierra, una vueltita por Nono y los cinco kilómetros hasta el Rocsen, definitivamente valen la pena.


Metafotografía




Frustraciones cinematográficas

(No espere encontrar nada parecido a interpretaciones originales en esta entrada. Esto es apenas un pequeño diario de impresiones refunfuñadas al pasar)



Las dos películas que vi a mi regreso de las vacaciones tuvieron (en proporciones distintas) en común la conjunción muy hollywoodense de conformar apuestas visuales muy fuertes sostenidas por guiones muy débiles.


La primera de ellas fue Sherlock Holmes.
Me encantaría saber qué es lo que podría haber pensado de la película de no haber visitado nunca la Baker Street de papel. Seguramente no me habría parecido mejor, no, pero es probable que no me resultara tan enojosa.
Aún así, obviando el hecho de que se trata del Sherlock menos Holmes que podrían haber compuesto, podría hacerse una lista de todas las cosas que funcionan mal con el guión: sin ponernos siquiera exquisitos con las inexactitudes históricas o geográficas, aún así quedan las luchas desconectadas, yuxtapuestas malamente en la trama, con el recurso barato del monólogo interior del detective que sabe adónde pegar, los chistes malos, el intento berreta de hacer cuatro polos para los personajes positivos que sólo consigue subrayar las deficiencias de la versión propuesta de Watson y convertir a las dos mujeres-objetos de deseo en sendos ramilletes de trazos a la vez esquemáticos y contradictorios como personajes de libro de EFL para adolescentes... En fin, podría seguir la lista hasta pasado mañana.

Y aún así, la lista seguro que sería más breve que la que podría escribir sobre elementos fallidos en el guión de Avatar, que va a razón de un desastre por turno de habla. De hecho, prácticamente lo único que funciona en la película de Cameron es aquello que a Hollywood, con los muchos años de experiencia para prefabricar un modelo funcional, ya prácticamente no le falla casi nunca: la historia de amor entre Jake y Neytiri es lo único que, a fuerza de ceñirse al código a rajatabla, resulta verosímil.


Lo lamentable es que aún manteniendo la misma idea de un film políticamente correcto, con "profundo mensaje" para oficinistas preocupados por el hambre y el calentamiento global a la hora de levantarse a una muchacha que la va de ingenua (¿soy yo la única que se acordó mucho del Capitán Planeta con esta película?), sólo con haber conseguido guionistas no digamos buenos, sino apenas mediocres, el resultado habría podido ser excelente. La creación de un verdadero paraíso artificial de luz no necesitaba demasiado sostén narrativo para resultar interesante, claro. Pero si bastaba un clavo finito y herrumbrado para sostener el bello cuadro, acá usaron una chinche de tres puntas, mocha de un lado.

domingo, 7 de febrero de 2010

Where's when I was young and we didn't give a damn?

No es mucha sorpresa que en la ficción norteamericana abunden de tal manera las casas con vida propia. Llegué a esa conclusión fácil en alguna tarde de agosto de 1997, sola, un poco aburrida, con un Cujo de Stephen King (que había comprado para matar el tiempo en el aeropuerto) en las manos, sentada en el suelo de una habitación muy blanca, vacía casi por completo, con enormes ventanales de vidrios repartidos que dejaban entrar el sol rabioso y el verde subido del césped de los jardines en un verano seco de Indiana.
Es que no hay nada más sencillo que sugestionarse un poco en la acústica rara de una típica casa enorme norteamericana, con el crujido constante de su estructura de madera y de sus materiales livianos, con el eco de los propios pasos en la escalera encajada en un hall gigantesco. La mejor manera de no enloquecer para una adolescente porteña un poquito medrosa, habituada al barullo constante de los vecinos y al mutismo habitual de los espectros que habitan entre paredes de ladrillo, sola de golpe en el caserón extranjero de los tíos, era llenar la casa de sonidos propios. Qué mejor para eso que el equipo de música de la planta baja, con sus tremendos parlantes potenciados por la misma enormidad vibrante de los ambientes. Más todavía cuando la colección de cds de mi tío estaba todo lo bien nutrida que podía estar una colección previa a la época del download.
Fue en ese contexto (bastante ideal) que me encontré por primera vez con To the faithful departed. Que se convirtió enseguida en mi favorito personal de ese viaje, y que fue la carta de presentación perfecta para que The Cranberries se convirtiera en la banda de sonido de mi adolescencia.

"Este es el recital del recuerdo", bromeó mi hermana, mirando a nuestro alrededor ayer en el Luna Park, lleno hasta el tope con el entusiasmo de un público de entre veintimucho y treinta y varios.
La muestra práctica de que la música de los muchachos de Limerick no parece interpelar demasiado al público ajeno a su propia generación: no creo que esto tenga necesariamente que ver con la (real) desaparición mediática de la banda durante esta década que se fue, poco exitosa carrera solista de Dolores O'Riordan de por medio. Más bien parece que hay algo muy específicamente noventas en lo suyo, en su desprolijidad por momentos casi melódica, en su furia tranquila, en su intento más por entender las consecuencias directas de los ochenta que por buscar la forma de conectar con lo que fuera que viniera luego.


Y ese era el aire de anoche. En el calor había, además, suspendido, el aliento de otro tiempo todavía ahí, una suerte de realidad paralela en la que todos éramos como debimos haber sido una década atrás, cuando las sillitas de la platea en el lugar del campo podrían haber estado completamente de más.

sábado, 17 de octubre de 2009

Un par de horas después de ver El secreto de sus ojos

(Algunas aproximaciones)


A) Del análisis detallado de lo político se encargó mucha gente. No tengo nada particularmente original para aportar al respecto. Si esperan leer eso, justo hoy salió una nota de Carlos Gradín en Planta que lo toma, y con la que de alguna manera dialogo un poquito en el final de esta aproximación.


B) Creo que la forma más sencilla de caracterizar la película más o menos esquemáticamente puede ser relacionarla con Los Simuladores. Aquella serie había sido tal vez la forma más cerradita de algo que se podría calificar como una forma de narrar frecuente en la televisión nacional (no tanto en el cine), y que se puede definir como la resolución atípica de un problema desesperado y difícil pero corriente con la intervención de agentes corrientes, piezas normales movidas de forma poco común.
En un principio el parentesco del funcionamiento de este tipo de narración con la estructura usual de un policial puede despistar: también hay un "caso" a resolver, pero el enigma, de haberlo (y en El Secreto... lo hay), dura poco. El problema no es cómo armar el rompecabezas, sino qué cuernos hacer con él para que deje de ocupar un metro cuadrado de living. Si hay datos que se le escatiman al espectador y mantienen la atención hasta el final, tienen que ver con conocer aquellas movidas, no con el tristemente conocido tablero.

Photobucket

C) No, evidentemente El secreto... no es un canto a la justicia por mano propia. Como no lo era Simuladores. Más bien, en la dupla Morales/Espósito ya desde el mismo nombre de los personajes se juega con el dilema de los caminos posibles para subsistir con la impotencia de quedarse solos frente al callejón sin salida de un sistema fallido que no permite volver al orden inicial como en un policial clásico: esa posibilidad está obturada, sólo quedan el sacrificio en pos de reinstaurar un sistema de retribución que parezca dotar de alguna clase de sentido a la conciencia del bien y del mal en una situación desesperada (Morales), o el desperdicio de una vida en la impotencia de la resignación (Espósito).
Es la base problemática de la memoria como concepto político (y no me refiero nada más a la Memoria del 76-83): es un rompecabezas de un metro cuadrado, conocemos lo suficiente del enigma, pero nada de lo que se haga con él puede ser satisfactorio por completo. Implica una postergación eterna de una retribución que nunca será suficiente, una mutilación moral que nunca se resuelve del todo. El más feliz de los finales no invalida la memoria, sólo evidencia su carácter de virgen temible.

domingo, 19 de julio de 2009

Hay un tipo en el hoyo en el fondo de la mar

(Aguántenme un segundo post para Miyazaki)


Me costó un poco bajar Ponyo en el Acantilado. Primero, porque no me decidía a verla acá existiendo la posibilidad de por una vez ver una de estas películas en cine. Después, porque mi motivo fuerte para verla en la computadora era que los doblajes castellanos me ponen un poco nerviosa (sí, no es tan terriblemente grave con películas animadas, pero no deja de quedar parte del trabajo original en el camino) y la enorme mayoría de las versiones que encontraba para bajar estaban con audio en español. En japonés, había que bajar unos archivos monstruosos y cargarle los subtítulos aparte. Pero el solo hecho de pensar en ir a ver una película doblada a un cine lleno de nenes de vacaciones me terminó decidiendo.


Esas cuestiones aparte, quedé con ganas de hacer un comentario parcial sobre la película. Para los que no saben de qué se trata, es una suerte de versión muy pero muy libre de la historia de la Sirenita. Con héroes de cinco tiernos añitos, trasladada a una población portuaria, y con el gusto recurrente de Miyazaki por mezclar dioses japoneses para darle sabor al relato. Les juro que funciona, y muy bien.

El personaje que se come la película es el "malo", como suele pasar: por lejos, el personaje más interesante es Fujimoto, el padre de la pececita. Lo cierto es que nadie nos explica demasiado sobre él. La información está dispersa de a migajas y todo parece estar pensado para que uno saque sus propias conclusiones: si nos guiamos por algún comentario suelto de la pequeña Ponyo, se supone que Fujimoto sea alguna suerte de brujo del océano. Por lo que vemos, está más cerca de ser una mezcla de científico loco y de alquimista, que modificó a propósito su adn para dejar de ser humano. Cosa que no parece haber logrado con demasiado éxito que digamos, si nos guiamos por el hecho de que necesita beber una suerte de poción para tener poderes que su inmensa prole tiene de natural, y por el hecho de que necesita una burbuja para respirar.

Señor de una enorme casa-burbuja subterránea llena de libros y de artefactos extraños, junta en un pozo de su sótano un elixir desde el siglo XIX (otra vez, datos sueltos: las vasijas que pueblan la bodega tienen "fechas de cosecha" entre 1871 y 1950; la puerta de la bóveda está fechada también, así que la construcción data de 1907), que lo rejuvenece notoriamente cuando lo bebe. ¿Su plan? Exterminar a la especie humana antes de que termine de arruinar el mar e instaurar una "era del océano", tan pronto como llene el pozo. Lo que evidentemente da para muy largo, si en un siglo no llegó ni a la mitad.

Es de sospechar que Fujimoto le debe mucho al capitán Nemo: un hombre evidentemente muy educado, con una cierta habilidad científico-técnica y que se desplaza en un vehículo que recuerda mucho a la descripción del Nautilus. Pero él es un Nemo llevado al extremo, a quien ningún humano acompaña en su aislamiento. Todo su trato es con su Amada, una diosa del mar, y con sus muchas hijas, una multitud de pececitas que viven bajo su cuidado. Cuando se ve obligado a tratar con seres humanos se muestra torpe y ridículo. El colmo, su primera visita a la casa de Sosuke. Si la película creaba un cierto clima de tensión con el desplazamiento de un personaje potencialmente muy peligroso hacia el ámbito familiar, toda posibilidad de tomarlo en serio desaparece apenas lo vemos aparecer así:

(Es todavía peor en movimiento, con el tanque rociador tipo matacucarachas que tira el agua de a poquito)

Fujimoto parece ser la clave para ingresar a la parte oscura de la película. Con excepción de cuatro escenas clave (él es fundamental en tres de ellas), todo está narrado desde el punto de vista de los niños. Incluso en lo visual, con las imágenes inusualmente redondeadas (no creo que haya una sola línea recta en toda la película, donde hasta las puertas parecen hechas de mazapán), lo que Ponyo en el Acantilado presenta es una narración enfocada desde la infancia. En ese mundo el que desentona es el padre amargado de Ponyo. Él es el que llama la atención sobre la irremediable mugre de la costa, y cuando la huida de Ponyo se complica el único que se da cuenta de la gravedad de la situación, del punto en el que lo narrado como suceso cotidiano trasciende la esfera de la vida privada para meterse con el equilibrio de los mundos. De hecho, su desesperación por una inundación en una ciudad costera pone en duda su capacidad de llevar a la práctica sus delirios de destrucción masiva. Allí también es nuevamente un tanto como Nemo: peligroso, vengativo y triste, con una visión muy particular sobre la realidad, es incapaz pese a sí mismo de perder una cuota de identificación con el sufrimiento humano, cuando le pasa lo suficientemente cerca en una forma que no justifique inmediatamente su odio.




Después de todo, para variar, me quedaron ganitas de ver esos dibujos en la gran pantalla. Tal vez cuando finalmente la estrenen arrastre a mi hermana o a alguna amiga a una función de trasnoche, con la esperanza de esquivar al menos la camada infantil con decibeles más altos.

domingo, 12 de julio de 2009

Donde la hierba aúlla sus endechas de nodriza loca

Hay una escena en la vieja y hermosa Nausicaä del Valle del Viento que, más allá de la obvia declaración ecologista de principios (que en films posteriores iba a ir velándose de a poquito) funciona muy bien para pensar el cine de Hayao Miyazaki en general. La princesita muestra a su maestro su pequeño delito personal: en un sótano al que se accede por una puerta secreta, ella fue cultivando con paciencia un pequeño vivero alumbrado por lámparas artificiales. Las plantas, cuyas esporas todos consideran altamente tóxicas, son perfectamente inocuas ahí adentro. Un pequeño paraíso de naturaleza cruel suavizada por las manos humanas.


Algo de esto hay en todos los paisajes y ambientes de Miyazaki: una belleza suave, mullida, que muestra el lado simplemente triste de lo problemático. La guerra no deja de ser guerra, pero está estilizada de modo tal que puede mostrarse un río de sangre sin caer en el morbo; el trabajo es duro y mal remunerado y no se lo esconde bajo estereotipos de libro de escuela; la persecución es injusta, y a la vez es parte constitutiva de instituciones con las que casi nadie se mete. No hay más concesiones a la edad madurativa de los espectadores que las necesarias para que la censura deje pasar chicos a las salas, no hay intentos de simplificar lo difícil para volverlo tolerable como en una película de Disney. Hay, de hecho, una anécdota legendaria al respecto: Cuando se encontraron con Mononoke Hime, los de Disney-Miramax, que son los distribuidores de las películas de estudio Ghibli en Occidente, creyeron necesario hacer un par de recortes, porque la trama era muy compleja y ellos la creían poco apropiada para los niños americanos. El productor de Ghibli, cuando se enteró, les mandó como respuesta un sable samurai y un mensaje de dos palabras (la tradición habla de dos kanjis): "Sin recortes".
Es que en estas películas, en la belleza detallada de los rostros de las viejas, en los paisajes románticos, el espanto aparece y no deja de ser espanto, pero en forma de pesadilla ordenada en la que sigue habiendo espacio para cierto grado de contemplación.
Por mi parte, si pudiera elegir la estética de mi tortuoso mundo onírico elegiría sin dudarlo la mano ágil de Miyazaki para ilustrarlo.

domingo, 29 de marzo de 2009

Anecdotario Bafici

Era viernes, noche de Bafici en el cine Atlas Santa Fe. La película polaca que había elegido mi hermana acababa de terminar, así que ella, Diana y yo salimos del cine rodeadas por una pequeña manada de público. Comentamos un poco lo que acabábamos de ver, Cztery noce z Anna de Jerzy Skolimowski: buena fotografía, excelente dirección, actuación decente, muy buen guión, más deprimente que "Cuando comenzamos a nacer" de Sui Generis en una tarde lluviosa, a los catorce años y después de una desilusión grande. 
Despedimos el tema rápido, más bien por necesidad, y para cuando encaramos hacia Rodríguez Peña para tomar el colectivo ya habíamos desviado la conversación hacia una benéfica cháchara cotidiana sobre conocidos. 
Adelante de nosotras, en la parada del 124, quedaron un par de nuestros compañeros ocasionales de película. Qué cara de Puán que tiene el tipo de adelante de todo, pensé. Uno de esos especímenes del género masculino que me pueden gustar a mí sola, agregué enseguida. Y me di vuelta para discutir el programa Bafici con Mariel y Diana. 
Llegó el colectivo, bastante vacío, las chicas ocuparon un asiento de dos, quedaba uno libre. Al lado de él, claro. 
Veinte minutos de viaje, y apenas nos miramos de frente una vez, un poco incómodos, un poco divertidos. En Parque Centenario se bajó él, una parada más tarde nosotras.
Al mediodía siguiente, mucho calor y mucho cansancio encima, yo bajaba las escaleras centrales de Puán con la gente de la cátedra para tomar algo y ver en qué habían quedado las comisiones de prácticos. Él venía subiendo. Nunca sabré cómo se supone que se mire a un desconocido reconocido. Creo que en ese momento opté por un gesto muy mío, levantar las cejas y sonreírle por un momento. Él me devolvió la mirada de reconocimiento con un poco de sorpresa (creo que yo no tengo mucha cara de Puán que digamos), y seguimos nuestros respectivos caminos hacia no cruzar dos palabras nunca.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Anoche

Ese eco raro de un recuerdo bueno que provocan las grabaciones de recitales que los que pudieron pasar una cámara y se tomaron el trabajo suben masivamente a youtube al día siguiente.

domingo, 22 de marzo de 2009

Máscara de luna, esa puerta no debiste abrir

Es la primera vez en muchos años que voy al cine a ver una película doblada. La última fue Los Increíbles, y mi excusa entonces, nada menor, era que tenía un pase 2x1 y tanto yo como la amiga que se prendió estábamos algo cortas de metálico. Y aparte siempre es ligeramente menos grave con las películas animadas, adonde al menos uno no siente tan fuerte la disociación entre la cara que ve y la voz que escucha. 
Esta vuelta, la excusa para ir al cine a ver una película que no se estrenó subtitulada en absoluto fue que era la única posibilidad de verla en 3d. Y Coraline parecía merecer no perderse ese pequeño gran detalle.


Sobre la película en sí: tal como me lo habían anticipado y como se podía imaginar, argumentalmente no es (y vaya que queda para esta película la frase) nada del otro mundo. Por todas partes leí que la relacionaron con El Viaje de Chihiro, pero a mi entender hay una cadena mucho más obvia de parentescos que no incluye a esa hermosa película de Miyasaki, a la que no, no le pisa los talones, pese a todo. Hay una diferencia argumental que a mi entender la convierte en algo completamente distinto: Chihiro no tiene que reconciliar su imaginación con su realidad, sino simplemente arreglar el embrollo que se arma por la irresponsabilidad, altanería e inmadurez de sus padres. La realidad no luce mejor cuando sale del otro mundo: no se domestica la visión infantil para que comprenda a sus mayores y quede claro que "hay que portarse bien". Los padres que sólo pueden pensar en tener y en gastar dinero siguen pareciendo tanto o más estúpidos a la salida del otro mundo, nada de lo que pasa es culpa de la nena. Uno no puede evitar darle al menos un poco la razón a Yubaba que había convertido a los viejos en cerdos.
La trama de Coraline es una reformulación de otra idea anterior de Gaiman, pensada especialmente para cine. Una película en muchos sentidos mejor, y que recibió menos atención de la que se merecía: MirrorMask, de 2005. Las dos presentan el mismo conflicto niña-peleada-con-su-realidad / escape hacia la imaginación con pelea con los padres / lucha por salvar su realidad en su propio mundo de fantasía que se vuelve contra ella, regido por un alter-ego maligno de la madre / reconciliación con la realidad, ligeramente mejorada. Hasta se repiten los elementos circenses, el personaje del acróbata, el mundo que se deshace y en cierta manera la relevancia de los gatos.
A su vez, MirrorMask fue hecha a pedido de la productora Jim Henson como una Laberinto pero con un quinto del presupuesto (no exagero, el único dato que aproximo por falla de memoria es la fracción, puede que haya sido un décimo) y recurso a la animación digital. Y si se fijan, de vuelta, la estructura es muy parecida: chica descontenta con su familia que se refugia en la imaginación / imaginación que se vuelve mundo hostil y pone en peligro a su familia (acá, el bebé) / reconciliación con el mundo real. Si seguimos para atrás está Lewis Carroll, claro. Lo de seguir a un animalito por un túnel y lo de ver la otra realidad a través del espejo son citas, vamos.
Lo que presenta entonces Coraline a nivel narrativo es una trama sin sorpresas. Todo es como uno supone que tiene que ser en el momento en el que tiene que serlo. Y punto. Si fuese un dibujito animado lo pasarían los sábados a las cuatro de la tarde en Cartoon Network un mes al año.


La gracia de Coraline, lo que en cierta medida todos los adultos que pagamos por verla fuimos a ver, es la belleza de un largometraje hecho en stop-motion por gente que sabe hacerlo bien. Es que ver algo hecho con esa técnica siempre da un poco una sensación de estar en un espectáculo de ilusionismo: uno se pregunta cómo habrán hecho esto o aquello que quedó tan bonito y tan bien. Y lo cierto es que sí, es un film visualmente muy bonito, tal vez más logrado que El extraño mundo de Jack y que Corpse Bride. Y sí, paga los seis mangos de más de ir al Cinemark de Palermo y ponerse los anteojitos de mosca.


jueves, 5 de marzo de 2009

Lúcido

(Post pendiente desde el viernes)


(La imagen pertenece a una puesta anterior, con otra escenografía)

Ya había visto, el año pasado, Acassuso y Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd. La primera me había gustado mucho. La segunda más o menos, pero para ser una obra de juventud no estaba nada mal. Así que las expectativas para Lúcido eran bastante altas.
Tiene en común con Acassuso la parodia grotesca de las pequeñas infamias de la clase media porteña/bonaerense, entre las que se destacan la estética noventosa del escenario y vestuarios (subrayada, en Lúcido, por el mito del Olimpo-Miami), y la sobrecomplicación cada vez que hace falta contar dinero. Como recursos formales y discursivos, también están la ruptura de la continuidad temporal y la disociación que parece haber entre diversos discursos sobre un mismo acontecimiento, marcada por el egoísmo y la mala voluntad. El efecto de irrealidad es, si se quiere, mayor. 
Todo contribuye a una caricatura pesadillesca sin salida, en la que sería imposible definir cuál de las realidades alternativas que se presentan es preferible. Los deseos de la clase media están, claro, condenados a la torpeza y al fracaso.
La puesta en sí es muy buena también. Las actuaciones están muy bien, mantienen ese verosímil frágil que cuadra muy bien con la problematización de lo real que marca la obra. Y por lo que ví me gusta más la escenografía más fragmentaria, en cierto sentido caótica que pusieron ahora que la que se ve en las fotos.
Como recomendaciones, eso sí: 
- Si sus humores son un tanto sensibles a la influencia de la experiencia estética, es una obra un poco deprimente. No es para llevar a un recién separado a que se despeje, digamos.
- ¿Andamio 90 cambió los bancos o simplemente siempre fueron tan espantosamente incómodos y yo no lo había notado?

domingo, 23 de noviembre de 2008

Ver doble

Dos obras de teatro en dos días. Debe ser la primera vez en mi vida que hago eso. No recuerdo siquiera haber ido dos días seguidos al cine jamás. No sé por qué, pero normalmente elijo dejar pasar algún tiempo para digerir espectáculos audiovisuales.

Con los libros no me pasa, si termino de leer algo que realmente me haya hecho mudar de realidad por un buen rato enseguida siento la necesidad imperiosa de pasar a otra cosa, de ser posible lejana a la experiencia estética de la que vengo. Tal vez sea por eso que mi cultura libresca excede ampliamente a la dramática y a la cinematográfica, que rondan lo paupérrimo.

Pero esta semana ya había arreglado para ver 4.48 Psicosis de Sarah Kane el sábado cuando me llegó la noticia de que tenía dos entradas gratis para ir a ver Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd el viernes. Y decidí tomarme esas dos pausas en un par de días de mucho trabajo, un poco para no enloquecer y otro mucho porque tenía ganas.

Es tarde y tengo sueño y necesidad de dormir y de levantarme mañana y de corregir montañas y montañas y montañas de trabajos de mis alumnos del colegio y eso hace que no pueda sentarme un buen rato y escribir y escribir y repensar lo visto para volcarlo en este espacio. Seré breve. Tendré que dejar apenas retazos. Hilachas de comentarios. Fragmentos de una entrada más larga condenada a no existir.

Igual, no importa mucho, se ha escrito más que suficiente sobre ambas puestas.

Acerca de Destino de dos cosas o de tres, es una puesta bastante pasable con algunos puntos altos, de una obra más bien irregular.

Pese a lo que puede parecer por las fotos que circulan por ahí, todas ellas arruinadas por un flash maligno, las decisiones de escenografía, vestuario y luces forman una combinación muy armónica, decididamente bonita. Acompaña muy bien el carácter absurdo-naïf del texto, que mezcla elementos claramente tomados de Ionesco (en el manejo del lenguaje) y de Genet (hasta en la sopa) con una resolución un tanto conciliadora. Y me detengo ahí porque no, señores, mejor no contarles cómo termina. Lo que es una macana, la verdad: todo lo que me queda para decir sobre el texto requeriría que me base en el final y vuelva hacia atrás. Suele pasar.

De las actuaciones, un poco desprolijas al comienzo (el texto no ayuda, también es un hueso duro al principio). En palabras de mi amigo Marcelo, que la fue a ver conmigo, durante los primeros diálogos más bien daba la sensación de que tiraban texto. Pero van repuntando sobre la marcha (sobre todo en el caso de Yazmín Schmidt). De los tres, el que se luce es Karamanian, el que hace de Dueño.

Igual, definitivamente me había gustado mucho más Acassusso.

Y me queda decir algo sobre 4.48 Psicosis.

Nunca había visto ni leído nada de Sarah Kane. Ni tenía mucha información sobre ella, más allá de algunos lineamientos estéticos. Creo que hubiese preferido no enterarme en la cola de entrada de que se mató, es el tipo de cosas que después cuesta dejar afuera en una obra como esta. Precisamente sobre una suicida.

Se trata de una obra un tanto complicada. Algo que pasa con Beckett a menudo, la densidad del texto pide a gritos una lectura, la posibilidad de volver sobre una frase a la que en una puesta se hace imposible volver, porque sale corriendo de escena atropellada por una horda de palabras que a veces parecen atacarse entre sí, y otras veces dejan ver sólo por un momento algún que otro puente de sentido que no termina de dar el tiempo para cerrar.

La actuación de Leonor Manso, impresionante.

jueves, 16 de octubre de 2008

STP Undead II

"Che, Mariel, qué tranquilo que está el público. ¿Mandamos para adelante?"

"Y, si te parece, dale"

La grabación (no mía, nunca sacaría mi cámara a un evento de estos; yo grabé un poco de audio pero mi mp3 no bancó los bajos y el testimonio es completamente inaudible) corresponde al único momento de un recital muy prolijo y tal vez demasiado tranquilo en el que hubo algo cercano a momentos de descontrol.


domingo, 7 de septiembre de 2008

Acassuso

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Primera obra de Spregelburd que tengo ocasión de experimentar. Nada mal.

Está lo obvio, claro. Todos los que trabajamos en docencia (por diferente que sea el entorno que nos toque) tenemos algo que reconocer ahí. Caricaturizados, estilizados, los discursos y personajes habituales de una escuela se despliegan como una reelaboración onírica de algo que todos vivimos desde algún ángulo: la sobrecarga extraña de Doras, Susanas y Martas (que levante la mano el que hizo la primaria en los 80-90 y nunca tuvo al menos una maestra, portera o señora-que-atiende-el-kioskito con cada uno de esos nombres) con su burocracia de papeles manuscritos en carpetas con forros infantiles y sus rencillas internas, con la infaltable docente de la (muy) vieja escuela que pronuncia las "ll" como /'el:je/ y sabe leer discursos con una solemnidad afectada que sólo se encuentra en los actos escolares (válido solamente para la escuela primaria, consulte condiciones al dorso) a la antigua usanza.
Una señora perteneciente a esa vieja escuela, a la que puedo imaginar claramente leyendo "Unn vein-ticinco de mayo de mil ochocientos diez, bajo la tórrenciál liuvia...", obviamente docente en servicio, punteaba todo el tiempo a una amiga que tal vez haya lamentado no haber ido con su prima la estirada: "es así, es así tal cual"

Eso aparte, hay que decir que me sorprendió la capacidad de Spregelburd para la sorpresa (verbal, sobre todo, que significa una lucha contra el chiste fácil de la que, con un tema así, resulta difícil salir airoso), y para hacer que no resulte demasiado larga una obra de dos horas y pico con una trama perpetuamente mutante a partir de detalles, como las imágenes absurdas de un caleidoscopio que nunca termina de girar. Y la mayor parte de las actuaciones estuvieron muy a tono con el nivel general de la obra.
El efecto evidentemente buscado de ir logrando una representación cada vez más frenética, en la que la carcajada con la madre perdida se deshaga en risa histérica mientras los personajes se debaten en los límites de la legalidad funciona. Y el clímax con la escena violenta del final se logra. Tengo la idea de que alguien puede leer esto y ver la obra después, así que no seré spoiler, pero hay una fríamente calculada escenita ridícula preparada para quebrar la carcajada del espectador a medio camino. Había escuchado decir, y fue parte de lo comentado con Mariano (::ACTUALIZO:: posteamos ambos sobre lo mismo casi al mismo tiempo, por lo que veo) a la salida, que hay un desequilibrio entre la primera parte y la segunda, evidentemente menos graciosa. El día después, no puedo sino encontrar que a su manera esa misma incomodidad creciente forma también parte de la obra. Una parte que no necesariamente tiene que cerrarle al público, puede ser, pero funciona.

Del lado de los tomates, hay que decir que se nota demasiado que la profesora de gimnasia es una chica bien haciendo de chongo. No tiene suficiente oído como para saber que la ese no se deja de pronunciar siempre, que quienes no la pronuncian en final de frase sí hacen una aspirada en posición intervocálica, por ejemplo. Eso hacía ruido.
Y que pese a lo dicho sí, tal vez la economía de la obra podría haber mejorado con algunas omisiones. Los diálogos con la vendedora de ropa, por ejemplo, que merecía ser un personaje mucho menor de lo que era.

Dejo estas notas sueltas, migajas de experiencia, antes de volver a las toneladas y toneladas de trabajos por corregir. Ah, la docencia.

viernes, 11 de abril de 2008

Sonido de hojas que se arrugan, pero no el de la papelera de reciclaje

Estuve varios días tratando de escribir un post sobre Inolvidables Veladas de Marcelo Cohen, novelita breve que terminé de leer si mal no recuerdo (el tiempo me resulta un tanto amorfo últimamente) a principios de la semana pasada. Todavía tengo la esperanza de poder sentarme con la cabeza bien centrada y escribir algo que se parezca a una reseña al respecto, pero por el momento me rindo. Apenas dejaré asentada mi perplejidad frente a un relato más obvio que película de Hallmark Channel, narrado en un lenguaje pretencioso y con un dejo de moralina posmo (sí, eso también existe, señora), pero que aún así se las arregla para tener momentos sorprendentemente altos, lo suficientemente bien ubicados como para dudar a la hora de decidir si justifican o no todo el resto. O al menos casi.

Por hoy entonces bastará con un post misceláneo, retazos de crónicas desorganizadas.

Como la de ayer, día corto de tan largo, en el que llegué tarde a mi primera salida BAFICI (primera fuera de broma, jamás había ido) y me perdí los primeros cortos de Chacun son Cinéma. Creo que en teoría debí habérmelo perdido completo. Entré a la sala en medio de un caos en el ingreso al cine armado por los que venían a ver la otra película que se iba a proyectar, siguiendo a un tipo que tenía también cara de llegotardeojaláquenohayaempezadoahorario. Una empleada nos pescó, nos miró con algo de lástima y nos urgió: “Entren rápido que no los vieron”. En mi despiste, necesité que me lo dijera dos veces.

Por lo menos valió en algo la corrida. Un par de cortos estuvieron realmente buenos. Una pena el cine (se trata del Atlas Santa Fe, lamentablemente todas las películas que voy a ver las saqué ahí), que tenía un problemita con el proyector (la parte de arriba de la imagen se salía de foco, especialmente si se trataba de planos muy luminosos), y un operador medio dormido que no se daba cuenta cuando los subtítulos en español se tildaban (lo que era a cada rato), con el subsiguiente rechifle general de la pobre gente que no podía seguir los subtítulos en francés que, esos sí, estuvieron ahí todo el tiempo.

También podría decir algo de hoy, uno de esos pocos días del año en los que resulta más cómodo leer en las mesas de afuera de MacPancho que quedarse adentro de cualquiera de los bares que nos viven todos los días. Podría contar que se acercó un muchacho que debe rascar apenas la mayoría de edad, con un pilón de copias de su novelita editada a pulmón. Todavía no me explico por qué gasté $15 en comprársela. Supongo que en parte fue el hecho de encontrar que al menos el primer tramo que llegué a leer (tenía la estrategia de prestarlos un rato para que uno decidiera) daba muestras de estar por lo menos algo mejor escrito que algún que otro bodrio (¿)narrativo(?) incluido en alguna antología muy irregular de cuyo nombre no quiero acordarme. O tal vez habrá sido la combinación de eso con las faltas de ortografía desperdigadas por el texto, todavía no termino de saber si como recurso conciente, como marca de soberbia (aquello de pero lo que yo escribí no lo toca nadie, ni el corrector de Word (lo que como en la última entrada se comprobó puede ser hasta contraproducente, admitámoslo)) o, simplemente, por mera falta de recursos. El librete trae el mail del responsable, así que supongo que cuando le dedique un rato y lo termine le preguntaré. Pero en todo caso, la ortografía caótica (insisto, hasta mi alumnado de polimodal pesca bien rápido la mnemotécnica infalible que hace imposible equivocarse y escribir “envergadura” con “mb” en lugar de con "nv") y lo llevadero del texto formaban una yunta despareja que merecía leerse. Al menos en apariencia. Tal vez fue sólo que cobré ayer, y como estoy dulce es más fácil que un escritor novel que se gastó en tratar de publicar algo me de un poco más de pena. No sé.

Por lo pronto aquello de que no sé administrar mis gastos, especialmente si me ponen hojas impresas y encuadernadas con algún atractivo mínimo enfrente, es cierto. Ya a la vuelta del cine pasé por Parque Rivadavia con intenciones de no comprarme nada, y me volví con Samuel Beckett, las huellas en el vacío de Lucas Margarit (con ese tengo excusa, se supone que debo una monografía beckettiana todavía) y con Lo Sagrado y lo Profano de Mircea Elíade, que vaya uno a saber cuándo me va a dar el tiempo para leerlo.

Si sigo tirando palabras al tacho, seguro que no va a ser hoy.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Beowulf en cine

Ah, sí, cómo adoro escribir a horas insólitas, con apenas el arrullo del cooler cachuzo de mi máquina, que palma en cualquier momento.

Finalmente, luego de mucho insistir y buscar alguien que no me mirara con cara torcida, fui a ver Beowulf. Hace mucho, muchísimo que no iba al cine, pero la verdad es que la curiosidad que me producía este intento raro me pudo.

Es entonces el momento de inaugurar nueva sección, el tag “vengo de ver” que estreno con este post. Y para imitar la parsimonia alimenticia de Grendel, vamos por partes. No pienso ser exhaustiva, nada más pretendo relevar elementos que me llamaron la atención.

Técnica.

Personalmente tenía mis serias dudas respecto de la idea de hacer enteramente en animación algo que podía haber sido una película. Y sigo teniendo mis reservas: por muy bien hecho que esté, un dibujo no tiene el peso de la imagen real, y eso le resta efecto a momentos que al natural resultarían mejores.

Pero hay que reconocer que la elección de la animación tiene sus ventajas, y que éstas han sido usadas hasta el tope: las tomas larguísimas e imposibles, que arrancan en el piso y terminan en las patas de un halcón que lleva un ratón por los cielos hacia la dirección en la que se encuentra la cueva de Grendel, o un punto de vista que baja desde una panorámica a la altura de las nubes hasta el suelo nevado para que los cascos de un caballo le pasen por encima, por ejemplo. O la posibilidad de envejecer una década y media a los actores de forma mucho más convincente que la que cualquier maquillaje podría haber logrado, con el cuidado de incluso agrandarles más los poros o de arrugarles el cuello.

Y no deja de ser cierto que de haberse usado una filmación tradicional habría sido necesario usar mucho de animación computarizada de todos modos.

Actuación.

Podría haber sido un poco más fluida en el comienzo. El banquete inicial está sobreactuado en las voces, a mi gusto. En realidad es algo que pasa con todos los planos, la primera escena es un tanto desprolija.

Guión.

La idea central es brillante. No quiero adelantar mucho, pero se las han ingeniado perfecto para quedar bien con Dios y el Diablo. Uno puede haber leído el Beowulf o no, y de todas maneras va a disfrutar la película. Va a ver películas distintas, eso es clarísimo, pero se va a sostener. Yo, a sabiendas de que Neil Gaiman había metido mano en ese guión, iba con la idea de que tan malo no podía ser. Pero sabiendo que la madre de Grendel era Angelina Jolie, bueno, tenía mis dudas.

Pues han conseguido hilar las cosas de manera que sea una historia que tenga algo que decirle a un público pochoclero, que espera ansioso un poco de sentimentalismo amoroso y de carga sexual (ausentes del todo en el poema épico), y de todos modos no traicionar al cantar más de lo necesario. Sólo un elemento del antiguo Beowulf fue modificado, central para el relato que hicieron, no demasiado para el que hizo el bardo (o los bardos, copistas y etcéteras) sajón, la identidad del reino que le tocó en suerte al héroe para gobernar. Todo lo demás está hecho para que engarce perfecto con el verso antiguo, que podría haberse cantado como quedó en el mundo ficcional que se construyó. Y esto se consigue con la inclusión de un elemento pequeño pero fundamental: la consideración de que el héroe que se enfrenta al monstruo va solo a la batalla, y por ende es su palabra la primera garantía de verdad del relato épico. El gesto de poner en escena una representación teatral, en la vejez de Beowulf, en la que un recitador narra sus hazañas con las palabras del viejo cantar es sencillamente genial.

Como ya dije, se sostiene de las dos formas, pero yo recomendaría haber leído el poema antes, porque el juego con los viejos versos no se repone completo de otro modo, y es realmente un elemento que suma a las posibilidades de disfrutar la película.

En resumen, se vale una entrada de cine, si se tienen ganas de distenderse un rato. Y de comer un poco de pochoclo. Y de ver dibujos muy convincentes de hombres y mujeres atractivos.