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sábado, 19 de mayo de 2012

Y quién se hace cargo de los platos sucios.


(En respuesta a esta entrada en el blog de Cecilia Pavón)


Hace tres meses que estoy buscando un libro y no lo encuentro.
No es un libro puntual, sólo tiene que tener tres características: lo tiene que haber escrito una argentina de menos de 40 años, tiene que ser narrativa, y no tiene que ser realista (en el sentido de modalidad representativa, no de corriente estética).
No voy a explicar los motivos de la búsqueda (sería largo y ombliguista), y esto no es un estudio formal, sino un vagabundeo interminable por librerías, que termina siempre, para alivio de mi bolsillo no financiado, en esperanzas rotas.
Noto que todo lo que encuentro publicado por chicas de menos de 40 en Argentina parece ser poesía, y que discurre casi exclusivamente sobre los eventos más elementales de la vida cotidiana (la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, las relaciones de pareja). En narrativa, vengo encontrando un nombre femenino cada veinte masculinos (en poesía es mitad y mitad). Ese nombre femenino la mitad de las veces corresponde a alguien que pasa sobradamente los sesenta. La otra mitad, es narrativa que roza la poesía de cerca. Y habla sobre la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
Miro una tapa de Cosmopolitan, Para Tí y Susana en el kiosko de diarios. La casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
(A Joanne Rowling, cuando no la conocía nadie, la publicaron como J.K. Rowling porque era mujer. De hecho, se tuvo que inventar una segunda inicial ad hoc, porque no tiene segundo nombre. Una inicial sola quedaba fea, ¿y quién iba a comprar las fantasías de una mujer?)
(Silvina Ocampo era bastante mejor cuentista que Bioy Casares. Pero a ella nadie la lee. Su marido tiene una calle a su nombre en Recoleta)
A veces me da la sensación de que los criterios el mercado editorial no está demasiado lejos de las nefastas revistas femeninas. O es eso, o una mayoría abrumadora de las muchachas que escriben (no creo, no quiero creer) compran ese discurso. Sé agradable, no levantes la voz. Si la levantás, es porque estás premenstrual, o sos una loca, y merecés que se rían de vos, así que mejor que no haya dudas de que estás histérica. Por sobre todas las cosas no se te ocurra tener imaginación. La imaginación es cosa de hombres. La mujer que investiga su imaginación es un monstruo peligroso. La que no vuela es más manejable.
No desmerezco el trabajo de esos nombres femeninos (algunas son escritoras de calidad, en las mismas proporciones escasas en las que se encuentran escritores masculinos de calidad) en los estantes que no cumplían con lo que determiné en una búsqueda, en sí, de voces femeninas que pudieran dialogar un poco conmigo en un momento en el que me siento un poco ahogada bajo el peso de los cuerpos de muchos hombres viejos o muertos. De hecho, calculo que eventualmente voy a encontrar lo que busco, y las chances de que esté bueno serán iguales a las de que cualquier libro elegido al azar valga la pena. Pero se me da por preguntarme por el origen de ese hiato.
Descreo de los argumentos biologicistas, naciste mujer, estás programada para servir, y para emocionarte de puertas adentro. Siempre de puertas adentro.
Salir de la casa no es la ironía y la distancia.
Y, hablando de monedas culturales, parece que, además, los viajes imaginarios están bastante depreciados.
Sólo se puede soñar con dragones para distraer la cabeza en Hollywood. Guilty pleasures.
En mundos en los que las chicas son todas hermosas.
Como en una tapa de Cosmo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Un día de aquellos


De chica, alguna vez soñé cómo pasar el nivel 8-3 de Super Mario. Para cuando me desperté, por supuesto, sólo quedaban hilachas de estrategias que no servían para absolutamente nada.

Tal vez sería más sencillo pasar el día de hoy si me acordara del sueño de anoche, que se deshizo con las horas como una gota de tinta en el agua, quién dice.

Pero las tortugas que tiran martillos tienen la gracia de ser particularmente inoportunas.

viernes, 12 de febrero de 2010

Balance anual

Mucha ropa nueva, una renuncia laboral kamikaze, unos cuantos libros leídos, unos cuantos más comprados o recibidos, cuatro estantes más para mi biblioteca, una ponencia, un viaje a Neuquén y otro a Córdoba, un par de canciones, dos recitales, un par de amigos nuevos, modificaciones de términos con un par de amigos viejos (algunas muy buenas, otras no tanto), un proyecto de beca rechazado, un título de licenciada en letras, unas clases en la cárcel, unos cuantos kilos menos, un par de hombres que no me supieron querer, poco avance con mi novela, un poquitito de alemán y alguna mejora no muy significativa en mi francés, un cambio de sistema operativo, una cantidad no demasiado desdeñable de discos escuchados, algunas películas, una sobredosis de vampiros, un par de posts en este blog, no mucho más

no volveré a tener 26 años,

en cierto modo es un alivio.

lunes, 15 de junio de 2009

En pedazos

Si hay una imagen capaz de evocar la sensación que me produce el proceso de redacción de una monografía, esa es la de un juguete que tuve en mi infancia noventosa: la Despelota.
El planteo de una pre-hipótesis, entonces, vendría a ser equivalente al momento de adquirirla: armadita, una bolita de colores, perfecta y sólida bajo la irrealidad del plástico que la protegió en todo su camino hasta las manos de quien se atreve con ella. Hermosa y coherente en su aparente simpleza, más sólida y más cerrada que un rompecabezas cualunque y menos amenazante que un cubo mágico.
Entonces, un buen día, uno se compra la hipótesis-despelota, se la lleva a su casa y la desempaca. Y la coherencia se deshace en gajos de colores. Es la perplejidad desesperante del proceso previo a la redacción: ¿qué se supone que haga con todo eso? ¿No se me habrá caído algo abajo de la cama, no? O también, ¿no sobran piezas acá? Uno mira, mira, manipula las piezas que de golpe se convierten en seis enemigos, parece que a la bolita bonita de la juguetería uno no la va a ver nunca más, y hasta surge la fantasía de tirar todos esos pedazos de porquería a la basura, pero a falta de mejores juguetes uno sigue, insiste, piensa, mira y remira, prueba algunas piecitas juntas que se desarman entre los dedos sin durar más de dos segundos puestas.
Así, por ejemplo, la correspondencia Beckett-Schneider es un hermoso gajito verde, que se balancea al lado de los comentarios blancos de Billie Whitelaw, cruzados descuidadamente con la alegría negra de la directora JoAnne Akalaitis porque el viejo se había muerto y eso le mejoraba las chances de volver a conseguir permiso para representar una de sus obras. Y al lado, un par de artículos variopintos, el rango que va desde una hermenéutica bien enrojecida a comentarios azulados por falta de aire en el cerebro.
Y entonces uno sabe que comienza a tratar de armarla, pero vaya a saber cuándo se podrá estar en condiciones de volver a ver la bolita entera, y seguro que no va a quedar con la misma disposición de colores que tenía en el embalaje, pero no importa, ¡mientras se sostenga! Pero se resiste, se resiste.
Y encima uno sabe bien también que el día que la termine, con un poco de suerte, va a rodar y a parecer sólida de vuelta. Hasta que alguien la deje caer al piso.
O hasta que el movimiento normal del olvido al que uno la mande la desarme, y dos o tres años después uno se quede mirando, perplejo, los cinco pedacitos de pelota en el fondo de una caja y se pregunte cómo se sostuvo eso alguna vez, y adónde cuernos habrá ido a parar el gajo amarillo que no aparece por ninguna parte.

martes, 27 de enero de 2009

(sí, leo bastante literatura trivial)

Leer en secuencia los escritos de casi cualquier tejedor de palabras deja siempre el rastro de los pequeños aprendizajes, de los pequeños arrepentimientos por errores literarios pasados que se ocultan como pueden bajo una maraña de obsesivas pruebas que parecen querer decir "no, pero yo soy capaz de escribir algo mejor que eso". Es una sensación particularmente penosa cuando se trata de escritos propios, volver a mirar la novelita que se escribió a los doce o los poemas de los dieciocho, al menos en mi caso, es casi un dolor físico. Se me da por preguntarme qué pensaré de mis escritos actuales dentro de quince años, y hay que decir que me corre un cierto escalofrío molesto que hace falta ahogar con un buen mate o unas horas de estudio.
Pero cuando se trata de los escritos de otro resulta hasta entretenido. Pocas veces ocurre el caso de un escritor que se desinfle (se me ocurre J.K. Rowling, con los últimos dos libros de la saga Potter, algo que consideré trabajar para la monografía sobre literatura trivial, y que tal vez hubiese sido una decisión mucho más sabia que los vampiros), por lo general lo que uno ve es cómo se van desarrollando capacidades, como una florcita que se abre, aún cuando el tipo o mina en cuestión viva de esto, se le agoten las ideas al mismo tiempo que el presupuesto y tenga que inventar tramas ridículas que mantengan el teclado y la cuenta bancaria andando. Para seguir con ejemplos de literatura trivial (en realidad, los que siguen escribiendo cuando se les acaba la gasolina son sólo los escritores de cualquier cosa que se venda bien), Stephen King entraría entre estos: es indudable el aprendizaje técnico entre las primeras novelas y las últimas (una construcción más prolija de los efectos, pequeños experimentos formales casi poéticos, un uso dificilísimo y bien logrado del discurso indirecto libre), pero no por eso puede decirse que Salem's Lot sea peor que The girl who loved Tom Gordon. O que Bag of Bones, que se cuenta entre los pocos libros de los que me deshice deliberadamente en mi vida.
Con Anne Rice ocurre algo infrecuente, para lo que al menos ahora no se me ocurre ningún otro ejemplo literario. Se me viene a la memoria la sensación rara que provoca ver una retrospectiva de Giorgio de Chirico, a quien se le dio en algún momento por parodiar con algo de crueldad el estilo de juventud que lo hizo famoso, y que es lo que cualquiera tiene en la cabeza cuando piensa en él. Anne Rice fue haciendo algo parecido. Todo su mundo ficcional es  cerrado y autorreferencial (sigo sin poder imaginarme qué es lo que habrá producido en su delirio místico actual), y usa eso como excusa para hacer ostentación de su autoconciencia. Cambiar de la voz de Louis a la de Lestat le sirve para burlarse un poco de su estilo por los setenta, y a la vez Lestat mismo, que es un personaje mutable, llena su discurso de espacios metatextuales en los que da cuenta de esas mutaciones en la forma de escribir. Todo merece ser reescrito, reinterpretado, se pueden narrar las últimas quince páginas de The Vampire Lestat en doscientas, si tan sólo se cambia el punto de vista, y se nos avisa de ello apenas comenzado Queen of the Damned. 
Es tan tarde que es temprano, así que en otro momento, si necesito hacerlo, escribiré una segunda parte para este post que sirva de cierre.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Hilachas de posts para viernes a la noche

Riesgos raros de la banda ancha y el desvelo, como el de empezar a buscar un libro en el catálogo de Puán y terminar comprando otro, por asociación de ideas, a algún ignoto librero de palermo que publica en deremate.


Otra vez los gestos, esta vuelta un comentario de mis alumnos, que dicen que muevo mucho las manos cuando hablo.
También los gestos enternecedoramente inútiles con los que identificamos gente querida: una exasperación de brazos demasiado extendidos, una forma particularmente enérgica de mover la cabeza, la forma de tomar calor removiendo los brazos dentro de las mangas (ese con los años se me pegó), el gesto poco común de restregarse los ojos con las palmas en lugar de usar los dedos como casi todo el mundo, la mirada de rayo láser frente a todo extraño en el entorno, todas esas cosas que llaman la atención la primera vez que se las ve pero que después se naturalizan. Todo lo que nunca podríamos saber de otra forma más que por el contacto directo, eso que se perderá irremisiblemente cuando desaparezcamos los que podemos tener memoria directa de ello, porque todo el mundo se comporta menos naturalmente (es decir, más normal) frente a una cámara.


Alguna reivindicación necesaria de Helena Bonham Carter.


El fastidio frente a la redacción sosa, pretenciosa, con errores de escritura e irrelevante de algún profesor de nuestra alta casa de estudios de cuyo nombre prefiero no acordarme. Aunque me haga falta tragar un estudio suyo en una lista de bibliografía recomendada, por las dudas.
Su parentesco con las escrituras igualmente enervantes que siempre toca escuchar en mayor o menor proporción en los congresos.
Aunque en ese caso uno va dispuesto a perdonar más, una cosa es algo escrito con deadlines asesinas para una ocasión en la que a menudo se tiene poco que decir, y otra preparar una publicación.


Un poema que me resisto firmemente a escribir.

lunes, 5 de mayo de 2008

Consumismo independiente

Y después de muchas vueltas, con una cuota de casualidad que abrió el horario apenas lo suficiente, hice a tiempo de ir a la FLIA.

El registro fotográfico corresponde a la sobresaturación de mi escritorio ayer a la vuelta, a la hora de vaciar el bolso para llenarlo nuevamente con los papeles del colegio en el que trabajo. Se comprueba nuevamente la regla: No puedo quedar mucho rato en una sala con impresos a la venta sin hacer desmanes con mi presupuesto, cualquiera que sea. Al menos he de decir que los precios me sorprendieron para bien, y casi compensaron el poco marketinero (enternecedor, a su manera) error de hacer una feria de libros antes del 5 del mes, donde prácticamente nadie cobró todavía y la mayoría estamos aún arrastrando los despojos del presupuesto de abril, en mi caso tan, pero tan espantosamente magro.
Durante la redacción de esta entrada recordé este post sobre mi estante de abajo, que ya tiene casi un año. Bien, desde entonces mi biblioteca creció como un hongo para comerse la pared chiquita de al lado del placard y desalojar el viejo equipo de audio de los estantes encima de mi cama. El último de esos se convirtió en el Estante de Abajo II, el de los que pesan más sobre mi cabeza. Y es el que recibió las adquisiciones de ayer, en el lugar en donde hasta hoy estuvieron los dos primeros tomos de la Divina Comedia que se supone que devuelva mañana.
Baste por hoy con esto. Si consigo hacerme del rato necesario mañana o pasado vendrá la segunda entrega, que ya no me da el tiempo para escribir hoy.

domingo, 2 de marzo de 2008

El mes de marzo se balanceaba sobre la tela de una araña

No me puedo acordar de cuál de las Brontë se contaba que tenía por costumbre escribir en la cocina, mientras tenía el cordero en el fuego. Está visto que es una capacidad que yo no tengo. Tal vez tenga que ver que una cosa es tener una cocina grande, de esas que tienen una mesa y todo, y llevarse un cuaderno para trabajar en el rato muerto que pasa mientras las cosas hierven, y otra bien distinta estar preparando un trabajo en la computadora a dos ambientes de distancia de las hornallas y tratar de hacer eso mismo. El resultado está a la vista: el agua es para que el arroz quemado del fondo de la sartén esté, mañana, limpiable.


Primero de marzo, entonces. Se terminan las vacaciones, que dejaron:

- mi segundo cambio de trabajo (paso a hacerme cargo de grupos de adolescentes de secundaria) (ayer fue mi último día en el instituto en el que trabajé por dos largos años; quise hacer un post sobre eso y no encontré las palabras)

- dos monografías en veremos,

- un trabajo terminado en fecha, no tan prolijo como yo habría querido,

- una enorme cantidad de libros comprados para ser leídos quién sabe cuándo,

- una enorme cantidad de fotocopias para ser leídas lo antes posible, que es quién sabe cuándo,

- una cantidad irrisoria de páginas reescritas del final de mi novela y, last but not least,

- una sartén de arroz integral a la cebolla quemado.


Pensándolo bien, no está tan mal. Y parte del arroz hasta estaba comestible.

sábado, 9 de febrero de 2008

Elefantitos rosas / Pink elephants on parade

En una larga cadena de pensamientos colgados con una computadora a mano, terminé dando con esta pequeña escena de delirio alcohólico en Dumbo, que tenía perfectamente olvidada:



El dibujo resultaba valioso por sí solo. La letra, con sus castradoras advertencias contra los demonios del alcohol me resultaba un tanto torpe. Está bien, la película es de 1941, pensé, tampoco era para que hubiese una escenita de este tipo en una película infantil sin algún paraguas ideológico en el medio. Pero la sensación de malestar, de desacomodo entre la imagen y lo dicho seguía. Por las dudas, busqué la versión en inglés. No sin una cuota de sorpresa encontré esto:



Por esta noche, por lo menos, más vale ir a soñar con elefantitos rosas. De los que desfilan, no de los que hacen pactos con Satán.

sábado, 2 de febrero de 2008

jueves, 3 de enero de 2008

Prosa con brazos y piernas

Uno de mis guilty pleasures menos conocidos consiste en bailar sola frente al espejo. A diferencia del común de las muchachas, no es un hábito adquirido en la infancia, sino en la adolescencia y más bien tarde: me llevó tal vez demasiado tiempo dejar de tener vergüenza de mi forma de moverme. Es cierto que no tengo mucha más gracia de movimientos que una morsa bebé en tierra, y que hace falta una cierta dosis alcohólica para hacerme bailar en público, para qué negarlo. Pero de todos modos, me encanta bailar sola y me encanta jugar con mi imagen en el espejo. Si se trata de música que nadie en su sano juicio catalogaría de “bailable”, todavía mejor. La cosa está en moverse, en que la vibración se transmita de otra forma más al cuerpo.

A partir de esto sale la percepción de que existen dos clases de movimientos muy distintos: están los que tienen que ver con la vista y los otros, que podríamos llamar táctiles, relacionados con la percepción física del volumen del propio cuerpo. Los primeros están hechos para agradar al ojo, no al ejecutante. Son los de la gente que baila bien, esos que a menudo admiramos por su dificultad, un despliegue de gracia en la imagen que muchas veces se corresponde con una incomodidad física considerable. Cualquiera que haya hecho danza o que conozca de cerca a alguien que baile conoce los moretones que muchas veces acompañan a una coreografía que pide, por ejemplo, desplomarse contra el piso en un momento determinado.

En el otro extremo están los que producen sensaciones placenteras en el ejecutante, una distribución de pesos y de masas de aire que al ojo resulta ruda, un tanto agresiva o sencillamente ridícula, pero que produce una sensación particularmente liberadora en quien lo hace. El caso extremo en esto es la forma de bailar de algunos chicos, la de algunos adultos bajo los efectos de alguna sustancia y la de los movimientos hechos en estado de éxtasis delirante o religioso. Los casos intermedios ocuparían, si mis sospechas son ciertas, la mayor parte de las formas de la danza, que se regularían por una cuestión de grados, con algunos equilibrios felices como el que podría verse en una rueda de salsa bailada por amateurs, no por un ballet profesional.

En todo esto, vuelve a salir la vieja tensión de la expresión humana que nunca termina de resolverse. Debería decir, que nunca termina de admitirse, también, si pensamos en toda la tinta gastada para hablar del lector implícito de los escritos íntimos, con el caso extremo archiconocido de los diarios personales, en los que cualquiera que los haya escrito o los escriba sabe que hay una cuota de construcción de algo parecido a un personaje ficcional, pero para qué, para quién, para cuándo. O el caso que me ocupa quiera o no, de blogs como éste, que no reniegan de su cuota de intimidad.

Ahí, en el espejo, mientras la música sigue su ritmo conocido, está la expresión física de la prosa confesional que, en el fondo, se queja aliviada de la imposibilidad de producir el poema perfecto.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Retazos de sonidos que vuelven

Era verano, era Valeria del Mar a principios de los noventa, era el único lugar público abierto en un par de kilómetros a la redonda, era la hora en la que apagaban las máquinas de videojuegos y no se podía jugar más al WonderBoy mientras los adultos jugaban al pool o al billar (a los siete años esos juegos tienden a ser increíblemente indiscernibles, pero juraría que había agujeros en la mesa), era la noche más cargada de mosquitos, bichos bolita y caracoles que de gente, y entonces la familia entera bajaba al salón de reuniones o como se llame (ahora lo llamarían un SUM público) y una banda bastante decente se ponía a tocar covers setentosos para alegría de los padres y embole de los niños. Entre largas secuencias de canciones irrecordables y probablemente más conocidas que la ruda, entonces, sale una flauta traversa de alguna caja y suena una secuencia que me quedó grabada que ni tecnología digital en la cabeza.
Muchos años después supe que era de Jethro Tull, no más datos. Siempre me pregunto cuándo se avivará algún gil con conocimientos de música de armar un buscador con una base de midis en donde uno pueda entrar una secuencia de música (usando una partitura, o con un interfaz que convierta el teclado por un momento en un instrumento musical muy básico) y te identifique a qué canciones puede pertenecer. Si supiese lo suficiente de computadoras y de trampas leguleyas para armarlo supongo que sería una idea capaz de reportarme algún beneficio monetario, pero bueno, no me da el cuero. Y la falta de ese buscador utópico siempre hizo que esta secuencia de Jethro pasase (uy dios, casi uso la doble ese portuguesa, realmente tengo que admitir que el mate me afecta la cabeza) años, muchos años sin poder ser ubicada.
Hoy la encontré. No hace mucho alguien me pidió ayuda con un tema de la banda y me hizo acordar de que nunca había bajado nada de ellos. Bajé una discografía para chusmear. La secuencia en mi cabeza era Bouree, refrito de Bach según la banda. Estoy segura de que la mayor parte de la gente sabe de qué tema se trata. Para los que no lo ubiquen de nombre, seguro lo pueden reconocer escuchándolo:




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Aparte, noto que me estoy poniendo particularmente dada a relatos de recuerdos viejos, secciones dadas a algo parecido a la nostalgia. Disculpas a mis tres o cuatro gatos locos lectores, es un efecto colateral de una sobredosis de Giacomo Leopardi.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Gajes de la videoconferencia



Lo que se siente cuando uno tiene una videoconferencia es bastante particular. Supongo que para los que tenemos arriba de veinte y crecimos en un mundo en el que las computadoras eran algo de elite esto debe ser más pronunciado. Tenemos la ventaja de disfrutar de los beneficios de estas cosas sin perder la extrañeza, la sensación de antinaturalidad que se merecen.
Por ejemplo, uno por lo general es totalmente inconsciente de los propios gestos. Menos que menos cuando se habla. Pero en una videoconferencia, la pantallita con la imagen propia está ahí abajo, y uno la va mirando mientras mira al interlocutor. Lo que produce un efecto que en la vida no cibernética sólo en escasísimas ocasiones se consigue tener: una conversación más o menos natural frente a un juego de espejos desviados, en los que se puede sorprender la forma de un movimiento que hacemos sin encontrar la distracción de la propia mirada, el ángulo un tanto armado que uno pone cuando se encuentra frente al cristal de un espejo.
Un efecto colateral de la videoconferencia entonces es que se puede caer en la cuenta de pequeños gestos que hacemos, de detalles de nuestra imagen que normalmente pasan desapercibidos. Darme cuenta de que estoy un poco más flaca, por ejemplo, que no me viene nada mal. O de que tengo una tendencia a inclinar la cabeza para la derecha cuando me río.
Es normal, de mucho estar con la misma gente a uno se le pegan cosas: gustos, giros de lenguaje, determinado vocabulario común, cierta bolsa de presupuestos para manejarse que se van haciendo compartidos. Es casi imposible ver lo que los otros toman de lo nuestro, porque uno no tiene mucha conciencia de la gestualidad propia. Pero es cosa de todos los días sorprender en alguien que uno conoce bien un gesto que viene de otra parte, a menudo reconocible también. La videoconferencia en el msn es un sitio privilegiado para tomar conciencia de los propios gestos, y entonces detectar estas cosas en uno mismo, eso que sólo de tanto en tanto vemos en el vocabulario, las cosillas del comportamiento de los que queremos que se van pegando a las propias.
Y en esto, vuelve la videoconferencia, la imagen de mí misma en versión liliputiense que me permitió sorprender de corrido dos gestos (un tipo particular de mirada, y una cierta forma de inclinar el torso y de pasarse al mismo tiempo una mano por la frente en un ángulo determinado, a una determinada velocidad) que reconozco muy bien. De ahí, inmediatamente pude tener la imagen bien rápida de su procedencia, con el cambio de ángulo. No sin cierta sorpresa, tengo que admitirlo, me di la cana usando, uno atrás de otro, dos gestos de un amigo.
He ahí la diferencia con la ciencia ficción, en donde los conferenciantes pueden mirarse a los ojos, y no tener que pensar en estas cosas.



domingo, 15 de julio de 2007

Post fallido

De casa al trabajo y del trabajo a casa. La definición de cola de supermercado para dar cuenta de una persona correcta. Odio ser una persona correcta en la cola del supermercado.

La idea de hoy para hacer un post de sábado a la noche era torturar a mi acotadísimo círculo de lectores con un borrador de canción en proceso, en grabación casera. Agradézcanle a un berrinche de mi audacious Audacity, que se empacó y me dejó con el pescado sin vender.

Tres palabras antes de tratar de seguir peleando con mis borradores para terminar un proceso de escritura novelesca viejo, sobre una reflexión de colectivo (105, del trabajo a casa) relacionada con esa misma tarea que pienso reemprender. Por alguna razón incomprensible son los personajes que no formaban parte de las tramas iniciales los que invariablemente se me terminan convirtiendo en los que más me importan, si es que continúo una narración por más de diez páginas (el equivalente a pc de unas diez o quince hojas de los cuadernos de espirales que me gusta usar para escribir borradores), muchas veces con perjuicios tan serios a la línea de trama central que los proyectos colapsan, o se convierten en otra cosa. Hay casos llamativos, verdaderas adicciones a la forma de escritura y de pensamiento que permiten determinados personajes, como el de VG, hermano de un personaje secundario que me desbarató una novela hace unos años y se coló en otra que iba a tratarse de otra cosa totalmente distinta para adueñarse de ella. O el de MS, salido de casualidad, que me tiene pensando en cómo volverlo a usar, porque no puedo soportar la idea de no escribirlo más, con lo que me divierte. O de AS, que salió de entre la multitud en una ceremonia familiar en el fantasy del que hablé hace poco, y que me acabo de dar cuenta que se adaptó de tal manera a la trama que me va a costar conseguir que sucesos que hubiesen pasado con o sin él no parezcan un deus ex machina puesto para salvarle las papas.

Dejo esto por hoy, y mañana si mi computadora está de mejor humor (juro que me vendieron un experimento de inteligencia artificial, este bicho tiene voluntad propia) volveré y seré canciones.