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lunes, 23 de marzo de 2020

Mellon


Esto sólo tiene sentido habiendo leído antes el artículo de Paula Rivera Donoso, en Vagalumbre "Di amigo y entra: una discusión de la obra de J.R.R. Tolkien como portal de entrada a la Fantasía"

O quizás ni así, qué se yo.

Nota 1. Sobre lo de Atterbery: no tuve aún el gusto, porque no pude encontrar el texto ni para comprar ni para bajar por parte alguna. Es uno de varios clásicos con los que estoy teniendo este problema.
De cualquier modo, de la cita que el artículo refiere me llama muchísimo la atención que use justo a Frye para meter a Tolkien en una categoría de bolsa de gatos, justo Frye que teorizó tan bien el romance al que el autor claramente responde según su teoría general de los modos.

Nota 2. Tal vez sea el hecho de que llegué tarde a Tolkien, y de que tuve un ingreso rarísimo a la fantasía. Crecí consumiendo otras especies de relatos épicos y de aventuras, y llegué a JRRT ya con la Ilíada, la Odisea, la teoría de la literatura de los formalistas rusos y algo de Derrida encima. Con lo que en esa primera visita, recuerdo (y registré entonces, en alguna parte están las notas de lectura de esa época) haber visto más las líneas de continuidad que las de ruptura. Me pareció una reelaboración simpática de temas, y tardé mucho tiempo en darme cuenta de la cantidad y calidad de hilos que bordan esa trama, y el caracter fundacional que reviste para la fantasía y la imaginación fantástica como se reinventó en el siglo XX. Tal vez sea por eso que pude siempre pensar la fantasía desde afuera de la sombra de Tolkien: el portal estaba ahí y salté por la ventana. Pero por esto siempre tuve algunos problemas para entender a la gente que se queda en Tolkien, que no lo ve como un nudo más en un árbol lleno de ramas. Un nudo que puede adivinarse por las volteretas de todo lo que hay alrededor.

Nota 3. No creo que Tolkien sea ajeno a lo formulaico y lo tópico. Mucho menos pienso que él haya sentido lo formulaico como algo malo en sí. Ante todo Tolkien es un medievalista, alguien muy consciente de que el arte vive en la variante, y la variante sólo existe donde tiene un marco formal. Fue un formalista. Ahora bien, entiendo que buena parte del acervo tópico de la fantasía berreta actual no viene sino superficialmente de Tolkien, y hunde raíces en una literatura de aventuras anterior, de la que Tolkien participa muy de refilón: los Stevenson, los London, los Verne (incluso los Swift) del canon de aventuras. La fantasía formulaica actual se parece más a La Isla del Tesoro con elfos que a las fórmulas (presentes, pero otras) que usó Tolkien.

Nota 4. No sabía lo de Schwab. Qué bochorno.

Nota 5, pregunta para Paula: ¿Ya leíste a Marie-Laure Ryan?

Nota 6. "En tiempos en los que tanto aficionados como académicos suelen concebir a la Fantasía como una literatura meramente comercial, escapista y divertida" - agregaría: "como autores". Vaya si hay mercenarios en este regimiento.

Nota 7.
Ser o que penso? Mas penso ser tanta coisa!
E há tantos que pensam ser a mesma coisa que não pode haver tantos!
Génio? Neste momento
Cem mil cérebros se concebem em sonho génios como eu,
E a história não marcará, quem sabe?, nem um,
Nem haverá senão estrume de tantas conquistas futuras.

jueves, 10 de octubre de 2013

9 de bastos


Leer un poco a Josefina Ludmer. La mina vivió en Estados Unidos. Pone dos palabras en Inglés a la página cinco, porque sí, y con error ortográfico: wellcome back. Y el futuro es un flash, y ya llegó hace rato.
Soy una medievalista principiante y enamorada. Pero desde que me recibí, y sobre todo desde que empecé el doctorado, rara vez leo literatura medieval (o estudios sobre textos medievales) en los tiempos que me dejo para lectura libre. En general leo literatura contemporánea (sobre todo argentina, seguida de cerca por esos géneros considerados menores como el fantasy o el terror), o teoría. En general vengo disfrutando más bien poco mis lecturas (salvo por alguna cosa de Shirley Jackson, Stephen King y Leonardo Oyola). Y dejo muchos libros sin terminar. No me queda claro si leo en el tiempo libre para descansar, o si me canso en el tiempo libre para disfrutar de las tardes tranquilas del Instituto de Filología, tan lleno de polvo y silencio.
Creo que voy a devolver Aquí América latina sin terminar.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cuando Harry conoció a Lex

Allá por 2001 fui una alumna de letras novata y tiernita, de esas que salen a la plaza a leer a Joyce en una bella edición de tapa dura en lengua original, pero se creen en necesidad de esconderse en su casa para leer a J.K. Rowling, en una traducción tan mala que ronda lo criminal, lo único a mano gratis en Internet. De ese closet, afortunadamente, salí hace mucho, y este blog es una buena muestra de ello.
Con el tiempo y las relecturas, fui juntando ideas respecto de Harry Potter y lo amargo de sus desventuras, y ganas de sistematizarlas, pero me faltaba el tiempo y el espacio para ordenar mi cabeza y sentarme a escribir. Finalmente la querida revista Luthor pudo convertirse en el lugar indicado para algunas de esas inquietudes, que desde el lunes pasado pueden leerse acá.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El espanto



Él y sus animales entraron en su casa. Transido de miedo, quieto, sin un sonido, su corazón se turbaba, nublado su rostro. Pues el pesar había entrado en su vientre. Su cara era como la de un viajero llegado de lejos.
—Epopeya de Gilgamesh, t1-II

Nadie ve a su prójimo, no puede reconocerse la gente desde el cielo. Los dioses se aterraron del diluvio y, retrocediendo, ascendieron al cielo de Anul.
Los dioses se agazaparon como perros acurrucados contra el muro exterior. Ishtar gritó como una mujer en sus dolores, la señora de dulce voz de los dioses gime:
"Los días antiguos se han trocado, ¡ay!, en arcilla, porque hablé maldad en la Asamblea de los Dioses. ¿Cómo pude hablar maldad en la Asamblea de los Dioses, ordenar batalla para la destrucción de mi gente, cuando yo misma di a luz a mi pueblo? ¡Como el desove de los peces llena el mar!"
Los dioses Anunnaki lloran con ella.
—Epopeya de Gilgamesh, t11



domingo, 15 de febrero de 2009

Gift shop

En un ataque de irresponsabilidad y de hartazgo académico me hice el rato para terminar de leer Las Teorías Salvajes de Pola Oloixarac. A esta altura hacer una reseña sería un tanto inútil, hay ya unas cuantas dando vueltas por ahí. Así que baste con un comentario, simplemente porque lo tengo en la punta de la lengua y todavía guarda esa efímera nitidez de los sueños en el momento de despertarse.
En sí la novela es el relato de una expedición exploratoria al Buenos Aires snob, cuyos Virgilios son tres personajes que comparten (tal vez como rasgo central) el sentirse intelectualmente superiores al resto de la humanidad: una parejita de bloggers más feos que la desesperación, que se conocieron y tuvieron su primer romántico (?) encuentro durante una salida al Malba, y una puanera que sueña con temible, aguerrida ingenuidad tener éxito en la ardua tarea de defender una teoría pantanosa en la que ya se hundieron varios. Colgados de ellos como algas en una red salen en la pesca:
-Un diario de una chica setentista (muerta, no podía ser de otro modo) lo suficientemente idiota para esconder por seguridad el nombre de Mao tras un obvio y cacófono Moo, mientras da datos precisos de correspondencias reales para nombres de guerra, y localizaciones y horarios de operativos. 
-Un chico down calentón (que por supuesto se comporta igual que cualquier hombre calentón).
-Una caricatura de intelectual de izquierda con más pelo que ideas.
-La postal de una cátedra fósil de Puán que se vendería si hubiera gift shop de Filo.
(de hecho, creo que si hubiera gift shop de Filo sería un buen lugar para vender las Teorías)
-Geeks, C.S.P. un hack a Google Earth.
-Un antropólogo devenido cavallero assí feroz de presencia como espantoso de vista, y sus discípulos desertores
-Una parejita de snobs bonitos.
-Escenas de sexo grupal, claro. 
Todo se desarrolla en una prosa muy ágil y entretenida, con un tejido concientemente abigarrado de referencias culturales que funcionan como notas de color (mi favorito, el pececito Yorick), o como señales de tránsito o de humo para ubicar al universitario del siglo XXI y perder al resto de los mortales. Como rasgo de estilo marcado (a modo de tamborcito que toca la tonada de lo salvaje) hay una recurrencia de las analogías con el reino animal y vegetal, muy divertida y pertinente en la voz de la narradora, una muchacha que busca regularidades y proporción áurea en el ser humano, como buena estudiante de humanidades.
En total es una novela muy lograda, la confirmación tal vez de que la estética local vigente (la llamada a falta de mejor término "nueva narrativa", la de los chicos de los setenta, que tal vez podría denominarse cómodamente como hiperrealismo del exceso), aquí y ahora, sólo puede tener resultados óptimos en la caricatura y en una forma particularmente corrosiva de humor. 

domingo, 28 de diciembre de 2008

Pseudoreseñas

Cees Nooteboom - El día de todas las almas


Perdonen la imagen, que contra mi propia imposición a la estética de este blog es una standard. Le presté mi ejemplar a un amigo casi apenas lo terminé, así que no pude sacar una foto propia.
Lo que también me pone en una situación para mí un tanto incómoda, que es la de comentar un texto que no tengo a mano.
De todos modos, hay unas cuantas cosas que quiero y puedo decir.
Es un relato extremadamente bien construido, de esas narraciones prolijas y cuidadas hasta en el más mínimo detalle: las caracterizaciones son impecables, la economía del relato es perfecta, la división en capítulos toma una naturalidad asombrosa y hasta los fragmentos de coro, destinados a un espacio metaliterario que recuerda constantemente el artificio de la ficción, funcionan perfecto, contra todo lo esperable en un recurso así. Por cierto, esa fue una sensación recurrente en la lectura, el pensar "este tipo de recurso normalmente sale mal, es todo lo que uno aborrece en algo escrito por alguien que conoce cierto canon académico y que trata de ser original; y sin embargo acá funciona bárbaro". Uno llega a perdonarle incluso sus actos fallidos de liberalista eurocéntrico. 
Dudé mucho sobre si hablar o no del relato en sí. Es una de esas pocas novelas con las que es casi imposible no crear una suerte de lazo afectivo. Leerla, entrar en el pacto de lectura, significa sufrirla con los personajes, quererlos a todos un poco, a Arthur que arrastra por toda Europa su cámara y sus muertos, a Arno con su cuelgue crónico, a Zenobia con su nube oscura arriba de la cabeza, a Elik que ahoga sus fantasmas en la preparación de una tesis de doctorado... En fin. 
Es, en total, una novela muy disfrutable; vale la pena hacer una vaquita con un amigo (está editada por Siruela, lamentablemente) para leerla, o secuestrarla de la biblioteca de alguno que la tenga.
(Quedo en deuda con Stefan, el amigo que me la regaló hace más bien poco)


Nicolás Saraintaris - Lógica germinal

Esta me llegó hace una semana, por gentileza del autor.
(Esa foto la pude sacar nada más porque me desvelé, son las seis de la mañana y a mi perro a esta hora le puede pasar un camión de Cliba tocando bocina y lleno de huesos a cinco centímetros de su cabecita que no se inmuta)

Vengo de comentar una novela que trabaja desde cierto compromiso emocional. Bien, ésta en ese sentido es su contrario, es sobre todo una novela del desapego. Con un lenguaje obsesivo y reconcentrado en sí mismo, con una motivación de los acontecimientos que más de una vez recuerda el método de composición del Locus Solus de Raymond Roussel, en franca disonancia con un escenario salvajemente burlesco, con un personaje principal mezquino y poco hábil para mantener una imagen coherente de su realidad por mucho tiempo, Lógica Germinal llama a ser leído desde una aséptica distancia humorística. 
A modo de revés absurdo de una novela de Chase, Poroto/Renièr Gaut/Bean es un parásito al que todo parece salirle absurdamente bien en un mundo controlado a base de crímenes atroces pero sin ninguna importancia. El relato se mueve vertiginosamente entre situaciones cómicas que parecen sólo poder llevar al desastre, que buscan despertar el morbo de seguir leyendo para ver qué tan ruidosa va a ser la caída del antihéroe. Y mejor no digo más, que es uno de esos libros que sólo se pueden comentar cabalmente de atrás para adelante. Como toda novela policial que se precie.
Los invito a hacerlo y sacar sus conclusiones propias, entonces, sin que se las de yo masticadas, que es entretenida, se lee rápido y no está publicada por la reina de las editoriales caras como la otra.

domingo, 21 de septiembre de 2008

estas cosas literarias que sólo sirven para acelerar el ciclo de la celulosa

Una mirada rápida a los libros en los que metí la nariz esta semana.





La Historia del Arte, de Gombrich y la Biblia (lecturas para el grupo de estudio en el que estoy) son libros que vengo leyendo hace rato. Y tendré para un tiempo más, todavía.
Esta semana cayó 1 Reyes del Antiguo Testamento en nuestra aproximación laica/literaria a la Biblia. Es un texto muy irregular, con algunos puntos particularmente altos: mis favoritos, la brevísima historia de la doncella Abisag y el rey David con la que empieza, y este fragmento muy sugerente que copio a continuación, una anécdota en la historia de Elías que es de lo mejorcito que leí hasta ahora en las Escrituras:

Entonces se le dijo: "sal fuera y permanece en el monte, esperando a Yavé; pues Yavé va a pasar."
Vino primero un huracán tan violento que hendía los cerros y quebraba las rocas delante de Yavé. Pero Yavé no estaba en el huracán.
Después hubo un terremoto, pero Yavé no estaba en el terremoto.
Después brilló un rayo, pero Yavé no estaba en el rayo.
Y después del rayo se sintió un murmullo de una suave brisa.
Elías al oírlo se tapó la cara con su manto, salió de la cueva y se paró a su entrada.

[1 R. 19, 11-13]


Para los que nunca tuvieron mucha paciencia con los primeros libros de la Biblia, es bastante el problema que se han tomado los redactores con lo que es y lo que hay (detallado hasta el cansancio) como para hacer una enumeración de lo ausente. Menos aún, de Dios ausente. Y de dejar sin decir la presencia divina al final, para sugerirla simplemente en la humilde acción del profeta de cubrirse el rostro, ni hablemos. 
También, a esta altura, Yavé el vengativo, el que destroza enemigos y castiga con maldiciones de varias generaciones hace un oxímoron de efecto muy fuerte en la brisa suave que elige para presentarse, luego de la enumeración de cataclismos climáticos que la precede. 
Me encantaría saber cómo sonaba esto en el original, pero me lo imagino con una cadencia de verso bastante musical.


Con Historia del Arte, nos toca la segunda parte del siglo XIX la semana próxima. Empecé hoy con el capítulo de Gombrich que corresponde (motivo de que esté en mi mesa de la semana), pero todavía no tengo mucho para comentar sobre eso. 



La Gran Matanza de Gatos de Darnton también es una lectura con una finalidad precisa: se supone que prepare una exposición sobre un par de capítulos de ese libro para un seminario interno de la cátedra en la que estoy. Es un trabajo interesante (un intento de trazar una historia cultural de la Francia del XVIII, con un enfoque metodológico muy particular), lo suficiente como para hacerme colgar otras lecturas más urgentes en capítulos que no tengo ninguna obligación de leer. En la semana, o el fin de semana que viene, haré un comentario más extenso, cuando me siente a armar mi exposición y ordene mi lectura con tiempo y calma.



El librito liliputiense es Cosas de Mujeres, de Fogwill. Lo compré en una máquina de cigarrillos redestinada que solía estar en la planta baja del Centro Cultural de la Cooperación. La idea era: uno ponía una monedita de peso, tiraba de una palanquita a elección y caía un librito adentro de una cajita. La cajita tiene el exacto tamaño de la de una de puchos de 20, y el libro adentro es apenas más chico. Yo por entonces (en el marco del último Congreso de Letras) compré nada más este y Las buenas costumbres de Viñas, porque si bien los libritos eran tentadoramente baratos las monedas de un mango no llueven del techo. Ayer comprobé con pena que la máquina no está más, y me quedé con el bolsillo del jean lleno de monedas de uno y de decepción.
Esta semana Cosas de Mujeres fue a parar a uno de los bolsillos de mi campera, en donde entra con total comodidad, y estuvo amenizando colas de supermercado, de banco y viajes por un buen par de días. Nunca había leído nada de Fogwill, y hay que decir que me quedaron ganas de reincidir: los dos cuentos, "Memoria de paso" y "La larga risa de todos estos años" son a su modo maquinarias verbales perfectas desde la primera a la última palabra, de esos de los que se encuentran pocos. 
El primero es una reescritura del Orlando de Virginia Woolf. Ágil y entretenido como no termina de serlo la novela (que a mi gusto por momentos se empantana un poco en una complejidad narrativa innecesaria), Fogwill se permite ya que estamos meterse con cuestiones escabrosas como el hecho de que con tiempo suficiente una persona culta es capaz de pasar por toda clase no sólo de experiencias sino de ideas, alguien que vive lo suficiente tiene oportunidad de ser un poco nazi o algo equivalente alguna que otra vez.
Hacerle justicia al segundo relato con un comentario implica arruinarle la experiencia rara de primera lectura a alguien. Así que me lo guardo.

Y en cuanto a Las Primas, de Aurora Venturini, no termino de saber por qué lo saqué ahora del estante de abajo. Se supone que sería más prudente estar leyendo Robinson Crusoe para el seminario de Vedda, pero por alguna razón interna que no distingo bien no consigo empezar a leer esa historia de naufragio. 

La novela de Venturini, que salió premiada a principio de año en un concurso de novela de Página/12, la compré en su momento en Mar del Plata, pensando en un posible rato de aburrimiento veraniego que finalmente, gracias a un vecino bonito, no llegó nunca. 
Leí hace mucho una reseña un tanto extraña de este libro hecha por un amigo, Juan Manuel, que estaba destinada originalmente para el fallido proyecto Contratapas, y que podría haberme ahorrado trabajo ahora. Pero nunca se publicó, no sé muy bien por qué. Ahora, tantos meses después, caigo en la cuenta de por qué él se había visto en una situación de escritura rara al tratar de reseñar esta novela: es que es una obra que deja al lector un tanto perplejo. 
Lo primero que se me ocurre decir, una pavada del tamaño de Groenlandia, es que se lee muy rápido (me llevó dos días, jueves y viernes, prestándole poco rato y baja concentración). Puedo decir también algo, cansada y con mis lectores (si es que están) aburridos por un post innecesariamente largo, sobre el recurso estilístico central, la narradora con dislalia: Aunque por momentos falla, sobre todo en las supuestas idas al diccionario (¿es que se supone que una chica, por muy dislálica que sea, egresada de Bellas Artes, tiene que buscar términos de pintura en el diccionario? ¿Es que tiene un diccionario mágico en el que buscar palabras para lo que no sabe cómo decir?), está bastante bien y forma un elemento absolutamente necesario en la trama, que para un elemento constructivo así no es poco. Y el relato, la historia de una familia de deformes y deficientes, tiene su atroz encanto. Un encanto un tanto obvio, un tanto nutrido en el golpe bajo constante, que en el resultado final hace preguntarse cómo es que esta novela (que es buena, ciertamente, pero dista de ser excelente) llegó a primer premio por unanimidad. 
Bueno, haría falta saber qué habrán sido las otras.





Y este último se viene perfilando como el próximo delay para Robinson. Lo compré ayer, luego de que una conversación muy agradable con un lector apasionado de Bolaño me diera ganas de volver a leer algo de este chileno. Lo que como cualquiera sabe implica una inversión de dinero bastante grande, los libros de Anagrama no se venden a los mismos precios que las bonitas ediciones de Colihue. Pero la tentación fue grande, así que si vuelvo a un vengo de leer la semana que viene probablemente esté esta colección de cuentos.

Baste por hoy con esto, que ya el post es más largo que lo tolerable.

sábado, 7 de junio de 2008

Deuda vieja

Antes de decidir que tal vez no valiese demasiado la pena continuar con mi tacho de palabras, dejé algunas tareas pendientes. Tal vez no sea mala idea retomarlas ahora, que retomo el espacio como quien encuentra un cuaderno viejo atrás de un mueble.
La primera de ellas, entonces, se la debo al librito de la foto, adquirido hace tiempo en las mesitas que pone Mac Pancho en la vereda de Puan, directamente de su autor, y leído casi de inmediato. No pude encontrar la forma de acercarme a comentar algo sobre este tomito breve enseguida. Al menos no por escrito.
Lo primero para decir es que llamar a esto novela es una provocación. Más allá de cualquier intencionalidad. Presente Gourmet evidentemente es un librito que se escapa por todos los costados posibles de la clasificación: demasiado breve, demasiado falto de ese grado mínimo de unidad necesario, demasiado cerca de lo poético para ser una novela. Cuando, poco después de haberlo leído, la casualidad me llevó a comentarios fragmentarios sobre este texto (la mayoría surgidos de lecturas públicas del mismo SMO, que realmente muestra un empuje envidiable a la hora de autopromocionarse), me sorprendió no encontrar nada al respecto. Sospecho que estamos todos demasiado acostumbrados a las sintomáticas transgresiones genéricas que nos dejó el siglo XX, tanto como para perder de vista cuando las clasificaciones nos empiezan a pedir a gritos que nos paremos a pensarlas de nuevo.
Dejando este punto irresuelto (se le podría robar el término "antilibro" a Richard Zenith, forjado a propósito de mi bienamado Livro do Desassossego, pero tampoco cierra), nos encontramos con un texto que, pensándolo en frío, debería atentar contra la paciencia de casi cualquier lector. No tiene puntos de apoyo, todo en él parece ir contra la corriente: la coherencia se quiebra a cada rato en las ondas de una conciencia mareada, la trama no existe más allá de la posible reconstrucción de una secuencia de pequeños fracasos banales tapados de líquidos y de humo, y hasta las normas gráficas más simples (¿a propósito o no? en todo caso funciona) son objeto de transgresión. Y aún así se sostiene.
Pensándolo bien, no resulta tan raro que de entre los comentarios leídos por ahí lo que suela rescatarse sea el tema, la referencia a cierto ámbito sólo posible antes de Cromañón. Es el único marco posible, el único punto obvio de la obrita: hacer un texto formalmente transgresor sobre un personaje que lo sea de la forma más vulgar y tópica que sea posible pensar, un adolescente tardío que no puede mantener un trabajo por mucho rato, que tiene los métodos de conquista más pedorros (iba a poner varias palabras más académicas, pero ninguna era tan precisa) del universo y que se la pasa buscando maneras de quebrar. Lo otro, ese plus que se forma con la manera de fundir ese tema con un trabajo de lenguaje muy particular y bastante logrado, eso se escapa, elude cualquier intento de poner en palabras algo que realmente le haga justicia.
Ciertamente no terminó siendo uno de mis libros favoritos, pero aún así se mantiene como una lectura interesante.

viernes, 11 de abril de 2008

Sonido de hojas que se arrugan, pero no el de la papelera de reciclaje

Estuve varios días tratando de escribir un post sobre Inolvidables Veladas de Marcelo Cohen, novelita breve que terminé de leer si mal no recuerdo (el tiempo me resulta un tanto amorfo últimamente) a principios de la semana pasada. Todavía tengo la esperanza de poder sentarme con la cabeza bien centrada y escribir algo que se parezca a una reseña al respecto, pero por el momento me rindo. Apenas dejaré asentada mi perplejidad frente a un relato más obvio que película de Hallmark Channel, narrado en un lenguaje pretencioso y con un dejo de moralina posmo (sí, eso también existe, señora), pero que aún así se las arregla para tener momentos sorprendentemente altos, lo suficientemente bien ubicados como para dudar a la hora de decidir si justifican o no todo el resto. O al menos casi.

Por hoy entonces bastará con un post misceláneo, retazos de crónicas desorganizadas.

Como la de ayer, día corto de tan largo, en el que llegué tarde a mi primera salida BAFICI (primera fuera de broma, jamás había ido) y me perdí los primeros cortos de Chacun son Cinéma. Creo que en teoría debí habérmelo perdido completo. Entré a la sala en medio de un caos en el ingreso al cine armado por los que venían a ver la otra película que se iba a proyectar, siguiendo a un tipo que tenía también cara de llegotardeojaláquenohayaempezadoahorario. Una empleada nos pescó, nos miró con algo de lástima y nos urgió: “Entren rápido que no los vieron”. En mi despiste, necesité que me lo dijera dos veces.

Por lo menos valió en algo la corrida. Un par de cortos estuvieron realmente buenos. Una pena el cine (se trata del Atlas Santa Fe, lamentablemente todas las películas que voy a ver las saqué ahí), que tenía un problemita con el proyector (la parte de arriba de la imagen se salía de foco, especialmente si se trataba de planos muy luminosos), y un operador medio dormido que no se daba cuenta cuando los subtítulos en español se tildaban (lo que era a cada rato), con el subsiguiente rechifle general de la pobre gente que no podía seguir los subtítulos en francés que, esos sí, estuvieron ahí todo el tiempo.

También podría decir algo de hoy, uno de esos pocos días del año en los que resulta más cómodo leer en las mesas de afuera de MacPancho que quedarse adentro de cualquiera de los bares que nos viven todos los días. Podría contar que se acercó un muchacho que debe rascar apenas la mayoría de edad, con un pilón de copias de su novelita editada a pulmón. Todavía no me explico por qué gasté $15 en comprársela. Supongo que en parte fue el hecho de encontrar que al menos el primer tramo que llegué a leer (tenía la estrategia de prestarlos un rato para que uno decidiera) daba muestras de estar por lo menos algo mejor escrito que algún que otro bodrio (¿)narrativo(?) incluido en alguna antología muy irregular de cuyo nombre no quiero acordarme. O tal vez habrá sido la combinación de eso con las faltas de ortografía desperdigadas por el texto, todavía no termino de saber si como recurso conciente, como marca de soberbia (aquello de pero lo que yo escribí no lo toca nadie, ni el corrector de Word (lo que como en la última entrada se comprobó puede ser hasta contraproducente, admitámoslo)) o, simplemente, por mera falta de recursos. El librete trae el mail del responsable, así que supongo que cuando le dedique un rato y lo termine le preguntaré. Pero en todo caso, la ortografía caótica (insisto, hasta mi alumnado de polimodal pesca bien rápido la mnemotécnica infalible que hace imposible equivocarse y escribir “envergadura” con “mb” en lugar de con "nv") y lo llevadero del texto formaban una yunta despareja que merecía leerse. Al menos en apariencia. Tal vez fue sólo que cobré ayer, y como estoy dulce es más fácil que un escritor novel que se gastó en tratar de publicar algo me de un poco más de pena. No sé.

Por lo pronto aquello de que no sé administrar mis gastos, especialmente si me ponen hojas impresas y encuadernadas con algún atractivo mínimo enfrente, es cierto. Ya a la vuelta del cine pasé por Parque Rivadavia con intenciones de no comprarme nada, y me volví con Samuel Beckett, las huellas en el vacío de Lucas Margarit (con ese tengo excusa, se supone que debo una monografía beckettiana todavía) y con Lo Sagrado y lo Profano de Mircea Elíade, que vaya uno a saber cuándo me va a dar el tiempo para leerlo.

Si sigo tirando palabras al tacho, seguro que no va a ser hoy.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

De vuelta de un primer viaje a Tierras Fértiles

No hay caso, soy de la vieja escuela y prefiero mil veces el procesador de texto a la pantallita de Blogger, que me pone sumamente nerviosa. Aparte, Word permite esto de escribir por partes, guardar y tener las cosas a mano después.

Pero eso es nada más un paréntesis técnico.

La idea era sentarme con los cinco minutos que tengo antes de la cena (ahora cocina mi vieja, a mí me tocó al mediodía) para empezar, de una vez, mi comentario sobre Los Días del Venado de Liliana Bodoc, ahora que me dio el tiempo para leerlo. Lo terminaré más tarde, cuando me de el tiempo.

Lo primero que habría que decir es que es una lectura ideal para cabezas cansadas. Una prosa fluida, con una música extraña de verso traducido, que se deja leer como un arrullo de abuela.

Es que tal vez el principal mérito del estilo de Bodoc es el de convencer al lector, precisamente, de que está leyendo una traducción de algo que en otra lengua debió ser verso. Como solución para un fantasy es excelente: lleva a lo formal la distancia, la diferencia con la cultura narrada. El orden extraño de las palabras y el uso metafórico-mágico del lenguaje nos insisten tanto (pero con tanta naturalidad) en que estamos leyendo un poema de Tierras Fértiles en un mal adaptado castellano, que el efecto se logra. El lector puede entrar en el juego de pensar que escucha a través de un filtro palabras de una lengua que no existió nunca. A modo de ejemplo (y tratando de sacar lo que pueda develar demasiado de la trama):

“El viento llegó con ganas de jugar. Se puso a buscar trenzas que destrenzar y túnicas que sacudir, pero no las encontró. Las aldeas estaban desiertas: no había niños enhebrando caracoles ni mujeres limpiando pescado. Entonces el viento decidió colarse por entre las cortinas de soga. Adentro halló trenzas muertas y túnicas muertas tendidas en hamacas que apenas se mecieron con su entrada. Espantado se puso en camino a Beleram con la triste noticia. Y aunque partió de prisa, nunca llegó adonde quería porque antes un viento que no era de por allí ocupó su camino y lo deshizo en hilachas.”

El lector entra como buen receptor del siglo XXI en el ritmo de la metáfora triste del viento que se pasea por la matanza, y sólo después se acuerda de que el viento no tiene por qué tener menos personalidad que los pájaros, en la concepción animista general del lenguaje de la obra. Solamente en un tercer momento de lucidez podrá caer en la cuenta de lo difícil que se hace lograr eso escribiendo prosa prácticamente en el siglo XXI, y para más hacer que no suene a uno de tantos intentos fallidos de escribir algo que se parezca a una traducción de haiku.

De la obvia reelaboración pesadillesca de la conquista de América se podría hablar largo y tendido. Con la misma facilidad con la que se la podría defender también sería posible defenestrarla. Yo, que no quiero sino hacer un comentario, que disfruté mucho el libro y que no me decido, prefiero callarme. Solamente voy a abrir la boca (la luz del monitor, en realidad) para decir que a cada fantasy que leo me resulta más difícil tragar la evidente polaridad simplista, maniquea, en la que los malos son tan terriblemente malos y los héroes, tan obvia e irreductiblemente buenos. La franja de los personajes miserables (Kume, Bor, Molitzmós) no compensa. Y que Misáianes sea el Odio Eterno, hijo de la Muerte, es demasiado. Creo que hay efectos dramáticos y problemas narrativos que podrían llegar a funcionar con efecto doble si las cosas no fueran tan claras.

Lord of the Rings tiene un solo ejemplo, una ínfima semilla de lo que esto podría ser. Se trata, si usted, lector de blogs ignotos con paciencia para acompañarme hasta acá, por casualidad lo recuerda, de aquella escena en donde los hobbits, escondidos, presencian una batalla entre hombres y avistan olifantes por primera vez en sus vidas. Los hombres matan a los hombres, no hay buenos y malos, sólo debilidad y cansancio.

Hablando de cansancio, es hora de cerrar este post, que en Word ya pasó a segunda página.

jueves, 23 de agosto de 2007

Mesa de saldos

Me encantaría saber quién metió éste en una colección de novelas históricas. A veces se me da por imaginarme un editor con un par de dedos de frente, aceptándola a título de chiste privado, y otras me imagino a Manolito de grande considerando que título de novela histórica + una cuota de inocultado feminismo = unos euritos pa'l bolsillo.
En todo caso ya no importa, lo que queda es que lo publicaron, que por alguna serie oscura de motivos buena parte de esa colección hecha para un diario español terminó en nuestras costas, que a la librería Los Cachorros (actualmente les queda una sola sede porteña, en Díaz Vélez al 5000, ahí nomás de Parque Centenario) se le inundó un depósito y que la secuencia de todas esas causalidades absurdas hicieron que Casandra de Christa Wolf esté ahí, en varios ejemplares con vestigios de vieja humedad, a cuatro pesos. La mesa, por causa de ese mítico diluvio, suele presentar cosas más que comprables (alguna vez hubo buena parte de la obra de Proust al mismo precio), pero eso es una historia aparte.
Volviendo al libro de Christa Wolf, que leí hace bastante poco, se trata de una suerte de Ilíada feminista, un canto quejoso a los espacios privados para el que basta como muestra el botón de la aparición constante de referencias a la diosa Cibeles esparcidas por todo el texto. Pese a todo esto, resulta un libro interesante, una escritura que consigue mantener su buen efecto de tensión en un relato que no cuenta con la facilidad de la sorpresa (todos sabemos cómo termina Troya, qué le pasa a Agamenón con Clitemnestra, etcétera) más que en el escasísimo margen de posibilidades de variación que permite el cambio de género y de punto de vista. Es una novelita decente, que se lee bastante rápido, y por la que vale la pena gastarse esos cuatro mangos.

jueves, 16 de agosto de 2007

Be to her virtues very kind. Be to her faults a little blind.



"Thermidor, ¿a qué les suena? ¿Les suena a algo, aparte del vino"
(Frase de profesor en primer práctico, grado de desesperación medido en escala de Richter: 3)


Lo mismo que a Mariano, Literatura del Siglo XIX me amaneció con un (saludable) baldazo de revolución francesa fría por la cabeza. Baldazo que en un beneficio totalmente lateral me dio ganas de releer esta perlita de Sandman, de Neil Gaiman, ubicada por aquellos días, allá cerquita de ese nueve de Thermidor del que entre otras cosas se habló hoy.
El que tenga ganas de acompañarme en la relectura, haciendo click en la imagen del post pueden leerlo de la máquina. En colección de archivos de imagen y en inglés, pero bueno, es lo que hay.

martes, 24 de julio de 2007

Deathly Hallows - Post Harry Potter


Para cuando salga la traducción ya los retorcedores de Salamandra se habrán inventado un título alternativo como "Harry Potter y el duelo de la muerte", o alguna cosa por el estilo, con el mismo criterio con el que tradujeron "Half-Blood Prince" como "El misterio del príncipe". Para quienes no leen en inglés, luego de leer el texto, un título aceptable sería Harry Potter y los talismanes de la muerte. Suena mejor en gringo, sep. Pero no tenemos una palabra coherente para traducir "hallows".
Pero esto es un post de comentario. Si a Ud. benemérito lector de blogs ignotos, le gustan las sorpresas y tiene pensado leer Harry Potter hasta su séptima entrega (y todavía no lo hizo, se entiende), sería prudente que se detenga acá. Ya dije en otra oportunidad que no me gusta contarle el final de los libros con suspenso a nadie, pero me siento un poco en obligación (conmigo misma) de comentar este libro, y es imposible hacerlo sin hablar de más.
Me es un poco difícil digerir este libro. Todavía. Miré muchas veces la cámara de fotos con la que pensaba fotografiar mi bonito ejemplar (editado por Scholastic, en la foto se lo ve sin la sobrecubierta dibujada, que como es una primera edición todavía no decidí si tirarla como de costumbre o si guardarla) para postear un comentario, y no me decidía. No sabía cómo verbalizar lo que tenía para decir. Y es una sensación persistente, desde el momento en que cerré el libro ayer a la tarde hasta ahora que escribo esto como mejor me sale.
Voy a tratar de ir por partes.
En lo formal, es un libro infinitamente más descuidado que los demás. Supongo que se debe al aceleramiento de la trama, y a que es un libro narrado en un tono más grave, más dramático que los otros: Rowling se mueve con más comodidad en el humor, ahí el lenguaje le fluye de otra manera y salen cosas realmente brillantes. En este libro la trama "seria" (la caza de los horcruxes, y el duelo con Voldemort) casi aplasta lo lúdico que rescata tan bien a los otros seis.
En algo que quedaría ensanguchado en el medio de la división entre forma y contenido, es una novela repleta de golpes de trama. Y en donde viene el climax, ahí aparece algún personaje llorando, y embarra el efecto. Las lágrimas, que le funcionaron tan bien cuando las supo administrar (las de culpa de Dumbledore en Order of the Phoenix, mientras Harry furioso le descuajeringaba la oficina, por ejemplo) acá se convierten en impedimentos. Está bien, uno entiende que todos los integrantes remanentes de la Orden del Fénix y el DA pasan toda la novela en crisis nerviosa, escondidos, presos y eventualmente torturados, pero hay algo ahí que no funciona. El libro se moja demasiado. Hay momentos que hubieran funcionado veinticinco millones de veces con un silencio significativo, o con algún objeto volador sin necesidad de encantamientos.
La trama, está bien. Era lo esperable. Cierra. El único pecado que comete es que termina demasiado bien. No le perdono la redención de Percy Weasley, ni la forma en la que muere Voldemort (cercana al suicidio involuntario, claro), ni la esperable retomada del romance entre Harry y la pelirroja menor. Y el epílogo era totalmente prescindible. Demasiada afirmación de la familia como valor. Uno de los encantos de esta serie era su constante denuncia de todo lo que puede salir mal, una sátira constante de la realidad en clave humorística que podía mover en el lector al reconocimiento de su propia realidad.
Hay que decir que la forma en la que retrató la organización de los Death Eaters (los seguidores de Voldemort), su golpe de estado y su mecanismo de censura y persecución es un verdadero logro. Por estos lados produce más de un déjà vu.
Y puede pensarse, de todas maneras, que el último "all was well" con su dejo de duda (la mano sobre la cicatriz, todavía), de todos modos, redime un poco al resto. Hay algo que recuerda a la felicidad relativa de Candide en el final de la obra homónima de Voltaire. Hay un silenciamiento de elementos entre el final y el epílogo (se cuentan las soluciones provisorias para los problemas de fondo, no en qué dieron después) que deja que un lector adulto con dos dedos de frente que tenga en cuenta el resto de lo que pasó en el libro y la serie se pregunte si esa reclusión en lo íntimo no será sino una forma de perder las esperanzas sobre el resto. La frase que cierra la batalla final, pronunciada por Harry, que luego de que le han asesinado amigos y de que ha escapado a la muerte por un pelo sólo puede pensar en una cama cómoda en la torre Gryffindor, y en la posibilidad de un buen sandwich, deja algo de esto: "I've had enough trouble for a lifetime".
En total, mi nena interior está contenta de que terminó, y de que el núcleo chico de personajes (Harry, Ron, Hermione, Ginny) salió para contarlo.
La adulta tiene motivos de queja, pero guarda el libro con cariño, y lo defiende un poco, como se defiende a un amigo que podría haber hecho las cosas mejor.

martes, 3 de julio de 2007

Matheson

Una de las ventajas de estar con gripe (por supuesto que tiene sus ventajas, pese a que este mes vaya a cobrar dos mangos en el laburo, y a que el mes que viene voy a tener que ver de qué me disfrazo, porque aparte mango que pongo en el bolsillo me lo gasto) y de haber tomado la (nada) difícil decisión de no dar finales estas vacaciones, es el tiempo para dedicarse a la ficción. Dos películas y un libro en un solo día, sin cargos de conciencia ni parientes reclamando por todo lo que tendría que haber hecho por la higiene de la casa y no hice.
Lo más digno de mención del grupo fue la novelita, cuya tapa se muestra en la imagen que acompaña a la presente entrada. Remanente de mi visita a la pasada Feria del Libro.
Saqué el tomito de mi estante de abajo, ya con una idea de lo que me esperaba. Es un libro que llegó ahí bastante debido a la recomendación de alguien que me contó en tres palabras de qué se trataba (si puedo prescindir de leer la contratapa hasta bien avanzado el libro lo prefiero): un hombre solo y perseguido en un mundo de vampiros. Bien, el resumen de la trama no sonaba para mucho más que un episodio de la Dimensión Desconocida (con todo el respeto que esa benemérita serie me merece), y en parte lo elegí porque la idea era leer algo que no me demandara tener un lápiz a mano. Página 25 (la edición arranca la narración en la 9):
"Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran sólo un párrafo en la Enciclopedia Británica o materia prima para escritores o películas de segunda clase. Una débil leyenda que había pasado de siglo en siglo.
Bueno, era cierto"

A levantarse, a buscar ese lápiz.
Ese parrafito (más adelante lo iría confirmando) condensa el tono general de la obra. Un hombre solo, rubicundo, cuarentón y fuerte, que escucha sinfonías, asalta bibliotecas desiertas y se dedica a la experimentación con microscopio incluido, contra un mundo que le es totalmente ajeno. Un ser humano que de simple trabajador un poco dependiente de su mujer se va enquistando mental y espacialmente, hasta convertir su casa en un templo de los estereotipos de los sueños modernos: se dedica a todas aquellas grandes obras de cultura que supuestamente habrían de cambiar el mundo (asesinatos incluidos, está el eco de la Segunda Guerra ahí, perfeccionar las armas, espiar al enemigo, percibirlo como esencialmente distinto, física y mentalmente, si está infectado hay que matarlo aunque esté vivo) para convertirse en un ser brutal, sin palabras, con mucho conocimiento técnico, con mucha desconfianza, con muy pocas esperanzas. Un asesino con el que un lector atento se asusta de simpatizar. Porque no queda otra opción, es parte del pacto de lectura, parte del efecto que un narrador en indirecto libre (no pude cotejar con el original, pero todo parece indicar que es una traducción decente) constante y muy bien logrado tiende a producir.
Ganas de decir algo sobre las últimas escenas, más que comentables, no me faltan. Pero no me gusta que me arruinen las sorpresas, ni me gusta arruinárselas a otros.
Ah, eso sí, si se tientan con la edición fotografiada, de Minotauro, y aprecian una lectura en progresión, que se va desenrollando a medida que pasan las páginas (este librito se la merece), no se les ocurra leer la contratapa.