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viernes, 12 de febrero de 2010

Balance anual

Mucha ropa nueva, una renuncia laboral kamikaze, unos cuantos libros leídos, unos cuantos más comprados o recibidos, cuatro estantes más para mi biblioteca, una ponencia, un viaje a Neuquén y otro a Córdoba, un par de canciones, dos recitales, un par de amigos nuevos, modificaciones de términos con un par de amigos viejos (algunas muy buenas, otras no tanto), un proyecto de beca rechazado, un título de licenciada en letras, unas clases en la cárcel, unos cuantos kilos menos, un par de hombres que no me supieron querer, poco avance con mi novela, un poquitito de alemán y alguna mejora no muy significativa en mi francés, un cambio de sistema operativo, una cantidad no demasiado desdeñable de discos escuchados, algunas películas, una sobredosis de vampiros, un par de posts en este blog, no mucho más

no volveré a tener 26 años,

en cierto modo es un alivio.

lunes, 15 de junio de 2009

En pedazos

Si hay una imagen capaz de evocar la sensación que me produce el proceso de redacción de una monografía, esa es la de un juguete que tuve en mi infancia noventosa: la Despelota.
El planteo de una pre-hipótesis, entonces, vendría a ser equivalente al momento de adquirirla: armadita, una bolita de colores, perfecta y sólida bajo la irrealidad del plástico que la protegió en todo su camino hasta las manos de quien se atreve con ella. Hermosa y coherente en su aparente simpleza, más sólida y más cerrada que un rompecabezas cualunque y menos amenazante que un cubo mágico.
Entonces, un buen día, uno se compra la hipótesis-despelota, se la lleva a su casa y la desempaca. Y la coherencia se deshace en gajos de colores. Es la perplejidad desesperante del proceso previo a la redacción: ¿qué se supone que haga con todo eso? ¿No se me habrá caído algo abajo de la cama, no? O también, ¿no sobran piezas acá? Uno mira, mira, manipula las piezas que de golpe se convierten en seis enemigos, parece que a la bolita bonita de la juguetería uno no la va a ver nunca más, y hasta surge la fantasía de tirar todos esos pedazos de porquería a la basura, pero a falta de mejores juguetes uno sigue, insiste, piensa, mira y remira, prueba algunas piecitas juntas que se desarman entre los dedos sin durar más de dos segundos puestas.
Así, por ejemplo, la correspondencia Beckett-Schneider es un hermoso gajito verde, que se balancea al lado de los comentarios blancos de Billie Whitelaw, cruzados descuidadamente con la alegría negra de la directora JoAnne Akalaitis porque el viejo se había muerto y eso le mejoraba las chances de volver a conseguir permiso para representar una de sus obras. Y al lado, un par de artículos variopintos, el rango que va desde una hermenéutica bien enrojecida a comentarios azulados por falta de aire en el cerebro.
Y entonces uno sabe que comienza a tratar de armarla, pero vaya a saber cuándo se podrá estar en condiciones de volver a ver la bolita entera, y seguro que no va a quedar con la misma disposición de colores que tenía en el embalaje, pero no importa, ¡mientras se sostenga! Pero se resiste, se resiste.
Y encima uno sabe bien también que el día que la termine, con un poco de suerte, va a rodar y a parecer sólida de vuelta. Hasta que alguien la deje caer al piso.
O hasta que el movimiento normal del olvido al que uno la mande la desarme, y dos o tres años después uno se quede mirando, perplejo, los cinco pedacitos de pelota en el fondo de una caja y se pregunte cómo se sostuvo eso alguna vez, y adónde cuernos habrá ido a parar el gajo amarillo que no aparece por ninguna parte.

sábado, 14 de marzo de 2009

Mirá lo que encontré


Se me vienen varias imágenes a la cabeza. Algunas de mi hermana, que fue quien compró este cassette a principios de los 90. Tal vez la más tierna del montón sea la de ella enseñándome con toda la paciencia del mundo acordes básicos en la guitarra, mediante canciones de Roxette. De este album, me acuerdo de lo difícil que podía resultarme a los 12 "Watercolours in the rain", aún con la guitarra criolla para liliputienses que ella me prestaba.
Otras tienen que ver con el formato. Recuerdos de mi escuela secundaria, a fines de la década, cuando todavía la forma más extendida de música portátil era el walkman. Como las pilas eran caras teníamos en el curso a una rebobinadora profesional: mi amiga Angie, que parecía encontrar particularmente descargante ocupar la mano en rebobinar o avanzar cassettes con una birome bic. Yo no podía, siempre trababa las cintas, no pregunten cómo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Veinte mil leguas de viaje en el tiempo

De chica solía gustarme mucho Verne. A los diez años mi estante (guardaba mis pocos libros aparte de los del resto de la familia) contaba con una buena cantidad de ellos, de los cuales algunos estaban en esta colección. Recuerdo haber escuchado y leído unas mil veces Viaje al centro de la Tierra (el único que conservé cuando, allá lejos y hace tiempo, por circunstancias largas de explicar, tuve que desprenderme de casi todos mis libros), con la hermosa gracia de ser una historia imposible, ciencia ficción clausurada en un univrso paralelo que no ocurrirá ya nunca.
También gasté Escuela de Robinsones, que fue la primera novela que leí sola, y que debo haber releído unas tres o cuatro veces (mucho para una nena) hasta el día en que el ovejero alemán que tenía por entonces afiló los dientitos de cachorro en el tomito de Biblioteca Billiken y no quedó mucho de él. Ese me da un poco de miedo retomarlo de adulta, me gusta demasiado en el recuerdo y sé que lo más probable es que me espere una decepción.
También habitaron mi estante y mis noches de infancia Un capitán de quince años, Dos años de vacaciones, Cinco semanas en globo (cuantos números en los títulos, recién en este catálogo de naves lo noto), y de la colección del de la foto El país de las Pieles, El testamento de un Extravagante y Los hijos del capitán Grant.
Volver a leer por primera vez una novela de Verne resulta, entonces, casi un regreso al pasado personal, al recuerdo agridulce de una experiencia estética que ya sólo puede ser el fantasma de sí misma. Puedo recordar mi regocijo ante las descripciones de barcos, paisajes y artefactos extraños, la curiosidad de una nena que tenía una afición especial por desarmar las radios y por poner cualquier cosa en el portaobjetos de su modesto microscopio. Pero esa puerta se cerró, y entonces las descripciones se hacen un tanto pesadas, artificiosas, pedantes, definitivamente lejos de lo que yo elegiría hoy para leer algo pasatista.
Hablando de eso, y en sintonía con el seminario de Vedda, en tren de completar mi colección vampírica de Anne Rice fui a buscar Pandora, comprado por internet. Es lo que pienso trabajar para la monografía cuando termine, una elaboración sobre interrogantes ya expresados anteriormente de manera muy rudimentaria en este blog acerca del curso que han ido tomando los monstruos en la ficción trivial.

domingo, 17 de febrero de 2008

1974

Se puede crecer con una canción sonando al lado y no prestarle jamás atención a la letra. Sobre todo, claro, si el disco (sí, disco, una cosa negra más grande que un plato con surcos que se guarda en un sobre de cartón) se perdió unos años antes de adquirir la competencia en lengua inglesa necesaria para hacerlo.

Este post viene, entonces, algunos años retrasado. O señala, más bien, el momento en el que la canción vino particularmente bien. Es de Paul Williams, se llama "Special to me", está en el soundtrack de Phantom of the Paradise y no me acuerdo de quién la canta, caramba.




Caught up in your wheelin' dealin' you've got no time left for simple feelin'
I thought I knew you but I didn't know you at all
Trapped inside your world of worry you miss so much when you always hurry
Well slow down baby you'll only get hurt if you fall

Well you told me one time that you'd be somebody
That you weren't workin' just to survive
But you're workin' so hard that you don't even know you're alive
Workin' so hard to be somebody special not working just to survive
Well you're special to me babe but what I don't see babe is
Where you go once you arrive
Where we go once we arrive

Damn all evil that takes possession until your pipe dreams become obsessions
They scare me baby and we should have nothing to fear
I'm no child but I can't help wonder it seems like some kind of spell you're under
You're listnin' baby but somehow you don't really hear

Well you told me one time that you'd be somebody
That you weren't workin' just to survive
But you're workin' so hard that you don't even know you're alive
Workin' so hard to be somebody special not working just to survive
Well you're special to me babe but what I don't see babe is
Where you go once you arrive
Where we go once we arrive

domingo, 16 de diciembre de 2007

Retazos de sonidos que vuelven

Era verano, era Valeria del Mar a principios de los noventa, era el único lugar público abierto en un par de kilómetros a la redonda, era la hora en la que apagaban las máquinas de videojuegos y no se podía jugar más al WonderBoy mientras los adultos jugaban al pool o al billar (a los siete años esos juegos tienden a ser increíblemente indiscernibles, pero juraría que había agujeros en la mesa), era la noche más cargada de mosquitos, bichos bolita y caracoles que de gente, y entonces la familia entera bajaba al salón de reuniones o como se llame (ahora lo llamarían un SUM público) y una banda bastante decente se ponía a tocar covers setentosos para alegría de los padres y embole de los niños. Entre largas secuencias de canciones irrecordables y probablemente más conocidas que la ruda, entonces, sale una flauta traversa de alguna caja y suena una secuencia que me quedó grabada que ni tecnología digital en la cabeza.
Muchos años después supe que era de Jethro Tull, no más datos. Siempre me pregunto cuándo se avivará algún gil con conocimientos de música de armar un buscador con una base de midis en donde uno pueda entrar una secuencia de música (usando una partitura, o con un interfaz que convierta el teclado por un momento en un instrumento musical muy básico) y te identifique a qué canciones puede pertenecer. Si supiese lo suficiente de computadoras y de trampas leguleyas para armarlo supongo que sería una idea capaz de reportarme algún beneficio monetario, pero bueno, no me da el cuero. Y la falta de ese buscador utópico siempre hizo que esta secuencia de Jethro pasase (uy dios, casi uso la doble ese portuguesa, realmente tengo que admitir que el mate me afecta la cabeza) años, muchos años sin poder ser ubicada.
Hoy la encontré. No hace mucho alguien me pidió ayuda con un tema de la banda y me hizo acordar de que nunca había bajado nada de ellos. Bajé una discografía para chusmear. La secuencia en mi cabeza era Bouree, refrito de Bach según la banda. Estoy segura de que la mayor parte de la gente sabe de qué tema se trata. Para los que no lo ubiquen de nombre, seguro lo pueden reconocer escuchándolo:




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Aparte, noto que me estoy poniendo particularmente dada a relatos de recuerdos viejos, secciones dadas a algo parecido a la nostalgia. Disculpas a mis tres o cuatro gatos locos lectores, es un efecto colateral de una sobredosis de Giacomo Leopardi.