sábado, 13 de diciembre de 2008

Neitherland




Puerto Madero - Esta tarde

martes, 9 de diciembre de 2008

Meet the Flintstones

Y estos son los despojos de la era cassette. Los originales son antiguos (y alguna vez ajenos, yo era de las condenadas al truchaje a doble cassettera o, en tiempos más modernos, desde cd), y la enorme cantidad de tdks y afines es más bien moderna. Algunos de esos son apenas anteriores a mi paso a la era del mp3.
El grabadorcito lo compré en 2002, para que un amigo me grabara las clases de Panesi cuando no podía ir. Que era lo normal, yo cursaba el profesorado de portugués en ese horario. Lo usé poquito desde entonces. Creo que, de hecho, tengo todavía alguna vieja clase fósil de Delfina Muschietti por ahí.
Entrar en ese cajón implica, además de una lucha cuerpo a cuerpo con un ejército de ácaros y otras ínfimas alimañas, y de paso reencontrarse con algunos gustos antiguos. Era la época en la que no tener plata para comprar música significaba necesariamente depender de convencer a mi hermana de que quería adquirir (o bajar, el último tiempo, en un momento en el que un download llevaba como una semana) lo que yo tenía ganas de escuchar, o en su defecto conseguir préstamos y grabaciones de amigos. Estrategias que no siempre funcionaban, con lo cual las posibilidades de ampliar la colección musical eran ínfimas, y ni hablar de salirse de lo estrictamente mainstream.
Mientras escucho una selección de temas chica, las 18 horas y pico que ocupan mis canciones favoritas de entre las que tengo en el disco duro (la última vez que abrí la lista general eran unas increíbles 260 horas), vuelvo a preguntarme otra vez por qué no tiro todas esas cintas. Miro. Le saco una foto al cajoncito para el blog. Vuelvo a mirar. Ni siquiera tengo en donde escucharlos, ese walkman anda pésimo, se traba, engancha, patina. Y la cassettera de mi equipo de música murió hace mucho. Queda un pasacassette chico, mono, con un sonido deplorable, que creo que está en el departamento de mi hermana, para dar clases de inglés. Que alguna vez guardé para llevar música a otras partes, pero la verdad que se escucha bastante peor que mi mp3 conectado a los parlantes viejos de mi PC.
Vuelvo a mirar.
Ordenaditos, calladitos, cargados de polvo, menguando lentamente cada vez que algún amigo de mi vieja con pasacassette en el auto se lleva algo.
Cierro el cajón.

domingo, 7 de diciembre de 2008

en alguna de estas veredas
encontrar
ese manojo de llaves
que perdiste anoche en sueños

viernes, 5 de diciembre de 2008

jueves, 4 de diciembre de 2008

Tal vez sean demasiados los escritores mediocres que devienen poetas porque es más sencillo esconder en verso una atroz falta de sentido del humor.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Random facts

Facebook puede acostumbrarte peligrosamente a hablar en tercera persona.


Si a eso le sumamos que me gusta pensar en voz alta...

Hoy me terminé de dar cuenta de que se puede extrañar sobremanera a alguien a quien no se ha visto nunca.

No veo la hora de tener una semana completamente ociosa para terminar mi novela. 

No veo la hora de recibirme.

Esta semana sentí la necesidad imperiosa de volver a escribir poesía. Hace mucho que no me pasaba.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Ver doble

Dos obras de teatro en dos días. Debe ser la primera vez en mi vida que hago eso. No recuerdo siquiera haber ido dos días seguidos al cine jamás. No sé por qué, pero normalmente elijo dejar pasar algún tiempo para digerir espectáculos audiovisuales.

Con los libros no me pasa, si termino de leer algo que realmente me haya hecho mudar de realidad por un buen rato enseguida siento la necesidad imperiosa de pasar a otra cosa, de ser posible lejana a la experiencia estética de la que vengo. Tal vez sea por eso que mi cultura libresca excede ampliamente a la dramática y a la cinematográfica, que rondan lo paupérrimo.

Pero esta semana ya había arreglado para ver 4.48 Psicosis de Sarah Kane el sábado cuando me llegó la noticia de que tenía dos entradas gratis para ir a ver Destino de dos cosas o de tres de Spregelburd el viernes. Y decidí tomarme esas dos pausas en un par de días de mucho trabajo, un poco para no enloquecer y otro mucho porque tenía ganas.

Es tarde y tengo sueño y necesidad de dormir y de levantarme mañana y de corregir montañas y montañas y montañas de trabajos de mis alumnos del colegio y eso hace que no pueda sentarme un buen rato y escribir y escribir y repensar lo visto para volcarlo en este espacio. Seré breve. Tendré que dejar apenas retazos. Hilachas de comentarios. Fragmentos de una entrada más larga condenada a no existir.

Igual, no importa mucho, se ha escrito más que suficiente sobre ambas puestas.

Acerca de Destino de dos cosas o de tres, es una puesta bastante pasable con algunos puntos altos, de una obra más bien irregular.

Pese a lo que puede parecer por las fotos que circulan por ahí, todas ellas arruinadas por un flash maligno, las decisiones de escenografía, vestuario y luces forman una combinación muy armónica, decididamente bonita. Acompaña muy bien el carácter absurdo-naïf del texto, que mezcla elementos claramente tomados de Ionesco (en el manejo del lenguaje) y de Genet (hasta en la sopa) con una resolución un tanto conciliadora. Y me detengo ahí porque no, señores, mejor no contarles cómo termina. Lo que es una macana, la verdad: todo lo que me queda para decir sobre el texto requeriría que me base en el final y vuelva hacia atrás. Suele pasar.

De las actuaciones, un poco desprolijas al comienzo (el texto no ayuda, también es un hueso duro al principio). En palabras de mi amigo Marcelo, que la fue a ver conmigo, durante los primeros diálogos más bien daba la sensación de que tiraban texto. Pero van repuntando sobre la marcha (sobre todo en el caso de Yazmín Schmidt). De los tres, el que se luce es Karamanian, el que hace de Dueño.

Igual, definitivamente me había gustado mucho más Acassusso.

Y me queda decir algo sobre 4.48 Psicosis.

Nunca había visto ni leído nada de Sarah Kane. Ni tenía mucha información sobre ella, más allá de algunos lineamientos estéticos. Creo que hubiese preferido no enterarme en la cola de entrada de que se mató, es el tipo de cosas que después cuesta dejar afuera en una obra como esta. Precisamente sobre una suicida.

Se trata de una obra un tanto complicada. Algo que pasa con Beckett a menudo, la densidad del texto pide a gritos una lectura, la posibilidad de volver sobre una frase a la que en una puesta se hace imposible volver, porque sale corriendo de escena atropellada por una horda de palabras que a veces parecen atacarse entre sí, y otras veces dejan ver sólo por un momento algún que otro puente de sentido que no termina de dar el tiempo para cerrar.

La actuación de Leonor Manso, impresionante.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Archivo

Una cuota de azar me dejó en una carpeta de escritos que copié alguna vez a esta máquina cuando salvé archivos del disco rígido de mi vieja 486. Lo que sigue son algunos de los espectros que salieron de esa cripta.
El más nuevo de estos poemas tiene al menos dos años. El más viejo, no sé, tal vez unos cinco. Ninguno de ellos es muy alegre que digamos.


Dame la mano.

Hace frío y llueve, ¿sabés?, no tengo más que esta mano.

Hay puentes que cuelgan solemnemente del vacío,

bien sujetos del predicado. No los mires, dame la mano.

Hay una ausencia ladrando su advertencia de cancerbero. No la mires, y dame la mano.

Que no te confundan las cicatrices que me han tallado las gitanas.

Soy el vacío concentrado en una mano. Y tengo frío.

Dame la mano. Dámela apenas porque es la única estrategia

para no disolverme y ser ojos y ser tiempo y ser eco de mí misma.

No me dejes ser yo

cuando me miro en el fondo de los espejos.


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Nocturno con ruidos


Las ratas.

Son las ratas.

Las ratas y sus ojitos lastimosos.

Las ratas de dientes cansados.

Rascan la puerta, ratas.

Andan por los techos, tan ratas.

Hay sonido de patitas en las alacenas del hambre.

Ratas. Ratas por todas partes.

Ratas haciendo equilibrio en el borde de la copa que contiene todos los infiernos.

Ratas cubriendo la luz que queda.

Ratas trepándose al sol, que hiede a inmensa rata quemada y no brilla.

Yo, apenas insecto,

no tengo párpados que cerrar,

ínfima e infinita en una esquina

de una casa con ratas,

muchas, muchísimas ratas.

Están mirándome con sus ojos chiquitos,

con sus pupilitas rojas de rata.

Se comieron la claridad, y no puedo moverme.


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La bruja



Suelta entre las nubes y el piso

leoneo desdentadamente entre dementes

tanteando los bordes de los rostros, buscando mis rasgos

por los estantes en que se venden los que juran no tener precio,

gata gris curiosa e inofensiva.

Rasguño estandartes rotosos escondidos en rincones

roñosos en donde raras veces alguien revisa,

ronroneo entre rituales en los que ya no recuerdo cómo


siempre al alcance de alguna mano

que se empeña en no pasarme por el lomo


domingo, 26 de octubre de 2008

Laberintos

En una de las posibles vueltas encontradas para atribuir la autoría de la primera versión del Amadís de Gaula hay una que se pierde entre los matorrales de esta cantiga de refram, que  tal vez pertenezca a Johan Lobeira. Tuvo la mala suerte de que su versión gallego-portuguesa se conserve nada más en el cancionero Colocci-Brancuti (BN de Lisboa, ahora), lo que significa copistas italianos, tardíos, varios y con mejor voluntad que criterio. 
La cancioncita tiene bastante gracia, y aún más en la pequeña vuelta de tuerca que tiene su inclusión (en traducción castellana, con una estrofa de más y otra de menos) en la narración como se conserva actualmente: ahí Leonoreta es una nena chiquita, y el trovador es el mismo Amadís, que compone estos versos un tanto en broma y un tanto como mensaje cifrado para su verdadera amada, la hermana mayor, Oriana.

Senhor genta,
mi tormenta
voss' amor em guisa tal,
que tormenta
que eu senta
outra non m' é ben nen mal,
mays la vossa m' é mortal!
Leonoreta,
fin roseta,
bela sobre toda fror,
fin roseta,
non me meta
en tal coita voss' amor!

Das que vejo
non desejo
outra senhor se vós non,
e desejo
tan sobejo
mataria hũu leom,
senhor do meu coraçon!
Leonoreta,
fin roseta,
bela sobre toda fror,
fin roseta,
non me meta
en tal coita voss' amor!

Mha ventura
en loucura
que meteu de vos amar.
É loucura
que me dura
que me non posso én quitar.
Ay fremusura sem par!
Leonoreta,
fin roseta,
bela sobre toda fror,
fin roseta,
non me meta
en tal coita voss' amor!


viernes, 24 de octubre de 2008

Sin flequillo

La demostración práctica de que había manera de hacer algo con este formato.


No sé qué hago dedicándome a las letras, existiendo tan digna especialidad.

lunes, 20 de octubre de 2008

Veinte mil leguas de viaje en el tiempo

De chica solía gustarme mucho Verne. A los diez años mi estante (guardaba mis pocos libros aparte de los del resto de la familia) contaba con una buena cantidad de ellos, de los cuales algunos estaban en esta colección. Recuerdo haber escuchado y leído unas mil veces Viaje al centro de la Tierra (el único que conservé cuando, allá lejos y hace tiempo, por circunstancias largas de explicar, tuve que desprenderme de casi todos mis libros), con la hermosa gracia de ser una historia imposible, ciencia ficción clausurada en un univrso paralelo que no ocurrirá ya nunca.
También gasté Escuela de Robinsones, que fue la primera novela que leí sola, y que debo haber releído unas tres o cuatro veces (mucho para una nena) hasta el día en que el ovejero alemán que tenía por entonces afiló los dientitos de cachorro en el tomito de Biblioteca Billiken y no quedó mucho de él. Ese me da un poco de miedo retomarlo de adulta, me gusta demasiado en el recuerdo y sé que lo más probable es que me espere una decepción.
También habitaron mi estante y mis noches de infancia Un capitán de quince años, Dos años de vacaciones, Cinco semanas en globo (cuantos números en los títulos, recién en este catálogo de naves lo noto), y de la colección del de la foto El país de las Pieles, El testamento de un Extravagante y Los hijos del capitán Grant.
Volver a leer por primera vez una novela de Verne resulta, entonces, casi un regreso al pasado personal, al recuerdo agridulce de una experiencia estética que ya sólo puede ser el fantasma de sí misma. Puedo recordar mi regocijo ante las descripciones de barcos, paisajes y artefactos extraños, la curiosidad de una nena que tenía una afición especial por desarmar las radios y por poner cualquier cosa en el portaobjetos de su modesto microscopio. Pero esa puerta se cerró, y entonces las descripciones se hacen un tanto pesadas, artificiosas, pedantes, definitivamente lejos de lo que yo elegiría hoy para leer algo pasatista.
Hablando de eso, y en sintonía con el seminario de Vedda, en tren de completar mi colección vampírica de Anne Rice fui a buscar Pandora, comprado por internet. Es lo que pienso trabajar para la monografía cuando termine, una elaboración sobre interrogantes ya expresados anteriormente de manera muy rudimentaria en este blog acerca del curso que han ido tomando los monstruos en la ficción trivial.

jueves, 16 de octubre de 2008

STP Undead II

"Che, Mariel, qué tranquilo que está el público. ¿Mandamos para adelante?"

"Y, si te parece, dale"

La grabación (no mía, nunca sacaría mi cámara a un evento de estos; yo grabé un poco de audio pero mi mp3 no bancó los bajos y el testimonio es completamente inaudible) corresponde al único momento de un recital muy prolijo y tal vez demasiado tranquilo en el que hubo algo cercano a momentos de descontrol.


Para sacar a pasear al humano

-

¿Algo de trascendental importancia para hacer con tu tarde de sábado? 
¿No? 





Ya que estás, si pasás por ahí date una vuelta por el stand de CILC y comprate el 
Vamos a Rockearla (J. Daza y J. Crasci, con ilustraciones de Sala, Mr. Exes, etc.), 
que es un gran pequeño librito.

lunes, 13 de octubre de 2008

Spam

¿Quién puede confiar en una agencia de seguros spammer que, encima, se llama "Ocaso"?

viernes, 10 de octubre de 2008

Esto pasa cuando se supone que haga algo relativamente urgente

pero enormemente aburrido.


En una larga cadena de links, terminé colgándome con este jueguito. Debe haber unos cuantos, sé que mi ignorancia en materia de videojuegos es enorme. Pero ver algo tan decididamente bonito para jugar online no me había pasado nunca.
El juego en sí (de nombre Samorost, tiene dos versiones) se juega por point-and-click y tiene algo de naïf, de mutación rara, enormemente estetizada (y despojada de la moralina educativa barata), de lo que eran los juegos didácticos para chicos en pc allá lejos y en los noventa, esos tiempos extraños en los que tener una computadora en casa no era para cualquiera, y los juegos para adolescentes/adultos que podían encontrarse en una de las de un colegio privado católico de medio pelo no pasaban del Minesweeper. Razón por la cual todas las muchachas del mío nos solíamos colgar con los juegos para más chicos, que al menos eran bonitos.
Nunca faltaba la que abría el Factory y perdía todo el tiempo, por cierto.


El resultado visualmente recuerda un poco a El Viaje de Chihiro (todavía más, por lo que vi, en otro juego de la misma gente que no sale hasta el año que viene), con un enorme grado de detalle puramente esteticista, pero que no intenta crear una realidad alterna, sino más bien la ilusión de lo artesanal, del dibujo a lápiz.
De la experiencia misma de jugarlo, bueno, requiere una dosis grande de paciencia (o aburrimiento) y de tiempo que espero tener en otro momento.