sábado, 3 de noviembre de 2007

Se va, se va la barca

Un aula llena a medias, un profesor con su cuota de dotes escénicas que lee un poema que tiene ya casi medio milenio de edad, y que la mayor parte de los presentes ya conoce. Y aún así, la explicación que también tiene su parte de catártica, el silencio que se vuelve casi solemne, la sensación de que algo hay que hace que surja ese escalofrío raro, la pasada de revista involuntaria de la historia sentimental propia.
Sí, ya sé que tiene su cuota de cursilería, pero es que hay golpes de efecto que no dejan de funcionar sobre cualquier ser humano que no sea una completa heladera.

* * *

Bien, estoy oficialmente podrida de dar exámenes parcialmente descremados, de firmar planillas de asustancia, de mirar cómo crece peligrosamente el estante de abajo mientras la lista de bibliografía obligatoria ronronea su arrorró de posibilidad de no elección, de lecturas sin riesgos, con la higiene obsesiva del aparato crítico siempre a mano.
Pero pucha que voy a extrañar ese tugurio de la calle Puán.

No hay comentarios.: