jueves, 11 de febrero de 2010

La explicación



Bien, que grabe mejor de como venía grabando (lo suficientemente mal como para que hace mucho que no pudiera postear nada, porque era inescuchable) no quiere decir que haya dejado de hacer barullo. Es mi máquina de coolers ruidosos y micrófono malo, de todos modos.
Esto es de anoche, en versión de esta mañana




Pasaje

ubuntubar


Bien, di el paso que venía postergando demasiado, y me cambié a Linux.
Había empezado este post hace mucho, cuando recién estaba todo nuevito y yo todavía tenía miedo de que algo saliera inesperadamente mal. Sobre todo porque después de ver el lío que me significaba particionar el disco y lo mal que estaba funcionando Windows (que pedía a gritos un lindo formateo) había decidido hacer el salto al vacío de dejar sólo Ubuntu en mi máquina.
La primera experiencia fue genial: yo temía que iba a tener que instalar cada parte de mi hardware manualmente, después de escuchar algunas experiencias de fracasos en las aguas de Tux, pero todo funcionó espontáneamente. Sólo hizo falta descargar Chrome para Linux, un par de parches para audio en mp3/wma y video en dvd/avi, un par de plugins tontos y ya. En un par de horas ya funcionaba todo, que es más de lo que se podía decir de mi viejo WinXP destartalado y lleno de virus.
Ahora, un mes después, la verdad es que el balance no podría darme mejor. Es cierto que el Chrome beta que uso todavía funciona más o menos, y que hace falta recurrir a Firefox un poquito más seguido que en Windows. Pero por lo demás el sistema es más rápido, más cómodo, casi no se cuelga, es mucho más sencillo conseguir programas gratuitos cuando hacen falta y por algún motivo que no termino de entender Audacity me graba con un poco menos de ruido (si consigo que algo con lo que estoy trabajando quede presentable, va la muestra esta noche de yapa), así que sí, creo que puedo autodefinirme como una usuaria de Linux feliz.


miércoles, 10 de febrero de 2010

Casas inquietantes



Hay varias de estas casonas viejas por Capilla del Monte.



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Mi hermana las relacionaba con novelas de Anne Rice. Yo, con la matriz básica de las casas de mis pesadillas.


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En todo caso, hay algo sugerente en su belleza presuntuosa. Un poco como esos espejos antiguos en los que uno no puede mirarse mucho tiempo sin un pequeño malestar.

lunes, 8 de febrero de 2010

Santas rocas, Batman

Una de las cosas más perturbadoras detrás de las recomendaciones enfáticas que recibimos ya desde Capilla del Monte al museo Rocsen de Nono era que nadie parecía saber explicar muy bien en qué consistía. La respuesta standard era repetir la palabra con la que el mismo museo se autodefine ("polifacético"), con el agregado de un "está bárbaro, vayan y vean".
Lo cierto es que pequeños museítos había por todas partes, y que la idea de uno no dedicado a una temática estrictamente local (ni siquiera dedicado a una temática, ni siquiera definible) sonaba sospechosa. Por mi parte, imaginaba algo parecido a un par de museos interactivos de mi adolescencia, esos en los que nada en sí tiene demasiado valor histórico o artístico que digamos sino que más bien juegan a ser ferias de curiosidades de cierta calidad, rejuntes de construcciones raras (la sala de castillo patas arriba en el Children's Museum of Indianapolis, por ejemplo), artefactos curiosos que uno tiene permiso de manipular (todos los dedicados a explicar efectos visuales de ese museo de Recoleta de cuyo nombre no consigo acordarme) y otros cachivaches divertidos por el estilo.


Bien, no podía equivocarme más.

Fachada


Ahí, en el mismísimo Medio de la Nada, a cinco kilómetros del pueblo más cercano (que, por cierto, dista mucho de ser un gran centro urbano), tras una imponente fachada de aires griegos desde la que observa una curiosa selección de monumentos, lo que había era un tremendo museo gigantesco que, para hacerle justicia, habría que decir que es una suma de varios museos juntos. Tal vez, de todos los museos posibles. Rocsen ("roca sagrada" en un topónimo céltico francés, si le creemos al folleto explicativo) es un museo de antropología, un museo de arqueología (americana sobre todo, pero no exclusivamente), un museo de libros antiguos, un museo de mecánica, un museo de instrumentos musicales, un museo de reconstrucciones históricas, y la lista podría seguir. Lo genial del caso es que en todas las áreas es, sin dudas, un museo bien provisto.

Este legionario me cae medio atravesado


A la vez, uno de los méritos del Rocsen es su capacidad de extrañar objetos en alguna medida cercanos para convertirlos en piezas de museo y, por tanto, en objetos de reflexión conciente. Conviviendo con un cráneo de legionario romano, una momia norteña, un incunable italiano de las obras de Petrarca y unos grabados de Watteau mi hermana y yo descubrimos, no sin algo de sorpresa, un grabador Geloso como el que tenemos en casa (al que pertenecen estas cintas), un adorno de cristal como el que tiene mi abuela, y otros tantos objetos pertenecientes al pasado personal o familiar. Devenidos pieza de museo.

Objetos reconocibles varios


En todo caso, sí, si llegan a pasar por Traslasierra, una vueltita por Nono y los cinco kilómetros hasta el Rocsen, definitivamente valen la pena.


Metafotografía




Frustraciones cinematográficas

(No espere encontrar nada parecido a interpretaciones originales en esta entrada. Esto es apenas un pequeño diario de impresiones refunfuñadas al pasar)



Las dos películas que vi a mi regreso de las vacaciones tuvieron (en proporciones distintas) en común la conjunción muy hollywoodense de conformar apuestas visuales muy fuertes sostenidas por guiones muy débiles.


La primera de ellas fue Sherlock Holmes.
Me encantaría saber qué es lo que podría haber pensado de la película de no haber visitado nunca la Baker Street de papel. Seguramente no me habría parecido mejor, no, pero es probable que no me resultara tan enojosa.
Aún así, obviando el hecho de que se trata del Sherlock menos Holmes que podrían haber compuesto, podría hacerse una lista de todas las cosas que funcionan mal con el guión: sin ponernos siquiera exquisitos con las inexactitudes históricas o geográficas, aún así quedan las luchas desconectadas, yuxtapuestas malamente en la trama, con el recurso barato del monólogo interior del detective que sabe adónde pegar, los chistes malos, el intento berreta de hacer cuatro polos para los personajes positivos que sólo consigue subrayar las deficiencias de la versión propuesta de Watson y convertir a las dos mujeres-objetos de deseo en sendos ramilletes de trazos a la vez esquemáticos y contradictorios como personajes de libro de EFL para adolescentes... En fin, podría seguir la lista hasta pasado mañana.

Y aún así, la lista seguro que sería más breve que la que podría escribir sobre elementos fallidos en el guión de Avatar, que va a razón de un desastre por turno de habla. De hecho, prácticamente lo único que funciona en la película de Cameron es aquello que a Hollywood, con los muchos años de experiencia para prefabricar un modelo funcional, ya prácticamente no le falla casi nunca: la historia de amor entre Jake y Neytiri es lo único que, a fuerza de ceñirse al código a rajatabla, resulta verosímil.


Lo lamentable es que aún manteniendo la misma idea de un film políticamente correcto, con "profundo mensaje" para oficinistas preocupados por el hambre y el calentamiento global a la hora de levantarse a una muchacha que la va de ingenua (¿soy yo la única que se acordó mucho del Capitán Planeta con esta película?), sólo con haber conseguido guionistas no digamos buenos, sino apenas mediocres, el resultado habría podido ser excelente. La creación de un verdadero paraíso artificial de luz no necesitaba demasiado sostén narrativo para resultar interesante, claro. Pero si bastaba un clavo finito y herrumbrado para sostener el bello cuadro, acá usaron una chinche de tres puntas, mocha de un lado.

domingo, 7 de febrero de 2010

Where's when I was young and we didn't give a damn?

No es mucha sorpresa que en la ficción norteamericana abunden de tal manera las casas con vida propia. Llegué a esa conclusión fácil en alguna tarde de agosto de 1997, sola, un poco aburrida, con un Cujo de Stephen King (que había comprado para matar el tiempo en el aeropuerto) en las manos, sentada en el suelo de una habitación muy blanca, vacía casi por completo, con enormes ventanales de vidrios repartidos que dejaban entrar el sol rabioso y el verde subido del césped de los jardines en un verano seco de Indiana.
Es que no hay nada más sencillo que sugestionarse un poco en la acústica rara de una típica casa enorme norteamericana, con el crujido constante de su estructura de madera y de sus materiales livianos, con el eco de los propios pasos en la escalera encajada en un hall gigantesco. La mejor manera de no enloquecer para una adolescente porteña un poquito medrosa, habituada al barullo constante de los vecinos y al mutismo habitual de los espectros que habitan entre paredes de ladrillo, sola de golpe en el caserón extranjero de los tíos, era llenar la casa de sonidos propios. Qué mejor para eso que el equipo de música de la planta baja, con sus tremendos parlantes potenciados por la misma enormidad vibrante de los ambientes. Más todavía cuando la colección de cds de mi tío estaba todo lo bien nutrida que podía estar una colección previa a la época del download.
Fue en ese contexto (bastante ideal) que me encontré por primera vez con To the faithful departed. Que se convirtió enseguida en mi favorito personal de ese viaje, y que fue la carta de presentación perfecta para que The Cranberries se convirtiera en la banda de sonido de mi adolescencia.

"Este es el recital del recuerdo", bromeó mi hermana, mirando a nuestro alrededor ayer en el Luna Park, lleno hasta el tope con el entusiasmo de un público de entre veintimucho y treinta y varios.
La muestra práctica de que la música de los muchachos de Limerick no parece interpelar demasiado al público ajeno a su propia generación: no creo que esto tenga necesariamente que ver con la (real) desaparición mediática de la banda durante esta década que se fue, poco exitosa carrera solista de Dolores O'Riordan de por medio. Más bien parece que hay algo muy específicamente noventas en lo suyo, en su desprolijidad por momentos casi melódica, en su furia tranquila, en su intento más por entender las consecuencias directas de los ochenta que por buscar la forma de conectar con lo que fuera que viniera luego.


Y ese era el aire de anoche. En el calor había, además, suspendido, el aliento de otro tiempo todavía ahí, una suerte de realidad paralela en la que todos éramos como debimos haber sido una década atrás, cuando las sillitas de la platea en el lugar del campo podrían haber estado completamente de más.

Advertencia

La dinámica usual de este blog (que es la más común, por cierto) suele ser que escriba sobre elementos más o menos descolgados de mi experiencia cotidiana, en orden cronológico y aproximadamente una vez por semana, si el entusiasmo o el cuelgue no alteran la frecuencia.
La idea (que puede no realizarse) para estos próximos días de febrero, la semana previa a mi cumpleaños, es bien distinta: noto que me fueron quedando distintas cositas en el tintero a lo largo de todo el mes (en gran parte debido a los diez días de vacaciones), sin hablar claro de los balances normales de cumpleaños sumados a los de la década. Así que, aprovechando la ambigua ventaja de tener algo de tiempo libre, intentaré dedicar un ratito cada día para dejar algunas líneas y algunas imágenes que sistematicen esa masa de experiencias (estéticas y de las otras), en orden temporal inverso.
De este modo, colgado lector que cae al blog una vez cada mucho, tal vez la mejor forma de leer esta semana es de arriba hacia abajo, puesto que se supone que mi post del jueves (el anterior al balance anual) deberá corresponder precisamente a lo más viejo que decida contar.
Al lector habitual (esos pocos conocidos y no muchos más anónimos que me siguen por Bloglines y Google Reader), le advierto que estaré cambiando la habitual cita de la semana / del mes por una diaria, así que si le interesa puede darse una vueltita por la página y chusmear los cambios de la barra del costado.
Pero esto no son más que formalidades completamente banales, claro. Haga lo que le plazca.

miércoles, 6 de enero de 2010

¿Cuántos mundos entran en este año?

Y la década me encontró leyendo a Cortázar. Ahora con Papeles Inesperados, apenas termine aprovecharé que ayer pude comprarme el que va fotografiado abajo, para releerlo con más comodidad de la que permitieron las copias mal sacadas en la biblioteca del Congreso que tengo.


(todavía no sé muy bien cómo encajarlo en mi biblioteca)

Es un buen signo, mis años Cortázar tienden a ser los mejores.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

This is the last day of our acquaintance


(Mesa en el que pronto será mi ex lugar de trabajo)

domingo, 13 de diciembre de 2009

jueves, 10 de diciembre de 2009

Al compás del paso de los años



Los cabellos sobre los ojos,
la paciencia pegoteada en los dedos
infantiles, caprichosos,

sigue trenzando,

no queda nombre fuera de la mugre
de sus uñas largas, no podría
hoy haber escapado una hebra miserable,

sigue trenzando,

de nada sirve que tiente a su boca fina
con dulces, con palabras, con ruegos,
con el fuego de mi garganta quebrada,

sigue trenzando,

y miro la cuerda enrollarse
como una melodía interminable de hilachas
ajenas, envuelta en mi manto de cansancio,
y me callo tarde, como es mi costumbre,

y sigue trenzando.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El espanto



Él y sus animales entraron en su casa. Transido de miedo, quieto, sin un sonido, su corazón se turbaba, nublado su rostro. Pues el pesar había entrado en su vientre. Su cara era como la de un viajero llegado de lejos.
—Epopeya de Gilgamesh, t1-II

Nadie ve a su prójimo, no puede reconocerse la gente desde el cielo. Los dioses se aterraron del diluvio y, retrocediendo, ascendieron al cielo de Anul.
Los dioses se agazaparon como perros acurrucados contra el muro exterior. Ishtar gritó como una mujer en sus dolores, la señora de dulce voz de los dioses gime:
"Los días antiguos se han trocado, ¡ay!, en arcilla, porque hablé maldad en la Asamblea de los Dioses. ¿Cómo pude hablar maldad en la Asamblea de los Dioses, ordenar batalla para la destrucción de mi gente, cuando yo misma di a luz a mi pueblo? ¡Como el desove de los peces llena el mar!"
Los dioses Anunnaki lloran con ella.
—Epopeya de Gilgamesh, t11



sábado, 17 de octubre de 2009

Un par de horas después de ver El secreto de sus ojos

(Algunas aproximaciones)


A) Del análisis detallado de lo político se encargó mucha gente. No tengo nada particularmente original para aportar al respecto. Si esperan leer eso, justo hoy salió una nota de Carlos Gradín en Planta que lo toma, y con la que de alguna manera dialogo un poquito en el final de esta aproximación.


B) Creo que la forma más sencilla de caracterizar la película más o menos esquemáticamente puede ser relacionarla con Los Simuladores. Aquella serie había sido tal vez la forma más cerradita de algo que se podría calificar como una forma de narrar frecuente en la televisión nacional (no tanto en el cine), y que se puede definir como la resolución atípica de un problema desesperado y difícil pero corriente con la intervención de agentes corrientes, piezas normales movidas de forma poco común.
En un principio el parentesco del funcionamiento de este tipo de narración con la estructura usual de un policial puede despistar: también hay un "caso" a resolver, pero el enigma, de haberlo (y en El Secreto... lo hay), dura poco. El problema no es cómo armar el rompecabezas, sino qué cuernos hacer con él para que deje de ocupar un metro cuadrado de living. Si hay datos que se le escatiman al espectador y mantienen la atención hasta el final, tienen que ver con conocer aquellas movidas, no con el tristemente conocido tablero.

Photobucket

C) No, evidentemente El secreto... no es un canto a la justicia por mano propia. Como no lo era Simuladores. Más bien, en la dupla Morales/Espósito ya desde el mismo nombre de los personajes se juega con el dilema de los caminos posibles para subsistir con la impotencia de quedarse solos frente al callejón sin salida de un sistema fallido que no permite volver al orden inicial como en un policial clásico: esa posibilidad está obturada, sólo quedan el sacrificio en pos de reinstaurar un sistema de retribución que parezca dotar de alguna clase de sentido a la conciencia del bien y del mal en una situación desesperada (Morales), o el desperdicio de una vida en la impotencia de la resignación (Espósito).
Es la base problemática de la memoria como concepto político (y no me refiero nada más a la Memoria del 76-83): es un rompecabezas de un metro cuadrado, conocemos lo suficiente del enigma, pero nada de lo que se haga con él puede ser satisfactorio por completo. Implica una postergación eterna de una retribución que nunca será suficiente, una mutilación moral que nunca se resuelve del todo. El más feliz de los finales no invalida la memoria, sólo evidencia su carácter de virgen temible.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sobrecarga de ornatos dorados

Tengo que confesarlo: me moría de ganas de tener un librito de estos.


Tardé en decidirme: no quería comprarme una traducción de algo que pudiese leer en lengua original, ni me decidía con gastar en algo que ya hubiera leído. Y en casi todas las mesas de saldos en las que encontré la colección, eso pasaba con todos los títulos relativamente interesantes.


Además, claro, de que subieron de precio alrededor de un 50% desde que los mandaron a saldos, vaya uno a saber por qué.


Hubiera querido que alguien me regalara uno de estos para mi cumpleaños, o para mi recibida. Siempre alenté la esperanza de que alguno se apareciera con los dos tomos de Fortunata y Jacinta en esta colección tan exquisitamente kitsch. Pero por alguna razón que desconozco se ve que soy un tanto intimidante como destinataria de regalos: son muy poquitos los que toman en cuenta su sentido del humor a la hora de comprarme algo.


Hoy, entonces, en el Parque Rivadavia, me decidí por este, . No circulan muchas traducciones de ese texto, que yo sepa, y Pushkin me gusta mucho.


Aparte, la escenita elegida para la tapa es impagable. ¿Alguno sabe qué es?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Alta Barda (Neuquén I)



Venía caminando, tranquila y cansada, con G. Era nuestro primer día en una ciudad desconocida, nos aventurábamos a buscar nuestro albergue solos con un mapa y un número nada desdeñable de indicaciones orales (nos habíamos separado del contingente bastante pronto) y nos corría el reloj, porque se suponía que yo expusiera mi ponencia un rato más tarde.




En ese contexto llegamos al barrio Alta Barda. Yo miré, me detuve en seco y di un paso hacia atrás. Bonito, repetitivo como suelen serlo los barrios creados con planes sociales, y sede de una serie de pesadillas mías en el año 2006.




Es que mis pesadillas van por series, como mi pobre producción poética: cuando algo en mi experiencia cotidiana no funciona, suelo soñar una y otra vez variaciones sobre los mismos motivos, los mismos ambientes y más o menos la misma estructura narrativa. En un crescendo que hace que paulatinamente los sueños pasen de interesantes a insoportables, y tenga que buscar alguna forma de deshacerme de ellos. Normalmente, implica escribir algo que podría haber sido una versión prolija de un sueño de la serie.
Con el que coincide con estos paisajes de Alta Barda nunca lo hice, simplemente dejé espontáneamente de soñar con las peatonales de casas bajas con escaloncitos y eventuales rejas de alambre tejido. Tal vez por eso me haya chocado tanto encontrarlas en la realidad.





Al menos un par de días más tarde el campus de la universidad de Comahue me regaló un trébol mutante de cuatro hojas. Como para compensar a mi atareada superstición.