lunes, 31 de diciembre de 2007

delprincipiodelfinaldelprincipio

A medida que la agenda y los almanaques van dejando de servir se van juntando los últimos días del año, una borra de tiempo de la que uno tiende a no esperar mucho, porque lo interesante es lo que viene después, los planes para la semana que viene que es el año que viene, o lo que vino antes, los balances del año para finalmente ponerle una nota de examen final.
En ese sandwich entre considerar los Grandes Eventos del 2007 (en mi caso, una secuencia de diapositivas muy extrañas que prefiero reservarme) y las Grandes Expectativas 2008 (con el en cierta medida asustante proyecto de ajustar una buena cantidad de tuercas sueltas), queda este rejunte de horas muertas, este descanso a veces un poco incómodo, de siesta en sala de espera, y ahí, cuando las defensas están bajas, aparecen entonces cosas como la música de esta muchacha, última adición en la columna positiva del año, reclamo de derechos del año al que apuraron para que se vaya.



Se trata de "Honey honey", de Feist, y está en el disco The Reminder (2006). Le dedico un un post en lugar de relegarlo a "música de la semana" porque sé que es muy poca la gente que se toma el trabajo de escuchar lo que pongo ahí arriba.
Algunas recomendaciones:
-Escuchar en un equipo con buenos bajos. Si no se puede, poner auriculares o pasarlo a un mp3 (recuerden que haciendo click en el costado derecho del reproductor se pasa a una página de download).
-Conseguir el disco.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Proyecto Recoleta Witch

Ayer fui a la biblioteca del Instituto Camões con un amigo, a consultar la disponibilidad de ciertos materiales antes de que cerrase por vacaciones hasta vaya-uno-a-saber-cuándo. Para los que no sepan qué es eso (el link es bueno para guardar dirección y teléfono, pero hay que reconocer que es poco útil para saber qué hay tras el autobombo pomposo típico de los portugas), se trata de una dependencia de la embajada de Portugal que tiene una biblioteca muy bonita, muy bien provista y, lo más importante, totalmente gratuita. Está adentro del Lenguas Vivas J. R. Fernández, y para más en la parte vieja del edificio, del lado del que vale la pena perderse. Aparte de ese detalle estético-edilicio, es una biblioteca altamente recomendable, para todos los que sepan o se animen a leer en portugués, porque tienen de todo y los libros (a veces también los cds y dvds, de acuerdo al humor del leitor o encargado de turno), con un trámite de asociación muy breve, se pueden llevar a casita.

Cerrando el segmento informativo, vuelvo a lo anecdótico. Decía entonces que ayer anduve con un amigo por Retiro para visitar la biblioteca del Camões. Esa zona siempre me produjo una (tal vez natural) incomodidad, con sus edificios pretenciosos, sus bares a precios sólo aptos para neoyorquinos y su Patio Bullrich con sus molduras de machos cabríos y estrellas de cinco puntas capaces de poner nerviosa a cualquiera de mis abuelas, y sus precios que lo explican todo: para comprarse algo ahí adentro, más vale dejar el alma en la puerta. O en cualquier otro lado. Y atrás de las vías, más allá, uno sabe que está el perfecto reverso de la trama, la vida humana en su forma más precaria, y eso provoca una tensión en el aire que no se resuelve, que enrarece el aire.

Entonces, en un contexto concreto hasta lo irreal, aparecen imágenes como esta (de la cuadra del edificio “rulero”), y la sensación de no estar entendiendo se exacerba:

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Balconeando



Las fotos son del 24 a la noche, y están sacadas desde el balcón de mi hermana.
Desde que ella se mudó que estoy queriendo sacarlas, pero me olvidaba la cámara, y con el celular era obviamente imposible.





lunes, 24 de diciembre de 2007

Delirios festivos de VH1

El sábado estuve haciendo algo que hace un buen tiempo que no tenía tiempo de hacer: me quedé en la sobremesa (en mi casa, eso es alrededor de las tres de la tarde) mirando televisión con mi hermana. Dejarle el control remoto a ella siempre depara experiencias más extrañas que las que resultan cuando termina en mis manos, y este post es un claro ejemplo de ello. Terminamos viendo un especial de videos musicales navideños en VH1. La predilección de ese canal por mezclar lo más digno de la máquina de hacer chorizos con música con los momentos más kitsch y los más extravagantes (la palabra portuguesa "exquisitos" sería más apropiada) para los que se haya gastado celuloide es algo ya conocido. Y era obvio que en un ranking navideño tenía que haber más de los segundos que de lo primero: sólo se puede empezar a pensar en componer un tema navideño a la segunda botella de sidra, o al primer cheque gordo.

Los posibles resultados de una borrachera navideña con instrumentos a mano entonces son ampliamente predecibles: o es el hitazo sensiblón hecho para venderles simples a los yanquis, o el equivalente discográfico al tío que hace el ridículo en las reuniones, o es el resultado de un pedo triste. No voy a narrar la predecible colección de rarezas con la que nos hemos reído fraternalmente anteayer. Ya otro célebre bloguero armó una compilación en audio que sirve para resumir lo que aquí comento. Lo que va acá es el botón de muestra, dos momentos particularmente extraños de la sesión tevé-sobremesa.

El primero de ellos corresponde a gente respetable cumpliendo con un contrato firmado con una alta graduación etílica en la sangre:



No termino de saber si calificarlo de tierno, de triste o de simplemente exquisito (en portugués, se vuelve a entender). Queda a consideración del espectador.

El segundo es francamente impresentable. Con un poco de suerte y de edad a favor reconocen al personaje. En todo caso, reparen en los esfuerzos mal disimulados del coro de niños del final para no reírse, porque son sencillamente espectaculares:

Ah, las fiestas. Un abrazo con sidra para todos.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Invectiva contra las servilletas de bar
Crónica del viernes

Puerta del Bar Platón, Puán al cuatrocientos, mediodía. El sol golpeaba la calle a martillazos y las figuras recientemente pintadas en aerosol en la fachada de la facultad podrían haber pasado por carteles de neón, de haber usado líneas más planas. Miré con algo de desconfianza los vidrios que desde siempre anuncian "aire acondicionado": los ventiladores de techo, adentro, estaban prendidos. Peor que afuera no podía estar. Entré.

El aire acondicionado, pese a que en estos siete años nunca hubiera reparado en él, efectivamente existía, y hasta funcionaba. Pero debería tener poco gas, porque la diferencia de temperatura no era la que se puede esperar al entrar en esos bares que se enorgullecen hasta la escarcha de tener aire acondicionado. Y los ventiladores de techo estaban, efectivamente, prendidos.

No había pizza, putquelorecontrarebueh que traiga una milanesa, con la extensa carta de restaurante francés del bar puanero no me iba a poner demasiado exigente. Y estaba el aire acondicionado, claro. Suavecito, como seguro que no lo iba a estar el de Vivace. En donde seguro que me iban a atender tardísimo y después, a la hora de la cuenta, me iban a rebanar la cabeza con una cuchara de té afilada. Desparramé todos mis apuntes y libros para Literatura Europea del Renacimiento por la mesa y me dispuse a tratar de calmar la (más que infundada) paranoia que me decía que podían llevarme de paseo por todo el programa.

Llegó la gaseosa, llegó la milanesa, llegaron ellas.

La gaseosa, como es común en estos casos (dos libros caros en la mesa, notas manuscritas a lapicera fuente, nervios de examen), tuvo un ataque de furia con espuma y rebalsó.

Entonces volví a la eterna pregunta: ¿a quién carajo se le puede ocurrir hacer esas servilletas finitas de un papel que absorbe menos que una lija? Entiendo su utilidad como barrera para la grasa que no puede pegarse frente a una pizza, pero de ahí a darles la función general de servilleta hay un trecho. Ahí, nunca van a convencerme de lo contrario, hubo una cuota nada menor de refinada crueldad: crear e imponer un elemento de central importancia para la tranquilidad en la mesa como es una servilleta, de un material que la vuelve casi completamente inservible y que por ende tiene la tendencia a hacer de los comensales un bollito anudado de cuidados que por supuesto van a terminar en el fracaso, en el pantalón, la remera o los papeles manchados, en el líquido que se desparrama alegremente como impulsado por fuerzas maléficas, volcado por pequeños duendes mezquinos que aumentan con empujoncitos la natural torpeza humana para sacarnos de quicio.

Afortunadamente en esta ocasión conseguí hacer que el líquido no se desparramase demasiado lejos, mantenerlo en el área en donde estaban el plato y el servilletero, lejos de los papeles. Como tal vez pueda apreciarse, ningún libro ha sido dañado en esta toma.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Mitología

Si no fuese un reverendo quilombo, me gustaría cambiar de diosa identificatoria. Hoy en día me iría mucho mejor la musa Calíope que Palas Atenea, que da nombre a mi alter-ego weboso por todas partes desde hace cosa de cinco años.
Pero bueno, una arrastra consigo todas las mujeres que fue, supongo, y Palas, la doncella guerrera amante del conocimiento y fácil para el encono, es una buena imagen de una de ellas.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Retazos de sonidos que vuelven

Era verano, era Valeria del Mar a principios de los noventa, era el único lugar público abierto en un par de kilómetros a la redonda, era la hora en la que apagaban las máquinas de videojuegos y no se podía jugar más al WonderBoy mientras los adultos jugaban al pool o al billar (a los siete años esos juegos tienden a ser increíblemente indiscernibles, pero juraría que había agujeros en la mesa), era la noche más cargada de mosquitos, bichos bolita y caracoles que de gente, y entonces la familia entera bajaba al salón de reuniones o como se llame (ahora lo llamarían un SUM público) y una banda bastante decente se ponía a tocar covers setentosos para alegría de los padres y embole de los niños. Entre largas secuencias de canciones irrecordables y probablemente más conocidas que la ruda, entonces, sale una flauta traversa de alguna caja y suena una secuencia que me quedó grabada que ni tecnología digital en la cabeza.
Muchos años después supe que era de Jethro Tull, no más datos. Siempre me pregunto cuándo se avivará algún gil con conocimientos de música de armar un buscador con una base de midis en donde uno pueda entrar una secuencia de música (usando una partitura, o con un interfaz que convierta el teclado por un momento en un instrumento musical muy básico) y te identifique a qué canciones puede pertenecer. Si supiese lo suficiente de computadoras y de trampas leguleyas para armarlo supongo que sería una idea capaz de reportarme algún beneficio monetario, pero bueno, no me da el cuero. Y la falta de ese buscador utópico siempre hizo que esta secuencia de Jethro pasase (uy dios, casi uso la doble ese portuguesa, realmente tengo que admitir que el mate me afecta la cabeza) años, muchos años sin poder ser ubicada.
Hoy la encontré. No hace mucho alguien me pidió ayuda con un tema de la banda y me hizo acordar de que nunca había bajado nada de ellos. Bajé una discografía para chusmear. La secuencia en mi cabeza era Bouree, refrito de Bach según la banda. Estoy segura de que la mayor parte de la gente sabe de qué tema se trata. Para los que no lo ubiquen de nombre, seguro lo pueden reconocer escuchándolo:




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Aparte, noto que me estoy poniendo particularmente dada a relatos de recuerdos viejos, secciones dadas a algo parecido a la nostalgia. Disculpas a mis tres o cuatro gatos locos lectores, es un efecto colateral de una sobredosis de Giacomo Leopardi.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Pequeñas frustraciones cotidianas


A los 14 años me hice un amigo en el aeropuerto de Miami. Ambos éramos menores de edad, habíamos venido en el mismo avión de la desaparecida VASP y nos habían asignado al mismo empleado para que nos guiase por esa monstruosidad laberíntica de aeropuerto a nuestras respectivas combinaciones, que se tomaban por puertas contiguas, para tomar vuelos parecidos: los dos para Indianapolis, pero él cambiaba de avión de nuevo en Cincinatti y yo iba en uno directo. No nos encontramos allá porque a mi tío, que me alojaba, no le resultaba muy simpática la idea. Pero nos pusimos en contacto, y nos seguimos escribiendo por un par de años.

Un buen día él entró en crisis personal, me mandó una carta muy patética contándome un montón de quilombos suyos (todo lo agrandados que puede dejarlos un niño americano de 18 años criado por puritanos, con toda la guilty conscience posible) de los que yo por supuesto no tenía ni idea. Yo le mandé dos cartas más, tratando de hacer que entendiera que no era del tipo de persona que se borra porque un amigo esté en problemas, pero él nunca respondió. Por lo menos no por el tiempo que seguí viviendo en la última dirección que él tuvo. Posiblemente la estrategia discursiva poco feliz que usé (contarle el tipo de líos de los que estaba llena mi vida cotidiana, y tratar de que relativizara un poco su visión de we were all going direct the other way) haya contribuido más a espantarlo que a tranquilizarlo.

No supe más de él desde entonces.

Cuando abrí mi blog, chequeando visibilidad y esas cosas, se me ocurrió googlear mi nombre y ver qué pasaba: aparezco yo en puestos 1 y 13. El primero es sorprendentemente de un proyecto del que formé parte hace años y el otro este arcón. Después de verificar eso, se me dio por empezar a tirar nombres de gente que conocí en otro tiempo, compañeros de primaria o amigos de la adolescencia, para ver si encontraba a alguno y si me enteraba de qué es lo que están haciendo. Con la mayor parte de ellos la búsqueda fue rápida y eficazmente decepcionante. Casi ninguno aparece en ninguna parte, ni siquiera en listas de usuarios. Apenas me enteré de que el chico que me gustaba en séptimo grado está trabajando en cine y que parece que no le va tan mal. Pero no encontrar datos (como me pasó con mi mejor amiga del primario) es de alguna forma encontrar uno: o bien han tenido un perfil tremendamente bajo y un celo paranoico de no aparecer con sus nombres, o no han participado en nada público. Fin de la búsqueda.

Cuando googleé a mi amigo el yanqui, la cosa fue bien distinta. Él se llamaba David Richardson, que es más o menos lo mismo que llamarse Juan Pérez o José González. Efecto googloso:Resultados 1 - 100 de aproximadamente 7.510.000”. ¡Siete millones y medio! ¡Andá a encontrar a alguien así! Pasé por lo menos quince minutos restringiendo la búsqueda. No mejoraba. Eventualmente di con uno que cuadraba en edad y que por la foto, poco clara, bien podría haber sido la versión diez años más vieja del que yo estaba buscando, y me arriesgué con un mail. No era. Y eso sí es distinto de no encontrar datos, es naufragar en los datos, darse cuenta de que tal vez en alguna parte está lo que uno busca pero que las probabilidades son las mismas que las de pasar por el barrio de alguien que alguna vez se quiso un poco y verlo desde arriba de un colectivo.

Cosa que alguna vez me pasó. Pero ya esa es otra historia.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Entre papeles viejos

otra noche se mete por tu ventana
otros monstruos esperan bajo tus párpados
otra colección de ruidos perfora tu silencio

en lo que a mí me toca
dejo pasar la oscuridad para abrigarme
cuento animales fantásticos que me hablan de vos en lenguas extravagantes
dejo que se apague mi voz cargada de preguntas
para dar paso de nuevo
al ritual repetido
de llevar mis pies descalzos
a tantear la falta de los tuyos

lunes, 3 de diciembre de 2007

Informativo con tanda

A pedido de los ojos cansados, una lavada de colores. Por lo menos por un rato pienso dejarlo así.

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Mientras tanto, y para que al eventual lector le justifique haber entrado, algo que acabo de subir para un amigo: se trata de la primera entrega de Sandman, "Sleep of the Just", por si alguien se interesa en comenzar. Es el segundo episodio que subo en la historia del blog, y el otro link todavía funciona, si alguien quiere ver otra parte descolgada también.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Postal desde Mosquitoland

El aire cálido, benigno, no llegaba a jugar con las hojas del libro que me había llevado. Sé que estaba tratando de escaparme de algo, que había intentado dejar algún fardo pesado en esa poco amistosa cerca que rodea el corazón de mi archiconocido parque Centenario, y que la estrategia parecía haber funcionado bien. Pasaron apenas unas pocas horas, y ya el olvido está haciendo lo suyo, ya me deja escribir esta entrada pobre con esos retazos de mala calidad que dejan los sueños complicados.

En todo caso había llegado a eso de las seis y cuarto de la tarde al lago de este parque que según los libros de historia fue diseñado para recordar desde arriba un escudo nacional. Si hemos de guiarnos por los mapas o por la mancha marrón que se ve en Google Earth (la que acompaña este post, tomada del programa hace un par de meses, es muy evidentemente vieja, para cualquiera que conozca el lugar), algo de eso hay todavía, en la forma rarísima del lago y en la distribución de las once callejuelas y pasos peatonales que entran sin motivo aparente una cincuentena de metros hacia el centro del óvalo.

Por supuesto, eso se pierde adentro, entre árboles que se recortan en el cielo claro, o ante el espectáculo de los patos, que se ponen de un humor muy particular con la primavera. Pero de todas maneras queda ese resto de cosa planeada, los juncos delimitados por adoquines, los edificios que se asoman desde atrás, el paraíso artificial que para cuando baja un poco el sol se llena de mosquitos.

No mucho después de sacar esa foto, algo más tranquila y con una lista enorme de cosas a buscar en mi Biblia (el libro era El Gran Código, de Frye, y es mala idea leerlo sin una biblioteca a mano), volví a pasar por la cerca, volví a cargar mi bolsa de lauchas, y caminé las cinco cuadras necesarias para llegar a casa.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Diseño industrial a la foucaultiana


Todavía no salgo de mi asombro con el hecho de haberme sorprendido tanto de que esto exista.


domingo, 25 de noviembre de 2007

Beowulf en cine

Ah, sí, cómo adoro escribir a horas insólitas, con apenas el arrullo del cooler cachuzo de mi máquina, que palma en cualquier momento.

Finalmente, luego de mucho insistir y buscar alguien que no me mirara con cara torcida, fui a ver Beowulf. Hace mucho, muchísimo que no iba al cine, pero la verdad es que la curiosidad que me producía este intento raro me pudo.

Es entonces el momento de inaugurar nueva sección, el tag “vengo de ver” que estreno con este post. Y para imitar la parsimonia alimenticia de Grendel, vamos por partes. No pienso ser exhaustiva, nada más pretendo relevar elementos que me llamaron la atención.

Técnica.

Personalmente tenía mis serias dudas respecto de la idea de hacer enteramente en animación algo que podía haber sido una película. Y sigo teniendo mis reservas: por muy bien hecho que esté, un dibujo no tiene el peso de la imagen real, y eso le resta efecto a momentos que al natural resultarían mejores.

Pero hay que reconocer que la elección de la animación tiene sus ventajas, y que éstas han sido usadas hasta el tope: las tomas larguísimas e imposibles, que arrancan en el piso y terminan en las patas de un halcón que lleva un ratón por los cielos hacia la dirección en la que se encuentra la cueva de Grendel, o un punto de vista que baja desde una panorámica a la altura de las nubes hasta el suelo nevado para que los cascos de un caballo le pasen por encima, por ejemplo. O la posibilidad de envejecer una década y media a los actores de forma mucho más convincente que la que cualquier maquillaje podría haber logrado, con el cuidado de incluso agrandarles más los poros o de arrugarles el cuello.

Y no deja de ser cierto que de haberse usado una filmación tradicional habría sido necesario usar mucho de animación computarizada de todos modos.

Actuación.

Podría haber sido un poco más fluida en el comienzo. El banquete inicial está sobreactuado en las voces, a mi gusto. En realidad es algo que pasa con todos los planos, la primera escena es un tanto desprolija.

Guión.

La idea central es brillante. No quiero adelantar mucho, pero se las han ingeniado perfecto para quedar bien con Dios y el Diablo. Uno puede haber leído el Beowulf o no, y de todas maneras va a disfrutar la película. Va a ver películas distintas, eso es clarísimo, pero se va a sostener. Yo, a sabiendas de que Neil Gaiman había metido mano en ese guión, iba con la idea de que tan malo no podía ser. Pero sabiendo que la madre de Grendel era Angelina Jolie, bueno, tenía mis dudas.

Pues han conseguido hilar las cosas de manera que sea una historia que tenga algo que decirle a un público pochoclero, que espera ansioso un poco de sentimentalismo amoroso y de carga sexual (ausentes del todo en el poema épico), y de todos modos no traicionar al cantar más de lo necesario. Sólo un elemento del antiguo Beowulf fue modificado, central para el relato que hicieron, no demasiado para el que hizo el bardo (o los bardos, copistas y etcéteras) sajón, la identidad del reino que le tocó en suerte al héroe para gobernar. Todo lo demás está hecho para que engarce perfecto con el verso antiguo, que podría haberse cantado como quedó en el mundo ficcional que se construyó. Y esto se consigue con la inclusión de un elemento pequeño pero fundamental: la consideración de que el héroe que se enfrenta al monstruo va solo a la batalla, y por ende es su palabra la primera garantía de verdad del relato épico. El gesto de poner en escena una representación teatral, en la vejez de Beowulf, en la que un recitador narra sus hazañas con las palabras del viejo cantar es sencillamente genial.

Como ya dije, se sostiene de las dos formas, pero yo recomendaría haber leído el poema antes, porque el juego con los viejos versos no se repone completo de otro modo, y es realmente un elemento que suma a las posibilidades de disfrutar la película.

En resumen, se vale una entrada de cine, si se tienen ganas de distenderse un rato. Y de comer un poco de pochoclo. Y de ver dibujos muy convincentes de hombres y mujeres atractivos.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

De vuelta de un primer viaje a Tierras Fértiles

No hay caso, soy de la vieja escuela y prefiero mil veces el procesador de texto a la pantallita de Blogger, que me pone sumamente nerviosa. Aparte, Word permite esto de escribir por partes, guardar y tener las cosas a mano después.

Pero eso es nada más un paréntesis técnico.

La idea era sentarme con los cinco minutos que tengo antes de la cena (ahora cocina mi vieja, a mí me tocó al mediodía) para empezar, de una vez, mi comentario sobre Los Días del Venado de Liliana Bodoc, ahora que me dio el tiempo para leerlo. Lo terminaré más tarde, cuando me de el tiempo.

Lo primero que habría que decir es que es una lectura ideal para cabezas cansadas. Una prosa fluida, con una música extraña de verso traducido, que se deja leer como un arrullo de abuela.

Es que tal vez el principal mérito del estilo de Bodoc es el de convencer al lector, precisamente, de que está leyendo una traducción de algo que en otra lengua debió ser verso. Como solución para un fantasy es excelente: lleva a lo formal la distancia, la diferencia con la cultura narrada. El orden extraño de las palabras y el uso metafórico-mágico del lenguaje nos insisten tanto (pero con tanta naturalidad) en que estamos leyendo un poema de Tierras Fértiles en un mal adaptado castellano, que el efecto se logra. El lector puede entrar en el juego de pensar que escucha a través de un filtro palabras de una lengua que no existió nunca. A modo de ejemplo (y tratando de sacar lo que pueda develar demasiado de la trama):

“El viento llegó con ganas de jugar. Se puso a buscar trenzas que destrenzar y túnicas que sacudir, pero no las encontró. Las aldeas estaban desiertas: no había niños enhebrando caracoles ni mujeres limpiando pescado. Entonces el viento decidió colarse por entre las cortinas de soga. Adentro halló trenzas muertas y túnicas muertas tendidas en hamacas que apenas se mecieron con su entrada. Espantado se puso en camino a Beleram con la triste noticia. Y aunque partió de prisa, nunca llegó adonde quería porque antes un viento que no era de por allí ocupó su camino y lo deshizo en hilachas.”

El lector entra como buen receptor del siglo XXI en el ritmo de la metáfora triste del viento que se pasea por la matanza, y sólo después se acuerda de que el viento no tiene por qué tener menos personalidad que los pájaros, en la concepción animista general del lenguaje de la obra. Solamente en un tercer momento de lucidez podrá caer en la cuenta de lo difícil que se hace lograr eso escribiendo prosa prácticamente en el siglo XXI, y para más hacer que no suene a uno de tantos intentos fallidos de escribir algo que se parezca a una traducción de haiku.

De la obvia reelaboración pesadillesca de la conquista de América se podría hablar largo y tendido. Con la misma facilidad con la que se la podría defender también sería posible defenestrarla. Yo, que no quiero sino hacer un comentario, que disfruté mucho el libro y que no me decido, prefiero callarme. Solamente voy a abrir la boca (la luz del monitor, en realidad) para decir que a cada fantasy que leo me resulta más difícil tragar la evidente polaridad simplista, maniquea, en la que los malos son tan terriblemente malos y los héroes, tan obvia e irreductiblemente buenos. La franja de los personajes miserables (Kume, Bor, Molitzmós) no compensa. Y que Misáianes sea el Odio Eterno, hijo de la Muerte, es demasiado. Creo que hay efectos dramáticos y problemas narrativos que podrían llegar a funcionar con efecto doble si las cosas no fueran tan claras.

Lord of the Rings tiene un solo ejemplo, una ínfima semilla de lo que esto podría ser. Se trata, si usted, lector de blogs ignotos con paciencia para acompañarme hasta acá, por casualidad lo recuerda, de aquella escena en donde los hobbits, escondidos, presencian una batalla entre hombres y avistan olifantes por primera vez en sus vidas. Los hombres matan a los hombres, no hay buenos y malos, sólo debilidad y cansancio.

Hablando de cansancio, es hora de cerrar este post, que en Word ya pasó a segunda página.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Una canción vieja

Esta es una canción que hice hace un par de años, y que desde ayer, vaya uno a saber por qué, me estuvo dando vueltas por la memoria.




No es una grabación muy prolija, y el tema no es gran cosa, pero bueno, para el que tenga curiosidad, ahí está.

(Nota para los que entren desde Bloglines: Es un reproductor de DivShare. Si lo quieren escuchar hay que entrar a la página)