martes, 21 de septiembre de 2010

El fin del invierno


Pequeño paseo por lugares que veo muy seguido. Click en las imágenes para verlas más grandes.











sábado, 18 de septiembre de 2010

jueves, 2 de septiembre de 2010

Un día de aquellos


De chica, alguna vez soñé cómo pasar el nivel 8-3 de Super Mario. Para cuando me desperté, por supuesto, sólo quedaban hilachas de estrategias que no servían para absolutamente nada.

Tal vez sería más sencillo pasar el día de hoy si me acordara del sueño de anoche, que se deshizo con las horas como una gota de tinta en el agua, quién dice.

Pero las tortugas que tiran martillos tienen la gracia de ser particularmente inoportunas.

miércoles, 30 de junio de 2010

Hoy no puedo afinar la guitarra

Primero fue la luz, esa leche oscura de la mañana, el colectivo vacío a contramano de la multitud, los dedos fríos dentro de los guantes sin otros dedos cálidos para sostener, los minutos contados, llegaste tarde, nadie te lo dice, claro pero llegaste tarde, y una mano anónima lo escribe en el registro con patitas de bicho azul, porque para esas cosas nunca falta quien dé una mano, anónima, claro.
Después volver a casa, línea nueva de colectivo, andá a saber por qué pero esta que llega más rápido se las ingenia para tomar un trayecto en el que es imposible que el sol no pegue bien en el fondo de la retina aunque se cierren los ojos, aunque se busque ese cansancio que duele en la garganta, y hay que esperar hasta la cama, también fría, también vacía.
Para dormir con minutos contados.
Y llegaste tarde, y nadie te lo dice.
Al final, la última vuelta a casa, la tarde que se desgrana en un pozo de píxeles, colecciones de casidesconocidos y de amigos perdidos, apenas unos pocos de los que cuentan, promociones para ganar vasos térmicos, pequeñas malas noticias esperables, otra imagen en la que no estaré, el día de mañana que se hace grito en las pestañas.

jueves, 6 de mayo de 2010

Tinta sobre papel

La Feria del Libro debe ser uno de los eventos más estables de Buenos Aires: todos los años para la misma fecha, todos los años con casi los mismos puestos, todos los años con presentaciones de libros que uno no querría leer anunciadas ochenta veces y espectáculos buenos apenas mencionados con una línea pobretona en la maraña del programa diario, siempre repleta de los mismos estudiantes, las mismas viejas emperifolladas, los mismos nenes de fin de semana, las mismas mesas de saldos, los mismos lemas poco felices. Si algo varía en la experiencia propia, depende mucho del recorrido propio.
Esta vuelta, fueron dos, en realidad: uno muy lúdico y cansador, sola con un presupuesto un tanto exagerado para mis parámetros normales, saltando de mesa en mesa en busca de pequeños tesoros inhallables. Eso de que está todo particularmente caro es cierto sólo hasta por ahí nomás: los precios son más o menos los mismos que afuera, sólo que se puede hacer recurso al descuento para docentes, que es algo que no opera en las librerías, por lo general. Y es esa pequeña diferencia, y la sobreabundancia de oferta, la que siempre termina tentando a los compradores y lectores compulsivos de libros como yo a comprar cosas que obviamente se van a mantener por lo menos por muchos meses vírgenes de ojos.
Menos mal que por lo menos encontré una antología de lírica gallego-portuguesa y recuperé un Cosas de mujeres de Fogwill para redimirme de la cuota de gasto poco razonable del día.
La segunda visita fue con acompañante. Ya una vez hice una tipología de mis visitas a la feria del libro, y esta fue bastante estándar: el acompañante en cuestión es lector, pero no adicto a los libros, y nos conocemos bastante poco, así que dentro de todo fue un recorrido corto, de esos en los que también hay que prestar un poco de atención a los gustos ajenos para, al menos, no perderse.

Para la FLIA, este año, hay que decir primero que nada que no fui en la mejor disposición del mundo: había dormido cuatro horas, quería llegar a dormir por lo menos una quinta para sobrevivir ese sábado a la noche y entonces estaba particularmente intolerante. Tal vez eso haya contribuido de forma decisiva al hecho de que no haya realmente disfrutado la visita esta vez.
Rescato la unión de buenas voluntades y el caos resultante: si hay algo que sí funciona en las FLIAs es ese desorden ecléctico de lo hecho a pulmón por mucha gente muy distinta. Paradójicamente, de todos modos, a la hora de los libros predomina una cierta uniformidad un tanto preocupante: puedo haber tenido mala suerte, pero cada vez que no fui estrictamente a lo conocido ni a las traducciones, lo que pude encontrar esta vez fue
1) Poesía cuyo mecanismo estético estaba en la fragmentación de trozos de prosa autobiográfica sobre anécdotas cotidianas
2) Poesía pseudoadolescente no del todo curada de los vicios del lector de traducciones
3) Prosa pseudo-autobiográfica con un sesgo ligeramente sensacionalista agotado hace mucho rato (eso que en alguna parte llamé hiperrealismo del exceso).
No quiero sacar conclusiones apresuradas de eso, prefiero pensar que tuve mala suerte (suelo tenerla) y que agarré sistemáticamente el volumen de al lado del que debí haber manoteado. Experiencias anteriores me llaman a concederle a la FLIA el beneficio de la duda.
Me volví con una traducción, un par de libritos de poetas que ya conocía de antemano y una novela de Lamborghini.

Debería volver al puesto francés de la Feria del Libro oficial. Pero me temo que por este año ya tuve más que suficiente.

Mientras no estuve

Ahora que, en tal vez el primer momento de verdadero ocio robado a la noche en diez o quince días, me pongo a intentar hilar algo con los retazos podridos de ideas escribibles que fui acumulando en mi cabeza (este es el quinto comienzo de este post), caigo en la cuenta de que el objeto-libro atraviesa todas las pequeñas crónicas y comentarios y puede ayudarme a sostener la trama caótica que tengo la intención de hacer.
Podría empezar entonces por una compilación de obras de teatro medieval que compré hará unas dos semanas por internet, y que fui a buscar el lunes. Podría narrar de eso los ojos claros, hermosos del estudiante con el que concreté el intercambio en un cruce de avenidas rumbo a ninguna parte. O la extraña escena simétrica inmediatamente después, en un vagón del subte D, cuando me senté exactamente frente a una mujer que venía leyendo exactamente el mismo libro que yo. Sólo que ella era más vieja. Y su edición tenía, también, unos cuantos años más. Y que ella se bajó una estación antes.
Después estuvo el congreso en La Plata, claro, con su inquietantemente simétrico trazado de calles, con un paréntesis académico en este año de aislamiento intelectual severo.
Y la feria del libro oficial, de la que quiero escribir algunas palabritas aparte.
Y su espejo invertido, la FLIA, que merece estar en el mismo post aparte.
Tal vez no sería tan mala idea hacer ese post ahora.

miércoles, 7 de abril de 2010

Draco II



Surveillance






El encargado de ahora en más de remorder mi conciencia cuando me cuelgo y levanto la cabeza de mis papeles en vez de trabajar.























Debería poner otro arriba de la computadora, como sugirió mi primito Lucas.


Dormir enroscada

martes, 16 de marzo de 2010

Sonidos dominicos

Lo que sigue es una grabación precaria, hecha con un reproductor de mp3 esta tarde en la Basílica Ntra. Sra. del Rosario, cuando aparentemente tuve la suerte de pescar a un organista practicando en el preciso momento de mi paseo.



miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Por qué a nosotros nos tocó Puán? Es injusto

(Tardecita en la facultad de Ingeniería, la sede de Las Heras. Click sobre las fotos para ver versiones más grandes. Al pasarles el mouse se pueden ver los títulos)



Smile, it's not over

Hace unos diez años escuché por primera vez la historia del supuesto suicidio del arquitecto Arturo Prins, por supuestas fallas de cálculo que hacían imposible terminar el edificio. Esta semana me enteré de que la historia real es bastante más prosaica: un conjunto de eventos desafortunados pero no irremediables (problemas para importar materiales por causa de la 1º Guerra Mundial, reforma universitaria y reclamos por seguridad edilicia que hicieron que el edificio cambiara de plano varias veces en el intermedio, un presupuesto que se aprobó pero vaya a saber a qué bolsillo fue a parar, la necesidad de inaugurarlo antes de que se terminara) hicieron que esta belleza neogótica originalmente pensada para albergar a la Facultad de Derecho quedara así: inconclusa, probablemente para siempre.
El arquitecto Prins se murió esperando que le paguen. Parece que los que cobraron fueron los herederos, y parece que fue bastante poco.

El castillo

Mientras tanto las palomas tuvieron casi todo el siglo XX y lo que va del XXI para hacerse las dueñas indisputadas de los recovecos sin terminar, de las ventanas sin revocar, del entramado etéreo de aberturas ojivales.

La luz baja las escaleras en puntillas

Y en los pasillos y las escaleras, muchachos espigados hablan de cálculos y de cómo conviene planificar el trazado de una autopista, o cuchichean bajito en las aulas con sus bancos anacrónicos y sus tarimas para los profesores.

Y allá afuera está Baires

Y las ventanas de vidrios mugrientos mantienen la ciudad del lado de afuera, contribuyen con su pátina de guano y polvo a la atmósfera general de irrealidad de las escaleras amplísimas.

Aula fuera del tiempo

Algún presentimiento debo haber tenido cuando, en el camino para tomarme el colectivo que me iba a llevar allá, me entró la idea de comprar un reloj pulsera, de esos que se consiguen a pocos pesos en la calle Libertad. Pequeña brújula para no terminar de perderme, para atarme a la muñeca la necesidad tranquilizadora de volver a casa a una hora razonable.

martes, 2 de marzo de 2010

El secreto de Kells




Tal vez debería dejar hablar (o cantar, es la única canción en la película y pucha si vale) al clip que incluyo. Pero no, soy yo y me quedo con ganas de comentar.
Lamento haber visto esta película sola y sinceramente espero que la vea pronto alguna de las personas con quienes compartí la sorpresa de encontrar, chusmeando la lista de nominaciones al Oscar, que había una película animada así. En casos como estos quedo con necesidad de contacto humano, y recuerdo por qué voy tan poco sola al cine.

El tema elegido para la película tenía dos aristas atractivas: una personal, y otra objetiva. Por una parte, como parte de mi locura de medievalista siempre tuve debilidad por el arte de los miniaturistas, lo cual por supuesto hace que a su vez tenga una cierta fijación con el Libro de Kells. Es que es cierto, es imposible no enamorarse un poco de ese manuscrito hermosamente complicado y delirante. Ahora bien, lo segundo: a quién se le iba a ocurrir en varios milenios meterse a hacer una película de animación para chicos sobre un amanuense que tiene que terminar la iluminación de un manuscrito. Vamos, era tarea casi imposible.

Bien, lo lograron. ¿Cómo? Básicamente hicieron lo mismo que los iluminadores de Kells: mucha imaginación, muy buena técnica, una cuota de delirio, un dudoso coqueteo con la estética pagana celta preexistente y una dosis de fe en estar transmitiendo algo que valga la pena.

Algunas observaciones, entonces:

En primer lugar, que es una película cuyo eje pasa más por el lado alegórico que por el narrativo, y que esto queda bien claro desde el comienzo. Acá es adonde está la primera toma de distancia fuerte con los procedimientos usuales del común de los largometrajes de animación.

Quise buscar una analogía, pero tuve que borrar la frase porque la verdad es que no me sale: en todo caso, si hay que buscar paralelos es más fácil encontrarlos en Japón que en Norteamérica, y aún así no podría dar cuenta de la mezcla rara que conforman la sencillez de la trama y de sus implicaciones alegóricas inmediatas (el arte y el conocimiento que valen más que la inmediatez de la victoria o derrota cotidianas), el ritmo vertiginoso en el que no se busca sostener la atención infantil en un despliegue de chistes y de canciones sino en un enredo insólito y delirante de imágenes rápidas con perspectivas superpuestas y contradictorias y de diseños geométricos tomados del Libro de Kells (la nieve cae en copos enredados en volteretas muy célticas, por ejemplo) y la cierta desprolijidad onírica de todo el conjunto.

Por otra parte, está el jugueteo con elementos mágicos, una forma rara de captar ese momento tan extraño del cristianismo coexistiendo con los ritos paganos antiguos, en el que la única forma de llevar a cabo un acto de fe cristiana como es un libro que lleva los Evangelios es hacer algunas concesiones a la naturaleza híbrida del lugar en el que se produce. En este caso, ahí entra la ayudante de este pequeño cuento, Aisling, el hada celta que le da una mano al pobre monjecito cuando la cosa se pone apretada (y que, cuando precisa hacer uso de su naturaleza mágica, notarán con la canción, cambia de idioma, presumo que a gaélico). También está la sierpe-antiguo demonio celta al que Brendan se enfrenta: no en vano es el ojo de la vieja criatura sobrenatural lo que hace falta para completar el manuscrito, la mirada con la que se completa el símbolo khi-rho de Cristo en el fondo no es del todo cristiana, o al menos no lo es en un sentido más moderno.

Y todo esto sin perder un cierto aire muy irlandesamente pesimista, en el que la destrucción es inevitable, no dejan de morir niños quemados y el happy end sólo puede ser relativo.

No se me escapa que el final es un tanto débil, ni que hay alguns concesiones por momentos un tanto molestas a la forma de recepción de un público formado en Cartoon Network, claro que no. Pero en total, ya el hecho de que hayan conseguido salir airosos con tema semejante y, de yapa, hacerlo con gracia, originalidad y belleza, realmente es más que bastante.

viernes, 12 de febrero de 2010

Balance anual

Mucha ropa nueva, una renuncia laboral kamikaze, unos cuantos libros leídos, unos cuantos más comprados o recibidos, cuatro estantes más para mi biblioteca, una ponencia, un viaje a Neuquén y otro a Córdoba, un par de canciones, dos recitales, un par de amigos nuevos, modificaciones de términos con un par de amigos viejos (algunas muy buenas, otras no tanto), un proyecto de beca rechazado, un título de licenciada en letras, unas clases en la cárcel, unos cuantos kilos menos, un par de hombres que no me supieron querer, poco avance con mi novela, un poquitito de alemán y alguna mejora no muy significativa en mi francés, un cambio de sistema operativo, una cantidad no demasiado desdeñable de discos escuchados, algunas películas, una sobredosis de vampiros, un par de posts en este blog, no mucho más

no volveré a tener 26 años,

en cierto modo es un alivio.

jueves, 11 de febrero de 2010

La explicación



Bien, que grabe mejor de como venía grabando (lo suficientemente mal como para que hace mucho que no pudiera postear nada, porque era inescuchable) no quiere decir que haya dejado de hacer barullo. Es mi máquina de coolers ruidosos y micrófono malo, de todos modos.
Esto es de anoche, en versión de esta mañana




Pasaje

ubuntubar


Bien, di el paso que venía postergando demasiado, y me cambié a Linux.
Había empezado este post hace mucho, cuando recién estaba todo nuevito y yo todavía tenía miedo de que algo saliera inesperadamente mal. Sobre todo porque después de ver el lío que me significaba particionar el disco y lo mal que estaba funcionando Windows (que pedía a gritos un lindo formateo) había decidido hacer el salto al vacío de dejar sólo Ubuntu en mi máquina.
La primera experiencia fue genial: yo temía que iba a tener que instalar cada parte de mi hardware manualmente, después de escuchar algunas experiencias de fracasos en las aguas de Tux, pero todo funcionó espontáneamente. Sólo hizo falta descargar Chrome para Linux, un par de parches para audio en mp3/wma y video en dvd/avi, un par de plugins tontos y ya. En un par de horas ya funcionaba todo, que es más de lo que se podía decir de mi viejo WinXP destartalado y lleno de virus.
Ahora, un mes después, la verdad es que el balance no podría darme mejor. Es cierto que el Chrome beta que uso todavía funciona más o menos, y que hace falta recurrir a Firefox un poquito más seguido que en Windows. Pero por lo demás el sistema es más rápido, más cómodo, casi no se cuelga, es mucho más sencillo conseguir programas gratuitos cuando hacen falta y por algún motivo que no termino de entender Audacity me graba con un poco menos de ruido (si consigo que algo con lo que estoy trabajando quede presentable, va la muestra esta noche de yapa), así que sí, creo que puedo autodefinirme como una usuaria de Linux feliz.


miércoles, 10 de febrero de 2010

Casas inquietantes



Hay varias de estas casonas viejas por Capilla del Monte.



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Mi hermana las relacionaba con novelas de Anne Rice. Yo, con la matriz básica de las casas de mis pesadillas.


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En todo caso, hay algo sugerente en su belleza presuntuosa. Un poco como esos espejos antiguos en los que uno no puede mirarse mucho tiempo sin un pequeño malestar.