sábado, 1 de agosto de 2015

Hundido

Por ser la menor, el trabajo de trazar los tableros siempre le tocaba a ella. Podía patalear, protestar, lo que fuera, pero el derecho del primogénito a no hacer los diagramas de la batalla naval era inapelable. Si pretendía que su hermano jugara con ella, tenía que acceder a ser la que dibujaba por los dos. Así que Marina sacó de su mochila verde la carpeta de matemática, buscó su reglita de 15cm en la cartuchera, se sentó cruzada de piernas en el suelo y remarcó con birome azul los cuatro recuadros de diez por diez, dos para ella, y dos para su hermano. La hoja que peor quedó fue de ella. La otra, la arrancó y se la entregó a Ezequiel con su cuaderno de comunicaciones. Él la aceptó, y se sentó con la espalda apoyada contra el otro lado del pasillo frío.
En alguna parte, alguien tenía prendida la TV, y se adivinaban en el volumen bajo los alaridos de un conductor de programa de concursos. Por el amplio ventanal del final del pasillo casi no entraba luz ya, y las lámparas de tubo enfriaban lo poco que quedaba del último girón del verano en los baldosones de granito. Marina sacó el buzo verde del colegio de la mochila, se lo puso, y después levantó y juntó las rodillas para apoyar la carpeta y bloquearle la visión de su tablero a su hermano. Arrancó por ubicar el barco de cuatro casilleros, después ubicó los tres de dos, luego los dos de tres y por último desparramó los pequeños de un espacio.
— Arrancás vos —concedió Ezequiel.
— D5
— Agua. G4.
— Averiado. B8.
La TV lejana traía ahora el eco de un reggaetón que se perdía casi sin bajos, el fantasma de una alegría de estudio, lejana. Desde el otro lado del pasillo se escuchaban los estertores de una señora mayor que no parecía poder parar de toser.
— ¿Be o De?
— Be.
— Agua. G3
— Agua. G3.
— Agua.
La tía Esther salió de la habitación 404, y procuró esbozar una sonrisa para pasar entre los hermanos.
— Me voy a buscar un café, ¿quieren algo?
— Un café con leche y algo dulce, ¿puede ser?
— Dale. ¿Vos Ezequiel?
— No, gracias, tía, yo estoy bien.
— ¿Seguro?
— Andá tranquila.
Y el paso de la tía Esther se perdió primero por el pasillo de la izquierda, luego escaleras abajo.
— ¿A quién le tocaba?
— A vos, Eze.
— OK, F4.
— Buh, hundido.
— Chicos, bajen la voz, por favor —pidió la cabeza cansada de su madre desde la puerta de la habitación—. O vénganse a jugar acá adentro y cerramos la puerta.
— Hablamos más bajo. Igual la tele del viejo sordo de la 409 está más fuerte que nosotros, ma.
— ¡Ezequiel!
— Mirá si va a escuchar…
— Igual, no es modo de…
— Escuché que sonó el teléfono, ¿hubo alguna novedad de papá?
— Todavía no, hay que esperar.
— Tratá de descansar algo.
Ella apretó los labios y volvió a entrar en la habitación. La oyeron prender la televisión, bien baja, y cambiar interminablemente los canales. Marina estiró la pierna derecha para darle una patadita a su hermano del otro lado del pasillo.
— D7.
— ¡Qué puntería! Hundido. A5
— Agua. F4
— ¡Averiado! Te despertaste, Marina —ella sonrió—. B6
— Agua. G4
— Averiado…
— Ah, es uno de los grandes.
— C7
— Agua. H4
Escucharon el silencio repentino en la habitación 404 que indicaba que su madre había apagado el televisor. Marina imaginó el gesto ofuscado de apretar con demasiada fuerza el control remoto mientras su hermano respondía:
— Agua. D8.
— Agua. Poca puntería eh. E4.
— Hundido. E9
— Averiado.
— ¿Viste qué poca puntería?
— I9
— Hundido.
— Te cerré el culo.
— Está por verse. D9.
— Averiado. F6
— Averiado. ¿Vos me estás viendo el tablero?
— Te juro que no.
— Dale, Marina, que te conozco.
— ¿Cuándo querés que lo mire si lo estás tapando con las patas y no me levanté?
— Las piernas.
— Lo mismo.
La campanita del ascensor al abrirse. Y la tía Esther, haciendo equilibrio con cuatro vasos térmicos descartables.
— Te traje uno igual, Eze, la noche puede ser larga.
— Gracias tía — respondió él mientras se levantaba a ayudarla, con cuidado de dejar su diagrama de cara contra el piso. Marina tapó rápidamente el suyo para aceptar su café, y la barra de Nugatón que su tía había sacado de un bolsillo de su campera deportiva.
— Gracias tía. ¿Seguimos, Eze?
La tía Esther volvió a perderse adentro de la 404. Cerró la puerta, y escucharon el rumor casi indiscernible de voces, el reporte que la tía había podido obtener abajo.
— Bueno, E3
— Agua. ¿Te olvidaste del averiado?
— Uh, sí, ¿no lo puedo cambiar?
— No, ya te dije que agua. E6
— Hundido. E9
— Averiado. D9
— Agua. ¿F9?
— Hundido. B6
— Agua. E6.
— ¿E o Be?
— E de Ésta.
— Averiado —tomó un largo sorbo de su café caliente, y mordisqueó su chocolate antes de agregar— ¿G7?
— Averiado —Ezequiel hizo gesto de quemarse con el café, y lo revolvió como pudo con la ínfima palita de plástico que su tía había traído para mezclar el azúcar— D6
— Agua. G8
— Averiado. E6
— Averiado. G9
— Averiado.
— ¡Uy, el grande!
— Y sí, es el más fácil de ubicar, salame. E7
— Agua.
— Putamadre —y se rascó con gesto nervioso los pocos pelos largos que hacía bien poco que le crecían en el mentón.
— G10
— Qué sorpresa, hundido. E5
Nuevamente la campanita del ascensor
— Hundido.
— ¡Ja!
La que pasó esta vez no era una de sus tías, sino una enfermera bajita, entrada en carnes y en años, con un guardapolvo celeste pálido y rostro cansado. Golpeó en la 404 antes de entrar.
— H3
— Hundido —llegó a decir Ezequiel, antes de que lo silenciara el frío del llanto repentino de su madre, y la tía Esther que salía a la puerta de la habitación, a mirarlos y negar lentamente con la cabeza, cubriéndose la boca y la nariz con la mano.
Él se puso de pie enseguida, su hermana tardó en pararse y dejar caer la birome azul y el tablero del partido prácticamente ganado al suelo. Se abrazaron en silencio, acompañados por los sollozos de su madre y su tía, y el eco lejano de una propaganda de quitamanchas.

viernes, 23 de enero de 2015

Perséfone



Dicen algunos que es la seca de este año, que esto no es lo normal, que el año pasado no fue así y el que viene seguro mejora. Otros, más pesimistas, dicen muy seguros que es porque en las sierras se está terminando el agua. Que es un desastre ecológico sin precedentes, que es el cambio climático, que los ríos no suben, que es la minería, o el agro, o que el agua se la llevaron los extraterrestres para hacer un dique donde mojar las patitas allá abajo en Erks y hay que prenderles sahumerios para que la devuelvan. Qué se yo. Lo cierto es que todos los pelotudos como yo que vinimos por los arroyitos acá estamos, secándonos como lagartos al sol al lado de cauces que casi no tienen agua, un poco de barro nomás, con un calor de los mil infiernos. Y los tanques de las hosterías se vacían y no llegan a recargar, tampoco. Un horror. Ya me pasó los primeros días en Capilla del Monte, había que apurarse para bañarse en los horarios en que llegaba agua a los tanques.
Por lo menos parece que más o menos la pegué con la segunda semana, cuando me fui de Capilla. Resulta que el hostel pedorro en el que reservé, por algún error, sobrevendió plazas, y como más hospedaje disponible no hay en el pueblo, arreglaron con una vecina que tiene dos cuartos para que me alquile uno al precio pactado. Saqué un cuarto individual al precio de una habitación compartida con cinco patasucias, golazo. Y la señora Adela, la dueña de casa, aparte de tener mucho tanque de agua para poca gente, cocina como los dioses. Qué desayuno de tostadas gomosas con café de termo, no, ahí es pan casero caliente con mermelada casera, y café de cafetera Volturno recién hecho.
Parece que no hace tanto que alquila el cuarto para turistas, y obviamente, doña Adela tiene más de ochenta, no sabe ni prender una computadora, así que arregla in situ según van cayendo visitantes al pueblo.
Ah sí, justamente, eso te iba a contar. Resulta que la señora tiene dos cuartos, pero alquila uno solo, el más chico. “La habitación de huéspedes”, que le dice. La otra, la deja cerrada toda la semana. Si le preguntan y se lo piden, mira con los ojos muy grandes, y dice “cómo voy a alquilar el cuarto de Paulita, usté está loco, ¿no?”
“Paulita no va a volver, señora”, le repetía en voz bien alta, cuando perdía la paciencia, el dueño del hostel, un gordo roñoso hijo de puta, que no lo debe querer ni su vieja. “A Paulita se la llevaron y no la van a devolver”.
Sí, esa conversación me tocó el primer día. Le quería encajar un rosarino que llegó un poco después que yo y tuvo menos suerte. No, no consiguió la habitación de Paulita. Se tiró el lance de tirar una bolsa de dormir en mi cuarto, pero ni ahí, te imaginarás que si conseguís el paraíso no te dan ganas de compartirlo con un rosarino narigón que seguro ronca como un aserradero a las ocho de la mañana.
Al final doña Adela lo terminó aceptando, sí, pero en el sofá, con su bolsa de dormir. Menos mal que dije que no, medio desastroso el tipo. Buena onda, pero una roña. Y roncaba, sí. Las narices no mienten.
De Paulita, Adela nos explicó, todas las veces que la dejamos hablar, que era su hija, que tenía veinte años, y que estaba estudiando y trabajando en Córdoba capital. Insistió en que volvía los fines de semana, y en que el gordo del hostel (no me acuerdo cómo se llamaba, ¿Francisco? ¿Franco? era un nombre horrendo con efe seguro) era un guarango y un malagradecido. Después volvía a insistir en que había que escucharla cantar y tocar la guitarra a Paulita, que ya íbamos a ver. Con Pablo, el rosarino, supusimos que la vieja estaba medio pirada. Digamos, como te dije, la señora debía tener unos ochenta y cinco por las tapas, ¿qué la tuvo, a los sesenta, por milagro como Sara? No está en edad ni para tener una nieta de esa edad.
Pero el viernes, a las nueve de la noche puntual, escuchamos unos golpecitos rítmicos en la puerta, casi que melodiosos, Adela fue a abrir, y vimos finalmente entrar a la famosa Paulita. La vieras. Bah, las vieras. Porque doña Adela también pareció cambiar. Es como si las décadas se le hubieran ido de los hombros, no sé. Dejó el bastón por ahí, y se apuró a servir otro plato de ñoquis al lado de los nuestros, mientras nos presentaba con una sonrisa, “Paulita, estos son Leandro y Pablo, y son nuestros huéspedes este fin de semana”.
Paulita… Eh… Sí, para qué te voy a mentir, era hermosa. Unos ojos color miel preciosos, el pelo hasta la cintura, y un cuerpo que ni te cuento. Pero es como… A ver, no sé decir bien en dónde estaba la cosa, si en el corte de la blusa o de los pantalones, algo en la forma de maquillarse, ni idea. Pero es como si la hubieran sacado, no sé, de un álbum de fotos del año del petardo. Algo así. Cenamos con ella, hablamos un poco, nos prometió llevarnos al día siguiente a un arroyito que efectivamente conserva una cantidad razonable de agua. Después, cada uno a su cuarto.
No, no pude ver mucho de su cuarto. Un vistazo rápido cuando entró, nada más. La guitarra, muchos libros, una colcha de parches de lana sobre la cama.
Y sí, al día siguiente desayunamos los tres bien temprano, y ella nos llevó a campo traviesa primero, sierra arriba después, sierra abajo por un sendero de tierra, y terminamos en un arroyo con unas ollitas geniales. Ella se sacó la remera, había llevado una malla enteriza a lunares.
En fin. Doña Adela nos había preparado sánguches, pasamos todo el día ahí, y para cuando volvimos ya estaba cayendo el sol. Yo me quedaba hasta el lunes a la mañana, así que el domingo quise repetir. Nos acostamos temprano, y al día siguiente nos fuimos al arroyo, yo con mi ukelele y ella con su guitarra. Vieras la gracia que le hacía a la mina el ukelele, cualquiera diría que nunca había visto uno. Rosario no vino.
Qué se yo, la pasamos bárbaro. Nos zambullimos, nos secamos, comimos sánguches de peceto y berenjena, tocamos un rato (lo de que toca como los dioses es cierto, eh), hablamos bocha de libros y de política… No, no pasó nada. Yo quise, ella no. Todo no se puede. Bah, ahora en retrospectiva no sé. Por ahí mejor.
En fin, el domingo a la noche se fue, así medio de golpe como vino. Doña Adela volvió a ser una anciana y la casa se quedó en silencio. Un silencio pesado, incómodo, distinto del de los primeros días.
Yo me fui al otro día, sí. Desayuné, preparé la mochila, y me fui a la estación. Me crucé con el gordo Franco (¿o Francisco?) en la estación, me preguntó con toda su amabilidad falsa cómo la había pasado. Le dije que bien, que Paulita nos había llevado a Pablo y a mí a unas ollitas copadas. No sé, me miró muy raro. “No sé quién te llevó ni adónde, pibe, esa señora hace más de treinta años que no tiene hija y no hay agua a veinte kilómetros a la redonda”, me dijo. Me puso una mano en el hombro, me indicó que mi micro estaba para salir, prendió un pucho y se fue a la mierda, así, sin saludar. Gordo forro.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Epitafio de Seikilos



Tengo que hacer, alguna vez, una versión de esto, que aparte de ser la canción más vieja que tenemos es una hermosura.





 

lunes, 3 de marzo de 2014

La casita en el bosque


Yo soy la sombra que en tus sueños ves
tiembla y retuércete
en lagunas negras báñame.
It’s them! Huye y escóndete
tu muerte será más cruel.
Melisa Marti (Las Fantásticas Pupés), "Ciné B"

El viaje es tranquilo, el día despejado y los cabellos jóvenes relucen con los parches de sol que entran por las ventanillas, mecidos por el bailoteo de cabezas que se mueven al compás de la música en la radio. Hay que consultar mapas e indicaciones para creer que efectivamente hay que doblar ahí, en ese camino poco transitado apenas señalado por un cartel que indica con letras el nombre inequívoco de la dirección, y con óxido que el Estado claramente no suele preocuparse por ese rincón más de, cuando mucho, una vez cada treinta o cuarenta años. Eso no resta alegría a los viajeros: es verano. Hay sol. La naturaleza parece a la vez inmensa y amigable, un útero verde gigante en el que olvidarse de todo. ¿Qué podría salir mal?
El espectador, guiado por títulos inequívocos como The Evil Dead (Diabólico), Friday the 13th (Viernes 13), The haunting of Hill House (La maldición de Hill House), Hell House (La casa infernal), y The Shining (El Resplandor), y por, según sea el caso, posters o tapas que también dejan muy poco lugar para la confusión, no tiene prácticamente margen de error alguno.


Para seguir leyendo, click aquí




miércoles, 27 de noviembre de 2013

Revista Luthor #17

por Guadalupe Campos, Martín Azar
Interdisciplinariedad y caridad interpretativa en los estudios literarios

por Luis Beltrán Almería
Panorama de los estudios literarios

por Gustavo Riva
Una arenga para investigar las transformaciones de la ficción saliendo del hermetismo disciplinario

FANTÁSTICO, POLICIAL, RELIGIOSO, AMOROSO
por Mariana Valle
La voz del "otro" social en la literatura cordobesa.

por Rodrigo Baraglia
Sobre H.P. Lovecraft, la disyunción en el Ser, de Fabián Ludueña Romandini

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un sueño de Gava


   No era la primera vez que Gava visitaba ese lugar en sueños y, como todas las veces anteriores, supo a ciencia cierta al entrar que no sería la última. En esos pasillos, en ese salón, sobre todo en la torre, Gava dejaba de ser la princesa idiota, la princesa inútil. Ahí dentro, ella entendía, muchísimo más de lo que Keala sería capaz de comprender, mucho más incluso que Faghad. Y entendía, al hacer sonar el eco de sus sandalias bordadas de piedras preciosas entre las altas columnas de roca azulada, que su hermana Faghad era en Bjurikti la única persona capaz de realmente comprender algo. El precio, sin embargo, era caro: comprender durante el sueño era comprender sus límites en la vigilia, sentirse mortificada por el recuerdo del sonido animal de su propia risa, la repentina conciencia de los dobles sentidos en las frases crueles de las jóvenes de la corte, la relevancia nula de sus preocupaciones del día por el color de una hebilla, el brillo del pelaje de un nuj, el afecto duro de su ama que la quería con pena.

   Llevaba puesta la misma túnica verde del día, entallada a su cintura fina, y el mismo anillo con la señal de las Sulim en su mano izquierda que su madre le había regalado al cumplir los doce años, el mismo día de su primer sueño en el salón de las columnas azules. Podía, en el sueño, recordar con claridad ese su primer sueño, cuando por primera vez había comprendido cabalmente que era la princesa imbécil, la vergüenza de su estirpe, y que nunca sería reina. Se había sacado el anillo con furia, lo había arrojado lejos y se había echado a llorar amargamente hasta que Alea había llegado, con su pelo blanco, sus mismos ojos verdes, su mismo rostro a la vez redondeado y fino.

   Esta vez notó, por primera vez, que en el sueño su larga cabellera rubia era del color del fuego. No se sorprendió: en el sueño, Gava pese al anillo de las Sulim era, sobre todo, una de la estirpe de las reinas brujas. Y había sabido así, sin necesidad de preguntarlo, adónde estaba, y por qué era ese también su hogar.

   Respiró profundamente, intentó sin mucho éxito apartar de su mente el recuerdo de su hermano Ílsitar que había jugado toda la tarde al gars con ella dejándola ganar calculadamente vez por medio, el gesto cansado y aburrido que en la vigilia le había resultado inexplicable y ahora le era claro: Ílsitar seguramente prefería los juegos militares con los otros niños y jóvenes nobles a dejarse ganar por su hermana mayor idiota.

   Ílsitar, él sí, tenía el cabello de fuego como lo había tenido su padre, y como ella lo tenía ahora en el sueño. Era un hombre hermoso, como cuentan que lo había sido Búcor, y era extraño que todavía ninguna de las Ihalim ni de las Qualim ni de ni de las Zaelim lo hubiera pedido en matrimonio.

   Es que nadie, se dijo en el sueño, podía querer la sangre maldita por Sílik que venía de Búcor el Bello y que era el origen de su desgracia.

   Escuchó la voz suave de Alea que la llamaba desde la torre, que pronunciaba regodeándose en cada sílaba Gava de las Sulim hija primogénita de Dapes, y ella se dejó llevar entre las columnas azules hacia el colorido mosaico del suelo del Gran Salón. Notó entonces que el piso del salón había cambiado, y que en lugar del mosaico de flores habituales podía verse el retrato tremendo de Keldre con las señales de la diosa Gukduk-hé, tan terrible que la hizo retroceder.

   Entonces notó que el rostro de Keldre no era en verdad el de su temible bisabuela: en su lugar, los ojos de Keala miraban con todo el peligro que pueden contener los de una fiera acorralada.

    De pie en un rincón, Alea, por primera vez, lloraba, y se arrancaba los cabellos.


    La angustia, los ojos terribles de Keala y la imagen de Alea tirándose de los cabellos fueron todo lo que Gava retuvo al despertar. Pero, despierta, maldita por el dios niño nuevamente, no supo ya qué hacer con nada de eso. 

jueves, 10 de octubre de 2013

9 de bastos


Leer un poco a Josefina Ludmer. La mina vivió en Estados Unidos. Pone dos palabras en Inglés a la página cinco, porque sí, y con error ortográfico: wellcome back. Y el futuro es un flash, y ya llegó hace rato.
Soy una medievalista principiante y enamorada. Pero desde que me recibí, y sobre todo desde que empecé el doctorado, rara vez leo literatura medieval (o estudios sobre textos medievales) en los tiempos que me dejo para lectura libre. En general leo literatura contemporánea (sobre todo argentina, seguida de cerca por esos géneros considerados menores como el fantasy o el terror), o teoría. En general vengo disfrutando más bien poco mis lecturas (salvo por alguna cosa de Shirley Jackson, Stephen King y Leonardo Oyola). Y dejo muchos libros sin terminar. No me queda claro si leo en el tiempo libre para descansar, o si me canso en el tiempo libre para disfrutar de las tardes tranquilas del Instituto de Filología, tan lleno de polvo y silencio.
Creo que voy a devolver Aquí América latina sin terminar.

miércoles, 5 de junio de 2013

Un tema colgado

En rigor, estuve en duda acerca de si incluir este borrador en el pequeño rejunte lo-fi que anda linkeado en el post de abajo. No lo hice porque en realidad esto fue hecho para otro proyecto, para hacerlo con otra gente, en otro contexto, con mucho más trabajo. Pero bueno, fue quedando en mero proyecto por mucho tiempo.
Calculo que voy a subir una versión mejor de este (que como escucharán en esta grabación de hace algo más de un año tenía hasta partes sin definir) y de algunos otros temas del rejunte de abajo en no demasiado tiempo.



 

jueves, 7 de febrero de 2013

Borradores Caseros

Como saben, una de las cosas que suelen caer a este pobre blog son grabaciones caseras de canciones a medio terminar, grabadas con la peor tecnología disponible para la fecha (nunca suenan mejor de lo que sonaría un cassette puesto en un radiograbador, y eso con mucha, mucha suerte). Para quien le interese hacer la experiencia de escucharlas de corrido (junto con un par de extras que nunca subí acá), hice un paquetito que pueden descargar cómodamente aquí.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Pero eso parece ficción

"Existe un mundo real, claro, y tenemos versiones basadas en el lenguaje que expresan de diversas maneras nuestra relación como comunidad humana con él. Negar por completo su existencia y la relación entre lo real y la experiencia humana es un giro muy simpático para producir papers en serie, pero poco útil a la hora de fabricar la computadora en que el teórico los escribe. Aunque sí es cierto que, desde nuestro punto de vista humano, sólo podemos acceder a versiones parciales con distintos niveles de contradicción, es cierto que se trata de versiones que, como mínimo, nos permiten funcionar. De esas versiones, algunas son aceptadas como válidas (actualizadas), otras como caducas (versiones que fueron consideradas válidas en el pasado, como el mundo explicado según dioses griegos), otras consideradas falsas, y otras sencillamente consideradas ficcionales.
Es claro que no pedimos lo mismo de una buena mentira que lo que exigimos para una ficción funcional, y allí es donde Goodman, Lewis y Doležel pierden algo de poder explicativo. Hay universos pensables en los que podemos situar ficciones completas que, sin embargo, distan de ser comparables con la más locamente contradictoria de nuestras versiones del mundo real: evidentemente, somos menos exigentes con la verosimilitud a la hora de crear un pacto de lectura ficcional que a la de creer una pretendida versión de la realidad. Hay universos muy coherentes que, sin embargo, poseen un número demasiado elevado de elementos inexistentes en ninguna de las versiones aceptadas como reales, y que por lo tanto pueden ser considerados ficciones eficientes, pero mentiras deficientes"

lunes, 12 de noviembre de 2012

Todas las voces

Hoy, en el colectivo, buscando algo en un cuaderno que uso para cosas completamente misceláneas hace un par de años, di con este relato. No tengo ningún recuerdo en absoluto de haberlo escrito. Ninguno. Es probable que esté incompleto y que formara parte de una idea mayor, pero no tengo modo de saberlo, y hay algo ominoso en su condición fragmentaria que me disuade de intentar integrarlo a otra cosa.  No hay marca alguna que indique cuándo lo hice, podría ser de cualquier momento entre 2009 y ayer. En la página anterior, hay unos apuntes de un grupo de estudio anterior a la mera existencia del grupo que dio origen a Luthor. En la posterior, notas del ENEL 7. Ya eso mismo es raro.


La luz entraba sucia por la ventana cerrada. Podría haberse preguntado si alguna vez la habrían abierto, pero ya no perdía el tiempo en ese tipo de nimiedades. Porque no le quedaba mucho. Así que prefería ver la manera en que los rayos grises que la lluvia le dejaba esta vez jugaban con los hielos de su vaso, y discutir mentalmente con los ausentes. Porque era el último que quedaba y alguien tenía que encargarse.

El primero había sido Rodolfo, y la primera voz en partirse para no romper el quinteto había sido la de Silvio. Después se había ido Jerónimo, y sin que nadie se lo pidiera Gaspar, que no en vano era su primo, se había duplicado para no dejar huérfanos los comentarios un tanto ingenuos del perdido. Cuando le tocó a Silvio, los dos restantes se limitaron toda una tarde a mirar la mesa en silencio y a tragar cantidades inusuales de whisky barato. Pero ya para la reunión siguiente Gaspar se quedó con la seriedad de Rodolfo y él, por vez primera, con la aguda capacidad observadora de Silvio.

Y cuando por fin se fue Gaspar, no le quedó otra que hacerse cargo de todas las voces huérfanas. Con mejor o peor suerte, de acuerdo con el día. 

viernes, 1 de junio de 2012

La fiesta de al lado

    La cancioncita en realidad tiene unos dos meses, y esta es una segunda grabación porque la primera era completamente inescuchable, porque la fui componiendo por pistas, a medida que grababa, letra incluida, empezando por la línea de bajo.
    Algunos de los problemas técnicos que tuve entonces y que son responsables por muchos de los defectos que esta nueva versión también trae los sigo teniendo: no tengo un bajo en casa, esa línea está grabada con un tecladito Casio bastante berreta (que me regalaron para mi cumpleaños de 8, y no, no tenían pensado mandarme a clases de piano, así que es un teclado tirando a económico que este año cumplió 21: el sonido es malo, salta, hace cosas raras...). Que tiene una sola salida de audio, para auriculares, así que como eso lo puenteé a la computadora y el retorno con delay de Audacity no sirve, tuve que grabar esa pista sin escuchar una sola nota, lo que hace que eventualmente pierda un poco la cadencia, porque la imaginación no es tan prolija como la oreja. Además, no tengo más micrófono que el que viene en la notebook, que graba con mucho ruido: limpié todo lo que pude, pero como resultado mi voz se escucha como si fuera una llamada telefónica desde Rusia. Y, por último, mi computadora graba con un delay importante, que tuve que ajustar completamente a mano, así que disculpen si la sincronización no es 100% prolija.
    Si con todo eso igual se animan, acá se puede escuchar:


sábado, 19 de mayo de 2012

Y quién se hace cargo de los platos sucios.


(En respuesta a esta entrada en el blog de Cecilia Pavón)


Hace tres meses que estoy buscando un libro y no lo encuentro.
No es un libro puntual, sólo tiene que tener tres características: lo tiene que haber escrito una argentina de menos de 40 años, tiene que ser narrativa, y no tiene que ser realista (en el sentido de modalidad representativa, no de corriente estética).
No voy a explicar los motivos de la búsqueda (sería largo y ombliguista), y esto no es un estudio formal, sino un vagabundeo interminable por librerías, que termina siempre, para alivio de mi bolsillo no financiado, en esperanzas rotas.
Noto que todo lo que encuentro publicado por chicas de menos de 40 en Argentina parece ser poesía, y que discurre casi exclusivamente sobre los eventos más elementales de la vida cotidiana (la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, las relaciones de pareja). En narrativa, vengo encontrando un nombre femenino cada veinte masculinos (en poesía es mitad y mitad). Ese nombre femenino la mitad de las veces corresponde a alguien que pasa sobradamente los sesenta. La otra mitad, es narrativa que roza la poesía de cerca. Y habla sobre la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
Miro una tapa de Cosmopolitan, Para Tí y Susana en el kiosko de diarios. La casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
(A Joanne Rowling, cuando no la conocía nadie, la publicaron como J.K. Rowling porque era mujer. De hecho, se tuvo que inventar una segunda inicial ad hoc, porque no tiene segundo nombre. Una inicial sola quedaba fea, ¿y quién iba a comprar las fantasías de una mujer?)
(Silvina Ocampo era bastante mejor cuentista que Bioy Casares. Pero a ella nadie la lee. Su marido tiene una calle a su nombre en Recoleta)
A veces me da la sensación de que los criterios el mercado editorial no está demasiado lejos de las nefastas revistas femeninas. O es eso, o una mayoría abrumadora de las muchachas que escriben (no creo, no quiero creer) compran ese discurso. Sé agradable, no levantes la voz. Si la levantás, es porque estás premenstrual, o sos una loca, y merecés que se rían de vos, así que mejor que no haya dudas de que estás histérica. Por sobre todas las cosas no se te ocurra tener imaginación. La imaginación es cosa de hombres. La mujer que investiga su imaginación es un monstruo peligroso. La que no vuela es más manejable.
No desmerezco el trabajo de esos nombres femeninos (algunas son escritoras de calidad, en las mismas proporciones escasas en las que se encuentran escritores masculinos de calidad) en los estantes que no cumplían con lo que determiné en una búsqueda, en sí, de voces femeninas que pudieran dialogar un poco conmigo en un momento en el que me siento un poco ahogada bajo el peso de los cuerpos de muchos hombres viejos o muertos. De hecho, calculo que eventualmente voy a encontrar lo que busco, y las chances de que esté bueno serán iguales a las de que cualquier libro elegido al azar valga la pena. Pero se me da por preguntarme por el origen de ese hiato.
Descreo de los argumentos biologicistas, naciste mujer, estás programada para servir, y para emocionarte de puertas adentro. Siempre de puertas adentro.
Salir de la casa no es la ironía y la distancia.
Y, hablando de monedas culturales, parece que, además, los viajes imaginarios están bastante depreciados.
Sólo se puede soñar con dragones para distraer la cabeza en Hollywood. Guilty pleasures.
En mundos en los que las chicas son todas hermosas.
Como en una tapa de Cosmo.

domingo, 29 de abril de 2012

Matutino


    Prendió la computadora antes que la cafetera. Siempre hacía eso. Cuando vivía con su madre, solía incluso valerle algunos comentarios hirientes. Ahora, sola, podía hacerlo sin rendirle cuentas a nadie. Prender la computadora en ayunas, con la boca pastosa, incluso en bombacha. 
    No había caso, no terminaba de acostumbrarse.
    Había varios mails en su casilla. Chequeó rápidamente que él no le hubiera escrito. Nada suyo. Ahora sí, podía caminar el par de pasos que la separaban de la cocina, prender la cafetera, e ir al baño a lavarse el gusto a despertar de la boca. 
    En realidad, ya había dejado de esperar que él le escribiera. ¿Para qué? Si a fin de cuentas eventualmente lo iba a hacer, para pedirle algo.
    Cuando se habían conocido, años atrás, ella lo había catalogado rápidamente como un muchachito insignificante. Bonito, tal vez, pero como puede serlo un cuaderno nuevo de tapa dura con forro araña verde: sin encanto particular, sin personalidad, sin historia. Habían hablado mucho desde el principio, eso sí. Pero porque él se obstinaba en acompañarla y en darle charla. Ella había tenido que preguntarle su nombre muchas veces, en el intervalo entre el primero y el segundo bloque de un teórico, y probablemente había hecho las mismas preguntas varias veces: ¿qué orientación era que estabas haciendo? ¿Vos cursaste Teoría y Análisis el año pasado? ¡Pucha que sos chico! Y él la miraba un poco mortificado, con media sonrisa y un cambio rápido de tema ya preparado en los labios.
    Ojalá el dentífrico tuviera cianuro en vez de flúor. Aliento fresco, dientes más blancos, deceso garantizado.
    Ojeras.
    Había vuelto a dormir pésimo.
    Había vuelto a soñar con él.
    Un sueño largo, pesadillesco, con un largo beso tierno interrumpido por la catástrofe.
    "Interrumpido por la catástrofe", dijo en voz baja, con una mueca. Ojalá. Pero pareciera que la vida se esforzara muchísimo por ser prosaica en todo lo que tenía que ver con él. Chico intenta levantarse a chica, situación de beso potencial interrumpida por un pseudoamigo ebrio, un año casi sin verse hasta la próxima materia juntos, hasta caer en el mismo bucle de la maraña de conocidos que representa la vida universitaria. Chica intenta recuperar la atención de chico. Chico se acuesta con chica y acto seguido se pone a salir con otra. Bah, acto seguido. Técnicamente antes.
    Se sirvió un tazón de café con leche que era casi un balde de cortado, sacó de la alacena el jarro de las galletitas y volvió a la computadora. 
    Alguien que fabrica ropa quiere ser tu amigo en Facebook para venderte una remera. Tienes cuatro invitaciones para Loserville. Javier Naboletti te ha etiquetado en una foto. A ver. Una foto estándar de una copita de champán a cuarenta y cinco grados, y un saludo de año nuevo. Fah, el primero. Ya mediados de diciembre.
    Eligió un paquete de la lata, lo abrió, sacó una galletita de salvado y la mordió. Puaj. Seca como telegrama de despido. Mejor ir a buscar mermelada, y ponerle mucha.
     Volvió a mirar su casilla. Siete mails, cinco de listas de correo. El sexto, una cadena de oración enviada por una tía. El séptimo, de un amigo. Abrió ese. Consulta acerca de un artículo, bibliografía obligatoria de una materia que habían cursado juntos. Hacía mucho, si todavía no la había rendido debía estar por vencerle ya. Sí, seguramente estaba por ahí. Vaya uno a saber dónde, probablemente adentro de alguna de las bolsas que había tirado sin discriminar mucho abajo de la cama, con los materiales de todas las otras materias aprobadas y archivadas. Luego.
    Por el momento, se limitó a responderle dos líneas de promesa, ya te lo voy a buscar.
    Miró alrededor. Papeles. Más papeles. Allá, más papeles. Dos monografías y un final. Lidia, vos y tus planes megalómanos, se dijo. Con suerte podía llegar a armar una monografía pasable para Europea Medieval. Y a preparar el final de Latín II de una buena vez. Siglo XIX, seguramente debería esperar mejor ocasión.
    Volvió al baño, para darse una ducha casi fría. Estaba peluda. Señal externa de estar sola. Y en época de  finales. Miró la maquinita de afeitar. Oxidada. Tendría que comprar una nueva. Igual, para qué. 
    Usó poco shampoo. Había poco, todavía no le habían pagado el sueldo, y difícilmente lo hicieran hasta la semana siguiente.
    No le gustaba secarse el pelo. En alguna época, muchos años atrás, el secador solía traerle dolores de cabeza. Ya no, pero seguía usando la excusa porque era buena. Así que se vistió y peinó su pelo, mojado como estaba, para salir. Siempre esperaba que sus alumnos le dijeran algo al respecto, pero no, nunca ocurría. Y menos cuenta se iban a dar los que venían a la semana de orientación de Diciembre, que eran precisamente los desorientados.
    Buscó una cartera mediana. La de las flores violetas iba bien. Era cuestión de encontrar el resto: las listas, la billetera, los programas de examen, un libro. Sí, ese que le había prestado él, y que tenía alguna marca interna suya para mortificarla. Por qué justo ese. Buena excusa: hace bastante que lo tenía, y seguramente lo tendría que devolver relativamente pronto.
    Miró la hora. Claramente no nadaba en mares infinitos de tiempo, pero no precisaba apurarse demasiado tampoco. Se sirvió un último café ya casi helado, lo tomó de un trago y salió. Bajó por las escaleras, para hacer un poco de ejercicio. Igual, eran sólo cinco pisos. Y tenía unos veinte minutos de sobra.
    O por lo menos eso creía, hasta llegar a la boca del subte y ver la ominosa letra B parpadear. Puta madre.
    Bajó igual. Con un poco de suerte enganchaba justo el subte repleto y podía llegar a horario.
    Llegó al andén apenas a tiempo para ver cómo el último vagón rojo se metía en la enorme boca del túnel. Imagen casi obscena, pensó. Puta madre.
    Peló con dedos nerviosos un chicle de fruta. Es cruel que no haya dónde fumar ahí abajo. Masticó con fuerza, como si quisiese dejarse una amalgama en ese pedacito de masa rosa.
    Mientras tanto, el andén se llenaba de gente y de furia. Un bebé lloraba, con ese volumen inexplicable, sobrenatural que sólo puede alcanzar un humanito de menos de diez kilos. Motivos para no tener hijos, pensó. Por un segundo se imaginó con un nene de tres que garabateaba furiosamente las páginas de guarda de su colección de Clásicos Castalia, mientras un bebé lloraba como sólo pueden hacerlo los bebés y las almas en pena del Infierno.
    Imaginó a Dante y a Virgilio rodeados de hordas de niños de menos de tres años en pleno ataque de llanto. Con razón el florentino había tenido una relación tan disfuncional con su prole.
    Escupió el chicle en un tacho lleno de Subtepass usados. Le dolía la mandíbula. Buscó los bancos del andén con la mirada. Ocupados, claro. Con más niños inquietos.
    Abrió el libro para pensar en otra cosa. Cayó un boleto del 55. La última vez que lo había tomado, había sido para ir a la casa de él. Wendepunkt.
    Afortunadamente apareció otro gusano rojo para sacarla de tema. Vaya a saber qué dirán los kanjis de las ventanas del maquinista. Nunca se tomaron el trabajo de sacarlos ni de cubrirlos.
    Guardó el libro sin prisa. Quería quedar cerca de la puerta, eran sólo dos estaciones. Abrazó su cartera, tomó aire, y se sumó a la masa de cuerpos forcejeantes. Hubo dos avisos frenéticos por el altavoz hasta que alguien, gritando insultos y pegándole a las ventanillas, quedó finalmente afuera: no entraba más nadie en ese tren.
    Miró hacia arriba para poder tomar algo de aire. Estaba mareada. Todo el tren era una masa de carne y sudor y olores humanos.
    Una estación. Tropel de gente que baja, esfuerzo para volver a subir. Próxima Carlos Pellegrini, combinación con líneas C y D. Una más. Tuvo un acceso de tos. Trató de aguantar: no podía cubrirse la boca, y no quería tampoco toserle en la cara al muchacho de camisa rosa que tenía pegado enfrente. Así que tosió con la boca cerrada, y se terminó de ahogar. El ruido del subte lo llenaba todo. Con un par de años menos (no muchos, un para apenas) se habría puesto a llorar bajito, y la gente habría pensado que venía de un entierro o algo así. Pero había llegado más o menos a acostumbrarse. Más o menos. Antes de mudarse, pensó, rara vez viajaba en subte.
    El tren se detuvo, y la gente bajó atropelladamente, luchando con el otro más pequeño montón humano que, sin esperar, hacía fuerza para entrar.
    -¡Che, dejen salir, carajo! -gritó, con su último resto de aire.
    Se cayó. Se sintió ridícula, de rodillas en el andén, mientras un señor de bigote con rostro preocupado la ayudaba a pararse.
    -¿Estás embarazada? -le preguntó alguien.
    Negó con la cabeza. No, sólo gorda, pedazo de pelotudo. Gorda y ahogada.
    Con él se habían cuidado, pero igual cuando se había hecho la fecha y no le había venido, se había llevado un susto importante. Por supuesto que a él no le había (ni le hubiera) dicho nada. Pero había pasado una muy mala semana. Después resultó que sólo eran sus hormonas, desordenadas por el estrés. Una pastillita todos los días veinte noches al mes y listo. Pensó que tomar anticonceptivos sin chances de sexo era tan patético como depilarse para ir al médico.
    Alguien la había ayudado hasta un banco, y la había abandonado allí. La estación había quedado casi vacía de ese lado. No era tanta la gente que iba desde 9 de Julio hasta Alem en subte: sin un apuro exagerado, era una de esas distancias que es mejor caminar.
    Igual, con la demora, ya volvería a llenarse.
    Se levantó y enfiló hacia el pasillo que combinaba con la línea C. Qué extraño, pensó, pero el pasillo estaba frío. Le parecía improbable que hubiera aire acondicionado justo ahí, donde la gente pasa sólo un par de segundos y a las apuradas, pero en ese pasillo hacía frío. Y no había nadie. Apuró un poco el paso. No le gustaba quedarse sola en los pasadizos del subte. Miró por encima del hombro, por las dudas: nadie.
    Cuando volvió a mirar hacia adelante se frenó en seco. A poco menos de dos metros, detenido en medio del pasillo, había un hombre. Muy delgado, vestido de un gris casi inmaterial, y con un sombrero anticuado de ala ancha que le cubría los ojos. Tenía la piel cenicienta, y la boca, un tajo de un color morado como el que queda en la lengua tras varios vasos de vino tinto barato, estaba torcida en algo que podía interpretarse como una sonrisa.
    -Pe... Permiso -tartamudeó. 
    El hombre no se movió. La temperatura pareció bajar algunos grados más. El desconocido de gris comenzó a levantar la cabeza, con una lentitud que a Lidia se le antojó calculada, y dejó ver una nariz afilada, lívida como la de un muerto. Había, también, un olor pesado en el aire, diferente del tufo a aceite de máquina quemado y a humedad que suele caracterizar a los túneles del subte.
    -A ver, permiso, que vengo cargado y no tengo todo el día, ¿eh? -se quejó alguien desde atrás, con una voz estridente y aguda como las que suelen usar los vendedores ambulantes.
    Lidia se corrió sin pensarlo, y bajó los ojos hacia el costado, donde un señor bajito y rollizo, con un carro cargado de cajas de golosinas, pasó mascullando alguna queja.
    Volvió los ojos hacia adelante. El hombre del sombrero gris ya no estaba.
    De a poco, el aire se volvió irrespirable de nuevo. Por una vez, eso resultaba un alivio. Apuró el paso, no podía darse el lujo de pensar demasiado. Después de todo, seguía llegando tarde.
    Sintió vibrar su celular en el bolsillo. Mensaje de texto. Lo abrió. Era de él. "¿Estás libre esta noche?"