lunes 16 de noviembre de 2009

El espanto



Él y sus animales entraron en su casa. Transido de miedo, quieto, sin un sonido, su corazón se turbaba, nublado su rostro. Pues el pesar había entrado en su vientre. Su cara era como la de un viajero llegado de lejos.
—Epopeya de Gilgamesh, t1-II

Nadie ve a su prójimo, no puede reconocerse la gente desde el cielo. Los dioses se aterraron del diluvio y, retrocediendo, ascendieron al cielo de Anul.
Los dioses se agazaparon como perros acurrucados contra el muro exterior. Ishtar gritó como una mujer en sus dolores, la señora de dulce voz de los dioses gime:
"Los días antiguos se han trocado, ¡ay!, en arcilla, porque hablé maldad en la Asamblea de los Dioses. ¿Cómo pude hablar maldad en la Asamblea de los Dioses, ordenar batalla para la destrucción de mi gente, cuando yo misma di a luz a mi pueblo? ¡Como el desove de los peces llena el mar!"
Los dioses Anunnaki lloran con ella.
—Epopeya de Gilgamesh, t11



domingo 18 de octubre de 2009

Un par de horas después de ver El secreto de sus ojos

(Algunas aproximaciones)


A) Del análisis detallado de lo político se encargó mucha gente. No tengo nada particularmente original para aportar al respecto. Si esperan leer eso, justo hoy salió una nota de Carlos Gradín en Planta que lo toma, y con la que de alguna manera dialogo un poquito en el final de esta aproximación.


B) Creo que la forma más sencilla de caracterizar la película más o menos esquemáticamente puede ser relacionarla con Los Simuladores. Aquella serie había sido tal vez la forma más cerradita de algo que se podría calificar como una forma de narrar frecuente en la televisión nacional (no tanto en el cine), y que se puede definir como la resolución atípica de un problema desesperado y difícil pero corriente con la intervención de agentes corrientes, piezas normales movidas de forma poco común.
En un principio el parentesco del funcionamiento de este tipo de narración con la estructura usual de un policial puede despistar: también hay un "caso" a resolver, pero el enigma, de haberlo (y en El Secreto... lo hay), dura poco. El problema no es cómo armar el rompecabezas, sino qué cuernos hacer con él para que deje de ocupar un metro cuadrado de living. Si hay datos que se le escatiman al espectador y mantienen la atención hasta el final, tienen que ver con conocer aquellas movidas, no con el tristemente conocido tablero.

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C) No, evidentemente El secreto... no es un canto a la justicia por mano propia. Como no lo era Simuladores. Más bien, en la dupla Morales/Espósito ya desde el mismo nombre de los personajes se juega con el dilema de los caminos posibles para subsistir con la impotencia de quedarse solos frente al callejón sin salida de un sistema fallido que no permite volver al orden inicial como en un policial clásico: esa posibilidad está obturada, sólo quedan el sacrificio en pos de reinstaurar un sistema de retribución que parezca dotar de alguna clase de sentido a la conciencia del bien y del mal en una situación desesperada (Morales), o el desperdicio de una vida en la impotencia de la resignación (Espósito).
Es la base problemática de la memoria como concepto político (y no me refiero nada más a la Memoria del 76-83): es un rompecabezas de un metro cuadrado, conocemos lo suficiente del enigma, pero nada de lo que se haga con él puede ser satisfactorio por completo. Implica una postergación eterna de una retribución que nunca será suficiente, una mutilación moral que nunca se resuelve del todo. El más feliz de los finales no invalida la memoria, sólo evidencia su carácter de virgen temible.

lunes 12 de octubre de 2009

Sobrecarga de ornatos dorados

Tengo que confesarlo: me moría de ganas de tener un librito de estos.


Tardé en decidirme: no quería comprarme una traducción de algo que pudiese leer en lengua original, ni me decidía con gastar en algo que ya hubiera leído. Y en casi todas las mesas de saldos en las que encontré la colección, eso pasaba con todos los títulos relativamente interesantes.


Además, claro, de que subieron de precio alrededor de un 50% desde que los mandaron a saldos, vaya uno a saber por qué.


Hubiera querido que alguien me regalara uno de estos para mi cumpleaños, o para mi recibida. Siempre alenté la esperanza de que alguno se apareciera con los dos tomos de Fortunata y Jacinta en esta colección tan exquisitamente kitsch. Pero por alguna razón que desconozco se ve que soy un tanto intimidante como destinataria de regalos: son muy poquitos los que toman en cuenta su sentido del humor a la hora de comprarme algo.


Hoy, entonces, en el Parque Rivadavia, me decidí por este, . No circulan muchas traducciones de ese texto, que yo sepa, y Pushkin me gusta mucho.


Aparte, la escenita elegida para la tapa es impagable. ¿Alguno sabe qué es?

miércoles 23 de septiembre de 2009

Alta Barda (Neuquén I)



Venía caminando, tranquila y cansada, con G. Era nuestro primer día en una ciudad desconocida, nos aventurábamos a buscar nuestro albergue solos con un mapa y un número nada desdeñable de indicaciones orales (nos habíamos separado del contingente bastante pronto) y nos corría el reloj, porque se suponía que yo expusiera mi ponencia un rato más tarde.




En ese contexto llegamos al barrio Alta Barda. Yo miré, me detuve en seco y di un paso hacia atrás. Bonito, repetitivo como suelen serlo los barrios creados con planes sociales, y sede de una serie de pesadillas mías en el año 2006.




Es que mis pesadillas van por series, como mi pobre producción poética: cuando algo en mi experiencia cotidiana no funciona, suelo soñar una y otra vez variaciones sobre los mismos motivos, los mismos ambientes y más o menos la misma estructura narrativa. En un crescendo que hace que paulatinamente los sueños pasen de interesantes a insoportables, y tenga que buscar alguna forma de deshacerme de ellos. Normalmente, implica escribir algo que podría haber sido una versión prolija de un sueño de la serie.
Con el que coincide con estos paisajes de Alta Barda nunca lo hice, simplemente dejé espontáneamente de soñar con las peatonales de casas bajas con escaloncitos y eventuales rejas de alambre tejido. Tal vez por eso me haya chocado tanto encontrarlas en la realidad.





Al menos un par de días más tarde el campus de la universidad de Comahue me regaló un trébol mutante de cuatro hojas. Como para compensar a mi atareada superstición.

domingo 23 de agosto de 2009

Vengo pensando hace varios días la posibilidad de escribir un post acerca de mi graduación. Hace una semana, cuando me llegó el mail que me anunciaba que mi última monografía estaba aprobada y la nota de seminario pasada en actas, pensé bastante en la necesidad o no de hacerlo. De alguna manera tenía que dejar alguna huella en el blog, no podía pasar así, en silencio. Pero la necesidad misma atenta contra la lógica de este espacio, pensado como un sitio para el desborde, para el resto inevitable e innecesario de días oficialmente destinados a otras cosas.
De hecho, llegué a pensar seriamente en cerrar mi arconcito de una vez por todas. Es que también esto me llevó a pensar en otro hecho: un blog, para alguien que escribe y que no tiene eternos ratos de alpedismo en estado puro en el trabajo frente a una computadora, es un arma de doble filo. Si bien abre una vía de comunicación que quiebra las paredes del escrito privado y del inédito (aun con las escasísimas visitas de este tacho ignoto de palabras), también implica una merma importante del tiempo destinado en un principio al ocio creativo. Aun para mí, que me mantuve casi siempre en mi propósito original de no escribir nada que no pudiera haber escrito para mí, con ínfimas modificaciones: fui descubriendo que el blog implicó, pese a todo, una disminución notoria de mi producción lírica y narrativa breve. Lo que puede no ser una gran pérdida para la literatura, que obviamente se está muy bien sin los textos que puedo escribir, cansada, a las dos de la mañana, pero no deja de ser una pérdida para mí.

En todo caso, si hoy vuelvo acá después de una semana agitada, es porque no creo haber resuelto el dilema. Y porque algo todavía me liga con esto. Y porque hoy es la primera noche libre de todas las muchas que quiero regalarme en lo que resta del año, y no sabía qué mejor hacer con ella.

lunes 10 de agosto de 2009

Finisterre

Nueve años de caminar las cuatro cuadras de Puan que separan la facultad de la avenida Rivadavia. Más allá, como era de esperar, había dragones.

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Nicasio Oroño y Yerbal, esta tarde

viernes 31 de julio de 2009

Limbo






Hoy entregué la última monografía de mi carrera.








Hace varios días que la tenía terminada.








Sigo de vacaciones en el trabajo hasta el lunes.










Este mes tendré muy poco tiempo libre para tocar, leer, escribir, existir.







Cuando necesito ordenar mi cabeza, ordeno mi biblioteca.








No sólo por falta de espacio agregué cuatro estantes y cinco cajas para fotocopias.








Y definitivamente no por necesidad cambié casi por completo los criterios de organización de mis libros.







El futuro incierto se come el presente; creo que esa podría ser una definición posible de la esperanza.







O del limbo.

domingo 19 de julio de 2009

Hay un tipo en el hoyo en el fondo de la mar

(Aguántenme un segundo post para Miyazaki)


Me costó un poco bajar Ponyo en el Acantilado. Primero, porque no me decidía a verla acá existiendo la posibilidad de por una vez ver una de estas películas en cine. Después, porque mi motivo fuerte para verla en la computadora era que los doblajes castellanos me ponen un poco nerviosa (sí, no es tan terriblemente grave con películas animadas, pero no deja de quedar parte del trabajo original en el camino) y la enorme mayoría de las versiones que encontraba para bajar estaban con audio en español. En japonés, había que bajar unos archivos monstruosos y cargarle los subtítulos aparte. Pero el solo hecho de pensar en ir a ver una película doblada a un cine lleno de nenes de vacaciones me terminó decidiendo.


Esas cuestiones aparte, quedé con ganas de hacer un comentario parcial sobre la película. Para los que no saben de qué se trata, es una suerte de versión muy pero muy libre de la historia de la Sirenita. Con héroes de cinco tiernos añitos, trasladada a una población portuaria, y con el gusto recurrente de Miyazaki por mezclar dioses japoneses para darle sabor al relato. Les juro que funciona, y muy bien.

El personaje que se come la película es el "malo", como suele pasar: por lejos, el personaje más interesante es Fujimoto, el padre de la pececita. Lo cierto es que nadie nos explica demasiado sobre él. La información está dispersa de a migajas y todo parece estar pensado para que uno saque sus propias conclusiones: si nos guiamos por algún comentario suelto de la pequeña Ponyo, se supone que Fujimoto sea alguna suerte de brujo del océano. Por lo que vemos, está más cerca de ser una mezcla de científico loco y de alquimista, que modificó a propósito su adn para dejar de ser humano. Cosa que no parece haber logrado con demasiado éxito que digamos, si nos guiamos por el hecho de que necesita beber una suerte de poción para tener poderes que su inmensa prole tiene de natural, y por el hecho de que necesita una burbuja para respirar.

Señor de una enorme casa-burbuja subterránea llena de libros y de artefactos extraños, junta en un pozo de su sótano un elixir desde el siglo XIX (otra vez, datos sueltos: las vasijas que pueblan la bodega tienen "fechas de cosecha" entre 1871 y 1950; la puerta de la bóveda está fechada también, así que la construcción data de 1907), que lo rejuvenece notoriamente cuando lo bebe. ¿Su plan? Exterminar a la especie humana antes de que termine de arruinar el mar e instaurar una "era del océano", tan pronto como llene el pozo. Lo que evidentemente da para muy largo, si en un siglo no llegó ni a la mitad.

Es de sospechar que Fujimoto le debe mucho al capitán Nemo: un hombre evidentemente muy educado, con una cierta habilidad científico-técnica y que se desplaza en un vehículo que recuerda mucho a la descripción del Nautilus. Pero él es un Nemo llevado al extremo, a quien ningún humano acompaña en su aislamiento. Todo su trato es con su Amada, una diosa del mar, y con sus muchas hijas, una multitud de pececitas que viven bajo su cuidado. Cuando se ve obligado a tratar con seres humanos se muestra torpe y ridículo. El colmo, su primera visita a la casa de Sosuke. Si la película creaba un cierto clima de tensión con el desplazamiento de un personaje potencialmente muy peligroso hacia el ámbito familiar, toda posibilidad de tomarlo en serio desaparece apenas lo vemos aparecer así:

(Es todavía peor en movimiento, con el tanque rociador tipo matacucarachas que tira el agua de a poquito)

Fujimoto parece ser la clave para ingresar a la parte oscura de la película. Con excepción de cuatro escenas clave (él es fundamental en tres de ellas), todo está narrado desde el punto de vista de los niños. Incluso en lo visual, con las imágenes inusualmente redondeadas (no creo que haya una sola línea recta en toda la película, donde hasta las puertas parecen hechas de mazapán), lo que Ponyo en el Acantilado presenta es una narración enfocada desde la infancia. En ese mundo el que desentona es el padre amargado de Ponyo. Él es el que llama la atención sobre la irremediable mugre de la costa, y cuando la huida de Ponyo se complica el único que se da cuenta de la gravedad de la situación, del punto en el que lo narrado como suceso cotidiano trasciende la esfera de la vida privada para meterse con el equilibrio de los mundos. De hecho, su desesperación por una inundación en una ciudad costera pone en duda su capacidad de llevar a la práctica sus delirios de destrucción masiva. Allí también es nuevamente un tanto como Nemo: peligroso, vengativo y triste, con una visión muy particular sobre la realidad, es incapaz pese a sí mismo de perder una cuota de identificación con el sufrimiento humano, cuando le pasa lo suficientemente cerca en una forma que no justifique inmediatamente su odio.




Después de todo, para variar, me quedaron ganitas de ver esos dibujos en la gran pantalla. Tal vez cuando finalmente la estrenen arrastre a mi hermana o a alguna amiga a una función de trasnoche, con la esperanza de esquivar al menos la camada infantil con decibeles más altos.

lunes 13 de julio de 2009

Fuente de Barrenton - Broceliande






Ahora que sé que esto sigue ahí quiero ir a tirar agua en la piedra del costado, che. Wace decía que no funcionaba, ¿hará falta llevar jarra de plata, tal vez?

domingo 12 de julio de 2009

Donde la hierba aúlla sus endechas de nodriza loca

Hay una escena en la vieja y hermosa Nausicaä del Valle del Viento que, más allá de la obvia declaración ecologista de principios (que en films posteriores iba a ir velándose de a poquito) funciona muy bien para pensar el cine de Hayao Miyazaki en general. La princesita muestra a su maestro su pequeño delito personal: en un sótano al que se accede por una puerta secreta, ella fue cultivando con paciencia un pequeño vivero alumbrado por lámparas artificiales. Las plantas, cuyas esporas todos consideran altamente tóxicas, son perfectamente inocuas ahí adentro. Un pequeño paraíso de naturaleza cruel suavizada por las manos humanas.


Algo de esto hay en todos los paisajes y ambientes de Miyazaki: una belleza suave, mullida, que muestra el lado simplemente triste de lo problemático. La guerra no deja de ser guerra, pero está estilizada de modo tal que puede mostrarse un río de sangre sin caer en el morbo; el trabajo es duro y mal remunerado y no se lo esconde bajo estereotipos de libro de escuela; la persecución es injusta, y a la vez es parte constitutiva de instituciones con las que casi nadie se mete. No hay más concesiones a la edad madurativa de los espectadores que las necesarias para que la censura deje pasar chicos a las salas, no hay intentos de simplificar lo difícil para volverlo tolerable como en una película de Disney. Hay, de hecho, una anécdota legendaria al respecto: Cuando se encontraron con Mononoke Hime, los de Disney-Miramax, que son los distribuidores de las películas de estudio Ghibli en Occidente, creyeron necesario hacer un par de recortes, porque la trama era muy compleja y ellos la creían poco apropiada para los niños americanos. El productor de Ghibli, cuando se enteró, les mandó como respuesta un sable samurai y un mensaje de dos palabras (la tradición habla de dos kanjis): "Sin recortes".
Es que en estas películas, en la belleza detallada de los rostros de las viejas, en los paisajes románticos, el espanto aparece y no deja de ser espanto, pero en forma de pesadilla ordenada en la que sigue habiendo espacio para cierto grado de contemplación.
Por mi parte, si pudiera elegir la estética de mi tortuoso mundo onírico elegiría sin dudarlo la mano ágil de Miyazaki para ilustrarlo.

jueves 9 de julio de 2009

Reclamo




Esta tarde, trabajo sobre Chrétien de Troyes mediante, me vino a la memoria este sketch de Les Luthiers.


lunes 29 de junio de 2009

Spooools


un elemento que se le perdió a Sam B. sobre las cintas de Krapp es la tendencia que tienen los rollitos a enredarse, a que se les quiebren los soportes, a cortarse, a desmagnetizarse, a convertirse en registros deshilachados de un pasado que parece mucho más arcano que el de las fotos y el de la memoria, espectro ruidoso de seres que no están, o que nunca más volverán a ser



vaya a saber qué resonancias tiernamente siniestras se nos estarán perdiendo cuando pensamos en estos medios técnicos que nos lanzamos a usar cuando escasamente sabemos en qué se convertirán cuando vengamos a buscar sus viejos huesos

viernes 19 de junio de 2009

Proverbios flamencos - Brueghel

Uno de esos cuadros que obligan al que lo mira a tener ojos infantiles. Es algo que pasa muy a menudo con Brueghel el viejo, sus cuadros tienen algo de travieso, algo del exceso con el que la mirada de un chico solo y aburrido puebla el mundo, que no tiene nada que ver con la inocencia ni con el consumo, esos dos monstruos que quieren pasar por niños.

(click en la imagen para agrandar)

Para quienes no lo conozcan de antemano, todo el cuadro (en serio, todo) es una representación de imágenes literales de dichos. La mayor parte ya son irreconocibles para nosotros, pero si miran bien hay un par que se usan en castellano hoy en día.

jueves 18 de junio de 2009

Para salir de Devoto

(Post intrascendente. El que avisa no es traidor)

En el colectivo de vuelta de mi última visita a la cárcel de Devoto (en este contexto), con un cansancio infinito que no parecía venir de ninguna parte reconocible, tomé dos decisiones que debí haber tomado hace tiempo: es hora de que me resigne a no seguir con Latín y con Francés este cuatrimestre. Es obvio que mi cursada de oyente de Latín III no está funcionando, no puedo ir nunca y ya perdí registro de lo que sea que esta gente pueda estar dando hace un par de semanas. En todo caso veré de pedirle a una conocida que me preste sus notas como para intentar reintegrarme en el segundo cuatrimestre, con otra agenda y otros tiempos. Y Francés, bueno, la macana es que llegué hasta acá y que pagué dos cuotas, pero lo cierto es que ya de por sí me tengo que ir antes vez por medio, así que mi par de ausencias por enfermedad derivó en que estoy bastante perdida. Sé que si me pusiera y convenciera a la profesora de que me tome el examen igual paso de nivel, pero también sé que eso no sólo implicaría hacer uso de un tiempo del que no dispongo, sino que además desaprovecharía bastante el curso, lo que sería una verdadera pena.
Por el momento, entonces, será cuestión de juntar fuerzas para terminar ese primer borrador manuscrito (el primero de corrido y más o menos coherente, las ideas centrales del trabajo que empiezan a tomar forma) de monografía beckettiana que me espera en el escritorio de al lado, antes de que termine de saturarme con el tema. Históricamente aligerar cargas dejando las cosas que me sirven como cables a tierra nunca me ayudó mucho (lo hice unas pocas veces, con resultados diversamente desastrosos), así que no puedo sino esperar que esta vez sea una excepción.

lunes 15 de junio de 2009

En pedazos

Si hay una imagen capaz de evocar la sensación que me produce el proceso de redacción de una monografía, esa es la de un juguete que tuve en mi infancia noventosa: la Despelota.
El planteo de una pre-hipótesis, entonces, vendría a ser equivalente al momento de adquirirla: armadita, una bolita de colores, perfecta y sólida bajo la irrealidad del plástico que la protegió en todo su camino hasta las manos de quien se atreve con ella. Hermosa y coherente en su aparente simpleza, más sólida y más cerrada que un rompecabezas cualunque y menos amenazante que un cubo mágico.
Entonces, un buen día, uno se compra la hipótesis-despelota, se la lleva a su casa y la desempaca. Y la coherencia se deshace en gajos de colores. Es la perplejidad desesperante del proceso previo a la redacción: ¿qué se supone que haga con todo eso? ¿No se me habrá caído algo abajo de la cama, no? O también, ¿no sobran piezas acá? Uno mira, mira, manipula las piezas que de golpe se convierten en seis enemigos, parece que a la bolita bonita de la juguetería uno no la va a ver nunca más, y hasta surge la fantasía de tirar todos esos pedazos de porquería a la basura, pero a falta de mejores juguetes uno sigue, insiste, piensa, mira y remira, prueba algunas piecitas juntas que se desarman entre los dedos sin durar más de dos segundos puestas.
Así, por ejemplo, la correspondencia Beckett-Schneider es un hermoso gajito verde, que se balancea al lado de los comentarios blancos de Billie Whitelaw, cruzados descuidadamente con la alegría negra de la directora JoAnne Akalaitis porque el viejo se había muerto y eso le mejoraba las chances de volver a conseguir permiso para representar una de sus obras. Y al lado, un par de artículos variopintos, el rango que va desde una hermenéutica bien enrojecida a comentarios azulados por falta de aire en el cerebro.
Y entonces uno sabe que comienza a tratar de armarla, pero vaya a saber cuándo se podrá estar en condiciones de volver a ver la bolita entera, y seguro que no va a quedar con la misma disposición de colores que tenía en el embalaje, pero no importa, ¡mientras se sostenga! Pero se resiste, se resiste.
Y encima uno sabe bien también que el día que la termine, con un poco de suerte, va a rodar y a parecer sólida de vuelta. Hasta que alguien la deje caer al piso.
O hasta que el movimiento normal del olvido al que uno la mande la desarme, y dos o tres años después uno se quede mirando, perplejo, los cinco pedacitos de pelota en el fondo de una caja y se pregunte cómo se sostuvo eso alguna vez, y adónde cuernos habrá ido a parar el gajo amarillo que no aparece por ninguna parte.