jueves, 29 de noviembre de 2012

Pero eso parece ficción

"Existe un mundo real, claro, y tenemos versiones basadas en el lenguaje que expresan de diversas maneras nuestra relación como comunidad humana con él. Negar por completo su existencia y la relación entre lo real y la experiencia humana es un giro muy simpático para producir papers en serie, pero poco útil a la hora de fabricar la computadora en que el teórico los escribe. Aunque sí es cierto que, desde nuestro punto de vista humano, sólo podemos acceder a versiones parciales con distintos niveles de contradicción, es cierto que se trata de versiones que, como mínimo, nos permiten funcionar. De esas versiones, algunas son aceptadas como válidas (actualizadas), otras como caducas (versiones que fueron consideradas válidas en el pasado, como el mundo explicado según dioses griegos), otras consideradas falsas, y otras sencillamente consideradas ficcionales.
Es claro que no pedimos lo mismo de una buena mentira que lo que exigimos para una ficción funcional, y allí es donde Goodman, Lewis y Doležel pierden algo de poder explicativo. Hay universos pensables en los que podemos situar ficciones completas que, sin embargo, distan de ser comparables con la más locamente contradictoria de nuestras versiones del mundo real: evidentemente, somos menos exigentes con la verosimilitud a la hora de crear un pacto de lectura ficcional que a la de creer una pretendida versión de la realidad. Hay universos muy coherentes que, sin embargo, poseen un número demasiado elevado de elementos inexistentes en ninguna de las versiones aceptadas como reales, y que por lo tanto pueden ser considerados ficciones eficientes, pero mentiras deficientes"

lunes, 12 de noviembre de 2012

Todas las voces

Hoy, en el colectivo, buscando algo en un cuaderno que uso para cosas completamente misceláneas hace un par de años, di con este relato. No tengo ningún recuerdo en absoluto de haberlo escrito. Ninguno. Es probable que esté incompleto y que formara parte de una idea mayor, pero no tengo modo de saberlo, y hay algo ominoso en su condición fragmentaria que me disuade de intentar integrarlo a otra cosa.  No hay marca alguna que indique cuándo lo hice, podría ser de cualquier momento entre 2009 y ayer. En la página anterior, hay unos apuntes de un grupo de estudio anterior a la mera existencia del grupo que dio origen a Luthor. En la posterior, notas del ENEL 7. Ya eso mismo es raro.


La luz entraba sucia por la ventana cerrada. Podría haberse preguntado si alguna vez la habrían abierto, pero ya no perdía el tiempo en ese tipo de nimiedades. Porque no le quedaba mucho. Así que prefería ver la manera en que los rayos grises que la lluvia le dejaba esta vez jugaban con los hielos de su vaso, y discutir mentalmente con los ausentes. Porque era el último que quedaba y alguien tenía que encargarse.

El primero había sido Rodolfo, y la primera voz en partirse para no romper el quinteto había sido la de Silvio. Después se había ido Jerónimo, y sin que nadie se lo pidiera Gaspar, que no en vano era su primo, se había duplicado para no dejar huérfanos los comentarios un tanto ingenuos del perdido. Cuando le tocó a Silvio, los dos restantes se limitaron toda una tarde a mirar la mesa en silencio y a tragar cantidades inusuales de whisky barato. Pero ya para la reunión siguiente Gaspar se quedó con la seriedad de Rodolfo y él, por vez primera, con la aguda capacidad observadora de Silvio.

Y cuando por fin se fue Gaspar, no le quedó otra que hacerse cargo de todas las voces huérfanas. Con mejor o peor suerte, de acuerdo con el día. 

viernes, 1 de junio de 2012

La fiesta de al lado

    La cancioncita en realidad tiene unos dos meses, y esta es una segunda grabación porque la primera era completamente inescuchable, porque la fui componiendo por pistas, a medida que grababa, letra incluida, empezando por la línea de bajo.
    Algunos de los problemas técnicos que tuve entonces y que son responsables por muchos de los defectos que esta nueva versión también trae los sigo teniendo: no tengo un bajo en casa, esa línea está grabada con un tecladito Casio bastante berreta (que me regalaron para mi cumpleaños de 8, y no, no tenían pensado mandarme a clases de piano, así que es un teclado tirando a económico que este año cumplió 21: el sonido es malo, salta, hace cosas raras...). Que tiene una sola salida de audio, para auriculares, así que como eso lo puenteé a la computadora y el retorno con delay de Audacity no sirve, tuve que grabar esa pista sin escuchar una sola nota, lo que hace que eventualmente pierda un poco la cadencia, porque la imaginación no es tan prolija como la oreja. Además, no tengo más micrófono que el que viene en la notebook, que graba con mucho ruido: limpié todo lo que pude, pero como resultado mi voz se escucha como si fuera una llamada telefónica desde Rusia. Y, por último, mi computadora graba con un delay importante, que tuve que ajustar completamente a mano, así que disculpen si la sincronización no es 100% prolija.
    Si con todo eso igual se animan, acá se puede escuchar:


sábado, 19 de mayo de 2012

Y quién se hace cargo de los platos sucios.


(En respuesta a esta entrada en el blog de Cecilia Pavón)


Hace tres meses que estoy buscando un libro y no lo encuentro.
No es un libro puntual, sólo tiene que tener tres características: lo tiene que haber escrito una argentina de menos de 40 años, tiene que ser narrativa, y no tiene que ser realista (en el sentido de modalidad representativa, no de corriente estética).
No voy a explicar los motivos de la búsqueda (sería largo y ombliguista), y esto no es un estudio formal, sino un vagabundeo interminable por librerías, que termina siempre, para alivio de mi bolsillo no financiado, en esperanzas rotas.
Noto que todo lo que encuentro publicado por chicas de menos de 40 en Argentina parece ser poesía, y que discurre casi exclusivamente sobre los eventos más elementales de la vida cotidiana (la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, las relaciones de pareja). En narrativa, vengo encontrando un nombre femenino cada veinte masculinos (en poesía es mitad y mitad). Ese nombre femenino la mitad de las veces corresponde a alguien que pasa sobradamente los sesenta. La otra mitad, es narrativa que roza la poesía de cerca. Y habla sobre la casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
Miro una tapa de Cosmopolitan, Para Tí y Susana en el kiosko de diarios. La casa, la cocina, la familia, las charlas con amigas, la pareja.
(A Joanne Rowling, cuando no la conocía nadie, la publicaron como J.K. Rowling porque era mujer. De hecho, se tuvo que inventar una segunda inicial ad hoc, porque no tiene segundo nombre. Una inicial sola quedaba fea, ¿y quién iba a comprar las fantasías de una mujer?)
(Silvina Ocampo era bastante mejor cuentista que Bioy Casares. Pero a ella nadie la lee. Su marido tiene una calle a su nombre en Recoleta)
A veces me da la sensación de que los criterios el mercado editorial no está demasiado lejos de las nefastas revistas femeninas. O es eso, o una mayoría abrumadora de las muchachas que escriben (no creo, no quiero creer) compran ese discurso. Sé agradable, no levantes la voz. Si la levantás, es porque estás premenstrual, o sos una loca, y merecés que se rían de vos, así que mejor que no haya dudas de que estás histérica. Por sobre todas las cosas no se te ocurra tener imaginación. La imaginación es cosa de hombres. La mujer que investiga su imaginación es un monstruo peligroso. La que no vuela es más manejable.
No desmerezco el trabajo de esos nombres femeninos (algunas son escritoras de calidad, en las mismas proporciones escasas en las que se encuentran escritores masculinos de calidad) en los estantes que no cumplían con lo que determiné en una búsqueda, en sí, de voces femeninas que pudieran dialogar un poco conmigo en un momento en el que me siento un poco ahogada bajo el peso de los cuerpos de muchos hombres viejos o muertos. De hecho, calculo que eventualmente voy a encontrar lo que busco, y las chances de que esté bueno serán iguales a las de que cualquier libro elegido al azar valga la pena. Pero se me da por preguntarme por el origen de ese hiato.
Descreo de los argumentos biologicistas, naciste mujer, estás programada para servir, y para emocionarte de puertas adentro. Siempre de puertas adentro.
Salir de la casa no es la ironía y la distancia.
Y, hablando de monedas culturales, parece que, además, los viajes imaginarios están bastante depreciados.
Sólo se puede soñar con dragones para distraer la cabeza en Hollywood. Guilty pleasures.
En mundos en los que las chicas son todas hermosas.
Como en una tapa de Cosmo.

domingo, 29 de abril de 2012

Matutino


    Prendió la computadora antes que la cafetera. Siempre hacía eso. Cuando vivía con su madre, solía incluso valerle algunos comentarios hirientes. Ahora, sola, podía hacerlo sin rendirle cuentas a nadie. Prender la computadora en ayunas, con la boca pastosa, incluso en bombacha. 
    No había caso, no terminaba de acostumbrarse.
    Había varios mails en su casilla. Chequeó rápidamente que él no le hubiera escrito. Nada suyo. Ahora sí, podía caminar el par de pasos que la separaban de la cocina, prender la cafetera, e ir al baño a lavarse el gusto a despertar de la boca. 
    En realidad, ya había dejado de esperar que él le escribiera. ¿Para qué? Si a fin de cuentas eventualmente lo iba a hacer, para pedirle algo.
    Cuando se habían conocido, años atrás, ella lo había catalogado rápidamente como un muchachito insignificante. Bonito, tal vez, pero como puede serlo un cuaderno nuevo de tapa dura con forro araña verde: sin encanto particular, sin personalidad, sin historia. Habían hablado mucho desde el principio, eso sí. Pero porque él se obstinaba en acompañarla y en darle charla. Ella había tenido que preguntarle su nombre muchas veces, en el intervalo entre el primero y el segundo bloque de un teórico, y probablemente había hecho las mismas preguntas varias veces: ¿qué orientación era que estabas haciendo? ¿Vos cursaste Teoría y Análisis el año pasado? ¡Pucha que sos chico! Y él la miraba un poco mortificado, con media sonrisa y un cambio rápido de tema ya preparado en los labios.
    Ojalá el dentífrico tuviera cianuro en vez de flúor. Aliento fresco, dientes más blancos, deceso garantizado.
    Ojeras.
    Había vuelto a dormir pésimo.
    Había vuelto a soñar con él.
    Un sueño largo, pesadillesco, con un largo beso tierno interrumpido por la catástrofe.
    "Interrumpido por la catástrofe", dijo en voz baja, con una mueca. Ojalá. Pero pareciera que la vida se esforzara muchísimo por ser prosaica en todo lo que tenía que ver con él. Chico intenta levantarse a chica, situación de beso potencial interrumpida por un pseudoamigo ebrio, un año casi sin verse hasta la próxima materia juntos, hasta caer en el mismo bucle de la maraña de conocidos que representa la vida universitaria. Chica intenta recuperar la atención de chico. Chico se acuesta con chica y acto seguido se pone a salir con otra. Bah, acto seguido. Técnicamente antes.
    Se sirvió un tazón de café con leche que era casi un balde de cortado, sacó de la alacena el jarro de las galletitas y volvió a la computadora. 
    Alguien que fabrica ropa quiere ser tu amigo en Facebook para venderte una remera. Tienes cuatro invitaciones para Loserville. Javier Naboletti te ha etiquetado en una foto. A ver. Una foto estándar de una copita de champán a cuarenta y cinco grados, y un saludo de año nuevo. Fah, el primero. Ya mediados de diciembre.
    Eligió un paquete de la lata, lo abrió, sacó una galletita de salvado y la mordió. Puaj. Seca como telegrama de despido. Mejor ir a buscar mermelada, y ponerle mucha.
     Volvió a mirar su casilla. Siete mails, cinco de listas de correo. El sexto, una cadena de oración enviada por una tía. El séptimo, de un amigo. Abrió ese. Consulta acerca de un artículo, bibliografía obligatoria de una materia que habían cursado juntos. Hacía mucho, si todavía no la había rendido debía estar por vencerle ya. Sí, seguramente estaba por ahí. Vaya uno a saber dónde, probablemente adentro de alguna de las bolsas que había tirado sin discriminar mucho abajo de la cama, con los materiales de todas las otras materias aprobadas y archivadas. Luego.
    Por el momento, se limitó a responderle dos líneas de promesa, ya te lo voy a buscar.
    Miró alrededor. Papeles. Más papeles. Allá, más papeles. Dos monografías y un final. Lidia, vos y tus planes megalómanos, se dijo. Con suerte podía llegar a armar una monografía pasable para Europea Medieval. Y a preparar el final de Latín II de una buena vez. Siglo XIX, seguramente debería esperar mejor ocasión.
    Volvió al baño, para darse una ducha casi fría. Estaba peluda. Señal externa de estar sola. Y en época de  finales. Miró la maquinita de afeitar. Oxidada. Tendría que comprar una nueva. Igual, para qué. 
    Usó poco shampoo. Había poco, todavía no le habían pagado el sueldo, y difícilmente lo hicieran hasta la semana siguiente.
    No le gustaba secarse el pelo. En alguna época, muchos años atrás, el secador solía traerle dolores de cabeza. Ya no, pero seguía usando la excusa porque era buena. Así que se vistió y peinó su pelo, mojado como estaba, para salir. Siempre esperaba que sus alumnos le dijeran algo al respecto, pero no, nunca ocurría. Y menos cuenta se iban a dar los que venían a la semana de orientación de Diciembre, que eran precisamente los desorientados.
    Buscó una cartera mediana. La de las flores violetas iba bien. Era cuestión de encontrar el resto: las listas, la billetera, los programas de examen, un libro. Sí, ese que le había prestado él, y que tenía alguna marca interna suya para mortificarla. Por qué justo ese. Buena excusa: hace bastante que lo tenía, y seguramente lo tendría que devolver relativamente pronto.
    Miró la hora. Claramente no nadaba en mares infinitos de tiempo, pero no precisaba apurarse demasiado tampoco. Se sirvió un último café ya casi helado, lo tomó de un trago y salió. Bajó por las escaleras, para hacer un poco de ejercicio. Igual, eran sólo cinco pisos. Y tenía unos veinte minutos de sobra.
    O por lo menos eso creía, hasta llegar a la boca del subte y ver la ominosa letra B parpadear. Puta madre.
    Bajó igual. Con un poco de suerte enganchaba justo el subte repleto y podía llegar a horario.
    Llegó al andén apenas a tiempo para ver cómo el último vagón rojo se metía en la enorme boca del túnel. Imagen casi obscena, pensó. Puta madre.
    Peló con dedos nerviosos un chicle de fruta. Es cruel que no haya dónde fumar ahí abajo. Masticó con fuerza, como si quisiese dejarse una amalgama en ese pedacito de masa rosa.
    Mientras tanto, el andén se llenaba de gente y de furia. Un bebé lloraba, con ese volumen inexplicable, sobrenatural que sólo puede alcanzar un humanito de menos de diez kilos. Motivos para no tener hijos, pensó. Por un segundo se imaginó con un nene de tres que garabateaba furiosamente las páginas de guarda de su colección de Clásicos Castalia, mientras un bebé lloraba como sólo pueden hacerlo los bebés y las almas en pena del Infierno.
    Imaginó a Dante y a Virgilio rodeados de hordas de niños de menos de tres años en pleno ataque de llanto. Con razón el florentino había tenido una relación tan disfuncional con su prole.
    Escupió el chicle en un tacho lleno de Subtepass usados. Le dolía la mandíbula. Buscó los bancos del andén con la mirada. Ocupados, claro. Con más niños inquietos.
    Abrió el libro para pensar en otra cosa. Cayó un boleto del 55. La última vez que lo había tomado, había sido para ir a la casa de él. Wendepunkt.
    Afortunadamente apareció otro gusano rojo para sacarla de tema. Vaya a saber qué dirán los kanjis de las ventanas del maquinista. Nunca se tomaron el trabajo de sacarlos ni de cubrirlos.
    Guardó el libro sin prisa. Quería quedar cerca de la puerta, eran sólo dos estaciones. Abrazó su cartera, tomó aire, y se sumó a la masa de cuerpos forcejeantes. Hubo dos avisos frenéticos por el altavoz hasta que alguien, gritando insultos y pegándole a las ventanillas, quedó finalmente afuera: no entraba más nadie en ese tren.
    Miró hacia arriba para poder tomar algo de aire. Estaba mareada. Todo el tren era una masa de carne y sudor y olores humanos.
    Una estación. Tropel de gente que baja, esfuerzo para volver a subir. Próxima Carlos Pellegrini, combinación con líneas C y D. Una más. Tuvo un acceso de tos. Trató de aguantar: no podía cubrirse la boca, y no quería tampoco toserle en la cara al muchacho de camisa rosa que tenía pegado enfrente. Así que tosió con la boca cerrada, y se terminó de ahogar. El ruido del subte lo llenaba todo. Con un par de años menos (no muchos, un para apenas) se habría puesto a llorar bajito, y la gente habría pensado que venía de un entierro o algo así. Pero había llegado más o menos a acostumbrarse. Más o menos. Antes de mudarse, pensó, rara vez viajaba en subte.
    El tren se detuvo, y la gente bajó atropelladamente, luchando con el otro más pequeño montón humano que, sin esperar, hacía fuerza para entrar.
    -¡Che, dejen salir, carajo! -gritó, con su último resto de aire.
    Se cayó. Se sintió ridícula, de rodillas en el andén, mientras un señor de bigote con rostro preocupado la ayudaba a pararse.
    -¿Estás embarazada? -le preguntó alguien.
    Negó con la cabeza. No, sólo gorda, pedazo de pelotudo. Gorda y ahogada.
    Con él se habían cuidado, pero igual cuando se había hecho la fecha y no le había venido, se había llevado un susto importante. Por supuesto que a él no le había (ni le hubiera) dicho nada. Pero había pasado una muy mala semana. Después resultó que sólo eran sus hormonas, desordenadas por el estrés. Una pastillita todos los días veinte noches al mes y listo. Pensó que tomar anticonceptivos sin chances de sexo era tan patético como depilarse para ir al médico.
    Alguien la había ayudado hasta un banco, y la había abandonado allí. La estación había quedado casi vacía de ese lado. No era tanta la gente que iba desde 9 de Julio hasta Alem en subte: sin un apuro exagerado, era una de esas distancias que es mejor caminar.
    Igual, con la demora, ya volvería a llenarse.
    Se levantó y enfiló hacia el pasillo que combinaba con la línea C. Qué extraño, pensó, pero el pasillo estaba frío. Le parecía improbable que hubiera aire acondicionado justo ahí, donde la gente pasa sólo un par de segundos y a las apuradas, pero en ese pasillo hacía frío. Y no había nadie. Apuró un poco el paso. No le gustaba quedarse sola en los pasadizos del subte. Miró por encima del hombro, por las dudas: nadie.
    Cuando volvió a mirar hacia adelante se frenó en seco. A poco menos de dos metros, detenido en medio del pasillo, había un hombre. Muy delgado, vestido de un gris casi inmaterial, y con un sombrero anticuado de ala ancha que le cubría los ojos. Tenía la piel cenicienta, y la boca, un tajo de un color morado como el que queda en la lengua tras varios vasos de vino tinto barato, estaba torcida en algo que podía interpretarse como una sonrisa.
    -Pe... Permiso -tartamudeó. 
    El hombre no se movió. La temperatura pareció bajar algunos grados más. El desconocido de gris comenzó a levantar la cabeza, con una lentitud que a Lidia se le antojó calculada, y dejó ver una nariz afilada, lívida como la de un muerto. Había, también, un olor pesado en el aire, diferente del tufo a aceite de máquina quemado y a humedad que suele caracterizar a los túneles del subte.
    -A ver, permiso, que vengo cargado y no tengo todo el día, ¿eh? -se quejó alguien desde atrás, con una voz estridente y aguda como las que suelen usar los vendedores ambulantes.
    Lidia se corrió sin pensarlo, y bajó los ojos hacia el costado, donde un señor bajito y rollizo, con un carro cargado de cajas de golosinas, pasó mascullando alguna queja.
    Volvió los ojos hacia adelante. El hombre del sombrero gris ya no estaba.
    De a poco, el aire se volvió irrespirable de nuevo. Por una vez, eso resultaba un alivio. Apuró el paso, no podía darse el lujo de pensar demasiado. Después de todo, seguía llegando tarde.
    Sintió vibrar su celular en el bolsillo. Mensaje de texto. Lo abrió. Era de él. "¿Estás libre esta noche?"

Por qué "Mamá, me voy a una lectura de poesía" sigue siendo mejor excusa adolescente para volver tarde a casa que "Mamá, me voy a zapar con los pibes"



(Pese a que normalmente circula la misma cantidad de alcohol en los dos lados) 

    En esta Luthor, volví al ruedo con una de mis obsesiones actuales: las letras de canciones, y su llamativa ausencia usual en los trabajos sobre lírica, que parecen enfocarse exclusivamente en la poesía de circulación puramente escrita. Es una reelaboración a conciencia de una ponencia que presenté el año pasado en el ENEL 7, guitarra en mano.







lunes, 27 de febrero de 2012

Ocho




por Grupo Luthor
Editorial



por Fernando Carranza
Un proyecto de literatura computacional



por Gustavo Riva, Mariano Vilar, Martín Azar
Estudios literarios en tres maestrías: Estrasburgo (Francia), Buenos Aires (Argentina), Porto (Portugal) - Bremen (Alemania).



por Martín Koval
Integración social y pérdida de la identidad



por Ezequiel Vila
Sobre la Introducción a la narratología de Matías Martínez y Michael Scheffel.



por Guadalupe Campos

Sobre Las voces de los clásicos en Harry Potter, de Karina Bonifatti


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sábado, 4 de febrero de 2012

Frío en un febrero porteño


Esto, de anteayer, ya lo hice circular por redes sociales antes. Dudé un poco de ponerlo o no acá, porque es ciertamente el borrador más desprolijo que subí en mi vida: el instrumento (un charanguito viejo, apolillado y arqueado) me queda incómodo, y nunca aprendí realmente a tocarlo. Cantar pensando en dónde pongo los dedos porque siento las cuerdas desordenadas es otro lío extra. Y la letra, un intento de mitigar los efectos de un calor sofocante con una fresca metafórica (y, tal vez, metafísica), no me quedó prolija.

Pero no sé por qué, a este hijito deforme y enfermo de mi cabeza me sale quererlo.