lunes, 31 de diciembre de 2007

delprincipiodelfinaldelprincipio

A medida que la agenda y los almanaques van dejando de servir se van juntando los últimos días del año, una borra de tiempo de la que uno tiende a no esperar mucho, porque lo interesante es lo que viene después, los planes para la semana que viene que es el año que viene, o lo que vino antes, los balances del año para finalmente ponerle una nota de examen final.
En ese sandwich entre considerar los Grandes Eventos del 2007 (en mi caso, una secuencia de diapositivas muy extrañas que prefiero reservarme) y las Grandes Expectativas 2008 (con el en cierta medida asustante proyecto de ajustar una buena cantidad de tuercas sueltas), queda este rejunte de horas muertas, este descanso a veces un poco incómodo, de siesta en sala de espera, y ahí, cuando las defensas están bajas, aparecen entonces cosas como la música de esta muchacha, última adición en la columna positiva del año, reclamo de derechos del año al que apuraron para que se vaya.



Se trata de "Honey honey", de Feist, y está en el disco The Reminder (2006). Le dedico un un post en lugar de relegarlo a "música de la semana" porque sé que es muy poca la gente que se toma el trabajo de escuchar lo que pongo ahí arriba.
Algunas recomendaciones:
-Escuchar en un equipo con buenos bajos. Si no se puede, poner auriculares o pasarlo a un mp3 (recuerden que haciendo click en el costado derecho del reproductor se pasa a una página de download).
-Conseguir el disco.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Proyecto Recoleta Witch

Ayer fui a la biblioteca del Instituto Camões con un amigo, a consultar la disponibilidad de ciertos materiales antes de que cerrase por vacaciones hasta vaya-uno-a-saber-cuándo. Para los que no sepan qué es eso (el link es bueno para guardar dirección y teléfono, pero hay que reconocer que es poco útil para saber qué hay tras el autobombo pomposo típico de los portugas), se trata de una dependencia de la embajada de Portugal que tiene una biblioteca muy bonita, muy bien provista y, lo más importante, totalmente gratuita. Está adentro del Lenguas Vivas J. R. Fernández, y para más en la parte vieja del edificio, del lado del que vale la pena perderse. Aparte de ese detalle estético-edilicio, es una biblioteca altamente recomendable, para todos los que sepan o se animen a leer en portugués, porque tienen de todo y los libros (a veces también los cds y dvds, de acuerdo al humor del leitor o encargado de turno), con un trámite de asociación muy breve, se pueden llevar a casita.

Cerrando el segmento informativo, vuelvo a lo anecdótico. Decía entonces que ayer anduve con un amigo por Retiro para visitar la biblioteca del Camões. Esa zona siempre me produjo una (tal vez natural) incomodidad, con sus edificios pretenciosos, sus bares a precios sólo aptos para neoyorquinos y su Patio Bullrich con sus molduras de machos cabríos y estrellas de cinco puntas capaces de poner nerviosa a cualquiera de mis abuelas, y sus precios que lo explican todo: para comprarse algo ahí adentro, más vale dejar el alma en la puerta. O en cualquier otro lado. Y atrás de las vías, más allá, uno sabe que está el perfecto reverso de la trama, la vida humana en su forma más precaria, y eso provoca una tensión en el aire que no se resuelve, que enrarece el aire.

Entonces, en un contexto concreto hasta lo irreal, aparecen imágenes como esta (de la cuadra del edificio “rulero”), y la sensación de no estar entendiendo se exacerba:

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Balconeando



Las fotos son del 24 a la noche, y están sacadas desde el balcón de mi hermana.
Desde que ella se mudó que estoy queriendo sacarlas, pero me olvidaba la cámara, y con el celular era obviamente imposible.





lunes, 24 de diciembre de 2007

Delirios festivos de VH1

El sábado estuve haciendo algo que hace un buen tiempo que no tenía tiempo de hacer: me quedé en la sobremesa (en mi casa, eso es alrededor de las tres de la tarde) mirando televisión con mi hermana. Dejarle el control remoto a ella siempre depara experiencias más extrañas que las que resultan cuando termina en mis manos, y este post es un claro ejemplo de ello. Terminamos viendo un especial de videos musicales navideños en VH1. La predilección de ese canal por mezclar lo más digno de la máquina de hacer chorizos con música con los momentos más kitsch y los más extravagantes (la palabra portuguesa "exquisitos" sería más apropiada) para los que se haya gastado celuloide es algo ya conocido. Y era obvio que en un ranking navideño tenía que haber más de los segundos que de lo primero: sólo se puede empezar a pensar en componer un tema navideño a la segunda botella de sidra, o al primer cheque gordo.

Los posibles resultados de una borrachera navideña con instrumentos a mano entonces son ampliamente predecibles: o es el hitazo sensiblón hecho para venderles simples a los yanquis, o el equivalente discográfico al tío que hace el ridículo en las reuniones, o es el resultado de un pedo triste. No voy a narrar la predecible colección de rarezas con la que nos hemos reído fraternalmente anteayer. Ya otro célebre bloguero armó una compilación en audio que sirve para resumir lo que aquí comento. Lo que va acá es el botón de muestra, dos momentos particularmente extraños de la sesión tevé-sobremesa.

El primero de ellos corresponde a gente respetable cumpliendo con un contrato firmado con una alta graduación etílica en la sangre:



No termino de saber si calificarlo de tierno, de triste o de simplemente exquisito (en portugués, se vuelve a entender). Queda a consideración del espectador.

El segundo es francamente impresentable. Con un poco de suerte y de edad a favor reconocen al personaje. En todo caso, reparen en los esfuerzos mal disimulados del coro de niños del final para no reírse, porque son sencillamente espectaculares:

Ah, las fiestas. Un abrazo con sidra para todos.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Invectiva contra las servilletas de bar
Crónica del viernes

Puerta del Bar Platón, Puán al cuatrocientos, mediodía. El sol golpeaba la calle a martillazos y las figuras recientemente pintadas en aerosol en la fachada de la facultad podrían haber pasado por carteles de neón, de haber usado líneas más planas. Miré con algo de desconfianza los vidrios que desde siempre anuncian "aire acondicionado": los ventiladores de techo, adentro, estaban prendidos. Peor que afuera no podía estar. Entré.

El aire acondicionado, pese a que en estos siete años nunca hubiera reparado en él, efectivamente existía, y hasta funcionaba. Pero debería tener poco gas, porque la diferencia de temperatura no era la que se puede esperar al entrar en esos bares que se enorgullecen hasta la escarcha de tener aire acondicionado. Y los ventiladores de techo estaban, efectivamente, prendidos.

No había pizza, putquelorecontrarebueh que traiga una milanesa, con la extensa carta de restaurante francés del bar puanero no me iba a poner demasiado exigente. Y estaba el aire acondicionado, claro. Suavecito, como seguro que no lo iba a estar el de Vivace. En donde seguro que me iban a atender tardísimo y después, a la hora de la cuenta, me iban a rebanar la cabeza con una cuchara de té afilada. Desparramé todos mis apuntes y libros para Literatura Europea del Renacimiento por la mesa y me dispuse a tratar de calmar la (más que infundada) paranoia que me decía que podían llevarme de paseo por todo el programa.

Llegó la gaseosa, llegó la milanesa, llegaron ellas.

La gaseosa, como es común en estos casos (dos libros caros en la mesa, notas manuscritas a lapicera fuente, nervios de examen), tuvo un ataque de furia con espuma y rebalsó.

Entonces volví a la eterna pregunta: ¿a quién carajo se le puede ocurrir hacer esas servilletas finitas de un papel que absorbe menos que una lija? Entiendo su utilidad como barrera para la grasa que no puede pegarse frente a una pizza, pero de ahí a darles la función general de servilleta hay un trecho. Ahí, nunca van a convencerme de lo contrario, hubo una cuota nada menor de refinada crueldad: crear e imponer un elemento de central importancia para la tranquilidad en la mesa como es una servilleta, de un material que la vuelve casi completamente inservible y que por ende tiene la tendencia a hacer de los comensales un bollito anudado de cuidados que por supuesto van a terminar en el fracaso, en el pantalón, la remera o los papeles manchados, en el líquido que se desparrama alegremente como impulsado por fuerzas maléficas, volcado por pequeños duendes mezquinos que aumentan con empujoncitos la natural torpeza humana para sacarnos de quicio.

Afortunadamente en esta ocasión conseguí hacer que el líquido no se desparramase demasiado lejos, mantenerlo en el área en donde estaban el plato y el servilletero, lejos de los papeles. Como tal vez pueda apreciarse, ningún libro ha sido dañado en esta toma.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Mitología

Si no fuese un reverendo quilombo, me gustaría cambiar de diosa identificatoria. Hoy en día me iría mucho mejor la musa Calíope que Palas Atenea, que da nombre a mi alter-ego weboso por todas partes desde hace cosa de cinco años.
Pero bueno, una arrastra consigo todas las mujeres que fue, supongo, y Palas, la doncella guerrera amante del conocimiento y fácil para el encono, es una buena imagen de una de ellas.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Retazos de sonidos que vuelven

Era verano, era Valeria del Mar a principios de los noventa, era el único lugar público abierto en un par de kilómetros a la redonda, era la hora en la que apagaban las máquinas de videojuegos y no se podía jugar más al WonderBoy mientras los adultos jugaban al pool o al billar (a los siete años esos juegos tienden a ser increíblemente indiscernibles, pero juraría que había agujeros en la mesa), era la noche más cargada de mosquitos, bichos bolita y caracoles que de gente, y entonces la familia entera bajaba al salón de reuniones o como se llame (ahora lo llamarían un SUM público) y una banda bastante decente se ponía a tocar covers setentosos para alegría de los padres y embole de los niños. Entre largas secuencias de canciones irrecordables y probablemente más conocidas que la ruda, entonces, sale una flauta traversa de alguna caja y suena una secuencia que me quedó grabada que ni tecnología digital en la cabeza.
Muchos años después supe que era de Jethro Tull, no más datos. Siempre me pregunto cuándo se avivará algún gil con conocimientos de música de armar un buscador con una base de midis en donde uno pueda entrar una secuencia de música (usando una partitura, o con un interfaz que convierta el teclado por un momento en un instrumento musical muy básico) y te identifique a qué canciones puede pertenecer. Si supiese lo suficiente de computadoras y de trampas leguleyas para armarlo supongo que sería una idea capaz de reportarme algún beneficio monetario, pero bueno, no me da el cuero. Y la falta de ese buscador utópico siempre hizo que esta secuencia de Jethro pasase (uy dios, casi uso la doble ese portuguesa, realmente tengo que admitir que el mate me afecta la cabeza) años, muchos años sin poder ser ubicada.
Hoy la encontré. No hace mucho alguien me pidió ayuda con un tema de la banda y me hizo acordar de que nunca había bajado nada de ellos. Bajé una discografía para chusmear. La secuencia en mi cabeza era Bouree, refrito de Bach según la banda. Estoy segura de que la mayor parte de la gente sabe de qué tema se trata. Para los que no lo ubiquen de nombre, seguro lo pueden reconocer escuchándolo:




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Aparte, noto que me estoy poniendo particularmente dada a relatos de recuerdos viejos, secciones dadas a algo parecido a la nostalgia. Disculpas a mis tres o cuatro gatos locos lectores, es un efecto colateral de una sobredosis de Giacomo Leopardi.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Pequeñas frustraciones cotidianas


A los 14 años me hice un amigo en el aeropuerto de Miami. Ambos éramos menores de edad, habíamos venido en el mismo avión de la desaparecida VASP y nos habían asignado al mismo empleado para que nos guiase por esa monstruosidad laberíntica de aeropuerto a nuestras respectivas combinaciones, que se tomaban por puertas contiguas, para tomar vuelos parecidos: los dos para Indianapolis, pero él cambiaba de avión de nuevo en Cincinatti y yo iba en uno directo. No nos encontramos allá porque a mi tío, que me alojaba, no le resultaba muy simpática la idea. Pero nos pusimos en contacto, y nos seguimos escribiendo por un par de años.

Un buen día él entró en crisis personal, me mandó una carta muy patética contándome un montón de quilombos suyos (todo lo agrandados que puede dejarlos un niño americano de 18 años criado por puritanos, con toda la guilty conscience posible) de los que yo por supuesto no tenía ni idea. Yo le mandé dos cartas más, tratando de hacer que entendiera que no era del tipo de persona que se borra porque un amigo esté en problemas, pero él nunca respondió. Por lo menos no por el tiempo que seguí viviendo en la última dirección que él tuvo. Posiblemente la estrategia discursiva poco feliz que usé (contarle el tipo de líos de los que estaba llena mi vida cotidiana, y tratar de que relativizara un poco su visión de we were all going direct the other way) haya contribuido más a espantarlo que a tranquilizarlo.

No supe más de él desde entonces.

Cuando abrí mi blog, chequeando visibilidad y esas cosas, se me ocurrió googlear mi nombre y ver qué pasaba: aparezco yo en puestos 1 y 13. El primero es sorprendentemente de un proyecto del que formé parte hace años y el otro este arcón. Después de verificar eso, se me dio por empezar a tirar nombres de gente que conocí en otro tiempo, compañeros de primaria o amigos de la adolescencia, para ver si encontraba a alguno y si me enteraba de qué es lo que están haciendo. Con la mayor parte de ellos la búsqueda fue rápida y eficazmente decepcionante. Casi ninguno aparece en ninguna parte, ni siquiera en listas de usuarios. Apenas me enteré de que el chico que me gustaba en séptimo grado está trabajando en cine y que parece que no le va tan mal. Pero no encontrar datos (como me pasó con mi mejor amiga del primario) es de alguna forma encontrar uno: o bien han tenido un perfil tremendamente bajo y un celo paranoico de no aparecer con sus nombres, o no han participado en nada público. Fin de la búsqueda.

Cuando googleé a mi amigo el yanqui, la cosa fue bien distinta. Él se llamaba David Richardson, que es más o menos lo mismo que llamarse Juan Pérez o José González. Efecto googloso:Resultados 1 - 100 de aproximadamente 7.510.000”. ¡Siete millones y medio! ¡Andá a encontrar a alguien así! Pasé por lo menos quince minutos restringiendo la búsqueda. No mejoraba. Eventualmente di con uno que cuadraba en edad y que por la foto, poco clara, bien podría haber sido la versión diez años más vieja del que yo estaba buscando, y me arriesgué con un mail. No era. Y eso sí es distinto de no encontrar datos, es naufragar en los datos, darse cuenta de que tal vez en alguna parte está lo que uno busca pero que las probabilidades son las mismas que las de pasar por el barrio de alguien que alguna vez se quiso un poco y verlo desde arriba de un colectivo.

Cosa que alguna vez me pasó. Pero ya esa es otra historia.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Entre papeles viejos

otra noche se mete por tu ventana
otros monstruos esperan bajo tus párpados
otra colección de ruidos perfora tu silencio

en lo que a mí me toca
dejo pasar la oscuridad para abrigarme
cuento animales fantásticos que me hablan de vos en lenguas extravagantes
dejo que se apague mi voz cargada de preguntas
para dar paso de nuevo
al ritual repetido
de llevar mis pies descalzos
a tantear la falta de los tuyos

lunes, 3 de diciembre de 2007

Informativo con tanda

A pedido de los ojos cansados, una lavada de colores. Por lo menos por un rato pienso dejarlo así.

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Mientras tanto, y para que al eventual lector le justifique haber entrado, algo que acabo de subir para un amigo: se trata de la primera entrega de Sandman, "Sleep of the Just", por si alguien se interesa en comenzar. Es el segundo episodio que subo en la historia del blog, y el otro link todavía funciona, si alguien quiere ver otra parte descolgada también.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Postal desde Mosquitoland

El aire cálido, benigno, no llegaba a jugar con las hojas del libro que me había llevado. Sé que estaba tratando de escaparme de algo, que había intentado dejar algún fardo pesado en esa poco amistosa cerca que rodea el corazón de mi archiconocido parque Centenario, y que la estrategia parecía haber funcionado bien. Pasaron apenas unas pocas horas, y ya el olvido está haciendo lo suyo, ya me deja escribir esta entrada pobre con esos retazos de mala calidad que dejan los sueños complicados.

En todo caso había llegado a eso de las seis y cuarto de la tarde al lago de este parque que según los libros de historia fue diseñado para recordar desde arriba un escudo nacional. Si hemos de guiarnos por los mapas o por la mancha marrón que se ve en Google Earth (la que acompaña este post, tomada del programa hace un par de meses, es muy evidentemente vieja, para cualquiera que conozca el lugar), algo de eso hay todavía, en la forma rarísima del lago y en la distribución de las once callejuelas y pasos peatonales que entran sin motivo aparente una cincuentena de metros hacia el centro del óvalo.

Por supuesto, eso se pierde adentro, entre árboles que se recortan en el cielo claro, o ante el espectáculo de los patos, que se ponen de un humor muy particular con la primavera. Pero de todas maneras queda ese resto de cosa planeada, los juncos delimitados por adoquines, los edificios que se asoman desde atrás, el paraíso artificial que para cuando baja un poco el sol se llena de mosquitos.

No mucho después de sacar esa foto, algo más tranquila y con una lista enorme de cosas a buscar en mi Biblia (el libro era El Gran Código, de Frye, y es mala idea leerlo sin una biblioteca a mano), volví a pasar por la cerca, volví a cargar mi bolsa de lauchas, y caminé las cinco cuadras necesarias para llegar a casa.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Diseño industrial a la foucaultiana


Todavía no salgo de mi asombro con el hecho de haberme sorprendido tanto de que esto exista.


domingo, 25 de noviembre de 2007

Beowulf en cine

Ah, sí, cómo adoro escribir a horas insólitas, con apenas el arrullo del cooler cachuzo de mi máquina, que palma en cualquier momento.

Finalmente, luego de mucho insistir y buscar alguien que no me mirara con cara torcida, fui a ver Beowulf. Hace mucho, muchísimo que no iba al cine, pero la verdad es que la curiosidad que me producía este intento raro me pudo.

Es entonces el momento de inaugurar nueva sección, el tag “vengo de ver” que estreno con este post. Y para imitar la parsimonia alimenticia de Grendel, vamos por partes. No pienso ser exhaustiva, nada más pretendo relevar elementos que me llamaron la atención.

Técnica.

Personalmente tenía mis serias dudas respecto de la idea de hacer enteramente en animación algo que podía haber sido una película. Y sigo teniendo mis reservas: por muy bien hecho que esté, un dibujo no tiene el peso de la imagen real, y eso le resta efecto a momentos que al natural resultarían mejores.

Pero hay que reconocer que la elección de la animación tiene sus ventajas, y que éstas han sido usadas hasta el tope: las tomas larguísimas e imposibles, que arrancan en el piso y terminan en las patas de un halcón que lleva un ratón por los cielos hacia la dirección en la que se encuentra la cueva de Grendel, o un punto de vista que baja desde una panorámica a la altura de las nubes hasta el suelo nevado para que los cascos de un caballo le pasen por encima, por ejemplo. O la posibilidad de envejecer una década y media a los actores de forma mucho más convincente que la que cualquier maquillaje podría haber logrado, con el cuidado de incluso agrandarles más los poros o de arrugarles el cuello.

Y no deja de ser cierto que de haberse usado una filmación tradicional habría sido necesario usar mucho de animación computarizada de todos modos.

Actuación.

Podría haber sido un poco más fluida en el comienzo. El banquete inicial está sobreactuado en las voces, a mi gusto. En realidad es algo que pasa con todos los planos, la primera escena es un tanto desprolija.

Guión.

La idea central es brillante. No quiero adelantar mucho, pero se las han ingeniado perfecto para quedar bien con Dios y el Diablo. Uno puede haber leído el Beowulf o no, y de todas maneras va a disfrutar la película. Va a ver películas distintas, eso es clarísimo, pero se va a sostener. Yo, a sabiendas de que Neil Gaiman había metido mano en ese guión, iba con la idea de que tan malo no podía ser. Pero sabiendo que la madre de Grendel era Angelina Jolie, bueno, tenía mis dudas.

Pues han conseguido hilar las cosas de manera que sea una historia que tenga algo que decirle a un público pochoclero, que espera ansioso un poco de sentimentalismo amoroso y de carga sexual (ausentes del todo en el poema épico), y de todos modos no traicionar al cantar más de lo necesario. Sólo un elemento del antiguo Beowulf fue modificado, central para el relato que hicieron, no demasiado para el que hizo el bardo (o los bardos, copistas y etcéteras) sajón, la identidad del reino que le tocó en suerte al héroe para gobernar. Todo lo demás está hecho para que engarce perfecto con el verso antiguo, que podría haberse cantado como quedó en el mundo ficcional que se construyó. Y esto se consigue con la inclusión de un elemento pequeño pero fundamental: la consideración de que el héroe que se enfrenta al monstruo va solo a la batalla, y por ende es su palabra la primera garantía de verdad del relato épico. El gesto de poner en escena una representación teatral, en la vejez de Beowulf, en la que un recitador narra sus hazañas con las palabras del viejo cantar es sencillamente genial.

Como ya dije, se sostiene de las dos formas, pero yo recomendaría haber leído el poema antes, porque el juego con los viejos versos no se repone completo de otro modo, y es realmente un elemento que suma a las posibilidades de disfrutar la película.

En resumen, se vale una entrada de cine, si se tienen ganas de distenderse un rato. Y de comer un poco de pochoclo. Y de ver dibujos muy convincentes de hombres y mujeres atractivos.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

De vuelta de un primer viaje a Tierras Fértiles

No hay caso, soy de la vieja escuela y prefiero mil veces el procesador de texto a la pantallita de Blogger, que me pone sumamente nerviosa. Aparte, Word permite esto de escribir por partes, guardar y tener las cosas a mano después.

Pero eso es nada más un paréntesis técnico.

La idea era sentarme con los cinco minutos que tengo antes de la cena (ahora cocina mi vieja, a mí me tocó al mediodía) para empezar, de una vez, mi comentario sobre Los Días del Venado de Liliana Bodoc, ahora que me dio el tiempo para leerlo. Lo terminaré más tarde, cuando me de el tiempo.

Lo primero que habría que decir es que es una lectura ideal para cabezas cansadas. Una prosa fluida, con una música extraña de verso traducido, que se deja leer como un arrullo de abuela.

Es que tal vez el principal mérito del estilo de Bodoc es el de convencer al lector, precisamente, de que está leyendo una traducción de algo que en otra lengua debió ser verso. Como solución para un fantasy es excelente: lleva a lo formal la distancia, la diferencia con la cultura narrada. El orden extraño de las palabras y el uso metafórico-mágico del lenguaje nos insisten tanto (pero con tanta naturalidad) en que estamos leyendo un poema de Tierras Fértiles en un mal adaptado castellano, que el efecto se logra. El lector puede entrar en el juego de pensar que escucha a través de un filtro palabras de una lengua que no existió nunca. A modo de ejemplo (y tratando de sacar lo que pueda develar demasiado de la trama):

“El viento llegó con ganas de jugar. Se puso a buscar trenzas que destrenzar y túnicas que sacudir, pero no las encontró. Las aldeas estaban desiertas: no había niños enhebrando caracoles ni mujeres limpiando pescado. Entonces el viento decidió colarse por entre las cortinas de soga. Adentro halló trenzas muertas y túnicas muertas tendidas en hamacas que apenas se mecieron con su entrada. Espantado se puso en camino a Beleram con la triste noticia. Y aunque partió de prisa, nunca llegó adonde quería porque antes un viento que no era de por allí ocupó su camino y lo deshizo en hilachas.”

El lector entra como buen receptor del siglo XXI en el ritmo de la metáfora triste del viento que se pasea por la matanza, y sólo después se acuerda de que el viento no tiene por qué tener menos personalidad que los pájaros, en la concepción animista general del lenguaje de la obra. Solamente en un tercer momento de lucidez podrá caer en la cuenta de lo difícil que se hace lograr eso escribiendo prosa prácticamente en el siglo XXI, y para más hacer que no suene a uno de tantos intentos fallidos de escribir algo que se parezca a una traducción de haiku.

De la obvia reelaboración pesadillesca de la conquista de América se podría hablar largo y tendido. Con la misma facilidad con la que se la podría defender también sería posible defenestrarla. Yo, que no quiero sino hacer un comentario, que disfruté mucho el libro y que no me decido, prefiero callarme. Solamente voy a abrir la boca (la luz del monitor, en realidad) para decir que a cada fantasy que leo me resulta más difícil tragar la evidente polaridad simplista, maniquea, en la que los malos son tan terriblemente malos y los héroes, tan obvia e irreductiblemente buenos. La franja de los personajes miserables (Kume, Bor, Molitzmós) no compensa. Y que Misáianes sea el Odio Eterno, hijo de la Muerte, es demasiado. Creo que hay efectos dramáticos y problemas narrativos que podrían llegar a funcionar con efecto doble si las cosas no fueran tan claras.

Lord of the Rings tiene un solo ejemplo, una ínfima semilla de lo que esto podría ser. Se trata, si usted, lector de blogs ignotos con paciencia para acompañarme hasta acá, por casualidad lo recuerda, de aquella escena en donde los hobbits, escondidos, presencian una batalla entre hombres y avistan olifantes por primera vez en sus vidas. Los hombres matan a los hombres, no hay buenos y malos, sólo debilidad y cansancio.

Hablando de cansancio, es hora de cerrar este post, que en Word ya pasó a segunda página.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Una canción vieja

Esta es una canción que hice hace un par de años, y que desde ayer, vaya uno a saber por qué, me estuvo dando vueltas por la memoria.




No es una grabación muy prolija, y el tema no es gran cosa, pero bueno, para el que tenga curiosidad, ahí está.

(Nota para los que entren desde Bloglines: Es un reproductor de DivShare. Si lo quieren escuchar hay que entrar a la página)

sábado, 17 de noviembre de 2007

Elogio del Recauchutaje

Para ser un buen recauchutador hay que tener un talento especial. No se trata de levantar un marco en la calle y hacer una pátina que enseñaron a hacer en Inutilísima (un inconfesable que un porcentaje mucho mayor que el de la gente que lo admite ha hecho alguna vez), no. Eso se llama "restauración", hay que dejar a las cosas toda la carga negativa de su nombre.
El recauchutaje es algo mucho más noble. Consiste en tomar lo que ya fue desecho para otro y hacer con ello algo que cumpla alguna finalidad, sin por ello perder su condición de resto, de cosa con vida prestada, muerto viviente que se dedica a preparar café para los presentes.
Nótese, por ejemplo, el simpático ejemplo de recauchutaje que nos acompaña: el negocio en cuestión, una feria americana (uno de los lugares preferidos para las investigaciones de los recauchutadores), aprovechó la decoración en mal estado de los inquilinos anteriores, en una clara recauchutada. Todo lo necesario está presente: el mal estado del elemento recauchutado, su falta de conexión con lo que lo rodea y, encima, el globito que lo justifica todo, el chispazo que le da vida al monstruo de Frankenstein y que es capaz de hacerme gastar plata en mandar una imagen de celular a mi casilla de correo, con lo caros que están los MMS.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Escozor


Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires - Sede 25 de Mayo
La foto es de hoy a la tarde.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Sir Gawain y la Ensalada Verde


Uch lede as he loved himselve
There laght withouten lothe;
Ay two had disches twelve,
Good ber and bryght wyne both

[Sir Gawain and the Green Knight, vv. 126-129]




Es sabido que los caballeros de la mítica corte de Arturo tenían por costumbre cargar la panza cuando estaban de banquete por todo lo que se privaban mientras andaban por ahí en búsqueda de aventuras. La asociación del nombre de un caballero famoso por su cortesía no va mal con la comida, y en cierto modo no tendría por qué ser nada del otro mundo encontrar un plato con el nombre de alguno de los señores de la Mesa Redonda. Un tanto inusual, bueno. Un poquito más raro que no sea ni el Rey, ni Lancelot, sino Gawain, también.
Ahora, encontrar el nombre de Sir Gawain en una lista de ensaladas... Vamos, eso ya es mucho.


No puedo dejar de imaginar al valiente caballero ensartando un tomate asesino con su lanza, para embestir un segundo después contra los palmitos, bestias según creo inexistentes en la dieta de esos años.
He de confesar que si no hubiera sido por los palmitos, el jueves en cuestión (es la lista del lugar que nos manda comida al trabajo) me habría pedido una Sir Gawain, en vez del ínfimo sánguche de milanesa de soja que me tragué por privilegiar lo más barato del menú.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Fobia



Todos recordarán aquel juego típico de Sacoa en el que había que pegarle a unos cucarachones violetas que salían de una cueva. O por lo menos su más extendida versión con cocodrilos.
He aquí un juego con la misma idea, pero con un toque extra de humor negro y sin tickets para cambiar por ositos, lapiceras raras, bolitas de goma o pistolas de agua.
Se entra haciendo click sobre la imagen.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Se va, se va la barca

Un aula llena a medias, un profesor con su cuota de dotes escénicas que lee un poema que tiene ya casi medio milenio de edad, y que la mayor parte de los presentes ya conoce. Y aún así, la explicación que también tiene su parte de catártica, el silencio que se vuelve casi solemne, la sensación de que algo hay que hace que surja ese escalofrío raro, la pasada de revista involuntaria de la historia sentimental propia.
Sí, ya sé que tiene su cuota de cursilería, pero es que hay golpes de efecto que no dejan de funcionar sobre cualquier ser humano que no sea una completa heladera.

* * *

Bien, estoy oficialmente podrida de dar exámenes parcialmente descremados, de firmar planillas de asustancia, de mirar cómo crece peligrosamente el estante de abajo mientras la lista de bibliografía obligatoria ronronea su arrorró de posibilidad de no elección, de lecturas sin riesgos, con la higiene obsesiva del aparato crítico siempre a mano.
Pero pucha que voy a extrañar ese tugurio de la calle Puán.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Gajes de la videoconferencia



Lo que se siente cuando uno tiene una videoconferencia es bastante particular. Supongo que para los que tenemos arriba de veinte y crecimos en un mundo en el que las computadoras eran algo de elite esto debe ser más pronunciado. Tenemos la ventaja de disfrutar de los beneficios de estas cosas sin perder la extrañeza, la sensación de antinaturalidad que se merecen.
Por ejemplo, uno por lo general es totalmente inconsciente de los propios gestos. Menos que menos cuando se habla. Pero en una videoconferencia, la pantallita con la imagen propia está ahí abajo, y uno la va mirando mientras mira al interlocutor. Lo que produce un efecto que en la vida no cibernética sólo en escasísimas ocasiones se consigue tener: una conversación más o menos natural frente a un juego de espejos desviados, en los que se puede sorprender la forma de un movimiento que hacemos sin encontrar la distracción de la propia mirada, el ángulo un tanto armado que uno pone cuando se encuentra frente al cristal de un espejo.
Un efecto colateral de la videoconferencia entonces es que se puede caer en la cuenta de pequeños gestos que hacemos, de detalles de nuestra imagen que normalmente pasan desapercibidos. Darme cuenta de que estoy un poco más flaca, por ejemplo, que no me viene nada mal. O de que tengo una tendencia a inclinar la cabeza para la derecha cuando me río.
Es normal, de mucho estar con la misma gente a uno se le pegan cosas: gustos, giros de lenguaje, determinado vocabulario común, cierta bolsa de presupuestos para manejarse que se van haciendo compartidos. Es casi imposible ver lo que los otros toman de lo nuestro, porque uno no tiene mucha conciencia de la gestualidad propia. Pero es cosa de todos los días sorprender en alguien que uno conoce bien un gesto que viene de otra parte, a menudo reconocible también. La videoconferencia en el msn es un sitio privilegiado para tomar conciencia de los propios gestos, y entonces detectar estas cosas en uno mismo, eso que sólo de tanto en tanto vemos en el vocabulario, las cosillas del comportamiento de los que queremos que se van pegando a las propias.
Y en esto, vuelve la videoconferencia, la imagen de mí misma en versión liliputiense que me permitió sorprender de corrido dos gestos (un tipo particular de mirada, y una cierta forma de inclinar el torso y de pasarse al mismo tiempo una mano por la frente en un ángulo determinado, a una determinada velocidad) que reconozco muy bien. De ahí, inmediatamente pude tener la imagen bien rápida de su procedencia, con el cambio de ángulo. No sin cierta sorpresa, tengo que admitirlo, me di la cana usando, uno atrás de otro, dos gestos de un amigo.
He ahí la diferencia con la ciencia ficción, en donde los conferenciantes pueden mirarse a los ojos, y no tener que pensar en estas cosas.



jueves, 11 de octubre de 2007

Versos apuradísimos

que corresponden a una suerte de idea previa sobre algo que quiero tener tiempo para razonar bien.
Lean la línea como espacio. Está ahí porque esta maldita plantilla no me respeta las sangrías.



Una cascada de insectos por la espalda,
el muro detrás del que esperan las bestias,
_________la risa
se expande explota expulsa
(círculo mágico de sal)
los demonios de una pesadilla incómoda,
apisona la mugre en el fondo del cajón de los archivos,
repone las fachadas endebles
que nos creímos incapaces de volver a ser

Recalled to life

Punto. Final. Basta. No vuelvo a mirar. Sé que me debo haber olvidado de por lo menos un par de itálicas para título, y que las redundancias acechan como ojitos de rata entre los renglones ya ajenos, palabras apuradas que ya no quiero volver a ver, porque no tuve tiempo de revisarlas, mis hijas bastardas, cinco hojas de parcial domiciliario que con la cabeza más descansada habrían salido tanto mejor en tanto menos tiempo. Menos mal que es el penúltimo.
Este post no es sino un estiramiento después de un largo viaje en bondi, para recordar que mi cuerpo sigue acá.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Yu-Gi-Oh


No sé la cantidad de veces que mi primito habrá tratado de enseñarme a jugar con cartas como las de la foto. Después probó con las de Pokémon, que son algo más entendibles. Al final, el resultado termina siendo siempre el mismo: termino dándome por vencida, tener una regla y cuatro variables por carta, y para más un mazo de unos cien naipes, todos distintos, es demasiado para mi pobre capacidad de retención inmediata, que gracias que llega a hacer los cálculos necesarios en un buen partido de canasta.
Quitando eso, la estética de estas cartas (no así las de Pokémon, que son decididamente feas) siempre me resultó atractiva, con sus monstruos elaboradísimos y sus reflejos holográficos. Fue por eso que cuando vi cinco ejemplares de estas cartitas regados por Pedro Goyena, pensé que harían buenos señaladores y me dispuse a levantarlos.
Entonces miré los significados.
No pude dejar de notar la magic card que puse del derecho en la foto, ese llamado de emergencia que tan pero tan bien parecía encajar con el que fue, en todo lo demás, mi peor día en mucho, pero mucho tiempo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Corrientes

Hermoso, derruído, con sus increíbles negocios de la planta baja que parecen ignorar limpiamente lo que tienen encima, con esa bandera argentina que estaría dispuesta a creer que fue colgada por alienígenas (no podría imaginar a nadie saliendo de esas ventanas, obvia propiedad del abandono), he aquí un edificio que siempre me produjo una atracción helada. Siempre que lo miro (y hace años que me clava los ojos en el borde de la ventanilla del 146) lamento no poder fotografiarlo antes de su inminente derrumbe. Pero se sostiene, como los elefantes en la tela de una araña, y por primera vez pasé de a pie y con mi flamante celular con camarita por enfrente.
Si hay gente con mucha paciencia que siga el blog y haya bajado hace siglos No Balance Palace de Kashmir, o si hay público de esa banda por aquí, que abra el track "Black Building" y mire la imagen con atención.

martes, 18 de septiembre de 2007

Eso que siempre estuvo ahí


Nos acostumbramos a pasar cosas por alto, puede que demasiado a menudo. Nos acostumbramos a olvidarnos de cómo, dónde, por qué y qué tenemos tirado alrededor nuestro, a no ver más allá de lo que necesitamos ver.
Pero hay momentos de reconocimiento, que recortan la forma de lo bizarro, dibujado con un dedo fino en el límite incierto entre lo siniestro y lo ridículo.
Es uno de esos momentos para percibir los pequeños engendros que rodean la vida cotidiana el que impulsa este post innecesario, a saber, la extraña sensación de que podría haber pasado todo el resto del año sin notar con plena conciencia las palabras escritas en ese almanaque y sin escribir ese pequeñísimo epígrafe que lo reincluye en mi universo, de no ser porque hoy (tengo que reconocerlo) di clases en un estado de cansancio tildoso que me dejaba volar fuera de las consideraciones estrictamente necesarias, léase, fijarme cuántas semanas le restaban a una alumna nueva antes de su examen decembroso.


lunes, 10 de septiembre de 2007

Y seguimos con música

Cada tanto me harto de escuchar música con los parlantes de la computadora, y prendo mi equipo Philips. Se trata de un aparatejo viejo y mañoso que tiene sus días, al que hay que pedirle permiso, tratarlo con cariño y rogarle para que no salte demasiado. Pero cuando se porta bien el sonido es bastante aceptable, mucho más que estas dos cositas plateadas y negras que me vinieron con la computadora y que todavía no me dio el presupuesto para cambiar.
Hoy pasó. Grabé un cd en formato audio para pasarlo allá y seguir estudiando. Y cuando comprobé que mi equipo (probablemente debido a la sequedad del ambiente producida por el aire acondicionado, prendido por el raro calorcito) tenía un buen día, me puse a rebuscar en mis viejos compactos. Tengo una cartuchera completa de cosas que me grabó mi hermana el año pasado, cuando ella en su casa tenía internet y grabadora de cds y yo seguía escribiendo en wordperfect con mi fiel 486, bien lejos de estos demonios distraegente. Un gusto algo inconfesable que comparto con ella es el de escuchar cada tanto a ciertas banditas de aquel fenómeno muy mtv de hace unos años que dio en llamarse nü rock. Bien, di con un disco de Staind que ella me pasó y que debo haber escuchado entero, cuando mucho, tres o cuatro veces en la vida, que se llama Break the Cycle. Ahí, luego de un rato de concentración en un texto de Bataille, cuando me paré a prestarle algo de atención a lo que había puesto reparé en este tema:



Y ahí entonces vino el recuerdo de por qué había grabado ese compact. Es un himno a lo trillado, a lo repetido, a lo hecho dos millones de veces, pero con gracia. Como uno de esos chistes que nos hacen reír la quincuagésima octava vez que los oímos, hay secuencias que distan años luz de ser originales, pero aún así siguen produciendo algo. Una sensación casi física que recuerda que somos animales de costumbre, que parte del placer estético (y no pequeña) radica en estas combinaciones que ya tenemos tan incorporadas que ingresan por otros medios a nuestra conciencia, el código occidental para las emociones que a veces nos hace falta.



A quien no se le mueva un pelo con ese tema que tire la primera piedra.

Para no nombrarte

En lo que ando esta semana



Aparte de que es un borrador con todas las de la ley la grabación se escucha horrible, ya sé. Pero el filtro de ruidos del Audacity hoy tiene un mal día y me distorsiona todo, así que como es un poco tarde y también se supone que trate de sentirme un poco más responsable y de terminar de leer uno de los textos de la bibliografía sobre el marqués de Sade prefiero dejarlo así.
Tengo que trabajar un poco sobre la letra, que tiene cosas que no me convencen. Y a mi entender hay algo en la música que deja ver una cierta falta de coherencia (o de sustancia), tengo que ver cómo lo resuelvo.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Un universo propio

a woman must have money and a room of her own if she is to write fiction

Bien, Virginia, coincido con lo de la plata. Pero con el cuarto no alcanza.


Me di por vencida, por primera vez desde que (mientras escribo esto: "decíme cuando pueda chequear mis mails") empecé a pasar los caóticos borradores manuscritos de la novela que estoy tratando de terminar ("¿viste el quitaesmalte y el cortauñas?") con la máquina. No hay caso. Cuando la cosa se me complica necesito ver las cosas en un papel, poder tachar, anotar, hacer enchastres. Me dispuse a imprimir las 92 páginas que llevo pasadas, que corresponden a las líneas centrales que llevan el relato (el mp4 que tengo que usar para no escuchar a las cohabitantes de la casa bufar por lo que escucho, que está fallando y tengo que cambiar esta semana, empieza a andar en mono, y hace falta golpearlo un poco); hay que aclarar que todo lo que tengo que pasar son textos y episodios intermedios, una inmensa cantidad de ellos. Mientras la impresora escupía páginas en calidad borrador, mi benemérita madre me vio fuera de la silla y entró a usar la computadora. La impresión, por error mío, falló. Tuve que esperar a que ella hiciese una pausa. Con la máquina lenta por un disco demasiado lleno y una ridícula cantidad de ventanas y programas abiertos, todos en uso por alguna de las tres, volví a imprimir lo fallado, y me dispuse a hacer las tareas de reordenamiento y corrección que quería. La computadora fue rápidamente ocupada de nuevo.
(Conversación lenta, detrás, sobre temas banales, no del mejor de los humores, ninguna de las tres lo está)
Intenté volver a la máquina. Esperé largo rato a que la máquina se desocupe. Me senté. "¿Qué querés comer?" "No sé, decidí vos". Una línea. Dos. Tres. Una corrección. "¿No me llegó nada?" "No" "¿No me cerraste el messenger, no?" "No". Cuatro. Una corrección. Dos. "¿Pero no escuchabas que te estaba hablando" "Perdón, no, me estabas hablando desde la cocina, así no escucho" "No escuchás cuando no te conviene. Dejá, ya bajé la basura yo". Puta madre, me perdí. Adónde iba. Ah, sí, era por acá. "Pero no me dijiste qué querés comer" "Me adapto, lo que quieras vos, que tenés más problema". Discusión de cinco o diez minutos. Vaya uno a saber por dónde iba. Di un rápido manotazo a mi mp4 (al lado mi hermana me mira, y se pasa una mano por el cuello; se da vuelta y se va, pero no se aleja mucho) y me tuve que ir a trabajar a la cocina. Volví. Mamá en la máquina. Teléfono. Para ella. Raudamente ocupé la máquina. Me puse a escribir este post a las apuradas. Salió mi hermana de bañarse.

No alcanza con un cuarto propio. Eso, aunque parezca mentira, lo tengo. Hace falta mudarse de universo.

domingo, 26 de agosto de 2007

Materia Scriptoria

Debería ser más sencillo de lo que finalmente resulta. Pero conseguir un cuaderno que me sirva no es moco de pavo.
Acá cabe aclarar que entre mis muchas manías se cuenta la de escribir con lapiceras de pluma. Es una cosa ligada a un placer casi físico, sentir la pluma deslizarse suave por el papel y la tinta que fluye como una continuación de uno, en vez de esa cosa trabajosa e indominable con una bola en la punta que hace lo que se le antoja y escatima tinta, que nunca impregna la hoja sino que apenas la cubre por encima. Están, claro, las Pilot, solución intermedia, pero yo no pago la cotización de casi media hora de mi trabajo por un objeto descartable como ese.
El problema resulta, entonces, del hecho de que no todos los papeles, parece, son aptos para lapiceras de pluma. Uno tendría que poder preguntar: Disculpe, señor, ¿usted sabe si éste es apto para lapiceras de pluma? Pero inmediatamente vendría la mirada que no necesitaría palabras para comunicar el otro interrogante: Disculpá, piba, ¿vos de qué planeta saliste? Y por supuesto, los cuadernos no vienen con una etiqueta que avise: Ligeramente resistente a las tintas líquidas.
La solución, entonces, parece ser comprar un cuaderno de cada tipo. Invariablemente alguno de ellos va a tener el papel menos poroso, la tinta va a fluir mal, se va a entrecortar, va a hacer falta mojar la pluma de la lapicera con el carucho para que chorree un poco y funcione decentemente. Una vez cada quince minutos. Y encima hay que elegir bien la tinta. Porque, vaya uno a saber por qué razones físicas que no quiero indagar, hay tintas que corren más fácil que otras. Tinta Sheaffer verde con un cuaderno Mis Apuntes, por ejemplo, parece la combinación de materia scriptoria elegida por Satanás para castigar a los escribientes condenados al martirio eterno. O mejor todavía, imagino una cámara infernal en la que un profesor lanza datos como una máquina, hace un frío atroz y es totalmente necesario tomar notas con esa combinación maldita, porque los desgrabadores brillan por su ausencia.
Bah, para qué digo que lo imagino. Ya estuve ahí.

jueves, 23 de agosto de 2007

Mesa de saldos

Me encantaría saber quién metió éste en una colección de novelas históricas. A veces se me da por imaginarme un editor con un par de dedos de frente, aceptándola a título de chiste privado, y otras me imagino a Manolito de grande considerando que título de novela histórica + una cuota de inocultado feminismo = unos euritos pa'l bolsillo.
En todo caso ya no importa, lo que queda es que lo publicaron, que por alguna serie oscura de motivos buena parte de esa colección hecha para un diario español terminó en nuestras costas, que a la librería Los Cachorros (actualmente les queda una sola sede porteña, en Díaz Vélez al 5000, ahí nomás de Parque Centenario) se le inundó un depósito y que la secuencia de todas esas causalidades absurdas hicieron que Casandra de Christa Wolf esté ahí, en varios ejemplares con vestigios de vieja humedad, a cuatro pesos. La mesa, por causa de ese mítico diluvio, suele presentar cosas más que comprables (alguna vez hubo buena parte de la obra de Proust al mismo precio), pero eso es una historia aparte.
Volviendo al libro de Christa Wolf, que leí hace bastante poco, se trata de una suerte de Ilíada feminista, un canto quejoso a los espacios privados para el que basta como muestra el botón de la aparición constante de referencias a la diosa Cibeles esparcidas por todo el texto. Pese a todo esto, resulta un libro interesante, una escritura que consigue mantener su buen efecto de tensión en un relato que no cuenta con la facilidad de la sorpresa (todos sabemos cómo termina Troya, qué le pasa a Agamenón con Clitemnestra, etcétera) más que en el escasísimo margen de posibilidades de variación que permite el cambio de género y de punto de vista. Es una novelita decente, que se lee bastante rápido, y por la que vale la pena gastarse esos cuatro mangos.

Todo tiempo pasado



De cuando Evanescence era una banda con algo más que la voz (increíble, sí, pero últimamente dedicada a poprroques menores) de Amy Lee. Se trata del tema Eternal del disco Origin, allá por el año 2000, cuando no los conocía ni el vecino del garage en el que deberían ensayar. Es un largo delirio instrumental con algunas secuencias más que deudoras de la música de videogames de los ochentas.
Recomendación de escucha: bajar el tema desde la página de download que se abre clickeando la punta derecha del reproductor y meterlo en un reproductor de mp3, si lo hay. Este tema se merece ser escuchado con buenos auriculares, dentro de lo posible en un lugar en silencio. Si no se dispone de los medios para hacer esto (ni de auriculares para computadora) es mejor conectar los mejores parlantes de la casa y separarlos todo lo que se pueda entre sí.

lunes, 20 de agosto de 2007

Para tratar de estudiar



Es distinto concentrarse en total soledad que concentrarse entre gente que también está tratando de hacerlo. La soledad, que a veces es tan buena compañera del estudio, puede también mostrarse contraproducente de tanto en tanto: el silencio o una canción cargada de reminiscencias tienen el quíntuple de efecto sobre la mente naturalmente apta para la dispersión de alguien que está tratando de leer un texto cuando en realidad tendría ganas de estar leyendo o escribiendo otro, o por qué no, haciendo cualquier otra cosa que nada tenga que ver. Estando en soledad es más fácil perder la noción del tiempo y pensar que restan cantidades inconmensurables de tiempo para hacer todo lo que resta entre lo obligatorio. Entonces bueno, por qué no tomarse una horita de pausa para sacar al perro a dar una vuelta, aprovechar que el día está tan bonito, o terminar de pasar por escrito antes de que se borre el sueño bizarro de anoche, que incluía un viejo, un mazo de cartas de tarot, un delivery de pizza y el fantasma fotogénico de una joven de pelo negro en ese cuaderno destinado para tal fin que no se usa desde hace meses.
Son estos los días en los que resultaría tanto más sencillo, tanto más fácil, poder concentrarse fuera de casa, lejos de los guiños tentadores de Los Días del Venado de Liliana Bodoc que mira atento desde el estante de abajo, esperando su turno, lejos de la guitarra, entre personas que compartan la necesidad de concentración, en ese silencio tan especial, tan sagrado de los que tratan de sacar algo en limpio de lo que están tratando de leer o de escribir, tanto más efectivo si la gente en cuestión se conoce lo suficiente como para eventualmente, si hace falta, intercambiar un dato interesante que permita enriquecer lo que se hace y de paso volver a lo propio con la conciencia un poco más despierta.
En lugar de eso, heme aquí, el prototipo de lo que habría que haber hecho hoy y quedó para mejor ocasión.

sábado, 18 de agosto de 2007

Uno de ayer, a lápiz 2b, muy rápido y prácticamente sin corregir, casi un ejercicio de escritura automática.




Mientras examinás con cuidado los detalles de un decorado sin sentido



Descanso mis brazos en el fantasma pálido
de un gesto tuyo, en la secuencia
laboriosamente tejida de cadenas cruzadas
de notas insignificantes; busco, insisto
en dar con la señal que te diga que te deseo
que espero tranquila a que me sepas viva,
que soy el animal que espera a que le abras la puerta,
que soy nube esperando llover sobre tu pelo,
una colección de formas de medir el tiempo
que pierdo sin tocar más que tu aire
.
.
.
.

jueves, 16 de agosto de 2007

Be to her virtues very kind. Be to her faults a little blind.



"Thermidor, ¿a qué les suena? ¿Les suena a algo, aparte del vino"
(Frase de profesor en primer práctico, grado de desesperación medido en escala de Richter: 3)


Lo mismo que a Mariano, Literatura del Siglo XIX me amaneció con un (saludable) baldazo de revolución francesa fría por la cabeza. Baldazo que en un beneficio totalmente lateral me dio ganas de releer esta perlita de Sandman, de Neil Gaiman, ubicada por aquellos días, allá cerquita de ese nueve de Thermidor del que entre otras cosas se habló hoy.
El que tenga ganas de acompañarme en la relectura, haciendo click en la imagen del post pueden leerlo de la máquina. En colección de archivos de imagen y en inglés, pero bueno, es lo que hay.

martes, 14 de agosto de 2007

Obviedades


Es muy poca la gente que lo admite abiertamente. Si uno se para a preguntar, resulta que, pertenezcan al credo que fuere, crean o no en Dios, en Alá, la astrología, los ovnis o en la inutilidad de todo, hablando todos se ríen de los gatos negros. Pero después pasan cosas como ésta: la calzada ya reducida por el puesto de diarios, y la nefasta escalera. Entonces resulta ser que con la yeta no se jode. Aún en plena Pellegrini, pleno mediodía, pleno apuro porque se termina el horario para buscar rápido algo que comer o pescar ese bondi que lleve a casa. No importa. Se puede pasar cruzándose adelante de cuatro viejas, correr o caminar al paso más apretado imaginable, pero si hay que esperar medio minuto para no pasar por abajo de la escalera de aluminio, se espera. No es que pareciera particularmente propensa a caerse, ni que hubiera un tacho de pintura amenazante en el borde, no.
Y en alguna parte las brujas se ríen, o llaman con un gesto vago y una mirada fija que presagian la estafa en los parques, ahí donde las palabras vagas y metafóricas de los vates siguen teniendo sentido, y el destino puede ser marcado por el sentido de las cornejas.

domingo, 12 de agosto de 2007

No-noticias de antes de anteayer

Jueves, mediodía, colectivo 105, el sopor de volver de un trabajo para almorzar en casa y seguir de largo al próximo. Por donde yo lo tomo, allá lejos y en el centro, suele tener asientos vacíos todavía. Tomé el de la ventanilla de un asiento doble, y por primera vez en un tiempazo me dediqué a reescuchar Revolver, esta vez en ese artefacto pequeñito que aparece más abajo. Tuve apenas la vaga conciencia de que alguien se sentaba al lado mío.
Para cuando llegamos a Once, lo insólito: una leve presión en mi costado. Miro: una adolescente a la que tengo vista, una chica darkie con la mochila negra bordada de mostacillas que suele tomar el bondi en la misma parada que yo. Completamente dormida, se había acomodado en su inconciencia sobre mi hombro. Sonreí y traté de no moverme, con un sentimiento de ternura que se me está haciendo raro. Siempre me pareció que dormir representa uno de los mayores estados de indefensión de un ser humano, y que por lo tanto dormirse sobre alguien es una suerte de acto de entrega, de confianza, un pacto tácito que no se hace con cualquiera. Hay una larguísima lista de gente que conozco y que me cae extraordinariamente bien sobre la que jamás pensaría en dormirme, así que imagínense sobre un extraño. Y la conciencia de que todavía exista gente capaz de inconciencia y falta simpática de tacto en Baires me hizo sentir terriblemente extraña, me hizo preguntarme hace cuánto que me convertí en otro ratón asustado que mira para todos lados antes de moverse por la calle.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Una de Sinéad O'Connor





Here's you boys, now take my advice
To America I'll have ye's not be coming
There is nothing here but war, where the murderin' cannons roar
And I wish I was at home in dear old Dublin

lunes, 30 de julio de 2007

Modernizaciones



A los ocho años recuerdo haber escuchado hablar, uno de aquellos fines de semana en los que acompañé a mi viejo al trabajo (él era kinesiólogo y laburaba en un geriátrico de gente adinerada, por lo cual la cosa consistía en ser malcriada por el personal y eventualmente hacer mirar Nubeluz a un par de viejos hasta el mediodía), de cierto familiar de un interno que tenía algo que sonaba por la descripción a minitelevisor portátil. Nunca pude saber qué era el dichoso aparato, pese a que con el tiempo pude ir identificando la mayor parte de los artefactos medio extraterrestres que vi o que pude escuchar descritos ahí (la reproductora de dvds, por ejemplo, no mucho más tarde, que por entonces usaba discos más grandes). A mí, que no hacía falta demasiado para inflarme los sesos, y que era bastante adicta a la pantalla, se me antojó la solución perfecta para el aburrimiento escolar, y para no perderse los programas de media tarde, que era el horario en que iba a la escuela. Pena que sonaba a demasiado para ser verdad. Aparte, ¿en dónde lo iba a enchufar? Porque no podía esperar que una cosa así funcionara a pilas, no.
El viernes completé la compra del aparatejo de la foto, y me acordé muchísimo de ese episodio. Con esto más o menos se completa la modernización de los instrumentos de tecnología noventosa que tuve en uso hasta el corriente año (mi computadora anterior fue una 386, mi sonido portátil un walkman a cassette, por nombrar ejemplos), así que ya estamos, me terminé de vender a la tecnología. O algo parecido.
Una de las ventajas que hay que reconocerle al aparatito en cuestión (aparte de los videos, claro, y de tener una grabadora a mano cuando más se la necesita) es que se hace obviamente más cómodo de tener encima mientras uno hace otra cosa, por ejemplo, lavar los platos, que un walkman. Y si tenemos en cuenta que todavía me toca vivir en la casa familiar, y que la música es siempre tema de conflicto, es de imaginarse que esto mejora bastante mi (iba a decir calidad de vida pero queda mejor esta palabra) humor.
Y entonces el pequeño detalle, la música respetablemente fuerte y la sensación de que algo raro pasa, de que algo falta. El ruido de mis manos. Puedo vivir con eso, o sin eso, que sería más adecuado en este caso, pero he ahí toda la diferencia. Y en cierta medida es una de esas diferencias realmente inmensas que no parecen notarse, como las calles empinadas en las ciudades que tienen relieve verdadero.

martes, 24 de julio de 2007

Deathly Hallows - Post Harry Potter


Para cuando salga la traducción ya los retorcedores de Salamandra se habrán inventado un título alternativo como "Harry Potter y el duelo de la muerte", o alguna cosa por el estilo, con el mismo criterio con el que tradujeron "Half-Blood Prince" como "El misterio del príncipe". Para quienes no leen en inglés, luego de leer el texto, un título aceptable sería Harry Potter y los talismanes de la muerte. Suena mejor en gringo, sep. Pero no tenemos una palabra coherente para traducir "hallows".
Pero esto es un post de comentario. Si a Ud. benemérito lector de blogs ignotos, le gustan las sorpresas y tiene pensado leer Harry Potter hasta su séptima entrega (y todavía no lo hizo, se entiende), sería prudente que se detenga acá. Ya dije en otra oportunidad que no me gusta contarle el final de los libros con suspenso a nadie, pero me siento un poco en obligación (conmigo misma) de comentar este libro, y es imposible hacerlo sin hablar de más.
Me es un poco difícil digerir este libro. Todavía. Miré muchas veces la cámara de fotos con la que pensaba fotografiar mi bonito ejemplar (editado por Scholastic, en la foto se lo ve sin la sobrecubierta dibujada, que como es una primera edición todavía no decidí si tirarla como de costumbre o si guardarla) para postear un comentario, y no me decidía. No sabía cómo verbalizar lo que tenía para decir. Y es una sensación persistente, desde el momento en que cerré el libro ayer a la tarde hasta ahora que escribo esto como mejor me sale.
Voy a tratar de ir por partes.
En lo formal, es un libro infinitamente más descuidado que los demás. Supongo que se debe al aceleramiento de la trama, y a que es un libro narrado en un tono más grave, más dramático que los otros: Rowling se mueve con más comodidad en el humor, ahí el lenguaje le fluye de otra manera y salen cosas realmente brillantes. En este libro la trama "seria" (la caza de los horcruxes, y el duelo con Voldemort) casi aplasta lo lúdico que rescata tan bien a los otros seis.
En algo que quedaría ensanguchado en el medio de la división entre forma y contenido, es una novela repleta de golpes de trama. Y en donde viene el climax, ahí aparece algún personaje llorando, y embarra el efecto. Las lágrimas, que le funcionaron tan bien cuando las supo administrar (las de culpa de Dumbledore en Order of the Phoenix, mientras Harry furioso le descuajeringaba la oficina, por ejemplo) acá se convierten en impedimentos. Está bien, uno entiende que todos los integrantes remanentes de la Orden del Fénix y el DA pasan toda la novela en crisis nerviosa, escondidos, presos y eventualmente torturados, pero hay algo ahí que no funciona. El libro se moja demasiado. Hay momentos que hubieran funcionado veinticinco millones de veces con un silencio significativo, o con algún objeto volador sin necesidad de encantamientos.
La trama, está bien. Era lo esperable. Cierra. El único pecado que comete es que termina demasiado bien. No le perdono la redención de Percy Weasley, ni la forma en la que muere Voldemort (cercana al suicidio involuntario, claro), ni la esperable retomada del romance entre Harry y la pelirroja menor. Y el epílogo era totalmente prescindible. Demasiada afirmación de la familia como valor. Uno de los encantos de esta serie era su constante denuncia de todo lo que puede salir mal, una sátira constante de la realidad en clave humorística que podía mover en el lector al reconocimiento de su propia realidad.
Hay que decir que la forma en la que retrató la organización de los Death Eaters (los seguidores de Voldemort), su golpe de estado y su mecanismo de censura y persecución es un verdadero logro. Por estos lados produce más de un déjà vu.
Y puede pensarse, de todas maneras, que el último "all was well" con su dejo de duda (la mano sobre la cicatriz, todavía), de todos modos, redime un poco al resto. Hay algo que recuerda a la felicidad relativa de Candide en el final de la obra homónima de Voltaire. Hay un silenciamiento de elementos entre el final y el epílogo (se cuentan las soluciones provisorias para los problemas de fondo, no en qué dieron después) que deja que un lector adulto con dos dedos de frente que tenga en cuenta el resto de lo que pasó en el libro y la serie se pregunte si esa reclusión en lo íntimo no será sino una forma de perder las esperanzas sobre el resto. La frase que cierra la batalla final, pronunciada por Harry, que luego de que le han asesinado amigos y de que ha escapado a la muerte por un pelo sólo puede pensar en una cama cómoda en la torre Gryffindor, y en la posibilidad de un buen sandwich, deja algo de esto: "I've had enough trouble for a lifetime".
En total, mi nena interior está contenta de que terminó, y de que el núcleo chico de personajes (Harry, Ron, Hermione, Ginny) salió para contarlo.
La adulta tiene motivos de queja, pero guarda el libro con cariño, y lo defiende un poco, como se defiende a un amigo que podría haber hecho las cosas mejor.

jueves, 19 de julio de 2007

Misreading

Lectura rápida de un cartel, desde el colectivo, calle Triunvirato y bien tarde:

"Doomsday".

El colectivo pasa muy rápido el árbol que tapaba parte del cartel.

"Domus Artis, espacio cultural".

Thank God I don't believe in omens.

martes, 17 de julio de 2007

En proceso

Después de grabarla y de escucharla un poco me di cuenta de que es un borrador más inacabado de lo que pensaba (conste que advertí). Pero ya hablé de más en el otro post, y aparte ya lo subí a divshare y no me cuesta nada, así que lo pongo. El título también es provisorio.

Pecado de Omisión.



La idea es reescribir o pulir parte de la letra, y agregar un segmento que corte un poco lo monótono del caso, y puede que también una línea de bajo y otra de guitarra. Con mi voz no puedo hacer mucho. Si no me duermo y hago las reformas estipuladas (puedo tardarme diez mil años o colgarme con otra cosa) en algún otro momento subo otra versión.



domingo, 15 de julio de 2007

Post fallido

De casa al trabajo y del trabajo a casa. La definición de cola de supermercado para dar cuenta de una persona correcta. Odio ser una persona correcta en la cola del supermercado.

La idea de hoy para hacer un post de sábado a la noche era torturar a mi acotadísimo círculo de lectores con un borrador de canción en proceso, en grabación casera. Agradézcanle a un berrinche de mi audacious Audacity, que se empacó y me dejó con el pescado sin vender.

Tres palabras antes de tratar de seguir peleando con mis borradores para terminar un proceso de escritura novelesca viejo, sobre una reflexión de colectivo (105, del trabajo a casa) relacionada con esa misma tarea que pienso reemprender. Por alguna razón incomprensible son los personajes que no formaban parte de las tramas iniciales los que invariablemente se me terminan convirtiendo en los que más me importan, si es que continúo una narración por más de diez páginas (el equivalente a pc de unas diez o quince hojas de los cuadernos de espirales que me gusta usar para escribir borradores), muchas veces con perjuicios tan serios a la línea de trama central que los proyectos colapsan, o se convierten en otra cosa. Hay casos llamativos, verdaderas adicciones a la forma de escritura y de pensamiento que permiten determinados personajes, como el de VG, hermano de un personaje secundario que me desbarató una novela hace unos años y se coló en otra que iba a tratarse de otra cosa totalmente distinta para adueñarse de ella. O el de MS, salido de casualidad, que me tiene pensando en cómo volverlo a usar, porque no puedo soportar la idea de no escribirlo más, con lo que me divierte. O de AS, que salió de entre la multitud en una ceremonia familiar en el fantasy del que hablé hace poco, y que me acabo de dar cuenta que se adaptó de tal manera a la trama que me va a costar conseguir que sucesos que hubiesen pasado con o sin él no parezcan un deus ex machina puesto para salvarle las papas.

Dejo esto por hoy, y mañana si mi computadora está de mejor humor (juro que me vendieron un experimento de inteligencia artificial, este bicho tiene voluntad propia) volveré y seré canciones.


martes, 3 de julio de 2007

Matheson

Una de las ventajas de estar con gripe (por supuesto que tiene sus ventajas, pese a que este mes vaya a cobrar dos mangos en el laburo, y a que el mes que viene voy a tener que ver de qué me disfrazo, porque aparte mango que pongo en el bolsillo me lo gasto) y de haber tomado la (nada) difícil decisión de no dar finales estas vacaciones, es el tiempo para dedicarse a la ficción. Dos películas y un libro en un solo día, sin cargos de conciencia ni parientes reclamando por todo lo que tendría que haber hecho por la higiene de la casa y no hice.
Lo más digno de mención del grupo fue la novelita, cuya tapa se muestra en la imagen que acompaña a la presente entrada. Remanente de mi visita a la pasada Feria del Libro.
Saqué el tomito de mi estante de abajo, ya con una idea de lo que me esperaba. Es un libro que llegó ahí bastante debido a la recomendación de alguien que me contó en tres palabras de qué se trataba (si puedo prescindir de leer la contratapa hasta bien avanzado el libro lo prefiero): un hombre solo y perseguido en un mundo de vampiros. Bien, el resumen de la trama no sonaba para mucho más que un episodio de la Dimensión Desconocida (con todo el respeto que esa benemérita serie me merece), y en parte lo elegí porque la idea era leer algo que no me demandara tener un lápiz a mano. Página 25 (la edición arranca la narración en la 9):
"Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Eran sólo un párrafo en la Enciclopedia Británica o materia prima para escritores o películas de segunda clase. Una débil leyenda que había pasado de siglo en siglo.
Bueno, era cierto"

A levantarse, a buscar ese lápiz.
Ese parrafito (más adelante lo iría confirmando) condensa el tono general de la obra. Un hombre solo, rubicundo, cuarentón y fuerte, que escucha sinfonías, asalta bibliotecas desiertas y se dedica a la experimentación con microscopio incluido, contra un mundo que le es totalmente ajeno. Un ser humano que de simple trabajador un poco dependiente de su mujer se va enquistando mental y espacialmente, hasta convertir su casa en un templo de los estereotipos de los sueños modernos: se dedica a todas aquellas grandes obras de cultura que supuestamente habrían de cambiar el mundo (asesinatos incluidos, está el eco de la Segunda Guerra ahí, perfeccionar las armas, espiar al enemigo, percibirlo como esencialmente distinto, física y mentalmente, si está infectado hay que matarlo aunque esté vivo) para convertirse en un ser brutal, sin palabras, con mucho conocimiento técnico, con mucha desconfianza, con muy pocas esperanzas. Un asesino con el que un lector atento se asusta de simpatizar. Porque no queda otra opción, es parte del pacto de lectura, parte del efecto que un narrador en indirecto libre (no pude cotejar con el original, pero todo parece indicar que es una traducción decente) constante y muy bien logrado tiende a producir.
Ganas de decir algo sobre las últimas escenas, más que comentables, no me faltan. Pero no me gusta que me arruinen las sorpresas, ni me gusta arruinárselas a otros.
Ah, eso sí, si se tientan con la edición fotografiada, de Minotauro, y aprecian una lectura en progresión, que se va desenrollando a medida que pasan las páginas (este librito se la merece), no se les ocurra leer la contratapa.

I'd rather be in this noise,
suffocate in this noise, colder,
it means so much to me

El sábado a la mañana arranqué este post, que quedó archivado en borradores. La última palabra en el original era "trámite", en negrita. No sé por qué se me da por terminarlo un día de semana a la madrugada, con fiebre y con jirones de jirones de lo que entonces tuve en mente, pero helo aquí:

Llegan más o menos las nueve, último día de la semana y casi al fin de la cursada, y para esa altura todos estamos más o menos cansados. Entonces llega el showtime. Esos son momentos en los que realmente se echa de menos un pochoclito. Bueno, hay que conformarse con lo que hay. Todo muy predecible, salvo por la pulcritud excepcional de la profesora. Pequeñas (¿)ventajas(?) de leer los correos antes: uno sabe más o menos a qué atenerse.
Recomienzo.
Si Usted es un lector paciente y aplicado (esos que escasean en el ciberespacio) recordará que quien suscribe está cursando un seminario sobre Samuel Beckett. El de LC, claro, puanero. Seminario que exigía de nosotros, entre otras cosillas, el requisito de ir a ver una puesta y hacer una reseña. Bien, tal vez sea bastante predecible, pero los que se sentían con ganas de expresar su agonístico disenso con la profesora eligieron enviar sus trabajos en último lugar, una vez que ya todos habíamos cumplido con el trámite.
La escena no podía ser más obvia, más trillada, más trivial. Las dos reseñas tenían tonos bien distintos. Una, más tímida, se dedicaba a tirar palos solapados a la no siempre feliz persecución del detalle en el discurso de la profesora (a veces obsesiva, sobre todo molesta cuando el criterio sobre si un detalle es importante o no pasa por si Beckett lo dejó así hasta la hora de su muerte o en algún momento se le dio por cambiarlo), y sobre todo a otra reseña que oímos (bastante bien fundada, pero que, hay que reconocer, habiendo ido a ver el mismo Krapp, en el efecto de conjunto resultaba injusta, destrozaba un trabajo generalmente cuidado y aceptable, probablemente porque no se adaptaba a la imaginación de quien la escribió al leer a Beckett) una o dos clases antes. La otra, sobre Primer Amor (como la mía, cuya versión primigenia y en criollo anda aquí) era graciosa de leer: nota al pie al segundo párrafo de cuatro, referencia al Kafka-Para una literatura menor, Deleuze, ora pro nobis. Sí, cita de autoridad en una reseña de teatro. Belicoso, revoltoso, incapaz de usar sus propias armas, único que necesitó convertirse en ventrílocuo de nombres ajenos por más de una línea (por todo el artículo, hasta que se convertía en un marco teórico incuestionado, fanatizado y usado de un modo más bien desprolijo), muchacho que evidentemente se comió más que una clase bajalínea de Link y no la digirió del todo bien.
La escena entonces: un muchachito flaco enrollado sobre sí mismo, sentado pegado al lado de otro con el pelo de costado muy a lo moderno, manos en los bolsillos, despatarrado en su banco con expresión sobradora, en frente la profesora con un fiendish glee grin (merece ser dicho en gringo) esperando para comérselos crudos con sus años de manejo de discurso académico.
El resultado: más rato del necesario en un diálogo de sordos que recayó en temas grandilocuentes como la Libertad, la Creación y otros de esos camiones a los que uno siempre les maneja a una prudencial distancia cuando escribe discursos académicos, sobre todo después del primer año de facultad y la primera tanda de finales. Llovieron palos para todos lados, los integrantes de la cátedra defendieron a su jefa como tigres para hacer número, todos los implicados se fueron a casita (no lo dudo) con el convencimiento de haber sido los vencedores morales de una discusión que no llevó a ninguna parte. Nadie tenía ganas ahí de cambiar de opinión.
Todo porque se trata de un seminario sobre un autor. No sobre un escritor, sobre un autor, en plena posesión de su autoridad. Cuestionada hace rato, en una de esas relaciones de amor-odio nunca resueltas: muy bien, cantemos todos el estribillo de la muerte del autor, precio de tapa diez euros, eso son cuarenta mangos, diez por ciento para el autor o sus deudos. ¿Cómo, no es que no había tal cosa como un autor? Lo siento, cuarenta pesos, poniendo estaba la gansa. Y si sacás una fotocopia lloramos todos a gritos en la feria del libro.
Es necesario transgredir el sentido, no existen las autoridades. Cita al pie de página, nombre del autor que lo dijo, porque claro, quién soy yo para pensar con mis propios sesos, para usar los textos en lugar de reproducirlos.
De la otra vereda, no son importantes los sombreros de Godot porque Beckett, Samuel, sí, el que hizo famoso el apellido, los sacó en una puesta al final de su vida, porque no lo aplastó un coche un año, o incluso un día antes.
La incómoda sensación de que la respuesta ha de buscarse en otra parte.