domingo, 29 de abril de 2012

Matutino


    Prendió la computadora antes que la cafetera. Siempre hacía eso. Cuando vivía con su madre, solía incluso valerle algunos comentarios hirientes. Ahora, sola, podía hacerlo sin rendirle cuentas a nadie. Prender la computadora en ayunas, con la boca pastosa, incluso en bombacha. 
    No había caso, no terminaba de acostumbrarse.
    Había varios mails en su casilla. Chequeó rápidamente que él no le hubiera escrito. Nada suyo. Ahora sí, podía caminar el par de pasos que la separaban de la cocina, prender la cafetera, e ir al baño a lavarse el gusto a despertar de la boca. 
    En realidad, ya había dejado de esperar que él le escribiera. ¿Para qué? Si a fin de cuentas eventualmente lo iba a hacer, para pedirle algo.
    Cuando se habían conocido, años atrás, ella lo había catalogado rápidamente como un muchachito insignificante. Bonito, tal vez, pero como puede serlo un cuaderno nuevo de tapa dura con forro araña verde: sin encanto particular, sin personalidad, sin historia. Habían hablado mucho desde el principio, eso sí. Pero porque él se obstinaba en acompañarla y en darle charla. Ella había tenido que preguntarle su nombre muchas veces, en el intervalo entre el primero y el segundo bloque de un teórico, y probablemente había hecho las mismas preguntas varias veces: ¿qué orientación era que estabas haciendo? ¿Vos cursaste Teoría y Análisis el año pasado? ¡Pucha que sos chico! Y él la miraba un poco mortificado, con media sonrisa y un cambio rápido de tema ya preparado en los labios.
    Ojalá el dentífrico tuviera cianuro en vez de flúor. Aliento fresco, dientes más blancos, deceso garantizado.
    Ojeras.
    Había vuelto a dormir pésimo.
    Había vuelto a soñar con él.
    Un sueño largo, pesadillesco, con un largo beso tierno interrumpido por la catástrofe.
    "Interrumpido por la catástrofe", dijo en voz baja, con una mueca. Ojalá. Pero pareciera que la vida se esforzara muchísimo por ser prosaica en todo lo que tenía que ver con él. Chico intenta levantarse a chica, situación de beso potencial interrumpida por un pseudoamigo ebrio, un año casi sin verse hasta la próxima materia juntos, hasta caer en el mismo bucle de la maraña de conocidos que representa la vida universitaria. Chica intenta recuperar la atención de chico. Chico se acuesta con chica y acto seguido se pone a salir con otra. Bah, acto seguido. Técnicamente antes.
    Se sirvió un tazón de café con leche que era casi un balde de cortado, sacó de la alacena el jarro de las galletitas y volvió a la computadora. 
    Alguien que fabrica ropa quiere ser tu amigo en Facebook para venderte una remera. Tienes cuatro invitaciones para Loserville. Javier Naboletti te ha etiquetado en una foto. A ver. Una foto estándar de una copita de champán a cuarenta y cinco grados, y un saludo de año nuevo. Fah, el primero. Ya mediados de diciembre.
    Eligió un paquete de la lata, lo abrió, sacó una galletita de salvado y la mordió. Puaj. Seca como telegrama de despido. Mejor ir a buscar mermelada, y ponerle mucha.
     Volvió a mirar su casilla. Siete mails, cinco de listas de correo. El sexto, una cadena de oración enviada por una tía. El séptimo, de un amigo. Abrió ese. Consulta acerca de un artículo, bibliografía obligatoria de una materia que habían cursado juntos. Hacía mucho, si todavía no la había rendido debía estar por vencerle ya. Sí, seguramente estaba por ahí. Vaya uno a saber dónde, probablemente adentro de alguna de las bolsas que había tirado sin discriminar mucho abajo de la cama, con los materiales de todas las otras materias aprobadas y archivadas. Luego.
    Por el momento, se limitó a responderle dos líneas de promesa, ya te lo voy a buscar.
    Miró alrededor. Papeles. Más papeles. Allá, más papeles. Dos monografías y un final. Lidia, vos y tus planes megalómanos, se dijo. Con suerte podía llegar a armar una monografía pasable para Europea Medieval. Y a preparar el final de Latín II de una buena vez. Siglo XIX, seguramente debería esperar mejor ocasión.
    Volvió al baño, para darse una ducha casi fría. Estaba peluda. Señal externa de estar sola. Y en época de  finales. Miró la maquinita de afeitar. Oxidada. Tendría que comprar una nueva. Igual, para qué. 
    Usó poco shampoo. Había poco, todavía no le habían pagado el sueldo, y difícilmente lo hicieran hasta la semana siguiente.
    No le gustaba secarse el pelo. En alguna época, muchos años atrás, el secador solía traerle dolores de cabeza. Ya no, pero seguía usando la excusa porque era buena. Así que se vistió y peinó su pelo, mojado como estaba, para salir. Siempre esperaba que sus alumnos le dijeran algo al respecto, pero no, nunca ocurría. Y menos cuenta se iban a dar los que venían a la semana de orientación de Diciembre, que eran precisamente los desorientados.
    Buscó una cartera mediana. La de las flores violetas iba bien. Era cuestión de encontrar el resto: las listas, la billetera, los programas de examen, un libro. Sí, ese que le había prestado él, y que tenía alguna marca interna suya para mortificarla. Por qué justo ese. Buena excusa: hace bastante que lo tenía, y seguramente lo tendría que devolver relativamente pronto.
    Miró la hora. Claramente no nadaba en mares infinitos de tiempo, pero no precisaba apurarse demasiado tampoco. Se sirvió un último café ya casi helado, lo tomó de un trago y salió. Bajó por las escaleras, para hacer un poco de ejercicio. Igual, eran sólo cinco pisos. Y tenía unos veinte minutos de sobra.
    O por lo menos eso creía, hasta llegar a la boca del subte y ver la ominosa letra B parpadear. Puta madre.
    Bajó igual. Con un poco de suerte enganchaba justo el subte repleto y podía llegar a horario.
    Llegó al andén apenas a tiempo para ver cómo el último vagón rojo se metía en la enorme boca del túnel. Imagen casi obscena, pensó. Puta madre.
    Peló con dedos nerviosos un chicle de fruta. Es cruel que no haya dónde fumar ahí abajo. Masticó con fuerza, como si quisiese dejarse una amalgama en ese pedacito de masa rosa.
    Mientras tanto, el andén se llenaba de gente y de furia. Un bebé lloraba, con ese volumen inexplicable, sobrenatural que sólo puede alcanzar un humanito de menos de diez kilos. Motivos para no tener hijos, pensó. Por un segundo se imaginó con un nene de tres que garabateaba furiosamente las páginas de guarda de su colección de Clásicos Castalia, mientras un bebé lloraba como sólo pueden hacerlo los bebés y las almas en pena del Infierno.
    Imaginó a Dante y a Virgilio rodeados de hordas de niños de menos de tres años en pleno ataque de llanto. Con razón el florentino había tenido una relación tan disfuncional con su prole.
    Escupió el chicle en un tacho lleno de Subtepass usados. Le dolía la mandíbula. Buscó los bancos del andén con la mirada. Ocupados, claro. Con más niños inquietos.
    Abrió el libro para pensar en otra cosa. Cayó un boleto del 55. La última vez que lo había tomado, había sido para ir a la casa de él. Wendepunkt.
    Afortunadamente apareció otro gusano rojo para sacarla de tema. Vaya a saber qué dirán los kanjis de las ventanas del maquinista. Nunca se tomaron el trabajo de sacarlos ni de cubrirlos.
    Guardó el libro sin prisa. Quería quedar cerca de la puerta, eran sólo dos estaciones. Abrazó su cartera, tomó aire, y se sumó a la masa de cuerpos forcejeantes. Hubo dos avisos frenéticos por el altavoz hasta que alguien, gritando insultos y pegándole a las ventanillas, quedó finalmente afuera: no entraba más nadie en ese tren.
    Miró hacia arriba para poder tomar algo de aire. Estaba mareada. Todo el tren era una masa de carne y sudor y olores humanos.
    Una estación. Tropel de gente que baja, esfuerzo para volver a subir. Próxima Carlos Pellegrini, combinación con líneas C y D. Una más. Tuvo un acceso de tos. Trató de aguantar: no podía cubrirse la boca, y no quería tampoco toserle en la cara al muchacho de camisa rosa que tenía pegado enfrente. Así que tosió con la boca cerrada, y se terminó de ahogar. El ruido del subte lo llenaba todo. Con un par de años menos (no muchos, un para apenas) se habría puesto a llorar bajito, y la gente habría pensado que venía de un entierro o algo así. Pero había llegado más o menos a acostumbrarse. Más o menos. Antes de mudarse, pensó, rara vez viajaba en subte.
    El tren se detuvo, y la gente bajó atropelladamente, luchando con el otro más pequeño montón humano que, sin esperar, hacía fuerza para entrar.
    -¡Che, dejen salir, carajo! -gritó, con su último resto de aire.
    Se cayó. Se sintió ridícula, de rodillas en el andén, mientras un señor de bigote con rostro preocupado la ayudaba a pararse.
    -¿Estás embarazada? -le preguntó alguien.
    Negó con la cabeza. No, sólo gorda, pedazo de pelotudo. Gorda y ahogada.
    Con él se habían cuidado, pero igual cuando se había hecho la fecha y no le había venido, se había llevado un susto importante. Por supuesto que a él no le había (ni le hubiera) dicho nada. Pero había pasado una muy mala semana. Después resultó que sólo eran sus hormonas, desordenadas por el estrés. Una pastillita todos los días veinte noches al mes y listo. Pensó que tomar anticonceptivos sin chances de sexo era tan patético como depilarse para ir al médico.
    Alguien la había ayudado hasta un banco, y la había abandonado allí. La estación había quedado casi vacía de ese lado. No era tanta la gente que iba desde 9 de Julio hasta Alem en subte: sin un apuro exagerado, era una de esas distancias que es mejor caminar.
    Igual, con la demora, ya volvería a llenarse.
    Se levantó y enfiló hacia el pasillo que combinaba con la línea C. Qué extraño, pensó, pero el pasillo estaba frío. Le parecía improbable que hubiera aire acondicionado justo ahí, donde la gente pasa sólo un par de segundos y a las apuradas, pero en ese pasillo hacía frío. Y no había nadie. Apuró un poco el paso. No le gustaba quedarse sola en los pasadizos del subte. Miró por encima del hombro, por las dudas: nadie.
    Cuando volvió a mirar hacia adelante se frenó en seco. A poco menos de dos metros, detenido en medio del pasillo, había un hombre. Muy delgado, vestido de un gris casi inmaterial, y con un sombrero anticuado de ala ancha que le cubría los ojos. Tenía la piel cenicienta, y la boca, un tajo de un color morado como el que queda en la lengua tras varios vasos de vino tinto barato, estaba torcida en algo que podía interpretarse como una sonrisa.
    -Pe... Permiso -tartamudeó. 
    El hombre no se movió. La temperatura pareció bajar algunos grados más. El desconocido de gris comenzó a levantar la cabeza, con una lentitud que a Lidia se le antojó calculada, y dejó ver una nariz afilada, lívida como la de un muerto. Había, también, un olor pesado en el aire, diferente del tufo a aceite de máquina quemado y a humedad que suele caracterizar a los túneles del subte.
    -A ver, permiso, que vengo cargado y no tengo todo el día, ¿eh? -se quejó alguien desde atrás, con una voz estridente y aguda como las que suelen usar los vendedores ambulantes.
    Lidia se corrió sin pensarlo, y bajó los ojos hacia el costado, donde un señor bajito y rollizo, con un carro cargado de cajas de golosinas, pasó mascullando alguna queja.
    Volvió los ojos hacia adelante. El hombre del sombrero gris ya no estaba.
    De a poco, el aire se volvió irrespirable de nuevo. Por una vez, eso resultaba un alivio. Apuró el paso, no podía darse el lujo de pensar demasiado. Después de todo, seguía llegando tarde.
    Sintió vibrar su celular en el bolsillo. Mensaje de texto. Lo abrió. Era de él. "¿Estás libre esta noche?"

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